Una desconocida cambió el altar de mi esposo… semanas después vi a la estatua abrir los ojos
Una desconocida cambió el altar de mi esposo… semanas después vi a la estatua abrir los ojos

PARTE 1
La primera vez que vi los ojos de aquella estatua moverse, pensé que el cansancio me estaba haciendo imaginar cosas.
Parpadeé.
Volví a mirar.
Y entonces la figura de San Judas Tadeo pareció cerrar lentamente los párpados frente a mí.
Lo más inquietante no era eso.
Era saber que, desde que una mujer desconocida había tocado aquel altar, nuestra casa ya no se sentía como nuestra.
Me llamo Jimena y esto ocurrió en Monterrey, en 2016.
Yo estaba recién casada con Ulises.
Al principio nuestra vida era cómoda.
Mi esposo trabajaba supervisando empresas relacionadas con el sector farmacéutico y ganaba bastante bien.
No éramos ricos, pero tampoco vivíamos preocupados por cada recibo.
Salíamos a cenar.
Comprábamos cosas sin pensarlo demasiado.
Pagábamos una renta alta porque podíamos hacerlo.
Nuestro error fue acostumbrarnos.
Un día la empresa donde trabajaba Ulises cerró parte de sus operaciones.
Él perdió el empleo.
Al principio pensamos que encontraría otro rápido.
Tenía experiencia.
Buenos contactos.
Un buen currículum.
Pasó una semana.
Luego un mes.
Nada.
Nuestros ahorros comenzaron a bajar.
Vendimos una televisión.
Después algunos muebles.
Cancelamos salidas.
Las discusiones comenzaron.
Ulises era muy creyente y empezó a refugiarse todavía más en la iglesia.
Un conocido de la congregación le recomendó colocar en casa una imagen de San Judas Tadeo y pedirle ayuda para superar aquel momento.
A mí no me pareció raro.
Compramos una estatua bastante grande.
Ulises preparó una pequeña mesa.
Ponía flores, fruta y veladoras blancas.
Todas las mañanas se arrodillaba frente a ella.
Pedía trabajo.
Pedía estabilidad.
Pedía que nuestra vida volviera a ser como antes.
Pero las semanas pasaron.
El empleo que él quería no llegaba.
Terminó aceptando trabajos temporales.
Vendió teléfonos.
Promovió servicios.
Hizo de todo.
Aun así, el dinero apenas alcanzaba.
Entonces conoció a una mujer.
Nunca supe bien quién se la recomendó.
Solo me dijo que era una señora de un pueblo cercano que “sabía de esas cosas”.
Una tarde regresé a casa y, desde la puerta, percibí un olor que nunca había sentido ahí.
Hierbas.
Humo.
Una especie de licor fuerte.
Entré a la sala.
El altar estaba completamente cambiado.
Las velas blancas habían desaparecido.
Ahora había velas rojas.
Sobre la mesa había hierbas, recipientes y objetos que yo no reconocía.
Me dio una sensación horrible.
Fui a buscar a Ulises.
Le pregunté qué había pasado.
Me explicó que aquella mujer le había dicho que estaba haciendo mal sus peticiones.
Según ella, había que “fortalecer” el altar.
Yo no entendía qué significaba eso.
Tampoco quería entenderlo.
Le pedí que quitara todo.
Ulises se negó.
Estaba desesperado.
Cada vez que yo cuestionaba a la señora, él respondía lo mismo:
—¿Y si funciona?
Ese fue el verdadero problema.
Ya no estaba buscando fe.
Estaba buscando una garantía.
La mujer empezó a visitarnos con frecuencia.
Yo evitaba quedarme cuando ella iba.
No me gustaba cómo hablaba.
Tampoco la forma en que miraba la estatua.
Con el paso de los días nuestra situación económica siguió igual.
Pero la casa comenzó a cambiar.
Primero fueron ruidos pequeños.
Pasos en la sala durante la madrugada.
Una silla que aparecía movida.
Golpes en las paredes.
Una noche Ulises y yo discutimos tan fuerte por el altar que él se fue a dormir a casa de su mamá.
Yo me quedé sola.
Cerca de medianoche escuché claramente abrirse la puerta de la sala.
Después pasos.
Pensé que Ulises había regresado.
Esperé.
Nadie entró a la habitación.
Salí.
La casa estaba vacía.
La puerta seguía cerrada.
A partir de ahí comencé a tener miedo.
También empecé a notar una sombra alta detrás de la estatua.
Siempre de reojo.
Cuando volteaba directamente, desaparecía.
Hasta aquella tarde.
Yo estaba preparando la cena.
Miré hacia el altar.
La figura parecía observarme.
Pensé:
“No seas ridícula.”
Seguí cortando verduras.
Volví a mirar.
Los ojos se movieron.
Solté lo que tenía en las manos.
Retrocedí.
Y frente a mí, muy lentamente, la estatua parpadeó por segunda vez.
Esa noche le dije a Ulises que tenía que sacar aquel altar de la casa.
Él se negó.
Pocos días después estaba sola limpiando la sala cuando escuché un ruido detrás de mí.
Volteé.
Una de las manos de la estatua comenzó a moverse.
El collar rojo que llevaba cayó al suelo.
Después vi algo brillante bajar por su rostro.
Parecía una lágrima.
Retrocedí hasta la pared.
Entonces escuché un crujido seco.
Una grieta apareció en la cabeza de la figura.
Se extendió lentamente por el yeso.
Mi celular comenzó a sonar.
Miré la pantalla.
Era una llamada relacionada con Ulises.
Y antes de contestar, la grieta de la estatua volvió a abrirse.
