Parte 3 — Fingí perdonarlo para descubrir hasta dónde llegaba el plan de su familia

Parte 3 — Fingí perdonarlo para descubrir hasta dónde llegaba el plan de su familia

Verónica llegó al estacionamiento cuarenta minutos después.

No tocó la USB inmediatamente.

Primero nos pidió fotografiar el sobre exactamente como lo habíamos encontrado, anotar quién había estado presente y guardar los mensajes originales.

—No quiero que mañana digan que ustedes fabricaron esto —explicó.

Era la primera persona aquella noche que parecía pensar con claridad.

Mientras arriba desmontaban una boda de casi dos millones de pesos, nosotros estábamos sentados dentro de una camioneta revisando cómo una familia había intentado convertir mi matrimonio en parte de una operación financiera.

Verónica leyó el supuesto poder.

—Si tú no compareciste, esto se tiene que pelear de inmediato. Pero antes quiero confirmar qué existe realmente en el Registro y qué solo son copias internas.

Llamó a un colega especialista en asuntos inmobiliarios.

Después me miró.

—Y nadie firma absolutamente nada.

—Eso ya lo entendí.

—No. Necesito que lo entiendas de verdad. Sebastián va a llorar, su madre va a amenazarte, su padre va a ofrecerte dinero y probablemente tu propio hermano va a pedirte que no destruyas a todos. No firmes ni una hoja en blanco, ni una carta de recepción, ni un acuerdo privado, ni una “constancia”.

Diego bajó la cabeza.

Yo ni siquiera podía mirarlo.

Mi padre sí.

—Devuelve el dinero —le dijo.

—Ya gasté una parte.

—Entonces vende el restaurante.

Diego se quedó callado.

Por primera vez comprendió que nadie iba a rescatarlo de las consecuencias.

A las ocho de la noche Sebastián comenzó a llamarme.

Doce llamadas.

Luego diecisiete.

Después llegaron los mensajes.

“Amor, hablemos.”

“Mi papá exageró algunas cosas.”

“Lo de Camila terminó.”

“No destruyas nuestras vidas por un error.”

El último era diferente:

“Si haces público lo de Cobalto, también vas a afectar a empleados inocentes.”

Me quedé mirando aquella frase.

Durante cuatro años había conocido perfectamente su método.

Cuando quería algo, primero era encantador.

Si eso fallaba, te hacía sentir culpable.

Y si tampoco funcionaba, te recordaba todo lo que podías perder.

Respondí:

“Necesito tiempo. Mañana hablamos.”

Verónica me miró.

—¿Por qué le contestaste?

—Porque quiero saber qué harán si creen que todavía pueden convencerme.

Valeria sonrió por primera vez.

—Ahora sí estás pensando como ellos.

Esa noche dormí en casa de mi padre.

O intenté dormir.

A las siete de la mañana Verónica recibió el primer informe.

Había, efectivamente, un movimiento preventivo relacionado con mi predio.

Pero no era exactamente lo que Valeria creía.

Cobalto había ingresado documentación para preparar una garantía sobre el inmueble.

Todavía faltaban formalidades indispensables.

El crédito no se había liberado.

Eso significaba que aún podíamos detenerlo.

Pero también confirmaba algo peor:

alguien había utilizado documentos con mi nombre sin mi autorización.

Verónica me recomendó iniciar inmediatamente las acciones legales correspondientes y solicitar medidas para impedir cualquier operación sobre el terreno mientras se revisaba la documentación.

Lo hicimos.

Después llamé a Sebastián.

Contestó antes del segundo tono.

—Renata.

Su voz parecía agotada.

—Quiero hablar.

—Voy a tu casa.

—No. Mejor en casa de mis padres. Mi mamá quiere disculparse.

Casi me reí.

—Perfecto.

Cuando llegué a la residencia de los Montalvo en San Pedro, Mercedes me recibió como si la noche anterior no me hubiera llamado insegura frente a todos.

Me abrazó.

Yo mantuve los brazos pegados al cuerpo.

—Hijita, todo esto ha sido terrible.

Nunca me había llamado hijita.

Sebastián estaba sentado en la sala.

Ernesto permanecía junto a una ventana.

Sobre la mesa había café, fruta, pan dulce y una caja de pañuelos.

Una puesta en escena perfecta.

Me senté.

—Hablen.

Sebastián empezó.

Dijo que Camila había sido un “escape” durante una época de estrés.

Dijo que me amaba.

Dijo que nunca había pensado dejarme.

Dijo que el problema financiero de Cobalto era temporal.

Yo escuchaba.

—¿Y mi terreno?

Ernesto tomó la palabra.

—Nadie quiere quitarte nada.

—Existe un poder a mi nombre.

—Un proyecto.

—Con mi firma.

—Los abogados a veces preparan documentación preliminar.

