Una humilde repartidora ayudó a una anciana perdida a llegar a casa; entonces, el Rey Vampiro se arrodilló ante ella.

Una humilde repartidora ayudó a una anciana perdida a llegar a casa; entonces, el Rey Vampiro se arrodilló ante ella.

PARTE 1 

La noche que llevé a una anciana desconocida hasta su casa, jamás imaginé que al día siguiente un hombre se arrodillaría frente a mí en plena calle.

Tampoco sabía que aquella mujer escondía un secreto que llevaba siglos guardando.

Todo comenzó con una entrega de comida, una tormenta y una parada de autobús donde nadie quería detenerse.

Me llamo Valeria Morales, tengo 29 años y trabajo haciendo entregas a domicilio en la Ciudad de México.

Aquella noche llevaba casi catorce horas manejando. Me dolía la espalda, tenía los zapatos húmedos y apenas me quedaba gasolina para regresar a mi departamento.

Solo necesitaba entregar un último pedido.

Mientras esperaba que cambiara el semáforo, vi a una señora parada bajo el techo de una vieja parada de autobús.

Tenía el cabello completamente blanco y llevaba un suéter gris que parecía demasiado delgado para aquella lluvia.

Miraba hacia ambos lados de la avenida con una expresión de preocupación.

Varios automóviles pasaron frente a ella.

Ninguno se detuvo.

Yo tampoco lo hice al principio.

Avancé dos cuadras, pero cuando miré por el retrovisor, seguía pensando en aquella señora.

Me recordó a mi abuelita.

Así que di la vuelta.

Estacioné junto a la banqueta, bajé con mi chamarra sobre la cabeza y me acerqué.

—Señora, ¿necesita que llame a alguien?

Me miró sorprendida.

Tenía unos ojos azules muy claros. Lo extraño era que, a pesar del frío, no parecía estar temblando.

—Creo que tomé el autobús equivocado, hija. Ya no reconozco estas calles.

Le pregunté dónde vivía.

Me dio una dirección hacia el poniente de la ciudad.

Quedaba bastante lejos.

Le expliqué que tenía que terminar una entrega, pero que podía regresar por ella después.

La señora me observó durante varios segundos.

—¿De verdad regresarías por una desconocida?

—Claro. No la voy a dejar aquí con este aguacero.

Sonrió.

Y por alguna razón, tuve la impresión de que mi respuesta le había quitado una preocupación mucho más grande que haberse perdido.

Veinte minutos después regresé.

Seguía esperándome.

Subió a mi automóvil y le ofrecí una botella de agua. Después encendí la calefacción.

Durante el trayecto me preguntó a qué me dedicaba, si tenía familia y por qué trabajaba hasta tan tarde.

Le conté que vivía sola desde que mi mamá se había ido a vivir con unos familiares a Querétaro.

También le expliqué que las entregas me permitían acomodar mis horarios para ayudar dos veces al mes en un comedor comunitario.

—Debes terminar agotada —comentó.

—Bastante. Pero mientras pueda pagar la renta, aquí seguimos.

Se rio bajito.

Cuando llegamos a la dirección que me había dado, me quedé sorprendida.

Frente a nosotras había una propiedad enorme, rodeada de árboles y protegida por un portón de hierro.

Parecía una de esas mansiones antiguas que aparecen en las películas.

Antes de que pudiera buscar el timbre, el portón comenzó a abrirse.

Pensé que alguien nos había visto por las cámaras.

Estacioné cerca de la entrada principal y acompañé a la señora hasta la puerta.

Ella tomó mis manos.

Estaban heladas.

—Me alegra mucho haberte conocido, Valeria.

—Igualmente, señora. Cuídese mucho.

Me miró con una sonrisa extraña.

—Estoy segura de que volveremos a vernos.

Regresé a mi departamento sin pensar demasiado en aquello.

Pero a la mañana siguiente ocurrió algo que todavía recuerdo perfectamente.

Cuando abrí las cortinas, descubrí cinco camionetas negras estacionadas frente al edificio.

