Una mujer embarazada construyó su cabaña sola… hasta que el solitario rey vampiro le dijo: «Ya no estás sola».

Una mujer embarazada construyó su cabaña sola… hasta que el solitario rey vampiro le dijo: «Ya no estás sola».

PARTE 1

El viento aullaba entre los pinos desnudos como si la montaña estuviera llorando. La nieve se acercaba, el frío se volvía más cruel cada día, y yo estaba sola intentando construir un hogar con mis propias manos.

Me llamo Alice. Estaba embarazada de seis meses y había viajado hasta aquel rincón perdido de Montana buscando empezar una nueva vida después de perder a mi esposo, Thomas. Él había muerto dejando atrás todos nuestros sueños, y yo pensé que alejándome miles de kilómetros podría escapar del dolor.

Pero el dolor siempre encuentra la manera de seguirte.

Aquel día levanté otro tronco para terminar la cabaña que apenas estaba construida. Mis manos estaban heridas, mi espalda me dolía y el bebé se movía dentro de mí como si también sintiera mi desesperación.

—Vamos, pequeño… tenemos que lograrlo —susurré mientras intentaba mover una enorme viga.

Pero era demasiado pesada.

Por más fuerza que hice, el tronco no se movió. Caí de rodillas en la nieve con lágrimas en los ojos.

Miré la estructura incompleta de mi futura casa y sentí miedo. El invierno llegaría pronto. Sin esa viga, la cabaña no resistiría la primera tormenta.

Esa noche dormí en una pequeña tienda de campaña, escuchando el silencio extraño del bosque.

Desde que llegué había sentido algo.

Una presencia.

Como si alguien me observara desde entre los árboles.

Al principio pensé que era mi imaginación, pero aquella sensación nunca desaparecía.

A la mañana siguiente desperté con un silencio absoluto. No había viento, ni pájaros, ni sonidos del bosque.

Algo estaba mal.

Salí de la tienda y me quedé completamente paralizada.

La enorme viga que yo no había podido mover estaba colocada perfectamente en la cabaña.

Pero no era solo eso.

La estructura estaba casi terminada. Las paredes estaban levantadas y cada pieza de madera encajaba como si un maestro constructor hubiera trabajado durante toda la noche.

Mis manos comenzaron a temblar.

Aquello era imposible.

Entonces vi las huellas en la nieve.

No eran botas.

Eran pisadas enormes, como de alguien que caminaba descalzo, con marcas parecidas a garras.

Las huellas rodeaban mi tienda y se perdían hacia el bosque.

Sentí mi corazón acelerarse.

—Sé que estás ahí —dije intentando parecer valiente.

Durante unos segundos solo hubo silencio.

Hasta que algo salió lentamente de entre los árboles.

Era un hombre.

Pero no parecía un hombre común.

Era alto, con una belleza extraña, piel pálida y unos ojos antiguos que parecían guardar siglos de secretos.

Me miró fijamente y pronunció mi nombre.

—Alice…

Sentí un escalofrío.

—¿Quién eres? —pregunté mientras llevaba mi mano al cuchillo.

Él dio un paso hacia mí.

—Mi nombre es Henry.

Y entonces sus ojos cambiaron.

Brillaron con una luz imposible.

—Estoy aquí para protegerte… porque algo en este bosque viene por ti.

PARTE 2

No sabía si correr o quedarme quieta.

Todo en mi cuerpo me decía que aquel hombre era peligroso. Pero había algo en su mirada que no era crueldad.

Era tristeza.

—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté.

Henry bajó la mirada hacia mi vientre.

—Porque llevo tiempo observándote. Sé lo que has sufrido. Sé que estás sola. Y sé que tú y ese bebé no sobrevivirían al invierno sin ayuda.

Sus palabras me incomodaron.

—¿Me has estado vigilando?

—Te he estado protegiendo.

No tuve tiempo de responder. Henry giró la cabeza hacia el bosque y su expresión cambió completamente.

Su cuerpo se tensó.

—Entra en la tienda. Ahora.

El miedo volvió a recorrerme.

—¿Qué ocurre?

Sus ojos comenzaron a brillar de una forma aterradora.

—Algo que quiere verte muerta.

Entonces escuché los sonidos.

Gritos.

Aullidos.

Pero no eran de lobos.

Eran algo mucho peor.

Las sombras comenzaron a moverse entre los árboles y unas criaturas extrañas aparecieron en el límite del bosque. Tenían formas retorcidas, ojos como brasas y una presencia que hacía que el aire pareciera congelarse.

Henry se colocó delante de mí.

—Ella está bajo mi protección.

Su voz ya no parecía humana.

Las criaturas retrocedieron.

Entonces comprendí que Henry tampoco era humano.

Su cuerpo comenzó a cambiar. Sus músculos crecieron, sus colmillos aparecieron y sus manos se transformaron en garras.

Era una criatura.

Pero una criatura que estaba intentando salvarme.

La batalla fue brutal.

Henry se movía con una velocidad imposible. Las criaturas atacaban como bestias salvajes, pero ninguna podía alcanzarlo.

Cuando todo terminó, él permaneció de pie entre la nieve, cubierto de sangre.

Yo lo miré aterrada.

—¿Qué eres?

Henry volvió lentamente a su forma humana.

—Algo que debería darte miedo.

Hizo una pausa.

—Pero espero que no me temas.

Los días siguientes fueron diferentes.

Henry terminó de construir mi cabaña. Movía troncos enormes como si fueran ramas pequeñas y trabajaba en silencio mientras yo intentaba entender al extraño ser que había aparecido en mi vida.

Poco a poco descubrí que detrás de aquella fuerza había alguien roto.

Me contó que había sido un rey de un mundo que los humanos desconocían. Que había abandonado su reino por amor y que había perdido a la mujer que amaba por culpa de su propio hermano, Julian.

Desde entonces había vivido solo.

Huyendo.

Castigándose.

—Todos los que amo terminan muriendo —me dijo una noche junto al fuego.

Lo miré y entendí algo.

Henry no era un monstruo.

Era alguien que había pasado siglos cargando una culpa imposible.

Pero justo cuando pensé que finalmente habíamos encontrado paz, Henry se quedó completamente inmóvil.

Su rostro perdió el color.

—No puede ser…

—¿Qué pasa?

Miró hacia la ventana.

—Nos encontró.

Sentí que el frío entraba en la habitación.

—¿Quién?

Henry cerró los puños.

Sus ojos brillaron con furia.

—Julian.

El hermano que había intentado destruirlo durante siglos.

Afuera, el bosque quedó en silencio.

Demasiado silencio.

Entonces escuché pasos acercándose lentamente a la puerta de la cabaña.

Una voz elegante y fría atravesó la madera.

—Hola, hermano.

Henry se colocó delante de mí.

—Escóndete, Alice.

Pero antes de poder moverme, la voz volvió a hablar.

—Sé que estás ahí, pequeña madre.

Mi sangre se congeló.

Porque Julian no había venido por Henry.

Había venido por mi bebé.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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