¡UNA OMEGA ALBINA DESPERTÓ RODEADA DE LOBOS… SIN SABER QUE EL PODEROSO REY ALFA YA LA HABÍA ELEGIDO COMO SU COMPAÑERA!

¡UNA OMEGA ALBINA DESPERTÓ RODEADA DE LOBOS… SIN SABER QUE EL PODEROSO REY ALFA YA LA HABÍA ELEGIDO COMO SU COMPAÑERA!

El rey alfa me encontró encerrada en una bodega, temblando entre cajas de fruta y tierra húmeda.

Me llamó su pareja destinada y aseguró que mi cabello blanco no era una maldición, sino la señal de una antigua familia real.

Yo quise creerle.

Hasta que corrí a buscar ayuda y el único hombre en quien confiaba echó el cerrojo detrás de mí.

Me llamo Inés Luna. Crecí en la manada Cumbres de Plata, en la Sierra Tarahumara, donde el invierno baja con tanta fuerza que hasta los pinos parecen encogerse. Soy omega y albina: tengo la piel demasiado pálida, el cabello blanco y los ojos color violeta. Para el alfa local, Octavio Rentería, eso me convertía en una vergüenza que era mejor mantener lejos de las visitas.

Durante años me escondí trabajando. De día limpiaba la casa de la manada; algunas noches ayudaba en una fonda junto a la carretera a Creel. Mi jefa, doña Rosa, pensaba que yo tenía una enfermedad de la piel. Los humanos nunca me preguntaban por qué no tenía el olor de una loba.

Dentro de la manada, el único que me trataba con algo de cariño era Saúl, un beta mayor que caminaba con una ligera cojera. A veces me dejaba leña junto a mi remolque o un plato de carne cuando decía que le había sobrado. Yo le estaba agradecida. No tenía a nadie más.

Octavio sí tenía poder. Lo usaba para que los demás le tuvieran miedo. La manada estaba endeudada, sus fronteras se descuidaban y corrían rumores de que el alfa desviaba dinero para invertirlo en negocios fuera de la sierra. La noticia de que el rey Darío Valdés revisaría el territorio lo puso nervioso.

Para recibirlo organizó un banquete enorme. A mí me ordenó permanecer fuera de la vista. Cuando comenzaron a llegar los invitados, me encerraron en la bodega de la casa, entre cajas de manzana y costales vacíos.

—No salgas hasta que te lo diga —me advirtió Octavio.

Escuché música y voces arriba. Pasó el tiempo. Entonces, de golpe, las risas se convirtieron en gritos. Algo golpeó la puerta con tanta fuerza que el cerrojo saltó.

Esperaba encontrar a Octavio, furioso conmigo por alguna razón. En su lugar apareció un desconocido empapado por la lluvia. Era alto, vestía de oscuro y tenía una mirada color ámbar capaz de llenar la habitación. Su presencia me dejó sin aire. Antes de que pudiera preguntarle quién era, caí al suelo.

Desperté al amanecer, en un claro del bosque, sobre musgo húmedo. Siete lobos enormes me rodeaban. El más cercano tenía el hocico cruzado por una cicatriz. Esperé a que me atacara, pero bajó la cabeza y se echó frente a mí. Los otros hicieron lo mismo.

—¿Qué están haciendo? —susurré.

Una figura salió de entre los pinos. Era el hombre de la bodega.

—Ya despertaste —dijo.

Me llamo Darío Valdés. Soy el rey alfa.

Me levanté a medias. El corazón me golpeaba tan fuerte que apenas pude explicarle que Octavio me castigaría por salir de la casa.

—Octavio ya no decide lo que te pasa —respondió—. Encontramos sus cuentas y las pruebas de que ha estado robándole a su propia gente.

Bajé la mirada. No entendía por qué un rey se preocuparía por mí. Darío se acercó despacio, como si temiera asustarme.

—Cuando llegué al banquete, Octavio trató de ofrecerte como si fueras un objeto. Pensó que podía distraerme con una omega “rara” mientras escondía sus delitos.

Sentí náuseas. No sabía qué decir.

—Soy una omega —murmuré—. No valgo nada.

—No eres una omega defectuosa. Tu loba está dormida porque alguien ha mantenido tu cuerpo bajo un veneno llamado raíz de plata. Y tu albinismo es la marca de los Nacidos del Invierno, una estirpe real que se creyó desaparecida hace más de cien años.

Entonces me tocó la mano. Sentí una oleada de calor y reconocimiento que no se parecía a nada que hubiera conocido.

—Eres mi pareja destinada —dijo.

Me aparté.

No podía creerle. Un rey poderoso que acababa de encontrarme en una bodega no podía decidir quién era yo. Me fui corriendo por el bosque hasta llegar a la cabaña de Saúl. Cuando le conté lo ocurrido, no me ofreció agua ni una manta. Cerró la puerta con llave.

—Así que el rey te encontró —dijo, sacando un teléfono del bolsillo—. Por fin entiendo por qué te estaban buscando.

Miré la olla que hervía en su estufa. De ella venía el mismo olor amargo que tenían los guisos que me llevaba cada semana.

—Tú me dabas el veneno.

Saúl no intentó negarlo.

—Una dosis pequeña. Solo quería mantener dormida a tu loba hasta que pudiera negociar.

El sonido de vehículos deteniéndose afuera hizo que se me helara la sangre. Saúl miró por la ventana y sonrió.

—Ya llegaron por ti.

Parte 2

Los faros atravesaron las cortinas y llenaron la cabaña de una luz blanca. Afuera se cerraron puertas. Escuché voces y pasos sobre la grava.

Saúl dejó el teléfono en la mesa.