Había hombres vestidos de traje junto a ellas.

Todos parecían estar esperando a alguien.

Intenté ignorarlos.

Sin embargo, cuando bajé con mi mochila de repartidora, un automóvil más se detuvo frente a la entrada.

De él salió un hombre alto, de cabello oscuro y ojos grises.

Caminó directamente hacia mí.

—¿Valeria Morales?

Asentí, desconcertada.

Entonces hizo algo increíble.

Se arrodilló sobre una rodilla.

Los demás hombres hicieron exactamente lo mismo.

—Mi madre me contó lo que hiciste por ella anoche —dijo—. Mi familia quiere agradecerte personalmente.

Sentí que todas las miradas de mis vecinos estaban sobre mí.

Le pedí que se levantara.

Él sonrió y se presentó como Damián Russo.

Después me entregó un sobre color crema, cerrado con un sello de cera roja.

Era una invitación para cenar en su casa.

Quise rechazarla, pero me aseguró que su madre estaba esperando volver a verme.

Acepté por educación.

Esa noche, un automóvil pasó a recogerme.

Cuando llegamos a la mansión, encontré a la misma señora esperándome en la entrada.

Ya no llevaba su suéter gris.

Vestía un elegante traje azul oscuro y todos los empleados inclinaban la cabeza cuando ella pasaba.

Durante la cena, varias personas me hicieron preguntas extrañas sobre mi trabajo, mi familia y aquella noche de lluvia.

Una de ellas quiso saber si habría ayudado a la señora incluso sabiendo que nunca podría recompensarme.

No entendía por qué les interesaba tanto.

Después de cenar, la anciana me invitó a conocer la casa.

Caminamos por un pasillo lleno de cuadros antiguos.

Entonces me detuve frente a uno.

Era el retrato de una mujer vestida de azul, con el cabello blanco y unos ojos idénticos a los de mi anfitriona.

Debajo había una pequeña placa de metal.

Decía: 1806.

Sentí un escalofrío.

—Señora Elena, ¿quién es esta mujer? Se parece muchísimo a usted.

Ella se acercó, contempló el retrato y me tomó suavemente del brazo.

—Valeria, hay algo que debí explicarte desde que subí a tu automóvil.

Miré nuevamente la fecha.

—¿Era su tatarabuela?

La anciana negó despacio.

Y entonces me dijo algo que me hizo retroceder hasta chocar contra la pared.

—No, hija. La mujer de ese retrato soy yo.

PARTE 2 

—¿Usted? —pregunté, convencida de que había escuchado mal.

La señora Elena asintió.

Intenté reírme, pero no pude.

—Con todo respeto, señora, ese cuadro tiene más de doscientos años.

—Lo sé. Recuerdo perfectamente cuando lo pintaron.

Me quedé mirándola.

Pensé que quizá estaba jugando conmigo. O que su familia tenía alguna tradición extraña y esperaba ver mi reacción.

Entonces apareció Damián al final del pasillo.

—Mamá, creo que deberíamos explicárselo todo.

La anciana suspiró y me invitó a pasar a una biblioteca.

Había libros enormes, muebles antiguos y fotografías de distintas épocas.

Damián cerró la puerta.

—Valeria, nuestra familia no es como las demás.

—Eso ya lo noté.

La señora Elena se sentó frente a mí.

—Nací hace más de tres siglos. Mi hijo también ha vivido mucho más tiempo del que imaginas.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué significa eso?

Damián me sostuvo la mirada.

—Somos vampiros.

Me quedé completamente inmóvil.

Después solté una carcajada nerviosa.

—No, bueno. ¿Y dónde están los colmillos?

Ninguno de los dos se rio.

Damián se acercó a una vitrina y sacó varias fotografías antiguas.

En una aparecía junto a su madre frente a un edificio de principios del siglo pasado.

En otra estaban vestidos con ropa de una época todavía más antigua.

Sus rostros eran exactamente iguales.

—Podrían ser sus antepasados —murmuré.

—Podrían —respondió Damián—. Pero no lo son.

