Una mujer invisible marcó el número equivocado, y entonces un rey licántropo la eligió como su compañera.

Una mujer invisible marcó el número equivocado, y entonces un rey licántropo la eligió como su compañera.

PARTE 1

Elena marcó el número de su exnovio porque pensó que algo dentro de ella estaba a punto de romperse.

Contestó un hombre que no conocía.

Quince minutos después, todo el tercer piso del hospital quedó en silencio y decenas de lobos rodearon el estacionamiento.

Lo más extraño era que aquel número no existía en ninguna compañía telefónica.

Elena Morales tenía veintiséis años y trabajaba capturando expedientes clínicos en el Hospital Santa Catalina, en Guadalajara. Conocía los nombres de casi todos los médicos, pero pocos recordaban el suyo.

Esa madrugada despertó con un dolor intenso en el abdomen. Intentó soportarlo sola hasta que notó un sangrado que no parecía normal.

Manejó hasta el hospital y explicó sus síntomas.

Una enfermera le dijo que probablemente se trataba de un problema menstrual. Como urgencias estaba saturado, la dejaron esperando en un pasillo.

Elena envió un mensaje a su hermana Cristina.

La respuesta llegó mucho después: estaba de viaje con unas amigas y le pidió que no exagerara.

El dolor aumentó.

Desesperada, Elena buscó el contacto de Diego, su exnovio. Aunque él la había dejado tres meses antes, todavía aparecía como su contacto de emergencia.

Sus manos temblaban tanto que presionó varios números equivocados.

Cuando la llamada fue contestada, escuchó una voz grave.

El hombre preguntó quién había conseguido esa línea.

Elena apenas podía pensar. Le dijo que estaba sola en el Hospital Santa Catalina, que sangraba y que nadie parecía tomarla en serio.

Hubo unos segundos de silencio.

Después, el desconocido le aseguró que iría por ella.

La llamada terminó.

Elena revisó la pantalla, pero el dolor le impidió concentrarse. Una camillera finalmente la llevó a una pequeña habitación utilizada cuando no quedaban camas disponibles.

Allí permaneció sin que ningún médico la examinara.

Quince minutos después, la temperatura descendió de golpe.

Las luces parpadearon y los ruidos del pasillo desaparecieron. Elena sintió que todo el edificio contenía la respiración.

Entonces escuchó a una enfermera discutiendo con alguien.

La puerta se abrió.

Entró un hombre muy alto, vestido con un traje oscuro colocado a toda prisa. Tenía el cabello negro, algunas canas en las sienes y unos ojos color ámbar que parecían cambiar bajo la luz.

Caminó directamente hacia la cama.

—¿Elena Morales?

Ella reconoció la voz del teléfono.

Antes de que pudiera preguntarle cómo la había encontrado, él observó el monitor, el color de su piel y la posición en la que mantenía las piernas.

Luego acercó la mano a su abdomen sin tocarla.

Su expresión cambió.

Preguntó cuánto tiempo llevaba sangrando y si ya le habían realizado un ultrasonido.

Elena respondió que no.

El hombre salió al pasillo y exigió que llamaran al médico de guardia. La enfermera intentó hacerlo salir, pero se quedó inmóvil cuando él la miró.

Un doctor llegó poco después.

El desconocido afirmó que Elena podía tener un embarazo ectópico con sangrado interno y que necesitaba estudios inmediatos.

El médico quiso cuestionarlo, pero al revisar a Elena comprendió que la situación era seria. En pocos minutos confirmaron la emergencia y prepararon el quirófano.

Elena miró al hombre, aturdida.

No sabía que estaba embarazada. Tampoco entendía cómo un extraño había reconocido el problema antes que el personal del hospital.

Él tomó su mano.

Su piel estaba demasiado caliente.

—¿Quién es usted? —preguntó Elena.

—Kael Montenegro. Lo demás puede esperar.

Cuando comenzaron a trasladarla, Kael caminó junto a la camilla. Le prometió que conseguiría al mejor cirujano disponible y que permanecería allí hasta que despertara.

Al pasar junto a una ventana, Elena miró hacia el estacionamiento.

Vio alrededor de treinta animales sentados en filas perfectas.

No eran perros.

