Unos gemelos humanos hambrientos encuentran el anillo perdido del rey vampiro; su único deseo rompe su corazón helado.

Unos gemelos humanos hambrientos encuentran el anillo perdido del rey vampiro; su único deseo rompe su corazón helado.

PARTE 1

La noche en que mi hermana y yo salimos a buscar ayuda, pensé que íbamos a morir en la nieve.

No sabía que aquella caminata cambiaría nuestras vidas para siempre.

Me llamo Tessa Vance y todavía recuerdo el sonido de mis propios pasos sobre el hielo. Cada pisada parecía demasiado fuerte en aquella ciudad vacía, como si el mundo entero pudiera escuchar que dos niñas pequeñas estaban solas.

La nieve caía sin parar. El viento atravesaba mi chaqueta vieja y mis manos temblaban dentro de unos guantes gastados que ya no protegían del frío.

Pero no podía detenerme.

No podía hacerlo porque Kaia caminaba a mi lado.

Mi hermana gemela apenas podía mantenerse de pie. Sus labios estaban morados y sus pequeños dedos estaban aferrados a mi mano.

—Tessa… tengo frío —susurró.

La miré y traté de sonreír.

—Un poco más. Encontraremos ayuda.

Pero en el fondo tenía miedo.

Mucho miedo.

Nuestra mamá llevaba tres días sin levantarse de la cama. Al principio pensé que solo estaba cansada, que pronto despertaría y volvería a prepararnos comida mientras nos contaba historias antes de dormir.

Pero no ocurrió.

La fiebre empeoró.

La tos se volvió más fuerte.

Y llegó un momento en que entendí que si queríamos salvarla, alguien tenía que hacer algo.

Aunque ese alguien fuéramos nosotras.

Vivíamos escondidas en una pequeña habitación de un viejo motel. Mamá siempre decía que no debíamos llamar la atención, que había personas que podían hacernos daño si descubrían quiénes éramos realmente.

Nunca entendí completamente sus palabras.

Solo sabía que mamá tenía miedo.

Y cuando mamá tenía miedo, yo escuchaba.

Aquella noche salimos sin decirle nada.

Porque quedarnos significaba verla empeorar.

Caminamos por calles que parecían interminables. Los edificios eran enormes sombras alrededor de nosotras y las luces de los postes parecían estrellas demasiado lejanas para calentarnos.

Kaia tropezó y cayó sobre la nieve.

Corrí hacia ella.

—¿Estás bien?

Ella asintió, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Quiero a mamá.

Sentí un nudo en la garganta.

Yo también la quería.

Más que cualquier cosa.

La abracé unos segundos y después seguimos avanzando.

Fue entonces cuando vimos algo extraño.

Al final de una calle antigua apareció una enorme construcción que parecía un castillo salido de uno de los cuentos que mamá nos leía.

Sus torres desaparecían entre las nubes.

Sus ventanas oscuras parecían observarnos.

—¿Vive un rey ahí? —preguntó Kaia.

Recordé las historias de mamá.

Historias donde los reyes ayudaban a quienes sufrían.

—Tal vez —respondí.

Nos acercamos porque ya no teníamos otra opción.

Pero antes de llegar a la entrada encontramos algo enterrado bajo la nieve.

Un brillo dorado llamó mi atención.

Me agaché y aparté la nieve con mis manos congeladas.

Era un anillo.

No era un anillo normal.

Era grande, antiguo y tenía una piedra roja en el centro que parecía tener luz propia.

Kaia lo miró sorprendida.

—Es bonito.

Lo tomé con cuidado.

Estaba caliente.

Demasiado caliente para haber estado enterrado en la nieve.

Por un instante sentí algo extraño.

Como si el anillo estuviera vivo.

Como si supiera que yo lo había encontrado.

—Tenemos que devolverlo —dije.

Pero cuando intenté guardarlo, la piedra brilló más fuerte.

Entonces escuché algo.

Una voz.

Muy débil.

Como un susurro perdido en el viento.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

Miré alrededor.

No había nadie.

Solo nosotras.

Y aquel misterioso anillo que parecía estar señalando el camino hacia el castillo.

Tomé la mano de Kaia y seguimos caminando.

