Una niña le suplica al Rey Vampiro que la esconda; lo que lleva en su bolso deja a todos impactados.

Una niña le suplica al Rey Vampiro que la esconda; lo que lleva en su bolso deja a todos impactados.

PARTE 1

La niña llegó descalza al castillo del rey vampiro, con los pies cubiertos de sangre y una enorme bolsa de cuero apretada contra el pecho.

Todos esperaban que suplicara por su vida.

Pero ella corrió directamente hacia el ser más peligroso de aquellas tierras, cayó de rodillas frente a su trono y pronunció unas palabras que dejaron en silencio a toda la corte:

—Por favor… escóndame de mi padre.

Yo era Cashion Vrath, rey de los vampiros.

Durante siglos había visto reinos desaparecer, ejércitos morir y hombres ofrecerme cualquier cosa a cambio de la inmortalidad. Nada conseguía sorprenderme ya.

Hasta aquella noche.

La pequeña no tendría más de siete años. Su camisón estaba desgarrado, tenía moretones en las muñecas y sostenía aquella bolsa como si dentro llevara su propia vida. Había atravesado las protecciones mágicas que normalmente hacían huir aterrorizado a cualquier humano antes de acercarse al castillo.

Descendí del trono.

—¿Sabes quién soy?

La niña asintió.

—El rey vampiro. Por eso vine. Usted es el único que puede protegerme.

—¿De tu propio padre?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Ya no es mi padre.

Entonces hizo algo todavía más extraordinario.

Invocó el antiguo derecho de santuario.

Una ley olvidada permitía que cualquier criatura perseguida injustamente solicitara protección al trono vampírico. Si yo aceptaba, ningún enemigo podría tocarla sin declararle la guerra a toda mi corte.

—¿Cómo te llamas?

—Rosslyn Ashford.

Me agaché frente a ella y entonces vi las marcas de dedos alrededor de sus muñecas.

Algo que creía muerto dentro de mí despertó.

Ira.

—¿Qué llevas en esa bolsa?

Rosslyn la abrazó con más fuerza.

—No puedo decírselo todavía. Pero es la razón por la que él viene por mí.

Un estruendo sacudió el castillo.

Rosslyn se aferró a mis piernas.

—Ya llegó.

Ordené que la llevaran a la torre oriental.

Después pronuncié el juramento.

—Rosslyn Ashford queda bajo la protección del trono vampírico. Quien intente hacerle daño responderá ante mí.

Las puertas explotaron.

Entre humo negro apareció un hombre.

Su rostro parecía humano.

Sus ojos no.

Algo demoníaco vivía dentro de él.

—¿Dónde está mi hija? —rugió—. Tiene algo que me pertenece.

Extendí mis colmillos.

—La niña pidió santuario. Ahora está bajo mi protección.

El hombre sonrió.

—No sabes lo que lleva en esa bolsa.

—No me importa.

Su sonrisa se volvió aterradora.

—Cuando descubras la verdad, desearás habérmela entregado.

Y desapareció entre humo y olor a azufre.

Fui inmediatamente hacia Rosslyn.

La encontré sentada sobre una cama, todavía abrazando la bolsa.

—Necesito saber qué estoy protegiendo.

—Si se lo enseño quizá quiera expulsarme.

—Mi juramento no puede romperse.

Rosslyn respiró profundamente.

Me contó que su padre había sido un buen hombre hasta encontrar algo durante una excavación. Después comenzó a hablar lenguas desconocidas y recibir criaturas que fingían ser humanas. Cuando ella descubrió que planeaban utilizar el contenido de aquella bolsa, lo robó y huyó.

Entonces introdujo lentamente las manos dentro.

Sacó algo del tamaño de una cabeza humana.

Parecía un huevo construido con luz cristalizada y oscuridad. Runas rojas recorrían su superficie.

Y dentro…

latía un corazón.

Yo conocía aquellas runas.

Había leído las profecías.

—Rosslyn… ¿sabes qué tienes entre las manos?

La niña asintió.

—El último huevo de dragón.

Sentí verdadero miedo por primera vez en siglos.

Porque la profecía decía que el último dragón podía salvar el mundo…

o reducirlo completamente a cenizas.

PARTE 2

Rosslyn puso una mano sobre el huevo.

Las runas brillaron.

—Ya me eligió —susurró—. Puedo sentirlo dentro de mi cabeza.

Entonces comprendí por qué los demonios la perseguían.

Si aquella criatura nacía vinculada a una persona bondadosa, podría convertirse en protectora. Pero si conseguían corromper a Rosslyn, el último dragón sería un arma capaz de destruir civilizaciones.

Convertí el castillo en una fortaleza.

Pero ocurrió algo que jamás había previsto.

Empecé a encariñarme con la niña.

Rosslyn no me trataba como rey. Me preguntaba cosas, discutía conmigo y llenaba de vida habitaciones que habían permanecido silenciosas durante siglos.

Un día me preguntó:

—¿Por qué me protege?

Le conté la verdad.

Cuando todavía era humano tuve una hermana pequeña. Murió durante una epidemia porque yo no pude salvarla.

—Ahora puedo destruir ejércitos —le dije—. No permitiré que otra niña muera delante de mí cuando tengo poder para impedirlo.

Rosslyn me abrazó.

Mis brazos, capaces de romper huesos con facilidad, apenas se atrevieron a rodearla.

