Una camarera advierte al Rey Vampiro sobre su amigo; al día siguiente, un coche de lujo llega a su puerta.
Una camarera advierte al Rey Vampiro sobre su amigo; al día siguiente, un coche de lujo llega a su puerta.

PARTE 1
Una simple servilleta de cóctel y siete palabras escritas a escondidas fueron suficientes para destruir la vida que Amelia Brandon conocía.
Hasta esa noche, Mia solo era una mesera tratando de pagar la renta en Queens. Después de esa noche, un hombre quiso matarla, otro la llevó a vivir a una torre de cristal y ella descubrió que los monstruos no se escondían en callejones oscuros.
Vestían trajes de diseñador.
Y uno de ellos se llamaba Damon Conrad.
Mia trabajaba en el Onyx Room, un club privado de Manhattan donde una botella de vino costaba más de lo que ella ganaba en meses. Entre políticos, empresarios y millonarios, había aprendido una regla sencilla: servir, sonreír y no hacer preguntas.
Damon Conrad era uno de los clientes que jamás debía incomodar.
Poseía empresas, edificios y Conrad Biotech, una corporación famosa por sus investigaciones relacionadas con la sangre. Era atractivo de una manera inquietante: piel demasiado pálida, ojos grises y una quietud que hacía sentir que estaba observando el mundo desde otra especie.
Aquella noche estaba acompañado por Victor Croft, su mejor amigo y socio.
Mia los observaba indirectamente a través del espejo detrás de la barra cuando otra camarera dejó caer una bandeja.
Damon volteó.
Victor aprovechó ese segundo.
De un anillo en su dedo dejó caer una sustancia transparente dentro de la bebida de Damon.
Mia se quedó paralizada.
Podía fingir que no había visto nada.
Necesitaba aquel empleo.
Pero también sabía que, si guardaba silencio, probablemente estaría viendo morir a un hombre.
Tomó unas servilletas y caminó hasta la mesa.
—¿Desean algo más?
Victor sonrió.
—Estamos bien.
Mia fingió cambiar el posavasos de Damon. Antes de colocar el vaso encima escribió discretamente:
NO BEBA. SU AMIGO PUSO ALGO EN SU COPA.
Damon leyó el mensaje.
No reaccionó.
Simplemente dejó el vaso sobre la mesa, anunció que había perdido el gusto por aquella bebida y abandonó el club.
Victor miró primero la copa.
Después miró a Mia.
Ella comprendió inmediatamente que había cometido un error terrible.
Horas después regresó a su diminuto apartamento y trató de convencerse de que todo había terminado.
No había terminado.
A la mañana siguiente alguien golpeó su puerta.
Era Elias Thorne, representante de Damon.
Victor había comenzado a preguntar por la camarera de cabello castaño que había trabajado aquella noche. Damon ofrecía protección.
Mia terminó entrando en un automóvil negro que la llevó hasta The Spire, la impresionante sede de Conrad Biotech.
Allí volvió a encontrarse con Damon.
—¿Por qué me advertiste? —preguntó él.
—Porque nadie merece ser envenenado.
Damon le reveló que Victor había sido su amigo durante setenta años.
Mia creyó haber escuchado mal.
—¿Setenta?
Damon sonrió ligeramente.
Después le explicó que la sustancia contenía verbena concentrada y nitrato de plata. No pretendía matarlo, sino paralizarlo.
Mia preguntó por qué alguien usaría plata contra él.
Entonces los ojos de Damon cambiaron.
Sus pupilas adquirieron un brillo violeta imposible.
Dos colmillos descendieron lentamente sobre su labio inferior.
Mia retrocedió.
Damon Conrad era un vampiro.
Le ofreció dinero y una casa segura lejos de Nueva York.
Mia rechazó ambas cosas.
—Victor ya sabe quién soy. Esconderme solo significa esperar a que me encuentre. Quiero trabajar aquí.
Damon intentó advertirle.
Aceptar significaba abandonar su antigua vida.
Mia aceptó.
Pronto descubrió que Conrad Biotech producía sangre sintética para permitir que criaturas como Damon sobrevivieran sin cazar humanos. Victor odiaba aquella idea. Él quería regresar a los viejos tiempos.
Y comenzó a sabotear la empresa.
Cuando Mia descubrió que una investigadora estaba siendo obligada a contaminar la sangre sintética, activó un protocolo de emergencia y destruyó el laboratorio.
Había salvado nuevamente a Damon.
Pero también había destruido su única fuente segura de alimento.
Cuando regresó al penthouse, encontró a Damon transformado por el hambre.
Pálido.
Temblando.
Con venas oscuras bajo los ojos.
—Vete —gruñó él—. No puedo controlarme.
Mia pudo escapar.
En cambio, tomó un pequeño cuchillo.
Se acercó a Damon.
Abrió el cuello de su blusa y dejó expuesta la piel de su cuello.
—Bebe.
—Si empiezo, podría matarte.
Mia sostuvo su rostro entre las manos.
—No lo harás.
Damon resistió unos segundos.
Después la abrazó.
Sus colmillos atravesaron la piel de Mia.
Y mientras él bebía desesperadamente, ella comprendió que acababa de cruzar una frontera de la que ninguno de los dos podría regresar.
PARTE 2
Damon se separó antes de quitarle demasiado.
Mia apenas podía mantenerse en pie.
Sin embargo, la transformación de él fue inmediata. Las venas oscuras desaparecieron, su piel recuperó color y sus ojos comenzaron a brillar con una intensidad eléctrica.
La sangre humana lo había fortalecido.
Pero no cualquier sangre.
La de Mia.