—¿Falsificando firmas?

Mercedes golpeó la taza contra el plato.

—Renata, cuida tus palabras.

La miré.

—Anoche usted dijo que con el vestido puesto yo no iba a leer veinte páginas.

Se quedó inmóvil.

Sebastián miró a su padre.

Yo había confirmado otra cosa.

Ellos no sabían exactamente cuánto material tenía.

Así que mentí.

—Valeria me entregó todas las grabaciones.

Ernesto palideció.

—¿Hablaste con Valeria?

—Sí.

Mercedes se puso de pie.

—Esa muchacha necesita tratamiento.

—Curioso. Ella dice que empezaron a llamarla inestable después de que preguntó por sus acciones.

Nadie respondió.

Entonces llegó la oferta.

Ernesto deslizó una carpeta hacia mí.

—Podemos resolver esto sin escándalos.

Dentro había una propuesta para comprar mi terreno por setenta y dos millones de pesos.

Mucho más de lo que habían ofrecido meses atrás.

—Retiras cualquier denuncia —dijo—, vendes voluntariamente el predio y todos seguimos adelante con nuestras vidas.

—¿Y Sebastián?

Mercedes respondió antes que su hijo.

—Eso lo pueden arreglar como pareja.

Miré al hombre que veinticuatro horas antes iba a ser mi esposo.

—¿Tú sabías que me iban a ofrecer esto?

No contestó.

—Sebastián.

—Es una salida para todos.

Ahí murió lo último que quedaba de mi relación.

La infidelidad podía haber destruido mi confianza.

Pero aquella frase destruyó cualquier recuerdo bonito.

Para él, yo ya no era su novia.

Era una negociación.

Me levanté.

—Voy a pensarlo.

Mercedes sonrió, convencida de que el dinero había funcionado.

Antes de irme, Sebastián me siguió al estacionamiento.

—Renata, espera.

Me giré.

Se veía realmente desesperado.

—Mi papá tiene demasiadas cosas encima. Si este crédito no sale, todo se puede venir abajo.

—Eso no es mi problema.

—Yo sé.

—No parece.

Se acercó.

—Podemos empezar otra vez.

—¿Con Camila también?

Cerró los ojos.

—No significó nada.

—Para mí sí.

Subí a mi auto.

Él golpeó suavemente la ventanilla.

—¿Qué necesitas para perdonarme?

Bajé el vidrio apenas unos centímetros.

—Necesito saber la verdad completa.

—Ya la sabes.

—No.

Lo miré directamente.

—Quiero saber quién falsificó mi firma.

El color desapareció de su rostro.

No dijo nada.

Y su silencio volvió a responder por él.

Durante los siguientes cuatro días, Verónica y yo trabajamos con un equipo pequeño.

No queríamos filtraciones.

Solicitamos copias certificadas de documentos.

Revisamos fechas.

Comparamos firmas.

Pedimos información relacionada con el supuesto acto notarial.

Y encontramos la primera grieta seria.

El día en que, según el expediente, yo supuestamente había comparecido ante el notario Rojas, estaba en Ciudad de México participando en una reunión de proveedores.

Tenía boletos de avión.

Facturas.

Registro de acceso al edificio.

Mensajes.

Fotografías con hora.

Y la videollamada de una junta de casi tres horas.

Era imposible que hubiera estado al mismo tiempo en Monterrey firmando aquel documento.

Cuando se lo conté a Verónica, no sonrió.

—Eso ayuda muchísimo. Pero no basta con saber que mienten. Tenemos que demostrar cómo lo hicieron.

Valeria entregó entonces algo decisivo.

Un viejo teléfono empresarial que había conservado después de que la expulsaron del consejo.

En un grupo de WhatsApp estaban Sebastián, Ernesto, el director financiero de Cobalto y un asesor externo.

No aparecía el nombre del notario.

Pero sí varias referencias.

“Rojas necesita el original.”

“Consigan una firma limpia.”

“Usen la del contrato de arrendamiento de Salgado.”

Sentí la piel erizarse.

Años atrás yo había firmado un contrato relacionado con una bodega que Grupo Montalvo rentaba.

De ahí habían tomado mi firma.

Había más.

Un mensaje de Sebastián:

“Renata pregunta demasiado. Mejor no enseñarle el documento hasta la boda.”

Otro de Ernesto:

“Diego se encarga de suavizarla.”

Y uno del director financiero:

“Sin el predio no pasamos comité.”

Tomé una captura.

Luego otra.

Y otra.

Diego, al verlas, comenzó a llorar.

No lo consolé.

—¿Sabías esto?

—No.

—¿Qué sí sabías?

Tardó casi un minuto.

—Que necesitaban tu terreno.

—Eso ya lo sé.

