Un omega rescató a un bebé que lloraba en la nieve; su contacto reveló la marca del Rey Alfa.

Un omega rescató a un bebé que lloraba en la nieve; su contacto reveló la marca del Rey Alfa.

PARTE 1

El llanto venía de debajo de la nieve.

Mis compañeros lo escucharon, pero ninguno quiso acercarse. Cuando empecé a escarbar con las manos, Víctor me advirtió que, si recogía lo que estaba oculto allí, no me permitiría regresar con la manada.

Entonces encontré una pequeña mano casi congelada.

Me llamo Emilia Castro y, hasta aquella noche, todos en Pinar del Norte me consideraban una omega defectuosa.

Vivíamos en una zona apartada de la Sierra de Durango. Éramos una comunidad discreta y seguíamos reglas que la mayoría de los humanos no entendería.

A los dieciséis años, todos los jóvenes despertaban a su lobo durante una ceremonia bajo la luna llena.

Todos menos yo.

Mi transformación nunca llegó. Desde entonces, Víctor Salgado, encargado de vigilar el territorio, me trataba como si fuera una carga.

La noche de la tormenta regresábamos de revisar el límite del bosque cuando escuchamos aquel llanto. Debajo de un pino caído encontré una canasta cubierta de nieve.

Dentro había un bebé envuelto en una cobija azul demasiado delgada para ese frío.

Lo abrigué bajo mi chamarra.

—No es de nuestra gente —dijo Víctor—. No sabemos qué problemas traerá.

El bebé apenas podía moverse. Sentí que, si lo dejaba allí, no resistiría mucho más.

Pedí que me ayudaran a llevarlo a la comunidad, pero Víctor bloqueó el camino.

Me dijo que debía elegir: volver sola o marcharme con el niño.

Miré las luces de Pinar del Norte. Allí estaban mi cuarto, mi ropa y todo lo que conocía.

Después el bebé tocó mi pecho con sus pequeños dedos.

Una sensación cálida recorrió mi cuerpo. Por un instante apareció un resplandor plateado debajo de mi clavícula, aunque yo no lo vi.

Solo escuché dentro de mí una voz que creía perdida:

Protégelo.

Me alejé de la manada y caminé hacia una cabaña que había pertenecido a mi madre.

No sabía que un hombre alto nos observaba desde los árboles. Él sí vio la marca surgir en mi piel.

Al llegar a la cabaña encendí la chimenea y envolví al bebé con una cobija gruesa. Poco a poco, el color regresó a sus mejillas.

Decidí llamarlo Noé mientras encontraba a su familia.

Al cambiarlo descubrí una cadena en su cuello. Llevaba un medallón oscuro cuyo dibujo había sido rayado para ocultarlo. Bajo las marcas alcancé a distinguir un lobo con corona y tres estrellas.

Mi madre tenía un libro antiguo con los símbolos de las familias más importantes. Lo encontré dentro de un baúl y busqué hasta dar con el mismo emblema.

Pertenecía a la Casa Montenegro, la familia del rey Alfa.

Alguien no había abandonado a Noé por casualidad. Había intentado esconder su identidad.

Mientras intentaba entenderlo, escuché pasos alrededor de la cabaña.

Primero pensé que Víctor había cambiado de opinión. Pero luego aparecieron tres sombras detrás de la ventana.

Una voz anunció desde afuera que venían por el niño.

Les pregunté quiénes eran. Se negaron a responder y solo dijeron que debían llevárselo antes de que el rey lo encontrara.

Aquella frase confirmó que conocían el medallón.

La puerta comenzó a abrirse. La cadena de seguridad resistió unos segundos antes de desprenderse.

Tres hombres entraron con el rostro cubierto.

El más alto me ordenó apartarme.

Abracé a Noé y me coloqué frente a la chimenea. No tenía la fuerza de un lobo despierto ni una salida por la parte trasera. Aun así, no pensaba entregarlo.

Uno de ellos avanzó.

Al girarme para proteger al bebé, mi hombro rozó una repisa rota. Noé comenzó a llorar y puso la mano sobre el pequeño rasguño de mi piel.

La cabaña se llenó de luz plateada.

Frente a todos, unas líneas brillantes aparecieron debajo de mi clavícula. Formaron el mismo lobo coronado que llevaba Noé en su medallón.

Los hombres retrocedieron.

Uno de ellos murmuró que aquella era la marca del rey.

