Una camarera humilde saludó a la madre sorda del rey vampiro; su uso del lenguaje de señas dejó a todos atónitos.

Una camarera humilde saludó a la madre sorda del rey vampiro; su uso del lenguaje de señas dejó a todos atónitos.

PARTE 1

La noche en que conocí al hombre más peligroso de Seattle, yo solo pensaba en cómo pagar las facturas médicas de mi hermano.

No sabía que antes de terminar mi turno descubriría que los vampiros existían.

Tampoco imaginaba que una anciana sorda me confiaría un secreto capaz de provocar una guerra.

Me llamo Harper Quinn y trabajaba como camarera en Lumière, uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad. Aquella noche todo el local había sido reservado por un único cliente: Darius Cross, director del poderoso Cross Syndicate.

Antes de abrir las puertas, nuestro gerente nos reunió en la cocina.

—No hablen con ellos. No hagan preguntas. No miren demasiado tiempo a nadie. Sirvan y desaparezcan.

Nadie se rio.

Todos conocíamos los rumores sobre Darius Cross.

Yo, sin embargo, tenía problemas más urgentes.

Mi hermano menor, Finn, era completamente sordo y padecía una rara enfermedad neurológica que estaba deteriorando lentamente su sistema nervioso. Su tratamiento costaba una fortuna, y el hospital ya me había advertido que podían suspenderlo si yo seguía atrasándome con los pagos.

Necesitaba aquella propina.

Cuando Darius entró, comprendí por qué todos le temían.

Era alto, elegante y demasiado pálido. Sus ojos tenían un extraño tono ámbar. Detrás de él avanzaban hombres y mujeres que parecían moverse con la misma precisión silenciosa.

Pero quien llamó mi atención fue la mujer que caminaba a su lado.

Lady Beatrice Cross.

Su madre.

Tenía cabello plateado, un vestido verde esmeralda y una expresión de profunda soledad.

Pronto comprendí por qué.

Beatrice era sorda.

Mientras los demás mantenían conversaciones en susurros casi inaudibles y se comunicaban mediante miradas extrañas, ella permanecía aislada.

Reconocí inmediatamente aquella expresión.

La había visto demasiadas veces en Finn.

Durante la cena, otra camarera llamada Cassidy se encargaba de la mesa principal. Cuando Beatrice trató de pedir agua, Cassidy se inclinó hacia ella y comenzó a hablar exageradamente despacio, como si estuviera tratando con una niña.

—¿Quieres agua, cariño?

La humillación apareció inmediatamente en el rostro de Beatrice.

Entonces Cassidy derramó accidentalmente una jarra entera sobre su vestido.

Todo el restaurante quedó en silencio.

Darius se levantó.

El vaso que tenía en la mano se hizo pedazos.

La temperatura de la sala cayó de repente.

Aquello no era normal.

Nada de aquellas personas era normal.

Sin pensarlo, agarré una toalla limpia y una botella de agua con gas.

Me arrodillé junto a Beatrice.

Y levanté las manos.

Empecé a hablarle en lengua de señas.

Lamento mucho lo ocurrido. ¿Está bien? ¿Puedo ayudarla?

Beatrice abrió los ojos sorprendida.

Después comenzó a responderme.

¿Conoces mi idioma?

Mi hermano es sordo. Lo uso todos los días.

Una lágrima apareció en sus ojos.

Era roja.

Como sangre.

Sentí que el corazón se me detenía.

Darius agarró mi muñeca.

Su mano estaba helada.

—¿Qué estás haciendo?

—Hablo con su madre.

Beatrice apartó violentamente la mano de su hijo.

Darius pareció comprender entonces que yo no representaba una amenaza.

Ordenó que Cassidy fuera retirada y que yo atendiera personalmente la mesa durante el resto de la noche.

Pensé que acababa de asegurar una propina capaz de salvar a Finn.

Me equivoqué.

Mientras colocaba un nuevo vaso frente a Beatrice, ella movió las manos debajo de la mesa para que nadie pudiera verla.

Sus gestos fueron rápidos.

