Un multimillonario me contrató para revisar una caja antigua… pero cuando mi sangre tocó su superficie, sus ojos cambiaron de color y descubrí que llevaba siglos esperando a alguien como yo

Un multimillonario me contrató para revisar una caja antigua… pero cuando mi sangre tocó su superficie, sus ojos cambiaron de color y descubrí que llevaba siglos esperando a alguien como yo

PARTE 1 

La noche en que una caja antigua reconoció mi sangre, un multimillonario me dijo que llevaba siglos esperando encontrarme.

Yo pensé que estaba loco.

Hasta que vi sus ojos cambiar de color y descubrí que la marca que había aparecido en mi hombro tenía la forma de un lobo.

Lo peor fue descubrir que aquella marca podía revelar mi ubicación, incluso cuando estaba a cientos de kilómetros de él.

Me llamo Beatriz Montemayor y, hasta entonces, mi trabajo consistía en determinar si los objetos antiguos eran auténticos o simples imitaciones.

Trabajaba para una prestigiosa casa de antigüedades en la Ciudad de México. Había examinado joyas de familias millonarias, documentos históricos y piezas que nadie quería mostrar públicamente.

Pero nunca había recibido un encargo como aquel.

Todo comenzó un martes de noviembre, cuando mi jefe me llamó a su oficina.

Tenía la cara pálida.

Sobre su escritorio había una llave de hierro y un sobre con una dirección del Centro Histórico.

—El cliente quiere que revises una pieza esta misma noche. Toma fotografías, prepara un informe y regresa. No intentes abrir nada.

Le pregunté quién había solicitado el trabajo.

Mi jefe evitó mirarme.

—Es alguien a quien no conviene hacer esperar.

El pago era tan elevado que pensé que había un error en el contrato.

Una hora después, estaba frente a un edificio antiguo cerca de la calle de Donceles.

Un vigilante me condujo hasta un elevador de servicio. Bajamos varios niveles, mucho más de lo que esperaba en una construcción de aquella época.

Al llegar, encontré un pasillo de piedra y una puerta de hierro.

La llave encajó perfectamente.

Del otro lado había una bóveda moderna, iluminada por lámparas blancas.

En el centro descansaba una caja de madera.

La abrí con cuidado.

Dentro encontré un cilindro negro, pesado, cubierto de líneas plateadas y símbolos que jamás había visto.

Parecía obsidiana, pero su superficie era demasiado perfecta.

Saqué mi cámara y comencé a fotografiarlo.

Entonces descubrí algo extraño.

Los símbolos estaban cambiando.

Al principio pensé que era un efecto de la iluminación. Moví la lámpara, cambié el ángulo de la cámara y volví a observarlos.

No había duda.

Una de las inscripciones se había desplazado.

Acercando la mano, intenté examinar un pequeño relieve.

Un mecanismo oculto se activó.

Sentí un pinchazo en el dedo.

Una gota cayó sobre el cilindro.

Y las líneas plateadas comenzaron a iluminarse.

El aire se volvió helado.

Escuché que alguien entraba detrás de mí.

—Esa pieza llevaba más de cuatrocientos años sin responder a nadie.

Me giré.

Un hombre alto, vestido con un traje oscuro, estaba junto a la puerta.

Lo reconocí inmediatamente.

Era Damián Roth, dueño de uno de los grupos empresariales más importantes del país.

Había visto su fotografía en revistas de negocios.

Pero aquellas fotografías no mostraban lo que tenía frente a mí.

Sus ojos eran dorados.

—¿Qué le hiciste? —preguntó, mirando el cilindro.

Le expliqué que había sido un accidente.

Damián se acercó a la mesa.

Cuando intenté alejarme, se interpuso entre la puerta y yo.

—Tu apellido es Montemayor, ¿verdad?

Asentí.

Su expresión cambió.

—Entonces encontramos a la persona equivocada para proteger un secreto… y a la única capaz de abrirlo.

No entendí qué quería decir.

Tomé mi bolso y le exigí que me dejara salir.

