Parte 3 — El poder notarial apareció firmado mientras su mano seguía inmóvil
Parte 3 — El poder notarial apareció firmado mientras su mano seguía inmóvil
No recuerdo haber sentido miedo hasta que escuché el seguro de aquella puerta.
No porque Sebastián gritara.
No gritó.
Eso habría sido más fácil.
Se limitó a caminar hacia una pequeña mesa, servir agua y hablarme como si estuviéramos negociando el precio de un automóvil.
—Usted necesita dinero.
—Eso no significa que esté en venta.
—Todos estamos en venta. Lo que cambia es la cantidad.
Sacó un sobre.
Lo dejó frente a mí.
—Quinientos mil pesos.
Miré el sobre.
Después a Rafael, dormido.
—¿Por qué?
—Porque dentro de una semana mi hermano será trasladado a un centro de rehabilitación. Su trabajo terminará. Usted regresa a su vida, paga sus deudas y olvida cualquier cosa que crea haber visto.
—Vi un documento aparentemente firmado por un hombre que apenas puede sostener un bolígrafo.
—Eso es una interpretación.
—Vi medicamentos que no aparecen en órdenes originales.
—También interpretación.
—Y vi cómo rechazaron a su abogado.
Sebastián apoyó las manos sobre la mesa.
—Última oportunidad.
Empujé el sobre hacia él.
—Guárdelo.
Su expresión cambió.
Solo un poco.
—Tiene una familia, ¿verdad?
Sentí que el estómago se me cerraba.
—No los mencione.
—Una madre en Guadalupe. Un hermano que trabaja en Apodaca. Y una casa que el banco piensa rematar.
Me levanté.
—Si vuelve a mencionar a mi familia, la conversación se acabó.
—No es una amenaza, Mariana. Es información.
—Suena exactamente como una amenaza.
Sebastián abrió la puerta.
—Mañana será otro día. Piénselo mejor.
Cuando se fue, Rafael abrió los ojos.
No estaba dormido.
—¿Escuchaste?
—Todo.
Su voz sonaba débil.
—Cometiste un error.
—¿Rechazando el dinero?
—Haciéndole saber que no puede comprarte.
Me acerqué.
—Tenemos que sacar información de aquí.
—No tenemos teléfono.
—Tenemos personas.
La primera fue Carmen.
Todos la llamaban Chela.
Llevaba diecisiete años trabajando en la casa y tenía la capacidad de atravesar corredores sin que nadie pareciera verla.
Cuando le pregunté por Arturo, se persignó.
—El licenciado viene casi todos los días.
—¿Casi todos?
—Antes lo dejaban pasar. Desde el accidente, no.
—¿Sebastián da las órdenes?
Chela miró hacia el pasillo.
—Yo no dije eso.
—No tiene que decirlo.
Aquella tarde escribí una nota con letra diminuta.
“Rafael está consciente. No autoriza poderes. Revisar medicamentos. Firma reciente probablemente falsa. Necesita médico independiente.”
La doblé cuatro veces.
Chela la escondió bajo la etiqueta de una bolsa de lavandería que saldría al día siguiente.
—¿Y si revisan las bolsas?
—Entonces diré que fue mía —respondió.
—Podrían despedirla.
—Mija, yo trabajaba aquí cuando Sebastián todavía se escondía para fumar detrás de la alberca. No voy a empezar a tenerle miedo ahora.
Dos días pasaron sin noticias.
Mientras tanto, Rafael mejoraba.
Sin la dosis nocturna no registrada, se mantenía despierto.
Recordaba conversaciones.
Podía leer.
Hasta su apetito regresó.
Eso confirmó algo que ninguno de los dos quería admitir.
Alguien necesitaba que pareciera menos capaz de lo que realmente estaba.
La noche del octavo día escuchamos una discusión junto a la escalera.
Era Iván.
—No puedo seguir diciendo que el licenciado Arturo no vino.