—No hagas esto más difícil, Inés. Hay gente dispuesta a pagar mucho por una mujer de sangre real.

Lo miré y busqué en su cara al hombre que durante años me había dejado leña junto al remolque. No encontré nada. Quizá nunca había estado ahí.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué fingiste ayudarme?

—Porque era lo más fácil. Octavio te tenía trabajando y nadie te preguntaba nada. Yo solo impedí que tu loba despertara antes de tiempo.

No había ternura en su voz. Solo molestia, como si yo hubiera echado a perder un negocio.

Cuando intentó tomarme del brazo, algo dentro de mí se quebró.

Durante 21 años me habían dicho que era débil. Había vivido con hambre, escondida, midiendo cada palabra para no provocar al alfa. Pero la conexión con Darío seguía ahí, tirante en mi pecho. Al correr, la había lastimado; al descubrir la traición de Saúl, el dolor se convirtió en calor.

Mi cuerpo tembló. El aire se volvió frío de repente. La escarcha cubrió los bordes de la ventana y la olla dejó de hervir.

Saúl retrocedió.

—Inés, tranquilízate.

No podía. Algo dormido desde mi nacimiento se estaba despertando. Sentí que mis huesos cambiaban, que la piel me ardía y que la respiración me salía en un gruñido profundo. No era miedo. Era furia.

Los hombres de afuera derribaron la puerta.

Tres desconocidos entraron. Llevaban ropa oscura y sonrisas de quienes creen que todo tiene precio. El que encabezaba el grupo miró mi cabello, luego mis ojos, y chasqueó la lengua.

—La famosa loba blanca. Pensé que serías más difícil de encontrar.

El frío se extendió desde mis patas hasta el suelo. Los tres se quedaron quietos. Sus cuerpos entendieron lo que sus bocas aún no: yo no era un premio que pudieran sacar de ahí.

El hombre intentó avanzar. Un rugido respondió desde el bosque.

Darío irrumpió en la cabaña con los guardias reales. No venía solo, pero tampoco necesitó que nadie le abriera paso. Los hombres que habían llegado por mí se dispersaron. Saúl intentó correr hacia la puerta trasera, pero dos guardias lo detuvieron.

Mi loba se lanzó frente al hombre que había mencionado un precio. Lo derribé y lo mantuve en el suelo hasta que soltó el arma. No lo mordí. No quería convertirme en lo que él esperaba que fuera.

Cuando miré a Darío, él no se acercó de inmediato. Esperó, atento a mi reacción.

—Ya pasó —dijo—. Estás a salvo.

Yo seguía temblando. La nieve se derretía lentamente en mi pelaje blanco. La loba en mi interior quería protegerse, huir y no volver a confiar en nadie.

Darío bajó la cabeza, ofreciéndome la garganta como señal de respeto. El rey alfa, el hombre más poderoso de las manadas del norte, se estaba inclinando ante mí.

No ante una omega defectuosa.

Ante mí.

Saúl fue detenido junto con los hombres que habían llegado a la cabaña. Los documentos hallados en su teléfono demostraron que llevaba meses negociando mi entrega. También confirmaron que había mezclado raíz de plata en la comida que me llevaba, con la intención de mantener mi loba dormida. No había sido protección. Había sido una forma de conservarme indefensa.

Octavio fue apartado del mando por las pruebas de corrupción y por haberme ofrecido al rey para encubrir sus cuentas. Los ancianos de Cumbres de Plata eligieron una administración provisional y aceptaron una auditoría externa. Por primera vez, los miembros de la manada pudieron hablar sin que el alfa los interrumpiera.

Yo no regresé a trabajar en la casa de Octavio. Volví a la fonda para despedirme de doña Rosa.

—Pensé que te habías ido sin avisar —dijo, secándose las manos en el delantal—. Me tenías preocupada.

—Lo siento, doña Rosa. Ya no voy a volver al turno.

Ella miró mi cabello, mi abrigo limpio y a Darío, que esperaba afuera sin intentar entrar.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Por primera vez, no respondí que lo que me ordenaran.

—Todavía no lo sé. Pero voy a elegirlo yo.

Meses después, los invernaderos de Cumbres de Plata ya no estaban cerrados para las omegas. Me ofrecieron dirigirlos porque conocía cada planta, cada herramienta y cada gotera del techo. Acepté con una condición: ninguna persona volvería a trabajar allí por miedo a perder su lugar en la manada.

Darío me visitaba, pero nunca apareció sin preguntar primero. Nuestro vínculo seguía siendo intenso, aunque dejó de sentirse como una orden. Él también aprendió que ser rey no le daba derecho a decidir por mí.

Una noche, bajo un cielo lleno de estrellas, me preguntó si quería aceptar el vínculo por completo.

—No tienes que hacerlo —dijo—. El destino puede acercarnos, pero la decisión te pertenece.

Pensé en la bodega, en la cabaña de Saúl y en todas las veces que había creído que sobrevivir era lo mismo que vivir. Luego miré al hombre que había esperado a que yo decidiera.

—Sí —contesté—. Pero no porque seas el rey. Porque conmigo no intentas convertirme en algo que no soy.

La nieve comenzó a caer sobre los pinos. Mi cabello blanco ya no me parecía una señal de vergüenza ni una condena. Era parte de mí, como mis ojos violetas, mi voz y mi historia.

Durante años, los demás me llamaron defectuosa porque era más fácil que reconocer el valor que yo tenía. Ahora lo sabía: no necesitaba que un rey me otorgara una corona para dejar de ser invisible.

El día que despertó mi loba, no me convertí en otra persona.

Por fin pude ser yo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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