Él señaló mi hombro.

—Antes de irte, revisa eso.

Sentí un calor extraño debajo de la blusa.

Me aparté la tela y descubrí una marca plateada que no estaba allí cuando salí de mi casa.

Representaba un lobo junto a una luna creciente.

Salí de aquella bóveda sin esperar más explicaciones.

Durante las siguientes horas, mi cuerpo comenzó a comportarse de una manera imposible.

Escuchaba conversaciones desde el otro extremo de una habitación.

Podía distinguir el olor de la lluvia antes de que aparecieran las primeras gotas.

Y cada vez que pensaba en Damián, la marca de mi hombro se calentaba.

Necesitaba respuestas.

Compré un celular barato y llamé a Tobías Reyes, un antiguo contacto que comerciaba con piezas difíciles de conseguir.

Vivía en Monterrey.

Le expliqué lo sucedido y le envié una fotografía de los símbolos que había alcanzado a copiar.

Su reacción me preocupó.

—No vuelvas a llamar desde ese teléfono. Ven a verme.

Al día siguiente nos encontramos en una cafetería casi vacía, cerca de las montañas.

Tobías miró mis fotografías.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Beatriz, eso es un mapa.

—¿Un mapa de qué?

—De una fortuna que desapareció hace siglos. Y Roth no es simplemente un empresario.

Bajó la voz.

Me habló de familias antiguas capaces de adoptar la forma de lobos, de fortunas escondidas y de una organización rival dirigida por un hombre llamado Alistair Kensington.

Me reí nerviosamente.

Pensé que estaba inventando todo.

Hasta que vi que Tobías no dejaba de mirar hacia la entrada.

—¿A quién estás esperando? —pregunté.

No respondió.

En ese instante, tres hombres entraron al establecimiento.

Sus ojos tenían el mismo brillo extraño que los de Damián.

Tobías bajó la cabeza.

—Perdóname, Beatriz. Me ofrecieron demasiado dinero.

Salí corriendo por la puerta trasera.

Atravesé un estacionamiento y llegué hasta un sendero que subía hacia la montaña.

Escuché pasos detrás de mí.

Luego, un sonido que jamás olvidaré.

Cuando miré hacia atrás, los tres hombres habían desaparecido.

En su lugar había tres lobos enormes.

Uno se acercó lentamente.

Retrocedí hasta sentir una roca contra mi espalda.

No tenía por dónde escapar.

El animal saltó hacia mí.

Pero algo negro descendió desde una formación rocosa y se interpuso entre nosotros.

Era un lobo todavía más grande.

Los otros retrocedieron.

Y cuando aquella criatura giró la cabeza para mirarme, reconocí sus ojos dorados.

Era Damián Roth.

Lo supe incluso antes de verlo recuperar su forma humana.

Entonces se acercó a mí, observó la marca de mi hombro y pronunció una frase que hizo que se me helara el cuerpo:

—Beatriz, si Kensington descubre lo que realmente eres, no va a necesitar el mapa para encontrar el tesoro. Solo tendrá que encontrarte a ti.

PARTE 2 

—¿Qué soy? —pregunté, retrocediendo.

Damián extendió una mano para ayudarme a levantarme.

No la acepté.

Todavía recordaba al hombre que había bloqueado la salida de aquella bóveda y me había dejado marchar sin explicarme nada.

—Te lo contaré todo —respondió—. Pero aquí no estamos seguros.

Miré hacia el sendero.

Los otros lobos habían desaparecido entre los árboles.

No tenía motivos para confiar en él, pero tampoco quería quedarme sola en aquella montaña.

Acepté acompañarlo con una condición: no volvería a encerrarme ni a ocultarme información.

Damián estuvo de acuerdo.

Me llevó a un complejo privado en las afueras de Monterrey, protegido por cámaras y personal de seguridad.

Allí me atendió una doctora.

Después de revisar mi hombro, me aseguró que la marca no era una herida.

Era algo que mi propio cuerpo había desarrollado.

No supe qué pensar.

Damián entró en la habitación llevando el cilindro negro.

