Parte 3 — Seguí fingiendo amor mientras reunía las pruebas que él creyó invisibles

Parte 3 — Seguí fingiendo amor mientras reunía las pruebas que él creyó invisibles

Apagué la pantalla.

No porque creyera que eso solucionaría algo.

Lo hice por instinto.

Miré hacia la puerta del departamento.

Andrés había dicho que estaba afuera del edificio.

Yo estaba en el quinto piso.

Tenía aproximadamente un minuto antes de que subiera.

Metí mis documentos dentro de la mochila, guardé la laptop y tomé la tablet.

Después me detuve.

Si me llevaba la tablet, sabría inmediatamente que había encontrado el proyecto.

Así que la dejé exactamente donde estaba.

Revisé las fotografías de mi teléfono.

Había tomado 63.

También tenía tres videos recorriendo el tablero.

Era suficiente para empezar.

Salí por las escaleras de servicio.

Mientras bajaba escuché el elevador detenerse arriba.

No corrí.

Quería hacerlo.

Pero correr hacía ruido.

Llegué al estacionamiento, subí al coche y conduje hasta una avenida concurrida antes de contestar su llamada.

—¿Dónde estás? —preguntó Andrés.

Su voz sonaba completamente normal.

—Fui por unas cosas.

—Vi que usaron la tablet.

Tragué saliva.

—La prendí porque necesitaba buscar el recibo del internet.

Silencio.

—¿Entraste a alguna aplicación?

—No.

—¿Seguro?

—Andrés, ¿qué pasa?

Esperé.

Él rio.

—Nada. Mauro está usando una plataforma nueva para organizar proyectos y dejó mi sesión abierta. Hay información de clientes, nada más.

Ahí entendí algo.

Todavía no sabía cuánto había visto.

Eso me daba una ventaja.

—Estoy con Natalia —dije—. Necesito despejarme un poco después de lo del dinero.

Su tono cambió de inmediato.

Se volvió amable.

—Mi amor, entiendo. Hoy fue demasiado. Quédate con ella. Mañana desayunamos y hablamos tranquilos.

Exactamente como siempre.

Provocar.

Observar.

Reparar.

Colgué.

Natalia me llevó esa misma tarde con Karla Ochoa, una abogada que trabajaba con una firma pequeña especializada en controversias comerciales y evidencia digital.

No me prometió milagros.

Eso fue precisamente lo que me hizo confiar en ella.

Revisó las fotografías.

Escuchó la grabación.

Después me preguntó:

—¿La tablet es tuya?

—La compramos juntos. Está en nuestra casa y ambos la usamos.

—¿Tenías que introducir una contraseña para entrar al tablero?

—No. La sesión estaba abierta.

Asintió.

—No borres nada. No respondas en esa aplicación. No edites archivos. Guarda copias de todo lo que ya documentaste y, a partir de ahora, cada movimiento lo hacemos pensando en preservar evidencia, no en ganar una discusión.

También me recomendó cambiar inmediatamente las contraseñas de mis cuentas personales desde un dispositivo seguro, cerrar sesiones activas y activar verificación en dos pasos.

Lo hice.

Entonces apareció algo que no esperaba.

Mi correo mostraba una computadora que había tenido acceso repetido durante meses.

Era una vieja MacBook de Andrés.

El historial de seguridad indicaba inicios de sesión compatibles con noches en las que él estaba en casa y yo dormía.

Karla no afirmó que aquello probara por sí solo quién había entrado.

—Pero sí justifica documentarlo —dijo.

Durante dos días no confronté a Andrés.

Volví al departamento.

Dormí en nuestra cama.

Cené con él.

Incluso le pregunté cómo había salido el problema de la productora.

—Resuelto —dijo—. El lunes recuperas tu dinero.

—Qué bueno.

Me besó.

Tuve que apretar las uñas contra la palma para no apartarme.

El miércoles llegó con flores.

—He estado pensando —dijo—. Tal vez fui injusto al pedirte todo el dinero. El viernes quiero compensarte. Reservé en La Tequila.

No era el restaurante que aparecía en el tablero.

Sonreí.

—¿Cambiaste el lugar?

Durante menos de un segundo dejó de respirar.

—¿Cambiarlo de dónde?

—Pensé que habías dicho Alcalde.

—Ah.

Se rio.

—No. Siempre dije La Tequila.

Mentía.

En el tablero aparecía otro restaurante.

Eso significaba que estaban modificando el plan.

Tal vez sospechaban.

La mañana siguiente Karla me llamó.

