Parte 3 — La venta era apenas la primera capa de un fraude mucho más grande

Parte 3 — La venta era apenas la primera capa de un fraude mucho más grande

Aquella noche no eché a Mauricio de la casa.

Hice algo que le dolió mucho más.

Le pedí a Daniela que se llevara a Santiago y permití que él creyera que todavía podía convencerme.

—Podemos arreglar esto —dijo cuando finalmente quedamos solos.

Beatriz ya se había marchado.

Laura y Tomás también.

Mauricio estaba sentado frente a mí en la cocina, con la camisa arrugada y la seguridad destruida.

—¿Arreglar qué?

—Nuestro matrimonio.

Tuve que reír.

—Hace una hora intentabas comprar mi silencio.

—Estaba asustado.

—Hace una hora tu amante llevaba mi bolsa.

Bajó la mirada.

—Lo de Beatriz fue un error.

—No.

Me incliné hacia él.

—Un error es enviar un correo a la persona equivocada. Tú creaste empresas, moviste dinero, falsificaste mi firma e intentaste vender una propiedad que no controlabas.

—Yo no falsifiqué nada.

Ahí estaba.

La primera grieta.

No dijo “no hubo falsificación”.

Dijo “yo no falsifiqué”.

—¿Entonces quién?

Silencio.

—Mauricio.

Se levantó.

—Necesito dormir.

—Perfecto. El cuarto de huéspedes está arriba.

Me observó con incredulidad.

—Esta también es mi casa.

—Eso es exactamente lo que vamos a aclarar.

Subió sin responder.

Esperé hasta escuchar la puerta cerrarse.

Después abrí la aplicación de grabación del teléfono.

Había registrado toda la conversación.

No porque pensara usarla de cualquier manera.

Tomás me había dejado una instrucción sencilla:

“No lo provoques. No amenaces. No inventes. Solo deja que hable.”

A la mañana siguiente comenzaron las sorpresas.

Primero llamó el banco.

El comprador había intentado realizar un depósito de cinco millones de pesos como anticipo.

La operación fue rechazada.

Treinta minutos después, Mauricio recibió seis llamadas.

No contestó ninguna frente a mí.

A las nueve apareció en la cocina vestido para salir.

—Tengo una reunión.

—¿Con quién?

—Trabajo, Renata.

—Pensé que habías dejado de fingir.

Tomó las llaves.

—No tienes derecho a controlar mis movimientos.

—Claro que no.

Lo dejé salir.

Tomás esperaba dos calles más adelante.

No para seguirlo.

No necesitábamos convertir aquello en una película.

Solo queríamos saber qué haría después del bloqueo bancario.

La respuesta llegó cuarenta minutos más tarde.

Mauricio intentó removerme como administradora de Patrimonial Jacarandas mediante una supuesta asamblea extraordinaria.

El problema era que la sociedad tenía tres socios.

Yo poseía 70%.

Mi hermana Daniela, 20%.

Y una fundación familiar, 10%.

Mauricio no poseía una sola participación.

Aun así, alguien había presentado electrónicamente un acta afirmando que yo había cedido la mayoría de mis partes sociales.

Adiviné el nombre antes de leerlo.

Beatriz Luján.

La supuesta cesión había ocurrido hacía ocho meses.

Mi firma aparecía otra vez.

—¿Cómo consiguieron acceso a tantos documentos? —pregunté.

Tomás señaló una fecha.

Entonces lo recordé.

Ocho meses atrás habíamos remodelado el estudio.

Mauricio insistió en guardar temporalmente mis archivos en su oficina.

Copias de identificaciones.

Poderes.

Actas corporativas.

Firmas digitalizadas.

Todo.

Sentí náuseas.

No había comenzado con una aventura.

Había comenzado con preparación.

—Tenemos que ir a la Fiscalía —dije.

—Sí —respondió Tomás—. Pero antes necesitas saber qué tan grande es esto.

Me mostró el mapa financiero que había construido durante la noche.

Altavista Norte recibía dinero de cuatro sociedades.

Dos eran proveedores de la empresa donde trabajaba Mauricio.

Una pertenecía a un antiguo socio suyo.

La cuarta había sido creada por Ernesto Villarreal, el notario.

De ahí el dinero viajaba a tres destinos.

Una cuenta de inversión.

Una inmobiliaria.

Y una empresa llamada Servicios Mar Abierto.

—¿Quién controla Mar Abierto?

Tomás deslizó una hoja.

—La madre de Beatriz.

—¿Qué hace la empresa?

—En papel, organización de eventos.

—¿Y en realidad?

—Nada que podamos encontrar.

Las transferencias sumaban más de once millones de pesos en dieciocho meses.

Aquello ya no era una pelea de divorcio.

Era una estructura de desvío.

Y mi marido había metido mi nombre en medio.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Mauricio.

“Tenemos que hablar solos. Hoy. 6 pm. Hotel Imperial, Reforma.”

Se lo mostré a Tomás.

—No vayas sola.

—No pienso hacerlo.

A las seis menos diez llegué al hotel.