—Sebastián me dijo que si tú aceptabas apoyar el proyecto, ellos invertirían en mi restaurante. Me pagaron la consultoría para cubrir las deudas.

—¿Y qué tenías que hacer?

—Convencerte de que Cobalto era seguro.

—¿Algo más?

Bajó la mirada.

—Encontrar una copia del contrato viejo donde estaba tu firma.

El silencio fue brutal.

Mi padre salió de la habitación.

Natalia empezó a llorar.

Yo solo pude preguntarle:

—¿Tú les diste mi firma?

Diego asintió.

No recuerdo haber sentido tanta rabia en mi vida.

—Sal de mi casa.

—Renata…

—Sal.

—No sabía que la iban a copiar.

—Pero sabías que ellos la querían.

—Yo pensé que era para comparar documentos.

—Sal.

Esa misma tarde vendió su camioneta y comenzó a negociar el traspaso de su restaurante.

No porque yo se lo pidiera.

Porque mi padre le dijo que si quería volver a sentarse a nuestra mesa algún día, primero tendría que devolver hasta el último peso.

Mientras tanto, yo continué fingiendo que estudiaba la oferta de Ernesto.

Sebastián comenzó a relajarse.

Ese fue su error.

Me invitó a cenar.

Acepté.

Nos encontramos en un restaurante privado en Valle Oriente.

Llegó con flores.

—Extrañaba verte.

No toqué el ramo.

—Quiero una sola cosa.

—Lo que sea.

—Que tu papá aumente la oferta a ochenta millones y liquide mi terreno sin intermediarios.

Sebastián se quedó pensando.

—Podría hablarlo.

—Y quiero que Cobalto deje de usar mi nombre.

—Claro.

—¿Ya lo usaron frente al banco?

Tardó demasiado en contestar.

—Solo de manera preliminar.

—¿Presentaron mi firma?

—Los abogados manejaron eso.

—¿Tú les diste autorización?

Bebió agua.

—Renata, en las empresas grandes a veces se preparan documentos antes de que los socios terminen de ponerse de acuerdo.

Lo miré.

—Yo no soy socia.

—Todavía no.

Aquella palabra fue importante.

Todavía.

—¿Después de casarnos sí?

Sebastián sonrió con tristeza.

—Se suponía que íbamos a construir todo juntos.

—¿También mis propiedades?

—Nuestro patrimonio.

Sentí ganas de arrojarle el vaso.

En lugar de hacerlo, asentí.

Él creyó que estaba cediendo.

—Podemos arreglarlo —dijo—. Mi papá solo necesita respirar unos meses.

—¿Cuánto debe Cobalto?

—No tanto como dicen.

—¿Cien millones?

No respondió.

—¿Ciento cincuenta?

Silencio.

Aquella noche supe la cifra aproximada gracias a su cara.

Al día siguiente, uno de los acreedores presentó una demanda mercantil contra una empresa relacionada con Cobalto.

La noticia comenzó a circular dentro del sector.

Los Montalvo entraron en pánico.

Mercedes me llamó personalmente.

—Renata, Ernesto necesita saber si aceptas la venta.

—Todavía no.

—No puedes jugar con una familia entera.

Por primera vez no pude contenerme.

—¿Jugar? Señora, su hijo me engañó, su esposo intentó usar mi patrimonio y ustedes obtuvieron mi firma sin permiso.

—Estás exagerando.

—Nos vemos cuando esto termine.

Colgué.

Creí que por fin teníamos ventaja.

Me equivoqué.

A las nueve y veinte de la mañana siguiente Verónica llegó a mi oficina con el rostro completamente serio.

Traía una copia certificada de una inscripción reciente.

La colocó frente a mí.

—Tenemos un problema.

Leí dos veces.

Sobre mi terreno aparecía una garantía inscrita relacionada con una obligación de Cobalto.

—Dijiste que lo habíamos detenido.

—Detuvimos el nuevo trámite.

—Entonces ¿qué es esto?

Verónica señaló la fecha.

Era anterior.

Cuatro meses anterior.

—Utilizaron otro instrumento.

Sentí un vacío en el estómago.

—Yo jamás firmé eso.

—Lo sé.

—Entonces elimínenlo.

—Vamos a impugnarlo. Pero primero tenemos que entender cómo lograron inscribirlo.

Seguí leyendo.

Y entonces vi algo que me hizo dejar caer las hojas.

En el documento no aparecía únicamente la firma de un notario.

Había dos testigos.

Uno era un empleado de Grupo Montalvo.

El otro…

era mi hermano.

Diego Salgado Beltrán.

Y según aquel documento, Diego había declarado bajo su firma que me vio comparecer personalmente y autorizar la operación.

La misma fecha en que yo podía demostrar que estaba a cientos de kilómetros.

Esta vez ya no podía decir que no sabía nada.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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