Viajó para casarse con un vikingo… pero al llegar encontró su tumba y a su hermano encadenado
Viajó para casarse con un vikingo… pero al llegar encontró su tumba y a su hermano encadenado

PARTE 1
Astrid Baldisdottir había cruzado mares embravecidos, soportado frío, hambre y noches sin dormir por una sola razón:
empezar de nuevo.
En Dinamarca había dejado atrás a un padre endeudado que pretendía casarla con Ragnar Stenson, un hombre mucho mayor que ella cuya reputación hacía temblar incluso a sus propios sirvientes.
Astrid se negó.
En secreto había enviado una carta al norte ofreciendo matrimonio a cualquier hombre honorable dispuesto a darle protección y un hogar.
Erik Haraldson respondió.
No le prometió amor.
Le prometió respeto.
Para Astrid era suficiente.
Escapó antes de que su padre pudiera detenerla y tomó el primer barco hacia Noruega.
Durante todo el viaje imaginó el momento en que finalmente conocería a Erik.
Pero cuando el barco llegó a Skaldheim, nadie sonreía.
Un anciano de barba gris la recibió en el muelle.
—¿Astrid Baldisdottir?
—Sí. He venido para casarme con Erik Haraldson.
El hombre bajó la mirada.
—Llegaste demasiado tarde.
Astrid sintió que el frío le atravesaba el pecho.
—¿Qué quiere decir?
—Erik cayó durante una batalla.
Todo desapareció a su alrededor.
Las voces.
Las olas.
El viento.
Había cruzado medio mundo para encontrar un futuro.
Ahora no tenía esposo.
No podía regresar a Dinamarca.
Y ni siquiera conocía a una sola persona en aquellas tierras.
Entonces escuchó cadenas.
Giró la cabeza.
Cerca del borde del puerto había un hombre enorme sujeto a un poste.
Tenía el cabello oscuro y desordenado, hombros extraordinariamente anchos y unos ojos azules que no parecían pertenecer al monstruo que todos describían.
Parecían los ojos de alguien completamente derrotado.
—¿Quién es? —preguntó.
El anciano endureció la expresión.
—Bjorn Haraldson. Hermano de Erik.
—¿Por qué está encadenado?
—Porque es un berserker.
Durante la batalla en la que Erik había caído, Bjorn perdió el control de su furia y también hirió a hombres de su propio clan.
Ahora nadie confiaba en él.
Algunos exigían que fuera expulsado.
Otros querían que no volviera a caminar libremente entre ellos.
Ni siquiera su padre, el jarl Harald, sabía qué hacer con su único hijo vivo.
Astrid volvió a mirar a Bjorn.
Él también la estaba observando.
No había amenaza en su rostro.
Solo cansancio.
Y culpa.
Entonces habló.
—Tú eres la prometida de mi hermano.
Astrid asintió.
Bjorn hizo sonar ligeramente las cadenas.
—Erik está muerto.
—Ya me lo dijeron.
—Y tú no tienes dónde ir.
Astrid sintió que aquellas palabras dolían porque eran ciertas.
Bjorn continuó:
—Yo tampoco tengo futuro.
El anciano murmuró una advertencia, pero Astrid apenas lo escuchó.
—¿Qué quieres decir?
Bjorn respiró profundamente.
—Mi padre aún no ha decidido qué hacer conmigo. Si sigo siendo simplemente el berserker que perdió el control, probablemente me expulsarán… o algo peor.
Astrid frunció el ceño.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
Por primera vez, Bjorn pareció dudar.
Después la miró directamente.
—Cásate conmigo.
Astrid creyó haber oído mal.
—¿Qué?
—Tú necesitas un hogar. Yo necesito una razón para que mi padre me permita seguir viviendo.
Los murmullos estallaron alrededor del muelle.
Bjorn no apartó la mirada.
—No te prometo riqueza.
Hizo una pausa.
—Ni siquiera puedo prometerte una vida fácil.
Astrid observó las cadenas que rodeaban sus muñecas.
—Entonces, ¿qué puedes prometerme?