No sabíamos que al cruzar aquellas puertas ya no volveríamos a ser las mismas.

Porque aquel lugar no era un refugio común.

Y el dueño del anillo estaba a punto de encontrarnos.

PARTE 2

La entrada del castillo apareció frente a nosotras como una enorme boca oscura esperando tragarnos.

Kaia apretó mi mano.

—Tessa… tengo miedo.

Yo también lo tenía.

Pero miré el anillo en mi mano.

La piedra roja seguía brillando.

Sentía que nos estaba guiando.

Nos acercamos a la gran puerta de hierro que rodeaba la propiedad. Era demasiado alta para nosotras y estaba cerrada con una cadena enorme.

Pensé que habíamos llegado hasta allí para nada.

Entonces ocurrió algo imposible.

El anillo comenzó a calentarse.

La cadena cayó al suelo lentamente.

La puerta se abrió sola.

Kaia abrió los ojos sorprendida.

—La magia existe.

No supe qué responder.

Porque yo también empezaba a creerlo.

Entramos al patio cubierto de nieve.

Había estatuas de personas con rostros llenos de miedo. Parecían congeladas en medio de una advertencia que nadie había escuchado.

Seguimos caminando hasta las enormes puertas principales.

Con mucho esfuerzo logramos tocar el pesado llamador de bronce.

El sonido que produjo no parecía venir de una puerta.

Parecía venir de todo el castillo.

Entonces la nieve dejó de caer.

El silencio se volvió absoluto.

Y las puertas comenzaron a abrirse.

Del interior apareció una figura alta.

No era el rey amable que imaginábamos.

Era alguien diferente.

Su rostro era hermoso, pero extraño.

Sus ojos eran rojos como la piedra del anillo.

Nos miró durante largos segundos.

—Tienen algo que me pertenece —dijo.

Mi cuerpo quedó paralizado.

Abracé a Kaia y levanté el anillo.

—No queríamos robarlo. Lo encontramos en la nieve.

El hombre se acercó lentamente.

Pero en lugar de enfadarse, parecía confundido.

Se arrodilló frente a nosotras.

—¿Cómo llegaron hasta aquí?

Le expliqué que buscábamos ayuda para nuestra madre.

Que estaba enferma.

Que no teníamos a nadie más.

Su expresión cambió.

Por primera vez parecía preocupado.

—¿Vuestra madre está enferma?

Asentí.

—Necesitamos que alguien la ayude.

El hombre miró el anillo.

Después nos miró a nosotras.

—Mi nombre es Julian Vain.

No sabía quién era.

Pero pronto descubriría que no era un hombre común.

Nos llevó dentro del castillo.

Había habitaciones enormes, muebles antiguos y una calidez que jamás habíamos conocido.

Una mujer llamada Eliza nos dio ropa limpia, un baño caliente y comida.

Comimos lentamente porque mamá siempre nos decía que después de pasar hambre no debíamos comer demasiado rápido.

Por primera vez en muchos días sentimos que estábamos a salvo.

Pero aún faltaba algo.

Nuestra madre.

Julian nos preguntó dónde estaba.

Le contamos que vivíamos en un pequeño motel.

Cuando escuchó eso, su expresión se volvió seria.

—Llévenme con ella.

No podía creerlo.

Alguien realmente iba a ayudarnos.

A la mañana siguiente regresamos con él.

Cuando abrimos la puerta de nuestra habitación, mamá estaba en la cama, débil y casi sin fuerzas.

Pero cuando vio a Julian, su rostro cambió completamente.

El miedo apareció en sus ojos.

—No…

Su voz apenas salió.

Julian se quedó inmóvil.

—Sabes quién soy.

Mamá comenzó a temblar.

—¿Cómo las encontraste?

Miré a ambos confundida.

Ellos se conocían.

Pero ninguno parecía feliz de verse.

Julian dio un paso adelante.

—La verdadera pregunta es otra.

Sus ojos se dirigieron hacia Kaia y hacia mí.

—¿Por qué has estado escondiendo a tus hijas?

El silencio llenó la habitación.

Mamá cerró los ojos como si hubiera esperado ese momento durante años.

Y entonces dijo algo que cambió todo:

—Porque si descubren lo que ellas son capaces de hacer… todos intentarán usarlas.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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