Un rey vampiro viudo se ocultó para poner a prueba a su amante con sus trillizos… pero la señora de la limpieza lo descubrió…

Un rey vampiro viudo se ocultó para poner a prueba a su amante con sus trillizos… pero la señora de la limpieza lo descubrió…

PARTE 1

Cuando Eleanor Harper aceptó trabajar en la mansión Graves, creyó que lo más difícil sería acostumbrarse a las extrañas reglas de una familia multimillonaria.

Nunca imaginó que terminaría encerrada en una habitación con tres niños que no eran completamente humanos… mientras su padre preparaba una venganza contra la mujer que planeaba asesinarlos.

Eleanor había aceptado aquel empleo por necesidad.

Su hermana menor, Lucy, luchaba contra una leucemia agresiva en un hospital de Seattle, y las facturas médicas crecían cada semana. La agencia doméstica le ofreció un salario tres veces superior al habitual, pero antes tuvo que firmar un acuerdo de confidencialidad interminable.

El dueño de la propiedad era Theodore Graves, un viudo extremadamente rico dedicado a las antigüedades y las inversiones privadas.

Era un hombre extraño.

Demasiado pálido.

Demasiado silencioso.

Y sus ojos ámbar parecían ver cosas que nadie más podía percibir.

Pero lo más importante para él eran sus hijos: Leo, Arthur y Clara, tres gemelos de cinco años.

Las instrucciones para cuidarlos eran insólitas.

Las cortinas del ala este debían permanecer cerradas durante el día.

No podía utilizarse plata.

El ajo estaba prohibido.

Y en el sótano había un refrigerador cerrado con llave que contenía botellas oscuras que olían extrañamente a hierro.

Eleanor nunca hizo preguntas.

Hasta que Valerie Covington llegó a vivir a la mansión.

Valerie era hermosa, elegante y pertenecía a una poderosa familia de Seattle. Frente a Theodore trataba a los niños con ternura y hablaba constantemente de convertirse en la madre que necesitaban.

Pero Eleanor vio su verdadero rostro.

Un día Clara rompió accidentalmente una muñeca de porcelana.

Valerie le apretó el brazo con tanta fuerza que sus uñas dejaron marcas.

—Pequeña monstruo —susurró—. Si vuelves a avergonzarme, te encerraré en el sótano.

Clara no lloró.

Simplemente retiró el brazo.

El movimiento fue tan fuerte que Valerie salió despedida contra la pared.

Eleanor se quedó helada.

Ninguna niña de cinco años podía hacer eso.

Después empezó a observar más.

Leo atrapó una vez un pájaro en pleno vuelo.

Arthur podía leer libros antiguos en latín.

Y aquellas botellas del sótano…

No contenían vitaminas.

Contenían sangre.

Eleanor comprendió que algo imposible ocurría en aquella casa.

Entonces Theodore anunció que debía viajar al extranjero durante un mes.

Antes de marcharse, dejó a Valerie al mando.

La transformación fue inmediata.

—Despide al cocinero —ordenó Valerie apenas desapareció el automóvil de Theodore—. Y encierra a esos niños en el ala oeste. No quiero verlos.

Eleanor se negó en silencio a abandonarlos.

Cada noche entraba escondida para comprobar cómo estaban.

Los niños comenzaron a debilitarse.

Su piel se volvió gris.

Sus ojos perdieron brillo.

—Necesitamos el jugo rojo —susurró Leo—. Papá dice que no debemos beberlo sin él… pero tenemos mucha hambre.

Eleanor recordó que todavía tenía una vieja llave del refrigerador del sótano.

Bajó corriendo.

Tomó tres botellas.

Entonces descubrió marcas en el polvo detrás de una enorme estantería de vinos.

La empujó.

Se abrió un pasadizo secreto.

Al final encontró una sala repleta de cámaras.

Todas las habitaciones de la mansión aparecían en gigantescos monitores.

Y sentado frente a ellos estaba Theodore.

Eleanor dejó caer una botella.

—Usted no fue a Europa…

Theodore se giró.

Tenía sangre en los labios.

Y dos colmillos perfectamente visibles.

—No.

Eleanor retrocedió.

—Usted es…

—Un vampiro.

Se levantó lentamente.

—Y mis hijos son mestizos.

Eleanor apenas podía respirar.

Entonces Theodore señaló una pantalla.

Valerie estaba en el despacho con su amante, Tristan.

—Cuando te cases con él —decía Tristan—, utilizaremos el sedante. Parecerá una sobredosis. Tú heredas la fortuna y los niños desaparecerán.