—Necesito que veas esto.

Nos encontramos en su despacho.

Había pedido que un especialista revisara las imágenes y videos que yo había tomado. No podía acceder al sistema original sin autorización, pero sí podía analizar lo que ya habíamos conservado.

Al ampliar una captura apareció un enlace parcialmente visible.

Era una carpeta compartida.

Yo reconocí el dominio.

La productora de Andrés utilizaba ese servicio para entregar videos a clientes.

No intentamos entrar.

Karla escribió el enlace en la denuncia inicial junto con toda la información disponible y solicitó que, si la autoridad consideraba procedente la investigación, se preservara la evidencia digital antes de que fuera eliminada.

Además había algo mucho más sencillo.

Dinero.

El supuesto pago urgente por las pantallas jamás había llegado a ningún proveedor.

La cuenta de Rodrigo Salcedo había recibido mis 118,000 pesos a las 7:38.

A las 8:02, Rodrigo transfirió 110,000 a la productora.

Y esa tarde la empresa pagó el anticipo de una camioneta que llevaba meses queriendo comprar.

Lo supe porque Andrés publicó una fotografía del vehículo en el chat interno de la empresa y uno de sus empleados, que conocía a Natalia desde la preparatoria, aceptó declarar sobre la fecha de compra después de revisar con su propio abogado qué información podía entregar.

La emergencia había sido inventada.

Pero el dinero era solamente una parte.

Revisé tres años de correos, conversaciones y calendarios.

Encontré nueve incidentes que habían tenido consecuencias económicas reales.

En uno perdí una bonificación.

En otro tuve que pagar 6,700 pesos por cambiar un vuelo.

En otro, un cliente dejó de contratar a nuestra firma después de recibir desde una dirección casi idéntica a la mía un mensaje arrogante que yo nunca había escrito.

Ese era el que más me dolía.

El cliente se llamaba Constructora Arista.

Durante meses pensé que había arruinado esa relación por haber escrito algo impulsivamente y después borrarlo.

Andrés me había ayudado a “superarlo”.

Ahora observé el correo falso.

Mi dirección real terminaba en smena@…

La falsa tenía una letra adicional.

La cuenta había sido creada dos días antes del mensaje.

Y en el tablero aparecía una tarjeta fechada aquella semana:

“INCIDENTE 27 — ARISTA. Objetivo: pérdida profesional medible.”

Me quedé mirando esas cuatro palabras.

Pérdida profesional medible.

Mi carrera convertida en una casilla.

El viernes Andrés me llamó a las cinco.

—Paso por ti a las ocho.

—Nos vemos allá —respondí.

—Prefiero llevarte.

—Tengo junta cerca.

Otra pausa.

—Está bien.

Karla estaría a dos calles.

Natalia también.

No iban a entrar conmigo mientras no fuera necesario.

Yo no quería una escena.

Quería escuchar qué pretendían hacer.

Cuando llegué al restaurante entendí que la ubicación también había sido una mentira.

No estábamos en el salón principal.

Andrés había reservado un comedor privado para doce personas.

Dentro estaban Mauro, Rodrigo y otras cuatro personas que yo conocía de reuniones y cumpleaños.

Camila no estaba.

Andrés me recibió con una copa de vino.

—Te ves preciosa.

—Gracias.

Me senté.

Durante veinte minutos hablaron de trabajo.

Después Andrés colocó una carpeta gris frente a mí.

Todo mi cuerpo se tensó.

—Sofi, hubo un problema adicional.

Lo miré.

—¿Cuál?

Rodrigo intervino.

—La transferencia llegó después de que venciera el plazo del proveedor.

Era absurdo.

Yo había transferido antes de las ocho.

Pero fingí confusión.

—¿Y eso qué significa?

Andrés abrió la carpeta.

—Nos aplicaron una penalización. No quiero cargártela a ti, pero contablemente tenemos que respaldar que el dinero entró como préstamo y que existe una obligación relacionada.

Sacó un documento.

—Es temporal.

Leí el encabezado.

Reconocimiento de adeudo.

Monto:

246,000 pesos.

—Yo no debo esto.

—Ya sé —dijo Andrés—. Es una formalidad.

—Entonces no lo firmo.

Mauro soltó aire por la nariz.

Como si esa respuesta estuviera prevista.

Andrés apoyó los codos sobre la mesa.

—Sofía, últimamente estás interpretando todo como un ataque.

—Solo dije que no voy a firmar una deuda que no tengo.

—Ayer me juraste que te había dicho otro restaurante.

—Porque lo hiciste.

