Una niña le pregunta al Rey Vampiro: «¿Por qué está la foto de mi mamá en tu castillo?». Entonces sucede algo increíble.
Una niña le pregunta al Rey Vampiro: «¿Por qué está la foto de mi mamá en tu castillo?». Entonces sucede algo increíble.

PARTE 1
La primera vez que vi la mansión Sterling, pensé que parecía un lugar construido para esconder secretos.
Se alzaba sobre una colina cubierta de niebla, dominando el pequeño pueblo costero de Ashcroft, en Maine. Nadie hablaba demasiado de su dueño. Gabriel Sterling era un multimillonario del que circulaban historias absurdas: que nunca salía de día, que nadie lo había visto envejecer y que las personas que trabajaban para él evitaban pronunciar su nombre.
Yo no creía en leyendas.
Creía en facturas.
Me llamo Josephine Lewis, trabajaba como tasadora de antigüedades y necesitaba desesperadamente el dinero. Por eso acepté el encargo de catalogar la biblioteca privada de Sterling, aunque la oferta fuera tan generosa que debería haberme parecido sospechosa.
El problema fue que la niñera canceló a última hora.
Así que tuve que llevar conmigo a mi sobrina Lily, de siete años.
—Te quedas a mi lado, no tocas nada y no te alejas —le advertí al entrar.
Lily prometió obedecer.
Durante un buen rato lo hizo.
Mientras yo examinaba manuscritos antiguos, ella dibujaba en una pequeña mesa. Pero un crayón rojo rodó por el suelo y desapareció detrás de una pesada cortina de terciopelo.
Lily fue a buscarlo.
Y encontró un pasillo que yo ni siquiera sabía que existía.
Era estrecho, oscuro y mucho más frío que el resto de la casa. Al final había una puerta entreabierta.
Lily entró.
La habitación parecía congelada en el tiempo. Había cortinas blancas, una cama perfectamente tendida y flores secas colocadas como si alguien las hubiese dejado allí aquella misma mañana.
Entonces vio una fotografía sobre un tocador.
Una mujer joven, vestida de blanco, reía mirando hacia otro lado. A su lado aparecía un hombre alto con traje oscuro.
Lily tomó el marco entre sus manos.
—Mamá…
La mujer de la fotografía era Abigail.
Mi hermana.
La madre de Lily.
La mujer que, según yo le había contado durante años, había muerto en un accidente de barco.
—No deberías estar aquí.
La voz surgió desde una esquina oscura.
Lily se giró.
Gabriel Sterling estaba frente a ella.
Era alto, pálido y aterradoramente inmóvil. Sus ojos, de un extraño color ámbar, parecían brillar en la penumbra.
Por un instante, dos colmillos afilados aparecieron bajo su labio.
Cualquier otro niño habría gritado.
Lily no.
Apretó la fotografía contra el pecho y preguntó:
—¿Por qué tienes una foto de mi mamá?
Gabriel quedó petrificado.
Miró el rostro de Lily.
Luego la fotografía.
Después volvió a mirar aquellos rizos castaños y aquellos ojos verdes que conocía demasiado bien.
—¿Cómo te llamas?
—Lily.
Gabriel cayó lentamente de rodillas frente a ella.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué edad tienes?
—Siete.
Algo se quebró en su rostro.
Años atrás, Gabriel había amado a Abigail. Pero él no era humano. Era un vampiro y, peor aún, el soberano de una antigua corte nocturna que prohibía cualquier relación entre un rey de sangre pura y una mortal.
Para proteger a Abigail, había borrado sus recuerdos y la había enviado lejos.
Creía que jamás la volvería a ver.
Creía que había muerto.
Pero ahora las fechas encajaban.
Lily había nacido exactamente después del último período que él había pasado con Abigail.
Gabriel miró a la niña como si acabara de recuperar algo que llevaba años enterrado.
—Tú eres…
No terminó la frase.
Yo aparecí en la puerta.
Y ya no llevaba conmigo herramientas de tasadora.
En una mano sostenía una vieja estaca marcada con símbolos de plata.
En la otra, una ballesta cargada directamente hacia su corazón.
—Aléjate de ella, monstruo.
Gabriel se levantó lentamente y se colocó delante de Lily, protegiéndola.