Elena me explicó que existían comunidades de vampiros que habían aprendido a vivir discretamente entre los humanos.

Su familia llevaba siglos protegiendo a una de ellas.

Damián era su rey.

Y ella, la reina madre.

Yo no sabía qué pensar.

Había entrado a aquella casa para agradecer una invitación y ahora dos desconocidos me estaban hablando de un reino que supuestamente existía escondido en mi propia ciudad.

—¿Y por qué me están contando todo esto?

Elena bajó la mirada.

Por primera vez desde que la conocí, pareció avergonzada.

—Porque aquella noche no estaba perdida, Valeria.

Sentí que algo se me hundía en el pecho.

—¿Cómo que no estaba perdida?

—Llevaba meses saliendo de esta casa sin revelar mi identidad. Visitaba mercados, hospitales, parques y estaciones. Quería conocer a las personas cuando creían que yo no tenía nada que ofrecerles.

Recordé su suéter gris.

La parada de autobús.

Su manera de observarme cuando le ofrecí llevarla a casa.

—Entonces, ¿me estaba poniendo a prueba?

—No sabía quién iba a detenerse. Ni siquiera sabía si alguien lo haría.

Me quedé callada.

Elena continuó explicándome que durante muchos años había visto a su comunidad preocuparse cada vez más por el prestigio, los apellidos y las viejas costumbres.

Quería encontrar a alguien capaz de recordarles que la importancia de una persona no dependía de su posición.

Pero todavía faltaba algo que yo no entendía.

—¿Y por qué necesitaba encontrar precisamente a esa persona?

Damián intercambió una mirada con su madre.

—Porque el consejo de nuestra comunidad lleva años buscando a alguien que pueda acompañarme en una nueva etapa de nuestro reino.

Abrí los ojos.

—¿Acompañarlo cómo?

Elena sonrió ligeramente.

—Como alguien que pueda ayudarnos a mirar el mundo desde una perspectiva diferente.

Me levanté de golpe.

—Espere. Yo solo le ofrecí un aventón. No vine aquí para formar parte de ningún reino.

Damián se apartó de la puerta.

—Y tienes todo el derecho de marcharte cuando quieras.

Su respuesta me tranquilizó un poco.

Pero todavía estaba molesta.

—¿Y todas esas preguntas durante la cena?

Elena admitió que algunos miembros de su consejo querían conocerme antes de aceptar que una humana pudiera acercarse tanto a la familia.

También habían investigado mi trabajo y mis actividades en el comedor comunitario.

Aquello no me gustó nada.

—Pudieron preguntarme directamente —les dije—. Ayudar a una persona no significa que puedan meterse en mi vida.

Damián bajó la cabeza.

—Tienes razón. Te debemos una disculpa.

No esperaba que alguien acostumbrado a recibir reverencias admitiera algo así.

Elena también se disculpó.

Y, por primera vez, sentí que podía hablarles sin tener que medir cada palabra.

Les dije que necesitaba tiempo.

Damián ordenó que me llevaran a casa.

Pensé que aquella sería la última vez que los vería.

Me equivoqué.

Dos días después, Elena me llamó.

No me invitó a otra cena elegante.

Me preguntó si podía acompañarla a visitar un centro comunitario que su familia financiaba desde hacía años.

Acepté.

Allí descubrí algo inesperado.

Había familias recibiendo despensas, estudiantes con becas y personas mayores que acudían por una comida caliente.

Nadie parecía saber quién pagaba todo aquello.

Mientras ayudaba a acomodar cajas, encontré a Damián cargando bolsas de arroz junto a otros voluntarios.

Llevaba unos jeans, una camisa sencilla y tenía las mangas arremangadas.

—¿No se supone que los reyes tienen gente para hacer esto? —le pregunté.

Se rio.

—Mi madre nunca me ha dejado olvidar cómo se carga una caja.

Aquella tarde hablamos durante horas.

Descubrí que detrás de su apariencia seria había alguien que había pasado demasiado tiempo rodeado de personas que nunca se atrevían a contradecirlo.