Bjorn respondió con una sinceridad brutal:
—Que nunca fingiré ser algo que no soy.
Luego bajó la voz.
—Tú viniste hasta aquí buscando un esposo, Astrid. El hombre que buscabas ya no puede recibirte.
Sus ojos azules encontraron los de ella.
—Pero yo sigo aquí.
PARTE 2
Astrid no respondió inmediatamente.
Fue llevada ante el jarl Harald.
El padre de Erik y Bjorn parecía un hombre envejecido de golpe por el dolor.
Cuando Astrid preguntó qué ocurriría con ella, Harald le explicó que podía permanecer en Skaldheim hasta que hubiera un barco de regreso al sur.
—No puedo regresar —respondió.
No quería contarle todos los detalles sobre Ragnar.
Solo necesitaba que entendiera una cosa.
Volver significaba perder nuevamente el derecho a elegir su propia vida.
Entonces mencionó la propuesta de Bjorn.
Harald se levantó furioso.
—¡Mi hijo no está en condiciones de ser esposo de nadie!
—¿Porque es un berserker?
—Porque cuando la furia despierta, él deja de ser el hombre que conoces.
Astrid recordó los ojos de Bjorn en el puerto.
—He conocido hombres verdaderamente crueles, mi señor.
Miró al jarl con serenidad.
—Su hijo no tenía los ojos de un monstruo. Tenía los ojos de alguien que sufre por lo que hizo.
Aquello silenció a Harald.
Finalmente confesó que Bjorn siempre había vivido a la sombra de Erik.
Erik era el hijo perfecto.
Bjorn, el difícil.
La furia berserker había aparecido por primera vez cuando era apenas un muchacho, y desde entonces incluso su padre le había tenido miedo.
—Si aceptaras casarte con él —dijo Harald— tendría que perdonle la vida.
—¿Y después?
—No podría quedarse aquí. Los dos vivirían exiliados en una cabaña de las montañas.
Astrid pidió hablar nuevamente con Bjorn.
Esta vez a solas.
Cuando llegó al puerto, él seguía encadenado.
—¿Por qué quieres casarte conmigo? —preguntó ella.
Bjorn no adornó la respuesta.
—Porque quiero vivir.
Aquella sinceridad la sorprendió.
—¿Y si la furia vuelve?
—No puedo prometerte que nunca ocurrirá.
—Entonces tampoco puedes prometer que estaré segura.
Bjorn bajó la mirada.
—No.
Astrid pensó en Ragnar.
Un hombre que sonreía mientras escondía su crueldad.
Después miró a Bjorn.
Un hombre que le mostraba sus peores partes antes incluso de que ella aceptara acercarse.
Aquello importaba.
—Tengo condiciones.
Bjorn levantó la cabeza.
—Dime.
—Nunca me mentirás.
—De acuerdo.
—Si sientes que estás perdiendo el control, me lo dirás.
—Sí.
—Seré tu esposa, no tu propiedad.
Bjorn asintió sin vacilar.
—Tu igual.
Astrid añadió una última condición:
—Y no me tocarás hasta que yo lo decida.
—Lo prometo.
Astrid respiró profundamente.
—Entonces acepto.
La boda fue sencilla.
Nadie celebró.
La gente miraba a Bjorn con miedo y a Astrid como si acabara de cometer el mayor error de su vida.
Después ambos fueron enviados a una pequeña cabaña en las montañas.
La primera noche, Astrid temió que Bjorn olvidara su promesa.
En cambio, él tomó una manta.
—Dormiré junto al fuego.
—Hay una cama.
—Es tuya.
—Podemos compartirla sin…
Bjorn negó.
—Dijiste que no te tocaría hasta que tú quisieras.
Extendió la manta sobre el suelo.
—No pienso romper mi palabra el primer día.
Astrid lo observó en silencio.
Ragnar jamás habría respetado un límite semejante.
Y aquel hombre, al que todos llamaban monstruo, lo hacía sin siquiera pedir reconocimiento.
Los días se convirtieron en semanas.
Bjorn reparó el techo, cortó leña y convirtió el refugio abandonado en una casa.
