“Vuelve a gritarme y se acaba” — advirtió la camarera al Rey Vampiro… Su reacción fue de shock.

La Mesera Le Gritó al Hombre Más Peligroso de México Sin Saber que Era el Rey de los Vampiros… Días Después, Él le Ofreció un Contrato que Podía Salvar a su Familia o Condenarla para Siempre

PARTE 1

Toda la fondita quedó en silencio cuando el hombre del traje oscuro golpeó la mesa.

La superficie se agrietó bajo su mano.

—Exijo un servicio adecuado.

Elena sostuvo la cafetera con fuerza.

Tenía veinticuatro años, llevaba horas trabajando y estaba agotada de clientes arrogantes, facturas médicas y cuentas que jamás alcanzaban.

Su madre necesitaba diálisis.

Su hermano Leo estudiaba ingeniería.

Y Elena trabajaba turnos dobles para mantenerlos a ambos.

Así que aquella noche ya no tenía paciencia.

Se acercó al desconocido.

—Vuelve a gritarme y esto se acaba. Me respetas o te largas.

Dos hombres sentados al fondo se levantaron inmediatamente.

Eran guardaespaldas.

Elena comprendió demasiado tarde que aquel cliente no era un rico cualquiera.

Pero no retrocedió.

El hombre la observó durante varios segundos.

Después sonrió.

—Papas fritas. Y café solo.

Cuando Elena regresó con la comida, él había desaparecido.

Debajo del salero encontró una enorme propina y una servilleta.

Julián Torres.

Debajo había un número.

“Tienes fuego, Elena. No dejes que se apague.”

Ella utilizó parte del dinero para ayudar a su madre y comprar los libros de Leo.

Intentó olvidar a Julián.

No pudo.

Días después, camino a casa, varios hombres la rodearon.

Uno sonrió mostrando dientes afilados.

—Así que tú eres la humana que le gusta a Torres.

Elena sintió que el estómago se le hundía.

Vampiros.

La criatura la agarró del cuello.

Entonces una hoja plateada atravesó la oscuridad.

Una mujer rubia apareció y acabó con el atacante.

—Soy Silvia, jefa de seguridad del señor Torres.

—¿Señor Torres?

—El rey te está esperando.

Elena terminó dentro de un vehículo blindado rumbo a la Torre Torres.

En el último piso encontró a Julián contemplando Ciudad de México desde un ático gigantesco.

—Por tu culpa casi me matan —espetó ella.

Julián encendió una pantalla.

El edificio donde Elena vivía aparecía envuelto en llamas.

—Tu hermano está a salvo. Mis hombres lo sacaron antes del ataque.

Elena sintió que las piernas le fallaban.

—¿Quién hizo esto?

—Víctor Durán.

Julián explicó que Durán quería arrebatarle el trono vampírico.

Y ahora Elena había sido convertida en una supuesta debilidad.

—Entonces aléjate de mí.

—Ya es demasiado tarde.

Julián le ofreció un trato.

Ella viviría bajo su protección y lo acompañaría durante varios meses como su ancla humana, alguien capaz de impedir que perdiera lentamente su humanidad.

A cambio, él pagaría el tratamiento de su madre, toda la educación de Leo y protegería a ambos.

Elena aceptó.

Pero puso una condición.

—Si vuelves a gritarme como en la fondita, el trato termina.

Julián rió.

—Acepto.

Su primera aparición pública fue durante una gala donde se reunían los clanes vampíricos más poderosos.

Allí Elena conoció a Víctor Durán.

—Qué curioso —dijo él—. El gran Julián Torres necesita una mascota humana.

Elena sonrió.

—Yo no me rompo, señor Durán. Y a diferencia de usted, no necesito beber sangre para sentirme poderosa.

Todo el salón quedó paralizado.

Incluso Julián parecía orgulloso.

Más tarde bailaron.

Por primera vez, Elena olvidó el contrato.

Julián también.

En un balcón sobre la ciudad, él tocó su rostro.

—Estoy empezando a preocuparme por ti más que por mi corona.