Otra voz respondió:
—Te pagan por seguridad, no por conciencia.
Reconocí a Sebastián.
—Esto ya se salió del acuerdo —dijo Iván.
—Tu acuerdo termina cuando yo diga.
Me alejé antes de que me vieran.
A la mañana siguiente busqué a Iván cerca del cuarto de suministros.
—Necesito hacerle una pregunta.
—No.
—No la he hecho.
—Y no quiero escucharla.
—¿Quién dio la orden de retirar las cámaras del corredor la noche del accidente?
Iván se volvió.
Había acertado sin saberlo.
—¿Quién le dijo eso?
—Nadie.
Su rostro se endureció.
—No juegue con cosas que no entiende.
—Rafael fue atacado. Después lo trajeron aquí. Desde entonces un médico lo seda, su abogado no puede verlo y aparece un poder notarial que él niega haber firmado.
Iván bajó la voz.
—Váyase mientras pueda.
—¿Eso hizo la enfermera de la chamarra?
Su cara cambió.
—¿Qué?
—La mujer que salió llorando. ¿Qué vio?
Iván se quedó mirando el piso.
—Una dosis duplicada.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué ocurrió?
—Discutió con Salcedo. Al día siguiente aceptó dinero y se fue.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Cómo se llamaba?
—Verónica Salas.
Memoricé el nombre.
Aquella tarde Chela regresó de la lavandería.
Traía una caja de gasas nuevas.
Dentro encontré una tarjeta de presentación.
Arturo Méndez.
En la parte posterior había cinco palabras:
“Ya sé. Necesito prueba directa.”
No podíamos sacar expedientes.
No teníamos teléfonos.
Pero Rafael conocía la casa.
—En el despacho de mi padre hay un servidor de respaldo —me dijo—. Antes almacenaba cámaras de seguridad.
—¿Quién tiene acceso?
—Iván.
Convencerlo llevó horas.
Finalmente, esa noche, Iván apareció en la habitación.
Cerró la puerta.
—Tienen quince minutos.
Nos llevó a un pequeño despacho del primer piso.
El servidor seguía activo.
Muchas grabaciones habían sido borradas.
Pero una carpeta automática conservaba copias parciales.
Encontramos un video del día posterior al atentado.
Sebastián aparecía con el doctor Salcedo.
No había audio.
Pero sí se veía algo importante.
Salcedo cambiaba etiquetas de dos cajas de medicamentos.
Después Sebastián le entregaba un sobre.
Otra grabación mostraba a Arturo llegando tres veces.
En cada ocasión, un guardia salía a decirle que Rafael no quería recibirlo.
La tercera prueba fue peor.
Dos noches antes, el hombre de la notaría había entrado al despacho de Sebastián a las 11:18.
Rafael estaba dormido arriba.
A las 11:42, el hombre salió con la carpeta abierta.
Iván descargó los archivos en una memoria USB.
—Llévesela —me dijo.
—¿Cómo?
—Mañana viene el proveedor de oxígeno. Puedo conseguir que Arturo esté estacionado cerca.
Rafael me miró.
—Hazlo.
La mañana siguiente parecía demasiado tranquila.
A las once llegó la camioneta del proveedor.
Metí la USB dentro de la caja vacía de un apósito.
Bajé.
Al final del corredor apareció Sebastián.
—¿A dónde va?
—Por material.
—Lo traerán.
—Necesito verificarlo.
Caminó hacia mí.
—Déme la caja.
Mi corazón comenzó a golpear.
—Son gasas.
—Entonces no tendrá problema.
Extendió la mano.
Antes de que pudiera reaccionar, una voz sonó detrás de nosotros.
—Déjala.
Rafael estaba parado en la puerta de su habitación.
Por primera vez desde el accidente.
Apoyado en un andador.
Pálido.
Temblando.
Pero de pie.
Sebastián se volvió como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué haces?
Rafael avanzó un paso.
—Recordarte de quién es esta casa.