Valerie rio.

—No veo la hora de librarme de esos pequeños fenómenos.

El rostro de Theodore se volvió mortal.

Miró a Eleanor.

—Yo fingí marcharme para descubrir quién era realmente Valerie.

Se acercó a las sombras.

—Tú rompiste mis reglas para alimentar a mis hijos. Ella rompió mi confianza para destruirlos.

Sus ojos ámbar comenzaron a arder.

—Lleva las botellas a los niños, Eleanor. Cierra la puerta del ala oeste y no salgas hasta el amanecer.

—¿Qué va a hacer?

Theodore desapareció en la oscuridad.

Su voz fue lo último que Eleanor escuchó.

—La prueba terminó.

Y ahora… comienzan las consecuencias.

PARTE 2

Eleanor corrió escaleras arriba con las dos botellas que todavía conservaba.

Cuando llegó al ala oeste, Leo, Arthur y Clara estaban sentados juntos sobre la alfombra.

Parecían enfermos.

Sus pequeñas venas se marcaban bajo una piel casi transparente.

Eleanor abrió las botellas.

—Beban.

Los niños no necesitaron que se lo repitiera.

El cambio fue inmediato.

El color regresó a sus rostros.

Sus ojos ámbar volvieron a iluminarse.

Arthur dejó escapar un extraño sonido de satisfacción.

Clara limpió una gota roja de su boca.

Y Leo sonrió.

Durante apenas un instante, Eleanor vio dos pequeños colmillos.

—Gracias.

Sintió miedo.

Pero también ternura.

Aquellos niños podían tener sangre sobrenatural, pero seguían siendo niños abandonados por una mujer que los despreciaba.

Eleanor cerró la puerta y colocó un pesado mueble delante.

Recordaba perfectamente la orden de Theodore:

no salir hasta el amanecer.

Intentó obedecer.

Pero abajo continuaba la fiesta de Valerie.

Música.

Risas.

Copas.

Finalmente Eleanor no soportó la incertidumbre.

Salió silenciosamente y se acercó a un pequeño balcón interior desde el que podía observar el gran vestíbulo.

Entonces todo quedó oscuro.

La música murió.

Las luces de emergencia tiñeron las paredes de rojo.

Valerie apareció junto a Tristan.

—¿Qué pasa con esta casa?

Tristan encendió la linterna de su teléfono.

—Probablemente un problema eléctrico.

Una voz respondió desde lo alto de la escalera.

—No deberías haber tocado el sistema de sonido.

Valerie dejó caer la copa.

Theodore estaba allí.

Perfectamente inmóvil.

—¡Theodore!

Intentó sonreír.

—Pensaba que estabas en Europa.

Él comenzó a bajar lentamente.

—Escuché cada palabra.

Valerie palideció.

—¿De qué hablas?

—Del veneno. De mi fortuna. Del lugar donde pretendías enviar a mis hijos.

—¡Era una broma!

Entonces Tristan apartó violentamente a Valerie.

Sacó una pistola.

Su expresión había cambiado por completo.

—Cállate.

Valerie lo miró horrorizada.

—¿Qué haces?

Tristan apuntó directamente al pecho de Theodore.

—Ella solo servía para entrar en esta casa.

Eleanor sintió que se le helaba la sangre.

—La organización Vanguard te envía saludos, Graves —continuó Tristan—. Hemos pasado años buscándote.

Theodore sonrió ligeramente.

—Vanguard. Los descendientes modernos de antiguos cazadores.

Tristan levantó el arma.

—Las balas contienen nitrato de plata líquido.

Su sonrisa desapareció.

—Ahora dime dónde están los niños.

El aire pareció congelarse.

—No vuelvas a hablar de mis hijos.

Tristan disparó.

Tres veces.

Pero Theodore ya no estaba en la escalera.

Un segundo después tenía a Tristan agarrado por el cuello contra la pared.

La pistola cayó al suelo.

Valerie comenzó a gritar.

—¡Theodore, yo no sabía nada! ¡Él me utilizó!

Theodore ni siquiera la miró.

—Entraste voluntariamente en la casa de un depredador creyendo que eras el cazador.

Tristan intentó luchar.

No tuvo oportunidad.

Theodore acabó con él y dejó caer su cuerpo.

Valerie salió corriendo.

—¡Por favor!

Theodore desapareció tras ella.

Eleanor cerró los ojos.

Minutos después, el silencio regresó.

No salió de la habitación de los niños durante el resto de la noche.

Cuando finalmente amaneció, Eleanor bajó esperando encontrar destrucción.

No había nada.