—Tú sabes lo que soy.
—Sé mucho más de lo que imaginas.
Mi voz temblaba, pero no bajé el arma.
—También sé que Abigail no murió por accidente.
Gabriel dejó de respirar.
—¿Qué has dicho?
Las lágrimas comenzaron a caerme.
—Mi hermana me llamó la noche en que desapareció. Sus recuerdos habían regresado. Me dijo que tu gente la había encontrado.
Gabriel dio un paso hacia mí.
—Josephine…
—¡No te acerques!
Apreté el gatillo.
Y la flecha de plata salió disparada directamente hacia el corazón del rey vampiro.
PARTE 2
Gabriel levantó una mano.
La flecha se detuvo entre sus dedos a pocos centímetros de su pecho.
Yo me quedé inmóvil.
Él rompió la punta de plata con una facilidad que me hizo comprender que, si hubiera querido matarme, jamás habría tenido oportunidad de defenderme.
Pero no atacó.
—Si yo hubiera querido hacerle daño a Abigail —dijo con una voz extrañamente rota—, no habría pasado años protegiéndola desde las sombras.
—Tus leyes exigían su muerte.
—Precisamente por eso la alejé de mí.
Lily salió de detrás de él.
—Tía Jo… ¿él conocía a mamá?
No supe qué responder.
Gabriel bajó lentamente las manos.
—La amaba.
Aquellas palabras no sonaron como una amenaza.
Sonaron como una confesión.
Me obligué a mantenerme firme.
—Abigail recuperó sus recuerdos. La noche de su supuesta muerte me llamó aterrorizada. Dijo que alguien la seguía. Me pidió que tomara a Lily, cambiara nuestros apellidos y nunca permitiera que el rey vampiro encontrara a su hija.
Gabriel palideció todavía más.
—¿Dijo que yo la perseguía?
—No. Dijo que “ellos” venían por ella.
Sus ojos cambiaron de ámbar a un rojo intenso.
De repente comprendió algo.
Durante años había creído que Abigail había muerto en un accidente. Pero si el Consejo descubrió que había tenido una hija con él, la muerte de mi hermana podía haber sido una ejecución.
—Ellos encontraron la sangre de Lily —murmuró—. Una niña mitad humana y mitad vampiro deja una huella que la magia antigua puede detectar.
Yo bajé ligeramente la ballesta.
El dolor que vi en Gabriel era demasiado auténtico para fingirse.
—¿Entonces no sabías nada?
—He pasado años culpándome por no haber estado allí cuando murió.
Antes de que pudiera responder, toda la mansión tembló.
Los cristales del corredor estallaron.
Un frío brutal atravesó la habitación.
Gabriel se giró hacia la puerta y sus colmillos descendieron por completo.
Ya no parecía un hombre afligido.
Parecía un rey preparado para una guerra.
—Han cruzado mis protecciones.
Abracé a Lily.
—¿Quién?
—El Consejo.
Mi sangre se congeló.
Gabriel me preguntó quién me había contratado para trabajar en la mansión.
Le dije el nombre de la empresa de Boston.
Su expresión se volvió mortal.
—Esa empresa no existe. Es una fachada controlada por uno de los ejecutores del Consejo.
Entonces todo tuvo sentido.
No me habían contratado por casualidad.
Nos habían llevado hasta Gabriel.
—Querían reunirnos en un mismo lugar —dije.
—Para matar al rey y a su heredera de una sola vez.
Desde el piso inferior llegó un rugido inhumano.
Después otro.
Y otro.
Gabriel cerró la puerta y señaló las paredes.
—Esta habitación está protegida con plata y ceniza de montaña. No salgan hasta que yo vuelva.
—¿Vas a enfrentarlos solo?
Miró a Lily.
La niña estaba llorando en silencio.
Gabriel se arrodilló frente a ella.
—Fallé al proteger a tu madre.
Lily lo observó sin apartarse.
—¿Eres mi papá?
La pregunta pareció herirlo más que cualquier arma.
Gabriel asintió.
—Sí.
Lily tragó saliva.
—Entonces vuelve.
Él cerró los ojos durante un instante.
—Volveré.
Y desapareció.
Lo que siguió fue una pesadilla.
