Una omega rechazada refugió a doce lobos en una cueva; al amanecer, el Rey Alfa la proclamó su Luna.
Una omega rechazada refugió a doce lobos en una cueva; al amanecer, el Rey Alfa la proclamó su Luna.

PARTE 1
El invierno siempre había sido cruel con aquellos que eran considerados débiles.
Pero nadie imaginó que la tormenta que casi acabó con una joven desterrada sería también el comienzo de una nueva leyenda.
Mi nombre es Isolda Vain.
Durante toda mi vida cargué con una vergüenza que nunca elegí.
Nací dentro del poderoso clan Iron Ridge, una familia conocida por sus guerreros fuertes y sus Alfas dominantes. En nuestro mundo, el valor de un lobo se medía por su fuerza, por su capacidad de luchar y por el poder de su transformación.
Yo no tenía ninguna de esas cosas.
Era una Omega.
La más baja de la jerarquía.
La decepción de mi familia.
Pero mi verdadero problema no era mi posición.
Era mi sangre.
Mis antepasados pertenecían a una antigua línea de sanadores. Mientras otros aprendían a pelear, yo aprendía a reconocer plantas, preparar remedios y salvar vidas.
Para mi familia, eso era una debilidad.
Para mí, era lo único que me hacía sentir que tenía un propósito.
Sin embargo, en Iron Ridge nadie valoraba la compasión.
El día del solsticio de invierno, todo el clan se reunió para conocer el destino marcado por la Diosa de la Luna.
Ese día debía convertirse en mi mayor felicidad.
Mi compañero predestinado había sido elegido.
Era Edgar, el nuevo Alfa de Iron Ridge.
Durante años imaginé que aquel momento cambiaría mi vida.
Pensé que finalmente tendría un lugar al que pertenecer.
Pero cuando Edgar escuchó la decisión de la Diosa, su rostro mostró desprecio.
—¿Esperan que una Alfa como yo acepte a alguien como tú? —dijo frente a todo el clan.
El silencio fue peor que sus palabras.
Todos observaban.
Algunos sentían lástima.
Otros disfrutaban verme humillada.
—Iron Ridge necesita una Luna guerrera, no una Omega que tiembla ante cualquier peligro —continuó Edgar.
Sentí cómo mi corazón se rompía.
El vínculo entre compañeros estaba unido a nuestras almas.
Pero él no dudó.
Me rechazó delante de todos.
Me quitó mi apellido.
Me quitó mi hogar.
Y me condenó al exilio.
—Abandona este territorio y no regreses jamás.
Sus palabras quedaron grabadas en mi memoria.
Los guerreros me llevaron hasta la frontera de Iron Ridge y me dejaron en medio de las montañas heladas de Frost Peaks.
Un lugar donde incluso los más fuertes temían entrar.
La tormenta llegó poco después.
La nieve cubría mis pasos.
Mis manos estaban congeladas.
Mi cuerpo apenas podía continuar.
Mi loba interior, herida por el rechazo, se había escondido en lo más profundo de mi mente y se negaba a aparecer.
Por primera vez en mi vida pensé que quizá todos tenían razón.
Quizá yo no pertenecía a ningún lugar.
Pero algo dentro de mí se negó a rendirse.
Avancé sin rumbo hasta que mis dedos tocaron una pared de piedra.
Era una cueva.
Entré buscando refugio del viento y del frío.
El interior estaba oscuro y silencioso.
Me dejé caer sobre el suelo de piedra, esperando que aquel fuera mi último momento.
Entonces escuché algo.
Un sonido profundo.
Un gruñido.
Abrí los ojos lentamente.
El aire dentro de la cueva había cambiado.
Había olor a sangre.
Muchísima sangre.
Desde la oscuridad comenzaron a aparecer sombras enormes.
Una tras otra.
Eran lobos.
Pero no eran lobos comunes.
Eran criaturas gigantescas, más grandes que cualquier guerrero que hubiera conocido.
Conté uno.
Dos.
Tres.
Hasta llegar a doce.
Todos estaban heridos.
Todos llevaban señales de una batalla brutal.
Y en el centro apareció el más grande de todos.
Un lobo negro como la noche.
Incluso herido, su presencia hacía temblar la cueva.
Era un Alfa.
Pero estaba cayendo.
Una herida profunda cubría su costado y una extraña sustancia oscura corría por su sangre.
Plata.
Veneno.
Alguien había intentado acabar con ellos.
Mi instinto me dijo que me escondiera.
Que huyera.
Que aquellos animales podían destruirme en segundos.
Pero entonces el enorme lobo levantó la cabeza.
Sus ojos plateados encontraron los míos.
No había furia.
No había odio.
Solo había dolor.
Y por primera vez entendí aquella mirada.
Era la misma que yo había tenido cuando mi propio clan me abandonó.
Respiré profundamente.
Salí de las sombras.
Los otros once lobos comenzaron a gruñir, preparados para proteger a su líder.
Pero yo levanté las manos lentamente.
—No quiero hacerles daño —susurré—. Puedo ayudarlos.