Astrid cocinaba, organizaba las provisiones y comenzó un pequeño jardín.
Al principio apenas hablaban.
Después llegaron las conversaciones.
Y una noche llegó una pesadilla.
Astrid despertó al escuchar a Bjorn murmurar junto al fuego.
Pedía perdón.
Repetía nombres.
Los nombres de los hombres a quienes había lastimado durante su furia.
Astrid se acercó.
—Bjorn.
Él despertó sobresaltado.
—Vuelve a la cama.
—¿Quiénes eran?
Bjorn permaneció en silencio.
Nadie se lo había preguntado.
Todos hablaban de las víctimas.
Pero nadie había querido saber si él las recordaba.
Bjorn comenzó a contarle sobre cada hombre.
El pescador que le daba comida cuando era niño.
El herrero que había hecho su primera espada.
El padre de familia que siempre bromeaba durante los entrenamientos.
Recordaba a todos.
Lo único que no podía recordar era el instante en que la furia había tomado el control.
—¿Todavía crees que soy un monstruo? —preguntó.
Astrid negó.
—Un monstruo no pasaría cada noche recordando los nombres de aquellos a quienes hizo daño.
Algo cambió entre ellos.
Bjorn comenzó a reír ocasionalmente.
Astrid dejó de temer sus silencios.
La distancia entre la cama y el suelo se hizo cada vez más pequeña.
Hasta que un día Bjorn le contó la verdad sobre Erik.
Su hermano había caído protegiéndolo.
La furia había despertado después de verlo caer.
—Todo ocurrió por mí.
Astrid tomó su rostro entre las manos.
—No puedes cambiar aquello que ocurrió.
—Entonces ¿qué puedo hacer?
—Aprender.
Lo miró.
—No debes pasar toda tu vida castigándote. Debes aprender a reconocer cuándo esa furia se acerca y evitar que vuelva a controlar tus decisiones.
Bjorn la miró como si nadie le hubiera sugerido jamás que podía existir un futuro.
Astrid se inclinó y lo besó.
Fue breve.
Bjorn quedó completamente inmóvil.
—Astrid…
—No lo hago por nuestro acuerdo.
Lo besó nuevamente.
—Te elijo.
Los ojos del enorme guerrero se llenaron de emoción.
—Nadie me había elegido antes.
Ella apoyó la frente contra la suya.
—Ahora sí.
La primavera llegó.
Con ella llegaron tres hombres enviados por Harald.
Había guerra.
El jarl necesitaba a todos sus guerreros.
Incluso a Bjorn.
Si luchaba y el clan sobrevivía, su exilio terminaría.
Si se negaba, perdería la protección de su padre.
Bjorn quedó devastado.
—Si entro nuevamente en batalla, la furia puede regresar.
Astrid recordó todas las conversaciones de los últimos meses.
—Entonces aprenderemos a reconocerla.
Bjorn explicó las señales.
Primero sentía calor en el pecho.
Después un rugido en los oídos.
Finalmente el mundo parecía volverse rojo.
—Cuando ocurra —dijo Astrid— te retirarás.
—¿Y si no puedo?
—Entonces me buscarás.
Bjorn negó.
—No quiero ponerte en peligro.
—No te dejaré luchar solo contra algo que llevas enfrentando toda tu vida.
Bjorn aceptó regresar.
Pero puso una condición.
Astrid permanecería cerca del campo.
Ella sería su ancla.
La noche anterior al enfrentamiento, ambos se sentaron bajo las estrellas.
—Tengo miedo —admitió Bjorn.
—Yo también.
—¿Y si fallo?
Astrid tomó su mano.
—Entonces intentaremos otra vez.
Bjorn la abrazó.
—Te amo.
Astrid lloró.
Era la primera vez que lo decía.
—Yo también te amo.
Al día siguiente Bjorn luchó junto a los hombres que antes habían temido su presencia.
Durante horas mantuvo el control.
Hasta que Astrid vio el cambio.
Los hombros tensos.
Los movimientos cada vez más desordenados.
La furia estaba despertando.
Ella corrió hacia él.