La mansión tembló con golpes, gritos y rugidos. Algo fue arrojado contra una pared. Escuché madera romperse, cristales estallar y sonidos que ningún ser humano debería oír.
Abracé a Lily contra mi pecho.
Después todo quedó en silencio.
La puerta se abrió.
Gabriel entró con el traje destrozado y profundas heridas que comenzaban a cerrarse ante nuestros ojos.
Arrastraba a un vampiro vestido con ropa táctica.
Lo lanzó al suelo.
—Se llama Gideon. Trabaja para el Alto Canciller.
El prisionero rió mientras escupía sangre.
—Puedes matar a veinte de nosotros. Vendrán doscientos más. El Consejo sabe que la niña existe.
Gabriel apoyó un pie sobre su pecho.
—Entonces dile a tu canciller que iré personalmente a buscarlo.
Gideon volvió a reír.
—¿De verdad vas a destruir el Consejo por una mortal que lleva años muerta?
Gabriel apretó la mandíbula.
—No vuelvas a hablar de Abigail.
La sonrisa del prisionero cambió.
—Ah… todavía no lo sabes.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
Gabriel se inclinó hacia él.
—¿Qué no sé?
Gideon me miró.
—¿De verdad creíste que desperdiciaríamos algo tan valioso como la mujer del rey?
Se me cayó la estaca de la mano.
—¿Qué estás diciendo?
—Abigail nunca estuvo en ese barco.
Lily levantó la cabeza.
—¿Mamá?
Gideon sonrió.
—El cadáver fue una ilusión. El Consejo necesitaba que Gabriel creyera que ella había muerto.
Gabriel agarró al vampiro por el cuello.
—¿Dónde está?
—Viva.
Aquella palabra cambió la habitación.
Yo dejé de respirar.
Lily comenzó a llorar.
Gabriel parecía incapaz de moverse.
—¿Dónde está Abigail?
—Bajo la antigua sede de la Sociedad Histórica de Boston. La mantienen en un sueño de transición desde hace años. El Canciller sabía que algún día descubrirías a tu hija. Abigail era el cebo perfecto.
Vi cómo el dolor de Gabriel desaparecía.
En su lugar surgió algo mucho más aterrador.
Esperanza.
Y furia.
Soltó a Gideon.
—Josephine, tú y Lily se quedarán aquí. El ala este está protegida con magia que ni siquiera el Consejo puede romper.
—¿Y tú?
Gabriel miró la fotografía de Abigail caída sobre la alfombra y la levantó con cuidado.
Lily se acercó lentamente.
Él extendió una mano.
Después de unos segundos, la niña puso su pequeña palma sobre la de su padre.
Gabriel cerró los dedos con una delicadeza imposible para una criatura capaz de destruir a un ejército.
—Durante siglos permití que el Consejo gobernara porque pensé que mantenía el equilibrio —dijo—. Pero secuestraron a la mujer que amo. Intentaron asesinar a mi hija. Y utilizaron a su propia familia para tenderme una trampa.
Me miró.
Sus ojos ardían.
—Ese equilibrio terminó.
—Gabriel, ¿qué vas a hacer?
Se acercó a Lily y besó suavemente su frente.
—Voy a traer a tu madre a casa.
Luego caminó hacia la puerta.
—¿Solo?
Se detuvo.
Una sonrisa fría apareció en su rostro.
—No voy solo.
Desde los corredores de la mansión comenzaron a aparecer hombres y mujeres vestidos de negro. Algunos tenían ojos rojos. Otros mostraban antiguos símbolos de casas vampíricas en sus manos.
Uno tras otro se arrodillaron.
Gabriel Sterling no era simplemente un multimillonario aislado.
Era un rey que había dejado de gobernar.
Y su ejército acababa de regresar.
Lily corrió hasta él antes de que se marchara.
—Papá.
Gabriel se volvió.
—Prométeme que traerás a mamá.
Durante un instante, todo el monstruo desapareció de su rostro.
—Te lo prometo.
Entonces miró hacia el sur, hacia Boston.
La noche había dejado de ser un refugio.
Ahora era un campo de batalla.
Y después de años de silencio, el rey vampiro iba a recordarle al Consejo por qué alguna vez todos habían temido pronunciar su nombre.