Eran lobos enormes de pelaje gris y plateado. Todos mantenían la cabeza levantada hacia la ventana del tercer piso.

Elena volvió la mirada hacia Kael.

Sus ojos ámbar se habían transformado en un plateado imposible.

Antes de que la anestesia hiciera efecto, lo escuchó hablar con uno de los hombres que vigilaban la puerta.

—La llamada atravesó el velo —dijo Kael—. Eso significa que ella no es completamente humana.

PARTE 2

—Y si su sangre ha despertado esta noche, otros también pudieron sentirla —respondió el guardia.

Elena quiso preguntar qué significaba aquello, pero ya no pudo mantener los ojos abiertos.

Cuando despertó, el sol entraba por la ventana.

La cirugía había terminado. El médico le explicó que habían intervenido a tiempo y que lograría recuperarse. También le aseguró que lo ocurrido no eliminaba la posibilidad de que pudiera tener hijos en el futuro.

Kael seguía sentado junto a la cama.

Su traje estaba arrugado y parecía no haber dormido.

Elena le agradeció haber regresado por ella, pero insistió en que todo había sido un error. Quería llamar a Diego y había marcado mal.

Kael le pidió que revisara su historial de llamadas.

El número registrado no se parecía al de su exnovio. Tampoco era un número convencional: los últimos caracteres aparecían como letras que ella no recordaba haber escrito.

Kael explicó que aquella línea había sido creada más de cien años atrás. Ningún teléfono humano debía ser capaz de conectarse con ella.

—Entonces, ¿por qué contestó?

—Porque es mi línea privada.

Kael se acercó a la ventana. En el estacionamiento todavía permanecían varios lobos, aunque los empleados del hospital parecían ignorarlos.

Elena pensó que los medicamentos le estaban provocando una alucinación.

Kael le mostró sus ojos plateados y, por un instante, sus dedos adoptaron una forma ligeramente distinta. No fue una transformación completa, pero bastó para que ella comprendiera que no estaba frente a un hombre común.

Él era el rey Alfa de diecisiete manadas ocultas en el norte de México.

La mayoría de las historias sobre hombres lobo, explicó, provenían de encuentros que los humanos habían convertido en leyendas. Su gente llevaba siglos protegiendo su existencia.

Elena preguntó por qué un rey había acudido personalmente al llamado de una desconocida.

Kael reconoció que tampoco lo sabía por completo.

En el momento en que escuchó su voz, su lobo reaccionó como si ya la conociera. Además, Elena había atravesado con una simple llamada una barrera que ni los humanos ni los lobos ordinarios podían cruzar.

Eso indicaba que llevaba sangre sobrenatural dormida.

Mientras Elena permanecía hospitalizada, una mujer llamada Vera investigó a su familia. Encontró registros de la bisabuela materna de Elena, Amalia Serrano, quien había desaparecido de una comunidad de la Sierra Madre Occidental.

Amalia no era humana.

Pertenecía a una antigua manada que se dispersó para evitar una persecución. Antes de ocultarse, protegió a sus descendientes con un encantamiento: su naturaleza permanecería dormida hasta que alguno pidiera ayuda estando realmente solo.

La barrera no había confundido el número marcado.

Había respondido al llamado de la sangre de Elena.

Dos noches después, Cristina apareció en el hospital. Aseguró estar preocupada, pero sus primeras preguntas fueron sobre Kael, los guardias y la habitación privada a la que habían trasladado a su hermana.

Elena comprendió algo que había evitado aceptar durante años: Cristina no había ido por ella. Había ido porque temía quedarse fuera de un acontecimiento importante.

Esa vez Elena no discutió ni buscó su aprobación.

Solo le pidió que se marchara para poder descansar.

Al recibir el alta, Kael ofreció llevarla a la propiedad principal de su territorio. Allí podrían determinar qué había despertado dentro de ella.

Elena aceptó con una condición: podría regresar a su vida en cualquier momento.

Kael prometió respetarlo.

La propiedad estaba escondida entre los bosques de la Sierra de Tapalpa. Al cruzar la barrera que protegía el lugar, Elena sintió una corriente recorrerle el cuerpo.

Durante unos segundos percibió las emociones de cientos de personas conectadas entre sí.

Kael tomó su mano para sostenerla.