Durante tres segundos nadie se movió.
Entonces el doctor Salcedo apareció detrás de Rafael.
—No debería estar fuera de la cama.
—No vuelvas a tocarme.
Salcedo miró a Sebastián.
Ese intercambio de miradas fue suficiente.
Iván empujó discretamente la caja hacia mí.
Yo seguí caminando.
Llegué al área de servicio.
La camioneta estaba afuera.
El trabajador levantó una caja de cilindros.
Pasé junto a él.
—Esto va para Arturo Méndez.
Le entregué el paquete.
El hombre no reaccionó.
Solo lo guardó.
Habíamos ganado.
O eso creí.
A las seis de la tarde llegaron tres camionetas.
Sebastián entró con dos abogados, un nuevo jefe de seguridad y cuatro hombres que yo nunca había visto.
Iván fue retirado de su puesto.
Chela fue enviada a casa.
Y a mí me llamaron al comedor.
Sobre la mesa estaba mi teléfono.
Mi cartera.
Y una hoja.
—Contrato terminado —dijo Sebastián.
—¿Por qué?
—Robo de medicamentos.
Solté una risa incrédula.
—¿Qué?
Uno de los hombres colocó una pequeña ampolleta en una bolsa transparente.
—Fue encontrada en su equipaje.
La reconocí.
Era uno de los sedantes que había cuestionado.
—Eso no es mío.
—Tiene acceso al cuarto.
—También el doctor.
Salcedo estaba detrás de Sebastián.
Ni siquiera me miraba.
—Se reportará a la autoridad —dijo uno de los abogados.
Entonces comprendí el plan.
No querían simplemente despedirme.
Querían convertirme en una enfermera desesperada que había robado medicamentos, manipulado a un paciente vulnerable y después intentado extorsionar a una familia rica.
—Quiero ver a Rafael.
—No.
—Él puede confirmar lo que ocurrió.
Sebastián sonrió.
—Mi hermano será trasladado esta noche.
—¿A dónde?
—No le concierne.
Intenté subir.
Dos hombres bloquearon la escalera.
—¡Rafael!
Escuché un golpe arriba.
Después su voz.
—¡Mariana!
Quise correr.
Me sujetaron de los brazos.
—¡No firme nada! —grité—. ¡Arturo tiene las pruebas!
Sebastián dejó de sonreír.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
Sabía de la USB.
Me sacaron de la casa.
Al cruzar el patio vi una ambulancia privada estacionada junto a la entrada.
Rafael estaba siendo bajado en camilla.
Tenía los ojos abiertos.
Intentó incorporarse.
Uno de los paramédicos lo obligó a recostarse.
—¡Él no autorizó el traslado! —grité.
Nadie respondió.
En el portón había una patrulla.
Dos agentes se acercaron.
—¿Mariana Vega?
—Sí.
—Necesitamos que nos acompañe por una denuncia relacionada con medicamentos controlados.
Miré hacia la ambulancia.
Sebastián permanecía junto a la puerta.
La ambulancia arrancó.
Mi teléfono vibró dentro de la bolsa que acababan de devolverme.
Una transferencia bancaria apareció en pantalla.
$280,000 MXN.
Concepto:
“Liquidación de deuda hipotecaria.”
Remitente:
Una empresa que jamás había visto.
Me quedé helada.
Sebastián no solo había plantado medicamentos.
Había pagado exactamente la deuda de mi casa.
Ahora podía decir que yo había aceptado dinero.
Podía presentar la transferencia como soborno.
Uno de los policías abrió la puerta de la patrulla.
—Señora Vega.
Antes de subir miré la carretera.
Las luces rojas de la ambulancia ya desaparecían entre los árboles.
Y entendí lo que Sebastián acababa de hacer.
Me había convertido en la culpable perfecta.
Mientras Rafael, el único hombre capaz de demostrar lo contrario, estaba siendo llevado a un lugar que nadie quería decirme.