Una joven de 20 años hizo una señal silenciosa a un rey vampiro; lo que sucedió después lo cambió todo.
Una joven de 20 años hizo una señal silenciosa a un rey vampiro; lo que sucedió después lo cambió todo.

PARTE 1
La noche que conocí a Dominic, pensé que el gesto de mi abuela me salvaría de un monstruo.
En realidad, acababa de entregarme a él.
Me llamo Harper. Tenía veinte años y trabajaba de madrugada en un restaurante barato de una zona donde la policía rara vez llegaba a tiempo.
Aquella noche, un hombre entró y se sentó en el rincón más oscuro.
No parecía borracho ni peligroso.
Eso era precisamente lo aterrador.
Era demasiado perfecto.
Demasiado pálido.
Demasiado inmóvil.
Cuando me acerqué con la cafetera, levantó los ojos y me observó como si pudiera escuchar cada latido de mi corazón.
Sentí pánico.
Entonces recordé algo que mi abuela hacía cuando hablaba de los vampiros: esconder el pulgar, tocar dos veces sobre el corazón y mostrar la palma.
Según ella significaba:
“No me perteneces. Déjame en paz.”
Hice el gesto.
El hombre cambió por completo.
Su expresión aburrida desapareció.
—Hazlo otra vez.
Retrocedí.
—¿Qué cosa?
—Ese gesto. ¿Quién te lo enseñó?
Mentí y dije que no sabía de qué hablaba.
Cuando regresé al mostrador, él había desaparecido.
Sobre la mesa dejó una vieja moneda de plata oscura con un símbolo extraño: un cráneo de lobo rodeado por una corona de espinas.
Me la guardé.
Fue mi segundo error.
Cuando terminó mi turno caminé hacia mi apartamento.
Las calles estaban demasiado silenciosas.
Primero escuché algo arrastrándose detrás de mí.
Después olí podredumbre.
Cuando miré, vi una criatura siguiéndome.
Parecía humana hasta que comenzó a correr.
Era un vampiro feral, uno de aquellos que habían pasado tanto tiempo sin alimentarse que ya no podían conservar apariencia humana.
Corrí.
Entré en un callejón buscando un atajo.
Resbalé.
Caí sobre el hielo y me lastimé la rodilla.
La criatura saltó sobre mí.
Pensé que moriría.
Entonces algo la golpeó y la lanzó contra una pared.
Era el hombre del restaurante.
Sujetó al feral como si no pesara nada y acabó con él antes de que pudiera acercarse nuevamente a mí.
Después se volvió hacia mí.
—Estás sangrando.
—No me toques.
Ignoró mi orden y examinó mi rodilla.
—¿Por qué no gritaste?
Solté una risa amarga.
—Porque en mi barrio nadie viene cuando gritas.
Por primera vez vi algo parecido a interés en su rostro.
Entonces señaló mi bolsillo.
—Todavía tienes la moneda.
Me quedé helada.
—¿Quién eres?
—Primero dime quién te enseñó aquella señal.
Le expliqué lo que mi abuela decía.
Él soltó una risa fría.
—Tu abuela conservó correctamente el movimiento… pero olvidó completamente su significado.
Mi estómago se contrajo.
—¿Qué significa entonces?
Dominic se acercó.
—No es una señal para expulsar vampiros.
Sentí que dejaba de respirar.
—Es una antigua petición de protección dirigida a un rey.
Su mirada se clavó en la mía.
—Dos golpes sobre el corazón. El pulgar oculto. La palma abierta.
Pronunció cada palabra lentamente.
—Significa: “Soy tuya. Protégeme y, a cambio, te entrego mi sangre, mi vida y mi libertad.”
Negué rápidamente.
—No. Fue un error.
—La magia antigua no reconoce errores.
—Entonces rechazo el juramento.
Dominic dio otro paso.
El callejón pareció hacerse más pequeño.
—Tampoco puedes rechazar algo después de que ha sido aceptado.
—¿Aceptado por quién?
Sus dedos helados levantaron suavemente mi barbilla.