Yo no tenía ese problema.

Cuando me preguntó qué cambiaría si tuviera mucho dinero, le dije que primero arreglaría mi automóvil.

Después abriría un comedor más grande.

También me gustaría crear becas para repartidores que quisieran terminar sus estudios.

Damián escuchó sin interrumpirme.

Unas semanas después me pidió que lo acompañara a una reunión con su consejo.

Esta vez sabía exactamente a qué iba.

Algunos miembros todavía dudaban de que una humana pudiera participar en asuntos de su comunidad.

Uno de ellos me preguntó qué podía ofrecerles alguien que ni siquiera pertenecía a su mundo.

Lo pensé un momento.

—No conozco sus costumbres ni tengo sus años de experiencia. Pero sí sé lo que significa trabajar todo el día y regresar a una casa donde nadie te espera.

El hombre guardó silencio.

—También sé que hay muchas personas que necesitan ayuda y que nunca van a llegar hasta las puertas de esta mansión para pedirla.

Elena sonrió.

Damián me observó con una expresión que no supe interpretar.

La reunión terminó sin ninguna decisión inmediata.

Pero durante las semanas siguientes, varios miembros del consejo comenzaron a acompañarnos a los centros comunitarios.

Algunos nunca habían entrado a uno.

Otros descubrieron que los programas que financiaban necesitaban mucho más que dinero.

Poco a poco, las cosas comenzaron a cambiar.

Y también cambió mi relación con Damián.

Empezamos a vernos sin tantos acompañantes, sin cenas formales y sin personas pendientes de cada palabra.

A veces simplemente tomábamos café.

O caminábamos por los jardines.

Una tarde me confesó que llevaba muchos años sintiendo que todos se acercaban a él por su posición.

—Contigo puedo ser solamente Damián —me dijo.

Sonreí.

—Pues más te vale, porque todavía no me acostumbro a eso de hablar con un rey.

Se rio como nunca lo había escuchado reír.

Con el tiempo, descubrí que me estaba enamorando de él.

Y cuando finalmente me preguntó si quería compartir mi vida con la suya, no sentí que estuviera aceptando un lugar en un palacio.

Sentí que estaba eligiendo a una persona.

Le dije que sí.

Pero puse una condición.

No abandonaría aquello que me gustaba hacer para convertirme en alguien que no era.

Damián aceptó.

Meses después, con ayuda de su familia, ampliamos el comedor donde yo había sido voluntaria durante años.

También pusimos en marcha un programa de becas para repartidores.

Nunca dejamos que aquellas iniciativas se convirtieran en una forma de presumir nuestra historia.

Lo importante era que funcionaran.

Una tarde lluviosa salimos del comedor y decidimos caminar unas cuadras antes de regresar a casa.

Al llegar a una parada de autobús, vi a un señor mayor esperando bajo la lluvia.

Llevaba una bolsa del mandado y parecía preocupado.

Antes de que pudiera decirle algo a Damián, él ya estaba caminando hacia el hombre.

Abrió nuestro paraguas sobre su cabeza.

—Buenas tardes, señor. ¿Le podemos ayudar?

Me acerqué sonriendo.

El hombre nos explicó que había perdido el último autobús de su ruta.

Le ofrecimos llevarlo.

Mientras lo acompañábamos hasta nuestro automóvil, alcancé a ver a una mujer de cabello blanco sentada en una banca al otro lado de la calle.

Era Elena.

Tenía un pequeño cuaderno sobre las piernas.

Nos miró, sonrió y lo cerró.

Nunca supe cuántos nombres había escrito allí durante sus años de búsqueda.

Pero aquella tarde comprendí que ya no necesitaba seguir buscando.

Porque el hombre que gobernaba un reino escondido acababa de hacer exactamente lo mismo que yo había hecho aquella noche.

Y mientras lo veía ayudar a un desconocido a subir al automóvil, recordé algo que mi abuelita siempre decía:

«Nunca sabes quién está esperando bajo la lluvia. Pero eso tampoco debería importar».

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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