Y la besó.

Fue entonces cuando Silvia apareció.

—Señor… tenemos una filtración.

Julián se separó de Elena.

—¿De dónde?

Silvia dudó.

—Los códigos de seguridad fueron enviados a Víctor Durán.

—¿Quién los envió?

La mirada de Silvia cayó sobre Elena.

—El teléfono de ella.

Julián tomó el aparato.

Los mensajes estaban allí.

Rutas de seguridad.

Códigos privados.

La ubicación de sus habitaciones.

Todo había salido del teléfono de Elena.

La ternura desapareció de sus ojos.

—¿Me traicionaste?

—Julián, yo no hice eso.

Él dio un paso hacia ella.

—Silvia.

—¿Sí, señor?

—Llévala a las celdas. Antes de que yo mismo le arranque la garganta.

PARTE 2

—¡Piensa! —gritó Elena mientras Silvia la sujetaba—. ¡Si fuera una espía, jamás habría usado mi propio teléfono!

Julián no respondió.

Le dio la espalda.

Elena fue sacada de la gala mientras decenas de vampiros observaban.

Junto a la salida estaba Víctor Durán.

Levantó su copa.

Y le guiñó un ojo.

En ese instante Elena entendió que había sido una trampa.

Dentro del vehículo de seguridad intentó convencer a Silvia.

—¿Quién más tiene acceso al sistema?

—Muy pocas personas.

—¿Marcos?

Silvia se tensó.

Marcos era el asesor financiero de Julián.

Su amigo más antiguo.

Había servido a la familia Torres durante siglos.

—Marcos jamás lo traicionaría.

—¿Y yo sí? Llevo unos días con ustedes.

Antes de que Silvia respondiera, una explosión levantó el vehículo.

Disparos comenzaron a caer desde los edificios.

Mercenarios descendieron sobre Torre Torres.

—Durán está atacando —dijo Silvia.

Elena la agarró del brazo.

—Entonces el verdadero traidor sigue dentro.

Silvia la miró.

Después le entregó un arma.

—Si estás mintiendo, te mataré yo misma.

—Perfecto.

Regresaron a la torre.

Elena rasgó su costoso vestido rojo para poder correr y siguió a Silvia por un ascensor de servicio.

Cuando llegaron al ático, todo estaba destruido.

Cuerpos.

Cristales.

Muebles rotos.

Encontraron a Julián dentro de la biblioteca.

Estaba de rodillas.

Su piel se había vuelto gris.

Tosía sangre negra.

Y frente a él estaba Marcos.

—Trescientos años —decía Marcos—. Trescientos años cuidando tu imperio mientras tú seguías obsesionado con los humanos.

Había vendido a Julián.

Víctor Durán le había prometido la mitad de Ciudad de México.

Marcos había utilizado el teléfono de Elena para enviar los códigos y después había envenenado a Julián.

—Sabía que sospecharías de ella —se burló—. Quieres a los humanos… pero en el fondo nunca confías en ellos.

Sacó un arma.

Apuntó a Julián.

Elena disparó primero.

La bala alcanzó a Marcos en el hombro.

Silvia se lanzó contra él.

Mientras ambos luchaban, Elena corrió hacia Julián.

—Mírame.

—Regresaste…

—Claro que regresé.

Lo arrastró hasta el cuarto de seguridad.

Julián apenas podía respirar.

—Antídoto… frasco azul.

Elena encontró una jeringa.

La clavó directamente en su pecho.

Julián arqueó el cuerpo.

Sus ojos brillaron de azul.

Lentamente el color regresó a su rostro.

—Casi te mato —murmuró.

—Sí.

—Y aun así volviste.

Elena lo miró.

—Porque soy tu ancla. Aunque seas un idiota.

Una sonrisa débil apareció en sus labios.

Pero todavía estaban rodeados.

Los hombres de Durán controlaban el edificio.

Julián abrió el arsenal del cuarto.

—¿Sabes disparar?

—No.

—Excelente.

Le entregó un arma.

Salieron juntos.

Elena nunca había visto algo como aquello.