Y entonces dijo algo que convirtió aquella noche en el principio de mi pesadilla.
—Por mí.
Sus ojos negros parecieron tragarse toda la luz del callejón.
—Mi nombre es Dominic.
Hizo una pausa.
—Y acabas de jurar obediencia al rey de los vampiros.
PARTE 2
Quise correr.
Mi cuerpo no respondió.
Dominic no necesitó esposarme ni amenazarme.
Simplemente me llevó hasta un automóvil negro y me ordenó entrar.
Durante el trayecto intenté convencerlo.
—No entendía el gesto.
—Eso no modifica el juramento.
—Entonces déjame ir y fingimos que nunca ocurrió.
Dominic me miró como si hubiera dicho algo absurdo.
—Te pediste protección frente a un depredador. Yo respondí y te salvé. El vínculo quedó sellado.
—¿Y ahora qué? ¿Me vas a encerrar y beber mi sangre?
Pareció insultado.
—Tengo mejores estándares que eso.
Me informó que viviría en su residencia y quedaría bajo su protección.
Pero aquello no sonaba como protección.
Sonaba como una prisión.
Su penthouse ocupaba la parte superior de uno de los edificios más altos del distrito rico.
Una mujer llamada Sarah me atendió, curó mis heridas y me instaló en una habitación que costaba probablemente más que todo mi edificio.
A la mañana siguiente intenté escapar.
El elevador no respondió.
Dominic apareció detrás de mí sosteniendo una copa llena de un líquido rojo oscuro.
—Necesitas autorización biométrica.
Saqué la moneda.
—Tómala. Se acabó.
Él ni siquiera extendió la mano.
—La moneda es solo un símbolo.
Entonces reveló algo mucho peor.
El juramento había creado una conexión física entre nosotros.
Cuanto más me alejara de él, más dolor sentiría.
Y si intentaba abandonar la ciudad sin su permiso, mi corazón podría detenerse.
—Estás mintiendo.
—No necesito mentirte.
Exploté.
Le grité que prefería mi apartamento miserable, mi trabajo y mi libertad.
Entonces Dominic encendió la televisión.
Reconocí inmediatamente mi calle.
Había patrullas frente al edificio donde vivía.
Tres personas habían sido asesinadas.
Drenadas de sangre.
El feral que me persiguió no estaba solo.
Su manada había seguido mi olor hasta mi edificio y había atacado a mis vecinos cuando no me encontró.
Caí de rodillas.
Si hubiera regresado aquella mañana…
yo habría estado allí.
—Ahora entiendes —dijo Dominic—. Puede que odies la jaula, pero afuera hay criaturas esperando despedazarte.
Durante días apenas salí de mi habitación.
Hasta que finalmente lo enfrenté.
—¿Qué quieres que haga aquí?
Dominic cerró el libro que estaba leyendo.
—Aprender.
—¿Aprender qué?
—A sobrevivir entre verdaderos depredadores.
Esa misma noche ordenó que me vistiera de negro.
Había convocado a su Consejo.
Seis vampiros antiguos aparecieron en el penthouse.
No parecían monstruos.
Parecían aristócratas.
Eso los hacía todavía peores.
Una mujer llamada Camille olió el aire y me encontró inmediatamente.
Otro vampiro se acercó.
—¿Una mascota humana?
—No es una mascota —dijo Dominic.
Extendió la mano hacia mí.
—Ven.
No quería moverme.
Pero el juramento ardió dentro de mi cuerpo.
Mis piernas comenzaron a caminar por sí solas.
Odié a Dominic en aquel instante más que nunca.
Cuando llegué a su lado, levantó la manga de mi vestido.
Sobre mi brazo había aparecido una marca oscura.
El mismo cráneo de lobo coronado de espinas que aparecía en la moneda.
Todo el Consejo quedó en silencio.
—Ella realizó el antiguo juramento —anunció Dominic—. Yo lo acepté. Está vinculada a mi sangre.
Uno de los vampiros perdió su expresión burlona.
