«Vete antes del amanecer», ordenó él; pero el lobo del Rey Alfa bloqueaba todas las puertas que ella intentaba cruzar.

«Vete antes del amanecer», ordenó él; pero el lobo del Rey Alfa bloqueaba todas las puertas que ella intentaba cruzar.

PARTE 1

—Haz tus maletas y vete antes del amanecer.

Vivien Hayes sintió que esas palabras le arrancaban el corazón.

Frente a ella, Alpha King Valente Belmont permanecía de pie junto a la ventana de su estudio, observando la lluvia golpear los bosques de Oregón.

Durante seis meses habían mantenido su relación en secreto.

Para el mundo humano, Valente era el poderoso director de Belmont Logistics.

Para las manadas, era el despiadado rey Alfa que controlaba gran parte de la costa oeste.

Vivien era todo lo contrario.

Una joven archivista.

Una loba latente incapaz de transformarse.

Sin apellido poderoso.

Sin sangre pura.

Pero Valente le había prometido que encontrarían una manera de vencer las antiguas leyes.

Aquella noche retiró todas sus promesas.

—Los Laurent llegarán mañana —dijo—. Firmaré un tratado con ellos.

Finalmente la miró.

—Y tomaré a Genevieve Laurent como mi Luna.

Vivien retrocedió.

—¿Me estás abandonando por una alianza?

Valente no respondió.

Arrojó un grueso sobre sobre el sofá.

Dentro había medio millón de dólares, documentos con una identidad nueva y la escritura de una propiedad en Montana.

—Toma tu coche. Una sola maleta. Desaparece antes de que salga el sol.

—Eres un cobarde.

Algo se quebró detrás de los ojos de Valente.

Pero su rostro continuó siendo de piedra.

—Vete, Vivien.

Ella corrió de la habitación antes de que pudiera verla llorar.

En su dormitorio metió ropa dentro de una vieja bolsa.

No tomó las joyas que Valente le había regalado.

No quería nada suyo.

Entonces, al vaciar su neceser, vio una pequeña prueba de embarazo.

Dos líneas rosas.

Vivien se llevó una mano a la boca.

Estaba embarazada.

Había planeado decírselo aquella noche.

Pensó que un hijo podía cambiarlo todo.

En cambio, ahora debía protegerlo sola.

Guardó la prueba y salió.

Pero cuando intentó abrir la puerta principal, el sistema de seguridad rechazó su código.

Probó otra vez.

Nada.

—¿Qué demonios…?

Corrió hacia la salida del servicio.

Un gruñido profundo la detuvo.

Desde las sombras de la cocina apareció un enorme lobo negro.

Casi cuatro pies de altura.

Músculos poderosos.

Ojos ámbar incandescentes.

Vivien reconoció inmediatamente esos ojos.

—Valente.

El hombre le había ordenado marcharse.

Pero su bestia había tomado el control.

El lobo se colocó entre ella y la puerta.

—Déjame salir.

Vivien intentó pasar.

La criatura la empujó suavemente hacia atrás.

Intentó otra vez.

El lobo tomó la manga de su suéter entre los dientes y la apartó de la salida.

—¡Tú me dijiste que me fuera!

Entonces el animal acercó el hocico a su vientre.

Inhaló.

Se quedó inmóvil.

Vivien dejó de respirar.

El lobo sabía que estaba embarazada.

Emitió un gemido bajo, casi doloroso, y comenzó a empujarla lejos de las puertas.

Finalmente Vivien terminó sentada al pie de la escalera, llorando.

El enorme animal se tumbó delante de ella.

No permitiría que se marchara.

—¿Por qué haces esto? —susurró—. Él ya no me quiere.

De repente se escuchó un sonido metálico.

Click.

Los cerrojos de la entrada comenzaron a abrirse solos.

El lobo se levantó de golpe.

Su pelaje se erizó.

Vivien miró el panel de seguridad.

Entonces comprendió algo aterrador.

El sistema nunca había sido bloqueado para impedir que ella saliera.

Alguien lo había puesto en cierre absoluto desde fuera.

Recordó el dinero.

El pasaporte.

La casa en Montana.

La desesperación escondida detrás de la frialdad de Valente.

“No estés aquí cuando salga el sol.”

No había sido una amenaza.

Había sido una advertencia.

Valente no estaba intentando reemplazarla por Genevieve.

Estaba intentando sacarla de la mansión antes de que comenzara un ataque.

Cinco sombras aparecieron detrás del cristal de la entrada.

Hombres armados.

Lobos renegados.

Y frente a ellos estaba Harrison…

el propio beta de Valente.

PARTE 2

Las puertas se abrieron violentamente.

Harrison entró acompañado por mercenarios armados.

—Registren la casa —ordenó—. Belmont debe estar aquí. Si encuentran a la chica, tómenla viva.