Julián se movía entre los atacantes como una sombra.

Pero ella ya no permanecía escondida detrás de él.

Disparaba cuando podía.

Avisaba cuando alguien intentaba rodearlo.

Por primera vez no era Julián protegiendo a Elena.

Estaban luchando juntos.

Entonces Víctor Durán apareció.

—Mira lo que te hizo la humana —se burló—. Te volvió débil.

Julián atacó.

Los dos vampiros chocaron con una fuerza capaz de romper paredes.

Julián era más hábil.

Pero el veneno todavía lo debilitaba.

Durán terminó arrojándolo contra una chimenea.

Julián cayó.

—Se acabó.

Durán levantó las garras.

Elena corrió.

No hacia Durán.

Hacia Julián.

Le agarró el rostro.

Y le dio una bofetada.

El sonido hizo que incluso Víctor se detuviera.

—¡Levántate!

Julián apenas enfocaba la mirada.

—Elena…

—¡Me prometiste un contrato! ¡Prometiste proteger a mi familia! Si mueres ahora, estás rompiendo tu palabra.

Lo sacudió.

—Eres el rey de Ciudad de México. ¡Actúa como tal!

Algo cambió.

El vínculo de ancla respondió.

La furia, el miedo y la determinación de Elena atravesaron a Julián.

Sus ojos volvieron a encenderse.

Ya no parecía herido.

Parecía una catástrofe.

—Ella tiene razón —susurró.

Durán atacó.

Esta vez Julián atrapó su muñeca.

La rompió.

Después invocó su espada hacia su mano y atravesó el pecho de Víctor, clavándolo contra la pared.

La guerra terminó.

Cuando todo quedó en silencio, Julián se sentó exhausto.

—Rompí nuestro trato.

Elena arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Te grité.

Ella casi comenzó a reír.

—Es verdad.

Julián bajó la mirada.

—Transferiré todo el dinero acordado. Tu madre tendrá el mejor tratamiento posible. Leo terminará sus estudios. Eres libre.

Comenzó a levantarse.

Elena lo agarró de la corbata.

—Siéntate.

Julián obedeció inmediatamente.

—Dije que ese contrato quedaba anulado.

Se inclinó hacia él.

—Nunca dije que no pudiéramos negociar otro.

Los ojos de Julián se abrieron.

—Condiciones.

Elena levantó un dedo.

—Primera: nunca más secretos. Si sospechas de mí, preguntas antes de encerrarme.

—Aceptado.

—Segunda: Silvia me enseñará a usar armas. No pienso volver a ser una damisela indefensa.

—Aceptado.

Elena levantó el tercer dedo.

—Y me debes un vestido nuevo y una cena decente en un lugar donde nadie intente asesinarnos.

Julián sonrió.

Una sonrisa auténtica que durante unos segundos consiguió que dejara de parecer un rey inmortal.

—Conozco un lugar.

—¿Cuál?

—La Fondita de Sal.

Elena soltó una carcajada.

—El servicio es terrible.

—Pero las papas son excelentes.

Esta vez cuando Julián la besó nadie los interrumpió.

Después caminaron hacia el balcón.

Abajo, las luces de Ciudad de México se extendían hasta el horizonte.

Helicópteros comenzaban a acercarse.

Los clanes descubrirían que Víctor había caído.

Y que el rey seguía vivo.

Julián tomó la mano de Elena.

—Que vengan. Que todos vean que el rey ha vuelto.

Elena entrelazó sus dedos con los de él.

—Y la reina.

Julián la miró.

Ya no había arrogancia en sus ojos.

Solo respeto.

—Larga vida a la reina.

Y salieron juntos hacia el balcón.

Todo había comenzado porque una mesera agotada se negó a permitir que un extraño le gritara.

Elena creyó que aquella noche solo estaba defendiendo su dignidad.

Nunca imaginó que ese pequeño acto de valentía terminaría derribando a un traidor, salvando a un rey inmortal…

y cambiando para siempre quién gobernaría la noche de Ciudad de México.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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