Antes de que pudiera preguntar qué significaba, un aullido profundo atravesó el bosque e hizo vibrar las ventanas.

Los tres desconocidos miraron hacia la puerta.

Unos pasos pesados cruzaron el porche.

El hombre que los dirigía perdió el color del rostro y pronunció las palabras que cambiaron mi vida:

—Nos encontró.

PARTE 2

La puerta se abrió y un hombre cubierto con una capa negra apareció entre la nieve.

No llevaba un arma en las manos, pero los tres intrusos parecieron olvidar que eran mayoría. Detrás de él había varios guardias con un pequeño emblema plateado en sus abrigos.

El recién llegado les ordenó marcharse.

Uno de los hombres intentó explicar que solo querían recuperar al bebé. El desconocido repitió la orden sin levantar la voz.

Los tres salieron de la cabaña y desaparecieron entre los árboles. Los guardias fueron tras ellos.

Entonces aquel hombre miró a Noé.

Su expresión cambió. Fue apenas un gesto, pero comprendí que conocía al niño.

Cuando avanzó, le pedí que se detuviera.

Para mi sorpresa, obedeció.

—No voy a entregárselo hasta que me diga quién es —le advertí.

Los guardias que permanecían afuera se miraron entre sí. Al parecer, no estaban acostumbrados a que alguien le hablara de esa manera.

El hombre evitó responder directamente. Solo dijo que Noé pertenecía a una familia que llevaba varios días buscándolo.

El bebé abrió los ojos al escuchar su voz y estiró una mano hacia él.

Aquello me tranquilizó un poco, pero no lo suficiente.

—¿Es pariente suyo?

—Sí, aunque lejano.

Le mostré el medallón. Al verlo, su mirada se endureció.

Me explicó que los padres de Noé habían desaparecido mientras lo trasladaban hacia un lugar seguro. Los tres hombres que llegaron a la cabaña trabajaban para alguien interesado en controlar al niño y su herencia.

Noé tomó uno de mis dedos y volvió a aparecer la marca plateada.

El hombre quedó inmóvil.

Cuando se acercó al fuego, descubrí que el broche de su capa tenía exactamente el mismo símbolo del medallón.

—Usted es un Montenegro —dije.

—Me llamo Adrián.

Los guardias inclinaron la cabeza al escuchar su nombre.

Aún no entendía quién era realmente.

Adrián examinó la débil chimenea y advirtió que la cabaña no conservaría suficiente calor si la tormenta empeoraba. Noé necesitaba atención de una curandera.

La comunidad más cercana era Pinar del Norte.

Volver era lo último que deseaba, pero acepté por el bebé.

Adrián me dio su capa y caminó a nuestro lado durante todo el trayecto. Sus hombres formaron un círculo silencioso alrededor de nosotros.

Víctor estaba frente al refugio principal cuando llegamos.

Al verme, preguntó por qué había regresado y quiénes eran los desconocidos que había llevado a nuestro territorio.

Uno de los guardias abrió su abrigo y mostró la insignia real.

—El rey Alfa Adrián Montenegro necesita a la curandera de la manada.

Todos se arrodillaron.

Yo permanecí de pie, abrazando a Noé y usando la capa del hombre más poderoso de nuestra especie.

Adrián no pareció molesto por mi comportamiento. Su atención seguía concentrada en la marca que brillaba sobre mi clavícula.

Cuando Noé volvió a tocarme, el símbolo apareció con mayor claridad. Esta vez toda la comunidad lo vio.

Adrián abrió el cuello de su camisa y mostró una marca idéntica sobre el pecho.

La curandera real se acercó sorprendida. Explicó que la marca de Adrián había aparecido doce años atrás, cuando él todavía era heredero. Desde entonces habían buscado en todo el territorio a la persona que debía portar la segunda.

Víctor se levantó indignado.

Aseguró que yo no podía ser esa persona porque jamás había logrado transformarme. Frente a todos, volvió a llamarme una omega rota.

La voz de Adrián cambió.

Le advirtió que pensara bien antes de volver a hablar de mí de esa manera.

Yo le pregunté a la curandera si la marca significaba que debía convertirme en compañera del rey.

Según los registros antiguos, era posible.

Le dije a Adrián que no aceptaría pertenecerle únicamente porque un símbolo lo ordenara.

Varias personas contuvieron el aliento.