Vivien sintió que todo encajaba.

Harrison había traicionado a su rey.

Los Laurent no venían a firmar ningún tratado.

Querían apoderarse de Belmont Logistics, sus puertos y las rutas comerciales de la costa oeste.

El lobo negro salió de las sombras.

El rugido hizo temblar la mansión.

Harrison apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Valente se lanzó contra los intrusos con una ferocidad que Vivien jamás había visto.

Ella retrocedió hacia las escaleras, protegiéndose el vientre.

Los atacantes dispararon munición de plata.

El lobo continuó avanzando.

Entonces uno de los mercenarios apuntó directamente hacia Vivien.

—¡Déjalo o ella cae!

El enorme animal giró.

Vivien vio el arma.

Instintivamente puso ambas manos sobre su vientre.

Se escuchó el disparo.

Pero el impacto nunca llegó.

Valente se interpuso.

El proyectil de plata alcanzó su pecho.

El lobo cayó.

—¡Valente!

Vivien corrió hacia él.

Su cuerpo comenzó a recuperar la forma humana.

La herida estaba cerca del corazón y la plata estaba envenenando rápidamente su organismo.

Valente abrió apenas los ojos.

—Te dije… que corrieras.

—Tu estúpido lobo no me dejó.

Una sonrisa débil apareció en su rostro.

—Es más inteligente que yo.

Vivien lloró.

—Me mentiste.

Valente asintió con dificultad.

Harrison había vendido información a Richard Laurent.

La supuesta alianza matrimonial solo había sido una historia para obligar a Vivien a huir sin intentar quedarse junto a él.

—Los Laurent vendrán al amanecer —susurró—. Tienes que irte.

Vivien negó con la cabeza.

—No.

Arrastró a Valente hasta una habitación de seguridad oculta dentro de la mansión.

Allí encontró un pequeño equipo médico preparado para emergencias de la manada.

La plata debía salir de su cuerpo.

Con las manos temblando, Vivien logró extraer el proyectil y detener el envenenamiento.

Poco a poco, la respiración de Valente se estabilizó.

Pero quedó inconsciente.

Entonces Vivien miró los monitores.

Una caravana de vehículos negros estaba entrando a la propiedad.

Richard Laurent había llegado.

A su lado estaba su hija Genevieve.

Vivien observó al hombre que amaba.

Valente no podía proteger su territorio.

Esta vez debía hacerlo ella.

No tenía garras.

No tenía colmillos.

Ni siquiera podía transformarse.

Pero poseía algo que los Alfas habían subestimado toda su vida.

Su mente.

Como archivista de Belmont Logistics, Vivien conocía los sistemas corporativos mejor que muchos ejecutivos.

Comenzó a buscar.

Transferencias.

Empresas fantasma.

Manifiestos portuarios.

Cuentas secretas.

Y encontró algo devastador.

Richard había desviado miles de millones del fondo destinado a viudas y huérfanos de su propia manada.

También había utilizado los puertos de Belmont para introducir armamento ilegal de plata.

Vivien descargó cada documento.

Después creó un sistema automático.

Si no introducía periódicamente su clave biométrica, toda la información sería enviada a los ancianos Laurent, al Consejo Alfa y a las autoridades.

Luego abrió la habitación de seguridad.

Salió sola.

Decenas de armas apuntaron hacia ella.

Richard sonrió.

—La pequeña mascota de Belmont.

Dos hombres se dirigieron hacia el cuerpo inconsciente de Valente.

—Un paso más —dijo Vivien— y tu imperio desaparece.

Richard se detuvo.

Vivien levantó una tableta.

—Tengo todas tus cuentas.

Su rostro cambió.

—Tengo los fondos que robaste. Las compañías fantasma. Los cargamentos de plata.

La sonrisa de Richard desapareció.

Vivien continuó:

—La información está conectada a un sistema automático. Si algo me sucede, todos lo sabrán.

Genevieve miró a su padre.

—¿Es verdad?

Richard no respondió.

Eso fue suficiente.

Vivien había esperado que Genevieve fuera su enemiga.

Se equivocó.

La joven heredera no quería a Valente.

Ni siquiera deseaba convertirse en su Luna.

Quería estabilidad, negocios y poder.

Cuando Richard intentó atacar a Vivien, Genevieve lo detuvo.

—Basta, padre.

Varios mercenarios giraron sus armas hacia Richard.

Genevieve acababa de tomar el control de su propia manada.

—Has puesto nuestro apellido en peligro por tu codicia.

Después miró a Vivien.

—Negociemos.

Llegaron a un acuerdo comercial que permitía a ambas organizaciones mantener sus territorios mientras Genevieve retiraba a sus hombres y se llevaba detenido a su padre.

Valente despertó a tiempo para aprobarlo.

Cuando los vehículos Laurent finalmente abandonaron la propiedad, él se derrumbó contra la pared.