Una luz dorada apareció entre sus dedos.

Las pruebas confirmaron dos cosas: Elena era descendiente de licántropos y existía un vínculo auténtico entre ella y Kael.

Pero había un problema.

En tres días ocurriría un eclipse conocido entre las manadas como Luna de Sangre. Su energía podía completar el vínculo, convirtiendo a Elena en compañera del rey y posible reina de los territorios del norte.

Elena sintió que otra vez alguien decidía su vida sin preguntarle.

Kael le aseguró que no permitiría que ninguna tradición le quitara la libertad. Si ella rechazaba el vínculo, él buscaría una manera de detenerlo, aunque eso pudiera debilitarlo.

Aquella respuesta cambió la forma en que Elena lo veía.

No era el hombre que había llegado al hospital para reclamarla.

Era quien había respondido cuando nadie más quiso escucharla.

La noche del eclipse, las manadas se reunieron en un claro. Kael permaneció frente a Elena, pero no intentó tocarla.

La ceremonia no podía continuar hasta que ella diera su consentimiento.

Elena pensó en Diego, en su familia y en todos los años que había pasado tratando de no incomodar a nadie. Había aceptado ser invisible porque creía que era el precio para permanecer cerca de otras personas.

No quería volver a vivir así.

Tomó la mano de Kael por decisión propia.

La luz de la luna cubrió el claro y el vínculo se abrió entre ellos. Elena sintió el cansancio, la soledad y el temor que Kael había escondido durante décadas.

Él también percibió cada ocasión en la que la habían ignorado.

Sin embargo, la transformación no la convirtió inmediatamente en reina. Las manadas de otra región cuestionaron que una mujer criada como humana pudiera gobernarlas.

Su líder exigió que Elena superara tres pruebas: criterio, valor y compasión.

En la primera le presentaron un conflicto entre dos manadas que reclamaban el mismo territorio. En lugar de beneficiar a una, Elena propuso administrar la zona en conjunto y revisar los límites con representantes de ambas comunidades.

En la segunda tuvo que atravesar un bosque mientras varios lobos intentaban localizarla. No podía vencerlos físicamente, así que utilizó los vínculos que ahora percibía para anticipar sus movimientos. Llegó al punto acordado antes del anochecer.

La tercera prueba fue la más difícil.

Le hablaron de un joven lobo afectado por una maldición que le hacía perder el control. Podían mantenerlo encerrado mientras buscaban una cura incierta o apartarlo para siempre y eliminar el riesgo.

Todos esperaban una respuesta inmediata.

Elena se negó a elegir entre una decisión cruel y una decisión irresponsable. Ordenó crear un equipo para estudiar la maldición, estableció medidas estrictas de seguridad y asumió personalmente la responsabilidad durante noventa días.

Si no encontraban una solución, volvería a evaluar el caso. Pero no castigaría a una persona enferma sin agotar antes todas las alternativas.

Los representantes comprendieron que esa era la verdadera prueba.

No buscaban una respuesta perfecta. Querían saber si Elena era capaz de defender sus valores bajo presión y aceptar las consecuencias de sus decisiones.

Las manadas la reconocieron como reina.

Tiempo después encontraron un tratamiento para mantener controlada la maldición mientras reunían los ingredientes necesarios para romperla por completo.

Elena regresó al Hospital Santa Catalina una última vez para recoger sus pertenencias. Su supervisora volvió a llamarla por un nombre equivocado.

Esta vez Elena la corrigió.

Antes de salir, revisó en su teléfono la llamada que había cambiado su vida. El número imposible todavía aparecía en el historial.

Intentó marcarlo nuevamente.

El teléfono de Kael sonó en su bolsillo, aunque estaba de pie junto a ella.

Ambos sonrieron.

Entonces la pantalla de Elena mostró una segunda llamada entrante desde el mismo número.

Kael dejó de sonreír.

Su línea solo podía existir en un aparato a la vez.

Elena contestó y escuchó la voz temblorosa de otra mujer:

—No sé a quién estoy llamando, pero estoy sola y necesito ayuda.

Elena miró a Kael y comprendió que aquella línea nunca había pertenecido realmente a un rey.

Pertenecía a quien estuviera dispuesto a responder.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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