Sonrió con tristeza.

Era una actuación perfecta.

—¿Ves?

Los demás permanecieron en silencio.

Andrés sacó su teléfono.

—Hay algo que quizá tenemos que hablar.

Empezó a mostrar fotografías.

Yo buscando documentos.

Yo llegando tarde a una reunión.

Yo sentada en un aeropuerto después de perder un vuelo.

—Llevamos tiempo preocupados por ti.

Rodrigo bajó la mirada.

—No queríamos decir nada.

Casi admiré la puesta en escena.

—¿Preocupados por qué?

—Por tu memoria —dijo Andrés.

—Mi memoria.

—Has olvidado fechas. Has perdido cosas. Has enviado correos que después aseguras no haber enviado.

Mauro agregó:

—A veces te enojas cuando alguien intenta ayudarte.

Lo miré.

—Qué considerado.

Andrés deslizó el contrato hacia mí.

—Firma esto para que resolvamos el tema financiero. Después hablamos de lo demás con calma.

Tomé la pluma.

Nadie respiró.

Entonces la puerta se abrió.

Entró Camila Valdés.

Llevaba un vestido negro y una bolsa pequeña bajo el brazo.

No había cambiado demasiado desde Monterrey.

Me reconoció inmediatamente.

Sonrió.

—Sofía.

Dejé la pluma sobre la mesa.

—Camila.

—Ha pasado mucho tiempo.

Andrés se levantó.

—Creo que ya no tiene sentido seguir fingiendo.

Mauro empezó a grabar con el teléfono.

Camila tomó asiento frente a mí.

—¿Sabes qué fue lo peor de aquel concurso? —preguntó—. Que ni siquiera parecías sentirte culpable.

—Porque tu proyecto estaba copiado.

Su sonrisa desapareció.

—Eso lo decidió un comité.

—Exactamente.

—Mi papá perdió un patrocinador importante por ese escándalo.

—Entonces tu problema era con el comité.

—Mi problema era contigo.

Andrés me observaba como si esperara que gritara.

No lo hice.

Camila señaló las fotografías sobre la mesa.

—Queríamos que entendieras cómo se siente perder algo por culpa de una persona que después sigue su vida como si nada.

—¿Queríamos?

—No pongas esa cara. Nadie te hizo daño físico. Fueron situaciones.

—Situaciones.

—Y la mayoría las provocaste tú misma después de empezar a ponerte nerviosa.

Ahí estaba.

El objetivo completo.

Hacerme dudar incluso después de descubrirlos.

Andrés empujó otra vez el documento.

—Firma, Sofi. Recuperas tus 118,000 el lunes y todos seguimos nuestras vidas.

Lo miré.

—¿Incluyendo el proyecto?

Su mandíbula se tensó.

—¿Qué proyecto?

Sonreí por primera vez en tres días.

—El que tiene cinco columnas.

Nadie se movió.

—Preparar —continué—. Provocar. Observar. Hacer dudar. Reparar.

Mauro bajó lentamente el teléfono.

Camila miró a Andrés.

—¿Qué hiciste?

Andrés se puso de pie.

—¿Entraste a mis cuentas?

—No.

—Eso es información privada.

—Estaba abierta en nuestra tablet.

Rodrigo murmuró una grosería.

Andrés acercó su rostro al mío.

—No sabes lo que viste.

—Entonces acláramelo.

Saqué mi propia memoria USB del bolso y la dejé junto al documento de 246,000 pesos.

—De hecho, pensé que sería mejor que todos viéramos exactamente lo mismo.

En ese momento se abrió nuevamente la puerta.

Entró el encargado del restaurante acompañado por una mujer.

Era Karla.

Andrés la reconoció porque yo había mencionado su nombre años antes.

—¿Qué está haciendo ella aquí?

Karla no respondió por mí.

Yo me levanté.

Detrás de nosotros había una pantalla que el restaurante utilizaba para presentaciones privadas.

Había reservado ese salón antes que Andrés.

La reservación que él creía suya estaba asociada a mi tarjeta.

El cable ya estaba preparado.

Conecté mi computadora.

Andrés miró la pantalla.

Después me miró a mí.

Y por primera vez desde que lo conocía, no parecía tener preparado el siguiente paso.

En la pantalla apareció una sola frase:

PROYECTO ESPEJO — 47 INCIDENTES DOCUMENTADOS.

Y debajo:

INCIDENTE 1: CÓMO ENTRAR EN LA VIDA DE SOFÍA.

Camila dejó de sonreír.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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