El suelo estaba limpio.

Los cristales habían desaparecido.

Las paredes parecían intactas.

Theodore estaba sentado tranquilamente en el comedor leyendo el periódico.

—Buenos días, Eleanor.

Ella permaneció de pie.

—¿Dónde están ellos?

Theodore dobló una página.

—Los compañeros de Tristan recibirán un mensaje que espero comprendan.

—¿Y Valerie?

—No la maté.

Eleanor se sorprendió.

—¿Entonces?

—Está bajo custodia federal.

Theodore explicó que sus abogados habían investigado durante meses los movimientos financieros de Valerie. Habían descubierto que llevaba años robando dinero de la empresa familiar.

Había pruebas suficientes para enviarla a prisión durante mucho tiempo.

—Para alguien obsesionada con el dinero y el lujo —dijo Theodore—, perder ambos me pareció un castigo más apropiado.

Eleanor lo observó.

Aquel hombre podía matar en segundos.

Sin embargo, había elegido una venganza completamente distinta para Valerie.

Entonces Theodore dejó el periódico.

—Ahora debemos hablar de ti.

Eleanor sintió miedo.

—Sé lo que soy —continuó él—. Sabes lo que son mis hijos.

—No se lo diré a nadie.

—Lo sé.

Sacó un grueso sobre.

—También sé por qué aceptaste trabajar aquí.

Eleanor frunció el ceño.

—Lucy.

Sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué sabe de mi hermana?

—Todo.

Theodore empujó el sobre hacia ella.

—Esta mañana Graves Holdings hizo una importante donación al hospital donde recibe tratamiento. Todas sus facturas han sido pagadas. Además, tendrá acceso a los mejores especialistas disponibles.

Eleanor se llevó una mano a la boca.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque mientras la mujer que decía amar a mis hijos los dejaba morir de hambre, tú arriesgaste tu empleo para alimentarlos.

Eleanor comenzó a llorar.

—No tenía que hacer eso.

—Sí.

Theodore la observó durante unos segundos.

—Y ahora tienes dos opciones.

Señaló el sobre.

—Dentro hay suficiente dinero para que tú y Lucy jamás vuelvan a preocuparse por nada.

Eleanor lo miró.

—Puedes marcharte. Uno de mis especialistas eliminará cuidadosamente de tu memoria todo lo relacionado con nuestra naturaleza. Volverás a tu vida.

—¿Y la otra opción?

Theodore se inclinó hacia delante.

—Te quedas.

—¿Como empleada doméstica?

—No.

Sus ojos ámbar se suavizaron.

—Como responsable de esta casa.

Eleanor quedó inmóvil.

—Ayudarás a criar a mis hijos. Tendrás acceso a mis recursos, conocerás todas las reglas de nuestro mundo y me ayudarás a protegerlos de humanos, cazadores y cualquier otra criatura que intente acercarse a ellos.

—¿Para siempre?

—Mientras tú quieras permanecer aquí.

Eleanor miró el dinero.

Después pensó en la noche anterior.

En los colmillos.

En la sangre.

En Tristan.

Podía marcharse.

Podía olvidar.

Podía recuperar una vida normal.

Entonces recordó a Leo preguntando por su “jugo rojo”.

Recordó a Arthur acurrucándose contra sus hermanos.

Recordó el rostro de Clara cuando Valerie la había llamado monstruo.

Aquellos niños no necesitaban alguien que fingiera amarlos.

Necesitaban una persona que permaneciera allí incluso después de conocer la verdad.

Eleanor empujó el sobre de regreso.

Theodore arqueó una ceja.

—¿Estás segura?

—Necesitaré una copia de todas las llaves.

Él permaneció callado.

—Especialmente la del refrigerador del sótano.

Por primera vez, Theodore sonrió de verdad.

Eleanor añadió:

—Y necesitamos pedir más botellas. Sus hijos comen demasiado para tener cinco años.

La sonrisa de Theodore se hizo más amplia.

—Bienvenida a la familia, Eleanor.

Desde la puerta apareció Leo.

Detrás de él estaban Arthur y Clara.

Los tres corrieron hacia ella.

Eleanor se agachó y los abrazó.

Había llegado a aquella mansión creyendo que los monstruos eran criaturas con colmillos que vivían escondidas en la oscuridad.

Estaba equivocada.

Algunos monstruos llevaban vestidos caros, sonrisas perfectas y hablaban de amor mientras planeaban traicionar a quienes confiaban en ellos.

Y algunas criaturas con colmillos…

solo eran tres pequeños niños que necesitaban que alguien decidiera quedarse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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