PARTE 2
Contesté con las manos temblando.
La voz al otro lado no era la de mi esposo.
Era alguien informándome que Ulises había tenido un accidente mientras trabajaba con el taxi.
Recuerdo preguntar varias veces si estaba consciente.
No recibí la respuesta que esperaba.
Salí de la casa prácticamente sin pensar.
Mi hermano pasó por mí.
Durante el trayecto yo solo podía recordar la estatua.
La mano moviéndose.
La lágrima.
La grieta.
Quería decirme que había sido coincidencia.
Que una figura de yeso puede fracturarse.
Que las vibraciones pueden mover objetos.
Que yo llevaba meses viviendo bajo demasiado estrés.
Todo eso era razonable.
Pero había algo dentro de mí que no podía separar una cosa de la otra.
Ulises no regresó a casa.
El accidente había sido demasiado grave.
Y en cuestión de horas yo pasé de preocuparme por el dinero a entender que todo aquello ya no importaba.
Durante los días siguientes casi no pensé en el altar.
Tenía demasiados trámites.
Familiares entrando y saliendo.
Gente llamando.
Preguntas.
Papeles.
Cuando finalmente regresé sola a nuestra casa, lo primero que sentí fue el olor.
Aquel olor a hierbas y humo seguía ahí.
Aunque nadie había encendido nada.
Entré a la sala.
La estatua seguía sobre la mesa.
La grieta estaba exactamente donde la recordaba.
El collar rojo continuaba en el piso.
Me quedé a varios metros.
No tuve valor para acercarme.
Durante mucho tiempo me pregunté si la imagen de San Judas tenía alguna relación con lo ocurrido.
Después entendí que esa no era la pregunta correcta.
San Judas siempre había formado parte de la fe de mi esposo.
Lo extraño comenzó cuando aquella mujer apareció.
Cuando cambió las velas.
Cuando transformó un altar sencillo en algo que yo ya no reconocía.
Por eso nunca culpé al santo.
Culpé nuestra desesperación.
Y también culpé a aquella mujer por aprovecharse de ella.
Ulises quería recuperar su trabajo.
Quería volver a sentirse capaz de mantener una casa.
Quería dejar de verme preocupada cada vez que llegaba un recibo.
Fue exactamente esa necesidad lo que lo volvió vulnerable.
Yo intenté localizar a la mujer.
Quería preguntarle qué había hecho dentro de nuestra casa.
Nunca pude encontrarla.
Ulises tenía su número anotado en un teléfono viejo.
Cuando marqué, la línea ya no existía.
Pregunté a algunas personas de la iglesia.
Nadie parecía conocerla.
El hombre que originalmente nos había recomendado tener una imagen de San Judas tampoco sabía quién era.
Eso fue lo que más me desconcertó.
Durante meses yo había asumido que aquella señora venía de algún círculo relacionado con nuestras amistades religiosas.
Al final nadie quiso admitir haberla llevado hasta nosotros.
No pude mudarme inmediatamente.
La casa era rentada y todavía tenía contrato.
Así que pasé varias semanas durmiendo ahí.
Fue una etapa terrible.
Los pasos continuaron.
A veces escuchaba algo moverse en la sala.
En dos ocasiones desperté convencida de que había alguien parado fuera de mi habitación.
Nunca encontré a nadie.
Una noche escuché claramente el sonido de unas cuentas cayendo sobre el piso.
No salí.
Esperé hasta que amaneció.
Cuando finalmente fui a la sala, el collar rojo estaba otra vez colgado entre las manos de la estatua.
Yo estaba segura de haberlo dejado en una caja.
Ese mismo día llamé a mi hermano.
Le pedí que sacara todas las cosas del altar.
No quería tocarlas.
La estatua también salió de la casa.
Después de eso los ruidos disminuyeron.
No desaparecieron inmediatamente, pero fueron haciéndose menos frecuentes.
Cuando terminó mi contrato me mudé.
No regresé.
Con los años he pensado mucho en lo ocurrido.
Tal vez hubo explicaciones normales para algunas cosas.
Una casa puede producir sonidos.
Una estatua puede agrietarse por cambios de temperatura.
Cuando una persona está asustada puede confundir sombras con movimientos.
Incluso el parpadeo que yo juraría haber visto pudo haber sido un efecto de la luz de las velas.
No tengo una prueba física de nada sobrenatural.
Solo tengo recuerdos.
Y una lección que para mí es más importante que decidir si hubo o no algo paranormal.
Cuando una persona está desesperada, quiere respuestas inmediatas.
Ese fue nuestro error.
Ulises dejó de preguntarse si algo estaba bien.
Solo preguntaba si podía funcionar.
Y así una desconocida entró en nuestra casa y cambió algo que para él era sagrado hasta convertirlo en algo que nos daba miedo. En el propio relato original, Jimena terminó convencida de que aquella mujer no había realizado el supuesto trabajo de prosperidad que prometía, y se marchó de la vivienda en cuanto pudo.
No sé qué ocurrió realmente aquella noche.
Tampoco sé si el accidente de Ulises tuvo alguna relación con lo que vi.
Sería irresponsable asegurarlo.
Pero todavía recuerdo una última cosa.
La mañana de mi mudanza hice un recorrido por la casa para asegurarme de no dejar nada.
La sala estaba vacía.
La mesa del altar ya no estaba.
La estatua había salido semanas antes.
Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, miré la pared donde había estado San Judas.
Había una marca vertical sobre la pintura.
Una grieta muy delgada.
Comenzaba exactamente a la altura donde había estado la cabeza de la estatua.
Y bajaba hasta el suelo.
No volví a entrar.