Tomás se sentó en el restaurante del vestíbulo, fuera de nuestra mesa pero a distancia suficiente para verme.

Mauricio llegó acompañado.

No por Beatriz.

Por Ernesto Villarreal.

El notario.

Ambos se sentaron frente a mí.

Ernesto parecía más cansado que la noche anterior.

—Señora Valdés —comenzó—, ha ocurrido una irregularidad administrativa.

—Una persona se hizo pasar por mí.

—No exactamente.

—Entonces explíqueme exactamente.

Mauricio intervino.

—Renata, escucha primero.

El notario abrió una carpeta.

Dentro había una fotografía.

Una mujer entrando a su oficina.

Cabello oscuro.

Lentes.

Cubrebocas.

Mi misma estatura aproximada.

También había una copia de mi INE.

—Esta persona se identificó como usted —dijo.

—¿Y usted permitió que una mujer con medio rostro cubierto realizara una operación de millones de pesos?

—Presentó documentación válida.

—Era una copia.

—También hubo validación biométrica.

Sentí un escalofrío.

—¿Huella?

El notario no respondió.

—Licenciado.

—Una impresión digital.

Tomás me había explicado algo esa mañana.

La huella era el punto más difícil.

Mi identificación podía copiarse.

Mi firma podía imitarse.

Pero una huella requería algo más.

—¿Dónde está la imagen?

—No puedo entregársela.

—¿Existe?

Ernesto miró a Mauricio.

Ese gesto respondió por él.

No existía.

O no era mía.

—¿Quién llevó a esa mujer?

Pregunté.

El notario bebió agua.

—Un gestor.

—Nombre.

—No lo recuerdo.

—Qué conveniente.

Mauricio golpeó suavemente la mesa.

—Renata, podemos resolverlo.

Sacó un documento.

La cantidad había cambiado.

Ya no ofrecía un millón doscientos mil.

Ahora eran cinco millones de pesos.

Custodia compartida.

Una propiedad en Querétaro.

Colegiatura de Santiago hasta la universidad.

Y una cláusula de confidencialidad.

—Firma y terminamos todo —dijo.

Miré la cifra.

—Ayer valía uno punto dos. Hoy valgo cinco. Estoy mejorando.

—No hagas bromas.

—¿Cuánto valdré mañana?

Ernesto se inclinó hacia mí.

—Esto puede volverse muy desagradable.

—¿Para quién?

—Para todos.

Aquello me interesó.

—Explíquese.

—Si las autoridades investigan las cuentas, encontrarán operaciones registradas con su autorización.

—Falsificadas.

—Eso tendría que demostrarse.

Mauricio agregó:

—Y mientras se demuestra, podrían congelar todo.

Finalmente entendí su estrategia.

No querían convencerme.

Querían asustarme.

—Incluida la empresa de mi padre.

—Incluida.

—Incluida la cuenta donde pago la escuela de mi hijo.

Mauricio no apartó la mirada.

—Sí.

Ahí terminó cualquier posibilidad de piedad.

Podía engañarme.

Podía robarme.

Pero acababa de admitir que estaba dispuesto a utilizar la estabilidad de Santiago para obligarme a callar.

Tomé el documento.

—Necesito veinticuatro horas.

Mauricio se relajó.

Ernesto también.

—Mañana a las seis —dijo el notario.

—Mañana.

Guardé la propuesta.

Me levanté.

Mauricio sujetó mi muñeca.

No con violencia.

Pero sí con suficiente fuerza para recordarme quién creía tener el control.

—No hables con nadie.

Miré su mano.

Luego su cara.

—Suéltame.

Lo hizo.

Salí.

Tomás se reunió conmigo afuera.

—¿Lo tienes?

Le entregué la grabación.

—Todo.

Esa noche presentamos la denuncia.

Documentos.

Transferencias.

Firmas.

Registros electrónicos.

La propuesta de dinero.

La grabación.

Y el intento de utilizar cuentas empresariales para presionarme.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas no ocurrió nada visible.

Eso fue lo que más inquietó a Mauricio.

Yo preparaba el desayuno.

Llevaba a Santiago a la escuela.

Respondía mensajes.

Dormía en otra habitación.

Mauricio caminaba por la casa esperando una explosión que no llegaba.

El tercer día cometió el error que necesitábamos.

Llamó a Beatriz desde la terraza.

No sabía que Santiago había dejado una tableta conectada al sistema familiar de audio.

Yo estaba en el estudio cuando escuché su voz por un altavoz.

—Tenemos que sacar el dinero antes del lunes.

Me quedé inmóvil.

La voz de Beatriz respondió a través de la llamada.

—Ernesto dijo que no moverá nada.

—Entonces usamos la cuenta de Panamá.

Sentí el pulso en la garganta.

—¿Y Renata?

—Va a firmar.

—¿Estás seguro?

—Tiene miedo.

Cerré los ojos.

Beatriz guardó silencio unos segundos.

Luego dijo algo que cambió por completo la investigación.

—¿Y qué hacemos con Las Palmas? Si revisan ese contrato estamos muertos.

Mauricio bajó la voz.