Desesperados.

No mires a nadie.

Sentí un escalofrío.

La botella negra que está detrás de ti está envenenada.

Miré disimuladamente el carrito de servicio.

Una botella cubierta de terciopelo negro descansaba allí.

Junto a ella estaba Dominic Russo, uno de los hombres de confianza de Darius.

Sonreía.

Beatrice continuó:

Dominic está preparando un golpe contra mi hijo. Si Darius bebe esa sangre, morirá.

Mi respiración se detuvo.

Entonces Dominic colocó una mano sobre la botella y me miró directamente.

—Señorita Quinn —dijo con una sonrisa tranquila—. Nuestro rey tiene sed.

Y en ese instante comprendí que yo, una simple camarera, acababa de convertirme en la única persona capaz de evitar el asesinato de un rey vampiro.

PARTE 2

Dominic empujó lentamente la botella hacia mí.

—Sirva el vino de reserva.

Miré a Beatrice.

Debajo de la mesa, sus dedos formaron una sola frase.

Protégelo.

Tomé la botella.

Estaba tan fría que sentí dolor en los dedos.

Entonces Dominic se acercó por detrás.

—Hazlo perfectamente —susurró junto a mi oído—. Porque sería terrible que algo le ocurriera a tu hermano Finn en el hospital.

Casi dejé caer la botella.

Él sabía quién era Finn.

Sabía dónde estaba.

—¿Cómo…?

—No necesitas saberlo.

Sentí náuseas.

Si advertía a Darius, Dominic podía ordenar que mataran a mi hermano.

Si servía aquella sangre, Darius moriría.

Destapé la botella.

El olor me golpeó inmediatamente.

Hierro.

Cobre.

Y algo podrido.

Darius extendió su copa.

—¿Hay algún problema, señorita Quinn?

—Ninguno, señor.

Vertí el líquido.

Mi mente trabajaba desesperadamente.

Entonces recordé algo.

Los cubiertos.

Plata pura.

Durante el servicio nos habían explicado que aquella familia exigía determinados utensilios antiguos. Y había escuchado mencionar que ciertas sustancias utilizadas por ellos reaccionaban de manera extraña con la plata.

Darius levantó la copa.

Dominic sonrió.

Hice lo único que se me ocurrió.

Fingí tropezar.

Mi mano golpeó el cuchillo de plata situado junto al plato de Darius.

El cuchillo cayó dentro de la copa.

La reacción fue inmediata.

El líquido comenzó a hervir.

La sangre cambió de rojo oscuro a negro.

Una nube blanca surgió del vaso mientras la mezcla corroía incluso la madera de la mesa.

Darius soltó la copa.

Todo el salón quedó inmóvil.

Después giró lentamente hacia Dominic.

—Sangre muerta.

Dominic perdió la sonrisa.

—Darius…

—Intentaste envenenarme.

—¡Mátenlos!

La mitad de los invitados se levantó de golpe.

Entonces comenzó el caos.

Nunca había visto nada parecido.

Darius atravesó la habitación con una velocidad imposible. Agarró por el cuello a uno de los atacantes y lo lanzó contra una chimenea de piedra.

Otros sacaron cuchillos.

Los empleados comenzaron a correr.

Yo retrocedí aterrorizada.

Dominic comprendió que no podía vencer a Darius directamente.

Así que vino por mí.

—¡Tú arruinaste todo!

Levantó una hoja de plata.

Caí junto al carrito de servicio.

No tenía forma de escapar.

Pero antes de que pudiera atacarme, alguien me agarró por detrás y me apartó.

Beatrice.

La anciana sorda que todos habían tratado como una mujer frágil se interpuso entre Dominic y yo.

Tomó la botella negra.

Y se la estrelló directamente contra el rostro.

Dominic gritó.

La sangre envenenada comenzó a quemarle la piel.

Darius apareció segundos después.

Lo derribó y lo inmovilizó contra el suelo.

—Has traicionado a tu rey.

Dominic intentó suplicar.

Darius no escuchó.

Cuando terminó, los demás conspiradores se arrodillaron.