El enorme lobo me observó.
Y entonces ocurrió algo imposible.
El Alfa herido no me atacó.
Bajó la cabeza.
Como si me estuviera dando permiso.
Corrí hacia la entrada de la cueva buscando las hierbas que podían salvarlos.
Mis dedos sangraron mientras cavaba en la nieve congelada.
Cuando regresé, rompí la poca tela que me quedaba y comencé a curar sus heridas una por una.
Toda la noche trabajé sin descansar.
Salvé a los doce.
Pero cuando finalmente pensé que todo había terminado, mi cuerpo no pudo más.
Caí al suelo completamente agotada.
Y justo antes de perder el conocimiento, sentí algo enorme rodeándome.
Un calor imposible en medio del hielo.
Abrí los ojos apenas un instante.
El lobo negro estaba junto a mí.
Protegiéndome con su propio cuerpo.
Sin saber que aquella criatura que acababa de salvar no era un simple lobo herido…
Era alguien cuya existencia podía cambiar el destino de todos los clanes.
Era el Rey Lykan de Oak Haven.
PARTE 2
Cuando desperté, pensé que todavía estaba soñando.
El frío había desaparecido.
Ya no estaba sobre la piedra helada de la cueva.
Había un fuego encendido frente a mí y una gruesa capa de piel cubría mi cuerpo.
Pero lo más extraño era el silencio.
La cueva ya no parecía un refugio de animales heridos.
Ahora estaba llena de hombres.
Doce guerreros enormes permanecían alrededor del fuego.
Sus cuerpos estaban cubiertos de cicatrices y tatuajes antiguos.
Reconocí sus miradas.
Eran los mismos ojos de los lobos que había salvado.
Eran Lykan.
Intenté retroceder, pero una voz profunda me detuvo.
—No tengas miedo.
Levanté la mirada.
Sentado cerca del fuego estaba el hombre más imponente que había visto en mi vida.
Su cabello oscuro caía sobre su rostro marcado por la batalla.
Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin palabras.
Eran plateados.
Iguales a los del lobo negro.
—Yo soy Gideon —dijo.
Mi respiración se detuvo.
Ese nombre pertenecía a una sola persona.
El Rey Lykan de Oak Haven.
El gobernante de todos los territorios.
El hombre que muchos creían imposible de derrotar.
Yo había salvado al rey sin saberlo.
Uno de sus guerreros dio un paso adelante.
—Nos diste una oportunidad de vivir cuando todos pensaban que era imposible.
Bajé la mirada.
—Solo hice lo que cualquiera habría hecho.
Gideon me observó con una expresión que nunca había recibido antes.
Respeto.
—No cualquiera habría entrado en una cueva llena de lobos heridos después de haber sido abandonada por su propia gente.
Sus palabras tocaron una herida que todavía dolía.
Entonces le conté la verdad.
Le hablé de Edgar.
De mi rechazo.
De cómo me expulsaron porque me consideraban inútil.
El ambiente cambió.
Los guerreros dejaron de moverse.
La mirada de Gideon se volvió fría.
—¿Te abandonaron porque eras una Omega?
Asentí.
—Pensaban que no tenía valor.
El Rey Lykan se acercó lentamente.
—Ellos confundieron fuerza con violencia.
Se arrodilló frente a mí.
—Tú sobreviviste sola en una tormenta donde muchos guerreros habrían caído. Salvaste doce vidas mientras tú misma estabas rota.
Tomó mi mano.
Y en ese instante sentí algo que nunca había sentido.
El dolor del vínculo roto con Edgar desapareció.
Mi loba interior, aquella que había permanecido escondida durante tanto tiempo, despertó.
Una energía cálida recorrió mi cuerpo.
Gideon abrió los ojos sorprendido.
—Esto no es posible…
Sus guerreros se acercaron.
Porque todos sintieron lo mismo.
El vínculo entre nosotros.
Un vínculo elegido por la Luna.
Entonces Gideon descubrió la verdad.
Mi sangre no era una debilidad.
Mi linaje de sanadores era una herencia antigua que incluso la realeza había protegido durante generaciones.
Pero antes de que pudiéramos entenderlo todo, uno de los guerreros entró rápidamente en la cueva.
—Mi Rey… tenemos un problema.
Gideon se levantó.
—Habla.
—Encontramos el origen de las flechas de plata.
El silencio llenó la habitación.
—Venían de Iron Ridge.
Mi corazón se detuvo.
No solo habían intentado eliminar al rey.
Alguien de mi antiguo clan había traicionado al reino.
Gideon apretó los puños.
—Edgar no solo rechazó a su compañera destinada.
También intentó destruir la corona.
Luego me miró.
—Isolda, ha llegado el momento de regresar.
Por primera vez en mi vida no sentí miedo de volver al lugar donde me despreciaron.
Porque ya no era la Omega débil que expulsaron a la nieve.
Ahora caminaba junto al Rey Lykan.
Y cuando las puertas de Iron Ridge se abrieran nuevamente…
Todos descubrirían que la mujer que habían considerado inútil era la misma persona que había salvado al reino entero.