—Nadie sabe que existe.

Yo sí sabía ese nombre.

Las Palmas había sido el proyecto más grande de la empresa de Mauricio dos años antes.

Un complejo residencial en Mérida.

Habían anunciado públicamente una pérdida de treinta millones de pesos por problemas con un contratista.

Mauricio me había contado durante meses que aquella operación casi destruyó la compañía.

Busqué de inmediato en mis archivos.

Contratos.

Correos antiguos.

Presentaciones que él había impreso en casa.

Encontré una carpeta digital que había respaldado por accidente años atrás.

PALMAS_PROVEEDORES_FINAL.

La abrí.

Había 137 documentos.

El contratista acusado de incumplimiento aparecía en varios.

Pero también aparecía una empresa que ahora reconocía.

Servicios Mar Abierto.

La empresa de la madre de Beatriz.

Dos años antes ya había recibido pagos.

No por eventos.

Por “supervisión técnica”.

Más de nueve millones de pesos.

Llamé a Tomás.

—El fraude empezó mucho antes.

Tres horas después estábamos sentados frente a un antiguo director de obra llamado Rodrigo Sanz.

Había trabajado en Las Palmas y había sido despedido cuando el proyecto colapsó.

Le mostramos únicamente documentos públicos.

Rodrigo se quedó mirando uno.

—¿Dónde consiguieron esto?

—¿Lo reconoce?

—Sí.

Señaló una firma.

—Este reporte decía que habíamos recibido materiales que nunca llegaron.

—¿Quién lo autorizó?

Rodrigo respiró profundamente.

—Mauricio Alcázar.

—¿Y Beatriz?

—Ella controlaba los pagos.

Tomás preguntó:

—¿Por qué nadie denunció?

Rodrigo soltó una risa amarga.

—Porque culparon al contratista. Después Mauricio llegó con un acuerdo. Nos pagaron liquidaciones enormes a varios para guardar silencio.

—¿Usted aceptó?

—Sí.

No intentó fingir heroísmo.

Eso hizo que le creyera más.

—Pero guardé algo.

Sacó de un archivero una memoria USB.

—Pensé que algún día iban a culparme también.

Contenía correos internos.

Órdenes de pago.

Facturas.

Fotografías de materiales que jamás se instalaron.

Y una hoja de cálculo.

Al final aparecían seis nombres.

Mauricio.

Beatriz.

Ernesto Villarreal.

Dos proveedores.

Y uno que no conocía.

Julián Ferrer.

—¿Quién es? —pregunté.

Rodrigo me miró.

—El comprador de tu casa.

Sentí el aire salir de mis pulmones.

El hombre que supuestamente pagaría casi quince millones por mi propiedad no era un comprador inocente.

Formaba parte de la misma red.

Tomás revisó la hoja.

—Entonces la compraventa nunca buscó transferir la propiedad a un tercero real.

—No —respondí.

Finalmente comprendí el mecanismo.

Crearían una venta simulada.

El dinero entraría por una sociedad de Julián.

Saldría hacia Altavista.

Mauricio obtendría liquidez.

Después podrían revender el inmueble o utilizarlo como garantía.

Y si todo explotaba, los documentos decían que yo había aprobado la operación.

No estaban robándome solo una casa.

Estaban construyendo una salida de emergencia con mi nombre.

La Fiscalía recibió la nueva evidencia esa misma noche.

Dos días después, Mauricio llegó temprano.

Traía flores.

Fue casi ofensivo.

—Quiero que cenemos los tres.

Santiago estaba en casa de Daniela.

—No está Santiago.

—Entonces nosotros.

Puso las flores sobre la mesa.

—Renata, he pensado mucho.

—Yo también.

—Podemos detener esto.

—¿Qué cosa?

Me sostuvo la mirada.

—Sabes perfectamente.

Sacó de su saco el mismo convenio.

Esta vez la cifra era ocho millones de pesos.

—Última oferta.

Tomé el documento.

—¿Y Beatriz?

—Terminó.

—Qué rápido.

—Nunca la amé.

—Eso seguramente le encantará escuchar.

Mauricio palideció.

—¿Qué quieres decir?

Entonces sonó mi teléfono.

Un mensaje de Beatriz.

Solo cuatro palabras.

“Necesito hablar contigo sola.”

Debajo había una fotografía.

Mauricio entrando al despacho de Ernesto Villarreal con una mujer de cabello oscuro.

Fecha: ocho meses atrás.

La misma fecha de la falsa cesión de mis acciones.

Amplié la imagen.

La mujer no era Beatriz.

Y tampoco era una desconocida.

La había visto muchas veces.

Trabajaba en nuestra casa.

Durante cuatro años había cuidado a Santiago algunas tardes.

Su nombre era Teresa.

Y tres meses atrás había desaparecido sin despedirse.

Levanté los ojos hacia Mauricio.

—Ya sé quién se hizo pasar por mí.

Su cara quedó completamente inmóvil.

Fue entonces cuando comprendí que, por primera vez desde que todo había comenzado, mi esposo realmente tenía miedo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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