Aquella niña estaba devolviéndole algo humano a un monstruo.

Pero nuestros enemigos se acercaban.

Una vampira ancestral llamada Saraphene llegó al castillo y confirmó que Rosslyn había sido elegida porque el dragón buscaba un corazón puro. También nos advirtió que, una vez formado el vínculo, niña y dragón compartirían una misma alma: si uno moría, el otro también.

Entonces comenzó el ataque.

Los demonios atravesaron nuestras defensas.

Corrí hacia la torre oriental y destruí a las criaturas que intentaban derribar la puerta.

Cuando entré…

me quedé inmóvil.

El huevo estaba roto.

Delante de Rosslyn había un pequeño dragón cubierto de escamas que parecían hechas de estrellas y sombras.

Sus ojos eran exactamente del mismo color ámbar que los de ella.

El último dragón había nacido.

Rosslyn lo llamó Morning Star.

Desde entonces los tres nos convertimos en algo que jamás habría imaginado.

Una familia.

Morning Star creció rápidamente. Rosslyn aprendió a volar con ella y a utilizar el vínculo que compartían. Y cuando la niña me confesó que me quería como al padre que había perdido, hice un segundo juramento.

—Entonces seré ese padre.

Pero nuestra felicidad duró poco.

El Conclave de Hechiceros exigió que entregáramos a Rosslyn y Morning Star.

Me negué.

Los humanos también temían al dragón, así que invité a representantes de sus aldeas para que vieran la verdad con sus propios ojos.

Rosslyn les explicó algo que yo jamás habría podido expresar mejor:

—Lo que somos no decide quiénes somos. Lo hacen nuestras elecciones.

Los visitantes comprendieron que Morning Star no era un monstruo.

Sin embargo, el Conclave decidió atacar.

El castillo se convirtió en un campo de batalla.

Vampiros, hechiceros, mercenarios y criaturas demoníacas chocaron bajo un cielo rojo.

Ordené a Rosslyn permanecer protegida.

Naturalmente, no obedeció.

Cuando cinco caballeros sagrados me rodearon, Morning Star descendió del cielo con Rosslyn sobre su espalda.

—¡Somos familia! —gritó ella—. ¡Luchamos juntos!

Su fuego neutralizó las armas sagradas y cambió el rumbo de la batalla.

Entonces apareció el gran hechicero Uldren.

Cadenas de luz atraparon a Morning Star.

Otras fueron directamente hacia Rosslyn.

Me interpuse.

La magia sagrada quemó mi cuerpo.

Uldren levantó su bastón.

Comprendí que iba a morir.

Y estaba dispuesto a hacerlo.

Rosslyn estaría viva.

Eso era suficiente.

Pero cuando el golpe descendió…

ella se colocó delante de mí.

—¡NO!

La luz la alcanzó.

Y se rompió.

Las mismas runas del antiguo huevo aparecieron sobre la piel de Rosslyn.

Morning Star comenzó a resplandecer.

Su vínculo había evolucionado.

Una energía plateada atravesó el campo de batalla.

Rosslyn ya no parecía solamente una niña.

Durante unos instantes fue algo más: jinete y dragón unidos por una misma voluntad.

Y eligió proteger.

No destruir.

Aquella elección derrotó a nuestros enemigos.

Cuando la energía desapareció, Rosslyn volvió a ser simplemente una pequeña agotada.

La atrapé antes de que cayera.

Morning Star se acurrucó alrededor de nosotros.

Y entonces lloré.

Por primera vez en trescientos años.

—Pudiste morir.

Rosslyn apenas abrió los ojos.

—Tú también.

Sonrió débilmente.

—Eso hacen las familias. Se salvan unas a otras.

Después de la batalla, los reinos humanos retiraron su oposición y el Conclave abandonó sus reclamaciones.

Incluso ocurrió algo que ninguno esperábamos.

Encontraron al padre de Rosslyn vagando por el bosque.

La presencia demoníaca había desaparecido de su cuerpo.

No recordaba todo lo sucedido. Cuando vio a su hija viva, lloró.

Pero ambos comprendieron que algunas heridas no podían borrarse simplemente porque el demonio hubiera desaparecido.

Él la dejó marchar.

Rosslyn se quedó conmigo.

Tiempo después observé desde los jardines cómo ella y Morning Star atravesaban el cielo.

El dragón ya era enorme.

Rosslyn reía mientras volaban sobre las torres.

Saraphene apareció junto a mí.

—Has creado algo extraordinario. Humanos, vampiros y un dragón viviendo juntos.

Negué lentamente.

—No es una corte.

Miré a Rosslyn descender sobre Morning Star.

La niña corrió hacia mí apenas tocó tierra.

—¡Papá! ¿Viste eso?

Aquella palabra todavía conseguía detener mi corazón muerto.

Abrí los brazos.

—Lo vi.

Rosslyn me abrazó mientras Morning Star envolvía nuestras piernas con su enorme cola.

Durante siglos pensé que la inmortalidad significaba sobrevivir para siempre.

Estaba equivocado.

Una niña aterrorizada había llegado a mi castillo pidiéndome que la escondiera de su padre.

Yo creí que aquella noche había salvado su vida.

Pero mientras sostenía a mi hija entre mis brazos comprendí finalmente la verdad:

Rosslyn había sido quien me había salvado a mí.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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