Vivien se sentó junto a él.

Valente enterró el rostro contra su cuello.

—Te quedaste.

—Tu lobo me secuestró dentro de tu propia casa.

Él soltó una risa agotada.

—Porque sabía algo que yo intentaba negar.

Le sostuvo el rostro.

—Eres mi compañera. Y fui un idiota al creer que protegerte significaba alejarte.

—Sí. Fuiste un idiota.

Los dos rieron débilmente.

Entonces llegaron los ancianos de la manada Belmont.

Su líder, Arthur Pendleton, contempló a Vivien con desprecio.

—Una latente no puede permanecer en la fortaleza del Alfa. Su presencia demuestra debilidad.

Valente intentó levantarse.

Vivien lo detuvo.

Esta vez hablaría ella.

—No pueden expulsarme.

Arthur arqueó una ceja.

—¿Y por qué no?

Vivien conocía perfectamente las leyes antiguas.

—Porque ninguna persona puede desterrar ni deshonrar a la madre del heredero Alfa.

El salón quedó en silencio.

Valente la miró.

Vivien puso una mano sobre su vientre.

—Estoy embarazada.

Los ojos de Valente se abrieron.

—¿Qué?

—Tres semanas.

Las antiguas leyes eran claras.

La madre del heredero tenía derecho al título de Luna incluso si era latente.

Uno por uno, los ancianos inclinaron la cabeza.

Valente se puso de pie a pesar de la herida y tomó a Vivien entre sus brazos.

—Un bebé…

Ella apoyó la frente contra la suya.

—Así que nada de volver a encerrarme fuera de tus problemas.

—Nunca.

—Y nada de fingir que vas a casarte con otra mujer.

—Definitivamente nunca.

Meses después, Vivien ya no era la joven archivista escondida en los pasillos de Belmont Logistics.

Se sentaba a la cabeza de la mesa ejecutiva.

Genevieve, ahora líder de los territorios del norte, se había convertido en una inesperada socia comercial.

Pero los ancianos Belmont todavía tenían una última jugada.

Argumentaron que, por la genética latente de Vivien, existía la posibilidad de que su hijo naciera sin poder transformarse.

Propusieron crear un consejo de regencia que gobernaría en lugar del niño.

Vivien sonrió.

—Interesante.

Arthur comenzó a explicar las leyes de la manada.

Ella lo interrumpió.

—La ley de los lobos decide quién controla la manada.

Encendió una pantalla.

—Pero la ley humana decide quién posee las empresas.

Antes de aquella reunión, Valente había transferido Belmont Logistics, la propiedad, las flotas, los puertos y sus reservas financieras a un fideicomiso irrevocable.

Vivien era la principal beneficiaria y directora ejecutiva.

Valente, legalmente, era ahora empleado de la compañía que ella controlaba.

Arthur quedó pálido.

—No harías eso.

—Si intentan quitarle a mi hijo su lugar porque no puede transformarse, venderé cada propiedad, cerraré sus cuentas y desmantelaré el imperio que ustedes creen controlar.

—¿Destruirías tu propia manada?

Vivien negó con la cabeza.

—Protegeré a mi familia.

Miró directamente a Arthur.

—Los colmillos pueden romperse. Las garras también.

Sonrió.

—Pero es bastante difícil pelear contra una transferencia bancaria.

Arthur miró desesperadamente a Valente.

El Rey Alfa se reclinó tranquilamente en su silla.

Una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.

—Escuchaste a tu Luna.

El anciano bajó la cabeza.

—Entendido.

Horas más tarde, Vivien regresó a la mansión.

La nieve cubría los bosques de Oregón.

Se sentó cerca del fuego usando el mismo suéter grande que había llevado la noche en que Valente intentó expulsarla.

Una enorme cabeza negra descansó sobre su regazo.

Valente estaba nuevamente en forma de lobo.

Vivien acarició su grueso pelaje.

El animal apoyó cuidadosamente el hocico contra su vientre.

Entonces el bebé dio una patada.

Las orejas del enorme lobo se levantaron.

Emitió un pequeño gemido emocionado.

Vivien rio.

—Vas a ser un padre terriblemente blando, ¿verdad?

El lobo cerró los ojos mientras ella le acariciaba debajo de la mandíbula.

Meses atrás, aquella misma criatura había bloqueado una puerta para impedir que su compañera desapareciera.

Ahora parecía decidido a pasar el resto de su vida vigilando a Vivien y al pequeño que crecía dentro de ella.

Vivien nunca necesitó convertirse en una loba gigantesca para demostrar que era poderosa.

No conquistó a sus enemigos con colmillos.

Lo hizo con inteligencia.

Con valor.

Y con la decisión de no volver a permitir que nadie eligiera su destino por ella.

Incluso cuando ese alguien era el hombre que amaba.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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