—¿Comprendes lo que has hecho? Has creado una debilidad mortal.
Entonces entendí la verdadera magnitud de mi situación.
Yo no era simplemente la sirvienta humana de un vampiro.
Ahora era una forma de atacar al rey.
Si alguien quería destruir a Dominic, primero intentaría llegar a mí.
—Vendrán por ella —advirtió el Consejo.
Dominic sonrió.
No parecía preocupado.
Parecía emocionado.
—Que vengan.
Después de la reunión le pregunté:
—Si me hieren, ¿qué ocurre contigo?
—Lo siento.
—¿Y mi miedo?
—También.
El vínculo transmitía parte de mis sensaciones hacia él.
Además, Dominic siempre podía saber dónde estaba.
No existía forma sencilla de esconderme.
—Entonces realmente soy tu punto débil.
—Ellos creen que sí.
—¿Y tú?
Dominic me observó.
—Creo que me han dado una razón para acabar con enemigos que llevaba demasiado tiempo tolerando.
Aquella noche no pude dormir.
Tomé una pesada pieza de metal que encontré en mi habitación y me senté contra la pared.
Sabía que algo iba a suceder.
No me equivoqué.
El aire cambió.
Un olor horrible llenó la habitación.
Cuando levanté la vista, algo se movía sobre el techo.
Era un vampiro vestido completamente de negro.
No era un feral.
Era un asesino.
Había atravesado las defensas de Dominic sin activar las alarmas.
Cayó silenciosamente sobre la cama.
Mi marca comenzó a arder.
Dominic podía sentir mi miedo.
Pero no apareció.
El asesino me miró.
Sonrió.
En lugar de esconderme, levanté el pesado objeto que tenía entre las manos.
Sabía que no podía vencerlo.
Pero tampoco pensaba morir suplicando.
La criatura avanzó.
Esperé.
Un paso.
Otro.
Cuando saltó hacia mí, intenté golpearlo.
Entonces la puerta se abrió con una violencia ensordecedora.
Dominic apareció.
Lo que siguió ocurrió demasiado rápido para mis ojos humanos.
Hubo un choque.
Un grito.
Y después silencio.
El asesino terminó inmóvil en el suelo.
Dominic caminó hacia mí.
—¿Por qué tardaste tanto? —pregunté furiosa.
—Quería saber si podría atravesar las defensas secundarias.
Lo miré incrédula.
—¿Me usaste como prueba?
—Sabía exactamente dónde estabas.
—¡Podría haber muerto!
—Pero no huiste.
Dominic tocó la marca de mi brazo y el ardor desapareció.
—Sentí tu terror —dijo—. Sin embargo, en lugar de esconderte, preparaste un arma.
Me quedé callada.
—Eres frágil. No entiendes nada de este mundo. Y tienes una irritante tendencia a desafiar órdenes.
Lo miré con odio.
—Gracias.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Pero no te rindes.
—No soy ganado.
Dominic inclinó ligeramente la cabeza.
—No.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
Yo podía sentir el vínculo tirando de mi pecho, esa fuerza sobrenatural que odiaba y necesitaba al mismo tiempo.
—Entonces, ¿qué soy?
Sus ojos negros se clavaron en los míos.
—Estás vinculada a mí.
Miré al asesino caído.
Después miré la marca de mi brazo.
Había pasado de servir café a convertirme en el objetivo de una guerra entre criaturas inmortales.
Mi antigua vida había desaparecido.
Y todavía no sabía si Dominic era mi salvador…
o simplemente la jaula más peligrosa que podía existir.
Él se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Descansa, Harper.
—¿Por qué?
La misma sonrisa fría apareció otra vez.
—Porque mañana comenzaremos tu entrenamiento.
—¿Entrenamiento para qué?
Dominic observó la oscuridad fuera de las ventanas.
—Para aprender a sobrevivir cuando todos los lobos de esta ciudad vengan a buscarte.
Y fue entonces cuando comprendí que aquella noche en el restaurante no había sido el final de mi antigua vida.
Solo había sido el comienzo de algo mucho más peligroso.