—¡Bjorn!
Por un instante él no reaccionó.
Astrid creyó haber llegado demasiado tarde.
Entonces gritó nuevamente:
—¡Mírame!
Bjorn giró.
Sus ojos tardaron unos segundos en reconocerla.
—Astrid…
—Estoy aquí.
Ella extendió la mano.
—Vuelve conmigo.
Bjorn dejó caer el arma.
Cayó de rodillas, temblando.
Pero la furia retrocedió.
Por primera vez en su vida…
la había detenido.
Aquella fue la verdadera victoria.
Cuando la batalla terminó, Harald llamó a su hijo frente a los líderes del clan.
—Hoy vi algo que nunca creí posible.
Miró a Bjorn.
—No venciste únicamente a nuestros enemigos. Te enfrentaste a algo que lleva dominándote desde niño.
Harald reconoció entonces su propio error.
Había culpado a Bjorn por sobrevivir cuando Erik no lo hizo.
Había tenido miedo de su hijo cuando debía haber intentado ayudarlo.
—Tu exilio termina hoy.
Bjorn apenas podía creerlo.
Pero Harald no había terminado.
—Y puesto que eres mi único hijo vivo, te nombro heredero de Skaldheim.
Bjorn retrocedió.
—No puedo liderar.
—Un hombre que sabe que posee oscuridad dentro de sí y lucha cada día para controlarla puede ser mejor líder que uno convencido de no tener defectos.
Bjorn miró a Astrid.
Ella no decidió por él.
Solo dijo:
—Ya no estás solo.
Bjorn aceptó con una condición.
Astrid sería reconocida como su igual.
—Ella creyó en mí cuando nadie más lo hizo. Si voy a gobernar algún día, será con ella a mi lado.
Harald aceptó.
Años después, Bjorn se convirtió en jarl.
La gente que antes se apartaba al verlo comenzó a buscarlo para pedir consejo.
La furia no desapareció mágicamente.
Pero Bjorn aprendió a reconocerla.
Y cuando sentía la oscuridad acercarse, recordaba aquello por lo que realmente quería seguir siendo él mismo.
Astrid.
Su hogar.
Y su hija pequeña, Sigrid.
Una tarde, la niña apareció corriendo con una piedra brillante.
—Papá dice que esta piedra me protegerá de los monstruos.
Astrid sonrió.
—Tu padre sabe bastante sobre monstruos.
La niña asintió seriamente.
—Dice que el más difícil vive dentro de nosotros.
Astrid miró hacia Bjorn.
El antiguo prisionero estaba al otro lado del salón resolviendo una disputa entre dos comerciantes.
Ya no había cadenas.
No había miedo en los ojos de quienes lo rodeaban.
Cuando la vio, Bjorn sonrió.
Aquella sonrisa todavía conseguía detenerle el corazón.
Más tarde, sentados juntos frente al fuego, Bjorn preguntó:
—¿Alguna vez piensas en aquel día en el puerto?
—Muchas veces.
—Viajaste tanto para casarte con un hombre que nunca conociste.
—Y encontré a otro encadenado.
Bjorn rio suavemente.
—Y cometiste la locura de aceptar su propuesta.
Astrid apoyó la cabeza sobre su hombro.
—La mejor locura de mi vida.
Bjorn tomó su mano.
—Viniste buscando un esposo.
Astrid entrelazó sus dedos con los de él.
—No.
—¿No?
Ella sonrió.
—Pensé que buscaba un esposo.
Miró el hogar que habían construido.
A su hija.
Al hombre que había pasado de verse a sí mismo como una maldición a convertirse en padre, esposo y líder.
—En realidad estaba buscando un lugar donde pudiera elegir mi propia vida.
Bjorn besó su frente.
Astrid cerró los ojos.
Había viajado creyendo que su futuro tenía el nombre de Erik Haraldson.
Pero el destino la había llevado hasta un hombre encadenado al que nadie quería mirar.
Y al final comprendió que a veces el hogar que buscamos no está donde esperábamos encontrarlo.
A veces está en la persona que también estaba esperando que alguien la eligiera.