Damon la sostuvo antes de que cayera y la llevó hasta el sofá.
—Eres una insensata.
—¿Pero funcionó?
Damon observó sus propias manos.
—Victor creyó que estaba dejando morir de hambre a un animal enfermo.
Su expresión cambió.
—En realidad despertó a la bestia.
Esa misma noche se celebraba una importante gala en el Metropolitan Museum of Art. Victor pensaba aprovechar la supuesta debilidad de Damon para reclamar su imperio.
Damon decidió presentarse.
Y llevar a Mia con él.
Cuando ella apareció con un vestido color sangre y un collar de rubíes cubriendo las marcas de su cuello, Damon se quedó observándola.
—Pareces peligrosa.
—Estoy aterrada.
—Quédate conmigo.
La entrada de Damon causó conmoción.
Todos esperaban encontrarlo debilitado.
En cambio, parecía más poderoso que nunca.
Victor estaba junto al bar.
Su mirada cayó sobre el collar de Mia.
Entendió inmediatamente lo ocurrido.
—Trajiste un bocadillo —se burló.
Mia sostuvo su mirada.
—Soy su asistente. Y a diferencia de la gente que trabaja para usted, yo no enveneno bebidas.
El silencio fue inmediato.
Damon anunció delante de todos que Victor había intentado asesinarlo.
Pero antes de que pudieran enfrentarse, apareció Eleanor Graves, la antigua matriarca del consejo vampírico de Nueva York.
Victor había acusado formalmente a Damon de estar comprometido por haberse vinculado con una humana.
Eleanor decidió resolver la disputa mediante una tradición brutal.
La cacería.
Si Victor capturaba a Mia antes de medianoche, obtendría Conrad Biotech.
Si Damon conseguía mantenerla con vida, Victor sería desterrado.
—Corre —ordenó Damon.
Los colmillos comenzaron a aparecer alrededor de ellos.
Mia corrió.
Atravesó galerías oscuras mientras los humanos presentes creían que todo formaba parte de algún espectáculo.
Uno de los hombres de Victor la siguió hasta la sección medieval.
Mia se escondió detrás de un tapiz.
Entonces recordó algo aterrador.
Los vampiros podían escuchar su corazón.
El cazador se acercó.
—Puedo oler tu miedo.
Mia se quitó el pesado collar de rubíes, lo envolvió alrededor del puño y, cuando el vampiro apartó el tapiz, lo golpeó con todas sus fuerzas.
Después rompió una vitrina y consiguió un arma antigua.
Ya no pensaba comportarse como una presa.
Damon la encontró y juntos avanzaron hacia el techo del museo.
Allí los esperaba Victor con una espada.
Pero Damon había descubierto algo todavía peor.
Victor no pretendía gobernar Nueva York.
Trabajaba para una organización europea conocida como la Corte Roja.
Damon consiguió que lo admitiera mientras Mia grababa secretamente la conversación con su teléfono.
—Cuando te mate —gritó Victor—, la Corte Roja tomará esta ciudad.
Era la confesión que necesitaban.
Entonces Victor vio a Mia.
Lanzó un cuchillo directamente hacia ella.
Damon se interpuso.
La hoja se hundió en su pecho.
—¡Damon!
Mia corrió hacia él.
Victor avanzó levantando la espada.
Damon estaba demasiado herido para levantarse.
Mia comprendió lo único que podía hacer.
Se cortó la muñeca y la acercó a la boca de Damon.
—Bebe.
—Mia…
—¡Bebe!
Damon obedeció.
La sangre comenzó a devolverle fuerzas mientras Mia se debilitaba.
Cuando Victor atacó, Damon abrió los ojos.
El depredador había despertado.
Lo que siguió terminó con décadas de amistad, traición y ambición. La confesión grabada demostraba que Victor había conspirado con la Corte Roja, y su derrota eliminó cualquier posibilidad de que reclamara legítimamente el imperio de Damon.
Mia perdió tanta sangre que despertó después con la muñeca vendada.
Damon estaba sentado cerca.
Completamente recuperado.
—¿Victor?
—Se acabó.
Pero Damon sabía que aquello no significaba paz.
La Corte Roja seguía existiendo.
Y ahora conocía el nombre de Amelia Brandon.
Damon le entregó una carpeta.
Había transferido la mitad de sus propiedades personales a un fideicomiso a nombre de Mia.
Ella lo miró incrédula.
—¿Por qué?
—Porque ya no eres mi asistente.
—Entonces, ¿qué soy?
Damon tomó suavemente su mano vendada.
—Mi socia. Mi igual.
Besó su muñeca.
Mia miró su reflejo sobre el cristal oscuro del penthouse.
Ya no veía a aquella camarera asustada que servía tragos mientras los millonarios apenas notaban su existencia.
Había salvado dos veces la vida de un rey vampiro.
Había sobrevivido a una cacería.
Había sangrado por un imperio.
Y ahora poseía la mitad de él.
—¿Cuándo empezamos? —preguntó.
Damon sonrió mostrando los colmillos.
—Cuando se ponga el sol.
Mia observó Manhattan extendiéndose bajo sus pies.
Victor había desaparecido, pero la Corte Roja seguía observando desde Europa. Eleanor tampoco había ayudado a Damon por bondad. En aquel mundo, cada favor tenía un precio.
Mia finalmente lo entendía.
Los cuentos hablaban de princesas encerradas en torres esperando que alguien las rescatara.
Ella había terminado en una torre llena de monstruos.
Pero no necesitaba que nadie la rescatara.
Porque la camarera de Queens había desaparecido.
Y en su lugar había nacido una reina.