La batalla había acabado.

Yo permanecí escondida junto al carrito, temblando.

Darius caminó hacia mí.

Por primera vez no parecía un monstruo.

Se arrodilló.

—Tú sabías que estaba envenenado.

Asentí.

—Dominic amenazó a mi hermano.

La expresión de Darius cambió.

—¿Finn?

—Está hospitalizado. Su tratamiento es muy caro. Dominic dijo que podía hacerle daño.

Darius se levantó inmediatamente.

—Vincent.

Uno de sus hombres apareció.

—Sí, mi rey.

—Ve al hospital. Quiero seguridad permanente frente a la habitación de Finn Quinn. Además, el Cross Syndicate cubrirá todos sus tratamientos.

Lo miré sorprendida.

—No puede hacer eso.

Darius volvió sus ojos ámbar hacia mí.

—Puedo.

—Pero cuesta muchísimo dinero.

—Me salvaste la vida.

—Solo hice lo correcto.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—En mi mundo, hacer lo correcto suele ser mucho más raro que tener dinero.

Beatrice se acercó.

Movió las manos.

Yo traduje casi automáticamente.

—Dice que durante más de cien años casi nadie fuera de su familia se molestó en hablar con ella usando señas.

Darius miró a su madre.

Ella continuó.

Esta joven me vio cuando todos los demás solo miraban mi discapacidad.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Darius permaneció callado.

Después sacó una tarjeta negra de su chaqueta y la colocó en el bolsillo de mi delantal.

—Tu deuda con el hospital ya no existe.

—¿Qué?

—Finn recibirá todo lo que necesite.

Me quedé sin palabras.

Entonces añadió:

—Y tú no volverás a trabajar aquí.

El miedo regresó.

—¿Me está despidiendo?

Darius soltó una pequeña risa.

—No.

Se acercó lo suficiente para que pudiera sentir el frío que irradiaba su cuerpo.

—Mi madre necesita alguien que pueda hablar con ella sin tratarla como una criatura indefensa.

Beatrice sonrió.

—Y yo —continuó Darius— necesito cerca a alguien capaz de darse cuenta cuando mis propios hombres están intentando asesinarme.

—¿Está ofreciéndome trabajo?

—Te estoy ofreciendo protección. Un salario que cubrirá cualquier necesidad de tu hermano. Y un lugar dentro de mi casa.

Miré alrededor.

Había muebles destruidos, cristales rotos y criaturas inmortales limpiando silenciosamente las consecuencias de una rebelión.

—Su casa parece peligrosa.

Darius volvió a sonreír.

—Lo es.

—Entonces no es una oferta demasiado tranquilizadora.

Beatrice soltó una risa silenciosa.

Darius me observó con evidente sorpresa.

Quizá nadie hablaba así con él.

Finalmente extendió la mano.

—¿Aceptas?

Pensé en Finn.

Pensé en años de hospitales, cuentas médicas y noches preguntándome si al día siguiente podríamos pagar otro tratamiento.

Después miré a Beatrice.

Ella me hizo una seña.

No tengas miedo.

Tomé la mano de Darius.

—Acepto.

Su piel estaba helada.

Pero su apretón fue extrañamente cuidadoso.

Entré aquella noche a Lumière creyendo que mi mayor problema era conseguir una buena propina.

Salí sabiendo que los vampiros existían.

Mi hermano estaba bajo la protección del hombre más poderoso de Seattle.

Y yo acababa de aceptar trabajar para una familia sobrenatural que podía matarme en segundos.

Antes de marcharse, Darius se volvió hacia mí.

—Mañana enviaré un automóvil por ti.

—¿Para qué?

Sus ojos ámbar brillaron.

—Porque Dominic no actuaba solo.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

Darius miró los cadáveres de los traidores.

—Esta noche detuvimos un golpe.

Después volvió a mirarme.

—Mañana descubriremos quién lo ordenó.

Y fue entonces cuando comprendí que salvar al rey vampiro no había terminado mi problema.

Acababa de meterme en el corazón de una guerra.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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