Adrián no se ofendió. Respondió que ninguna marca podía decidir por mí. Ni siquiera su posición como rey le daba derecho a imponerme un vínculo.

Fue la primera vez que alguien poderoso defendió mi libertad sin tratarme como si fuera incapaz de hacerlo sola.

La curandera examinó el medallón de Noé. Al limpiar las rayaduras descubrió una inscripción más pequeña bajo el escudo.

La llamó el Sello del Primer Vínculo.

Era una señal tan antigua que muchos la consideraban una leyenda. No aparecía por rango ni por linaje. Surgía cuando dos personas elegían proteger a alguien indefenso sin esperar recompensa.

Doce años antes, durante un incendio en una aldea de montaña, Adrián había desobedecido a sus guardias para ayudar a varios niños atrapados. La marca apareció aquella noche.

La mía despertó cuando decidí alejarme de Pinar del Norte con Noé, aun sabiendo que perdería mi hogar.

El bebé no había creado el símbolo con su toque.

Solo había revelado lo que mi decisión ya había despertado.

Víctor intentó sembrar otra duda. Preguntó por qué un bebé podía activar una señal relacionada con la Casa Montenegro.

La curandera mostró la parte posterior del medallón.

El Sello del Primer Vínculo solo era confiado a niños de sangre real.

Noé era pariente de Adrián y heredero de una rama secundaria de la familia. Sus padres no lo habían abandonado: lo ocultaron bajo aquel pino cuando descubrieron que los seguían.

La verdad apareció poco después.

Los guardias capturaron a dos de los hombres que habían entrado en la cabaña. Ellos confesaron que el tercero era un antiguo consejero real llamado Ramiro Alcázar.

Ramiro quería usar a Noé para reclamar derechos sobre una región del norte. También había enviado un mensaje anónimo a Pinar del Norte horas antes de la tormenta.

El mensaje ordenaba que nadie auxiliara a cualquier desconocido encontrado cerca de la frontera.

Víctor lo había recibido.

Por eso insistió tanto en abandonar al bebé.

No actuó únicamente por crueldad ni por obedecer las reglas. Sabía que alguien pagaría por mantener a Noé fuera de la comunidad.

Víctor fue separado de su cargo y puesto bajo investigación. Cuando intentó disculparse conmigo, le respondí que no necesitaba conocer la identidad de un niño para decidir ayudarlo.

Había creído que Noé no era importante.

Para mí, ese había sido su verdadero error.

La curandera confirmó que el bebé estaba estable. Mientras buscaban a sus padres, Adrián permitió que permaneciera conmigo.

Días después, encontraron a la madre de Noé refugiada en un antiguo puesto forestal. El padre había distraído a los perseguidores para que ella pudiera escapar, y también fue localizado con vida.

Cuando llegó el momento de devolverles a su hijo, lloré más de lo que esperaba.

Adrián no utilizó la marca para exigirme nada. Me preguntó si podía visitarme y conocerme como persona antes de hablar sobre destinos o coronas.

Acepté.

No me convertí en su compañera aquella noche ni dejé inmediatamente mi vida para seguirlo.

Durante meses conversamos, recorrimos comunidades y ayudamos a familias que habían sido ignoradas por las manadas más fuertes.

Mi loba despertó gradualmente.

No era débil. Simplemente respondía a emociones distintas. No aparecía ante las órdenes ni frente a una multitud que esperaba una demostración de fuerza.

Despertaba cuando alguien me necesitaba.

Tiempo después elegí caminar al lado de Adrián, pero fue una decisión mía. La marca mostró que compartíamos un instinto; no sustituyó el respeto necesario para construir una relación.

Años más tarde regresé al sitio donde había encontrado la canasta. En el tronco del pino todavía podía verse una pequeña marca hecha con una navaja: un lobo coronado sobre tres estrellas.

Comprendí que la madre de Noé la había dejado allí para que la familia real supiera dónde buscar.

Al pie del árbol encontré unas diminutas huellas de lobo mezcladas con las mías.

No pertenecían a Adrián ni a sus guardias.

Eran demasiado pequeñas.

Noé había sido un recién nacido cuando lo encontré, pero aquellas huellas se dirigían desde la canasta hasta el lugar exacto donde yo había estado parada.

Tal vez el niño no había llorado esperando que cualquiera lo escuchara.

Tal vez, de alguna forma imposible de explicar, había estado llamándome a mí.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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