Lo colocó sobre una mesa y se sentó frente a mí.

—Tu familia pertenecía a un linaje conocido como los Guardianes del Primer Tesoro.

Le pregunté qué significaba aquello.

Me explicó que, siglos atrás, varias familias habían reunido documentos, metales preciosos y títulos de propiedad en una red de depósitos secretos.

Para impedir que alguien se apoderara de todo, crearon un mecanismo que únicamente podía responder a los descendientes de quienes habían construido aquella red.

El cilindro era la llave.

Y mi sangre había permitido activarlo.

—¿Por qué yo?

Damián guardó silencio unos segundos.

—Porque eres la última descendiente que hemos podido localizar.

Sentí un nudo en el estómago.

Mi abuela siempre había evitado hablar de nuestra historia familiar.

Conservaba una caja llena de papeles antiguos y decía que algunas herencias traían más problemas que beneficios.

Yo nunca le había prestado demasiada atención.

Ahora comenzaba a entender.

—¿Y la marca?

Damián me explicó que el mecanismo había despertado una condición hereditaria que permanecía dormida en mi familia.

Por eso podía escuchar y percibir cosas que antes me resultaban imposibles.

La marca era una señal de ese despertar.

También reaccionaba ante los miembros del linaje de Damián, que durante generaciones habían protegido a los guardianes.

Pero había algo que no encajaba.

—Si tu familia nos protegía, ¿por qué nadie me advirtió?

Damián bajó la mirada.

—Porque la última guardiana desapareció después de que los Kensington intentaran obligarla a revelar los depósitos. Desde entonces, tu familia ocultó su identidad.

Tomé el cilindro.

En cuanto mis dedos tocaron la superficie, las inscripciones comenzaron a moverse.

Vi imágenes que no parecían recuerdos míos.

Un salón de piedra.

Una mujer con un vestido antiguo.

Un hombre intentando quitarle un objeto de las manos.

Y después, una puerta que se cerraba.

Solté el cilindro.

Damián me sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.

—¿Qué viste?

Le describí al hombre.

Su rostro se parecía demasiado al de Alistair Kensington.

Pero lo más importante apareció cuando volví a tocar el objeto.

Una serie de números y símbolos se ordenó sobre su superficie.

No eran únicamente coordenadas.

También había nombres, claves de acceso y referencias a sociedades financieras.

Comprendí entonces que el supuesto tesoro no consistía solamente en oro.

Era el registro original de una fortuna que había pasado de una empresa a otra durante generaciones.

Y alguien había utilizado aquellas propiedades para construir un imperio.

Damián me enseñó unos documentos.

En ellos aparecían compañías vinculadas a Kensington.

Al comparar los nombres con los que mostraba el cilindro, encontramos una coincidencia inesperada.

Muchas de las empresas que Alistair consideraba suyas estaban relacionadas con activos que habían pertenecido al linaje de mi familia.

El verdadero secreto no era dónde se encontraba la fortuna.

Era quién podía demostrar su origen.

Dos días después, Alistair Kensington estaba reunido con sus socios en una oficina privada de Ginebra.

Había organizado la reunión para consolidar el control de varias empresas internacionales.

Damián consiguió que me permitieran entrar como representante de una de las partes involucradas.

Cuando aparecí junto a él, Kensington dejó de hablar.

Sus ojos se fijaron inmediatamente en el cilindro que llevaba en las manos.

—Así que la guardiana sigue viva —murmuró.

Me senté frente a él.

Tenía miedo, pero ya no era la mujer que había salido corriendo de una bóveda sin entender qué estaba ocurriendo.

Coloqué una carpeta sobre la mesa.

Contenía los documentos que habíamos recuperado, las referencias de los depósitos y los registros que vinculaban a sus empresas con operaciones fraudulentas.

Alistair examinó la primera página.

Su expresión cambió.

—Esos documentos no significan nada.

—Entonces no tendrás problema en explicar por qué tantas propiedades terminaron en empresas relacionadas con tu familia.

Uno de sus abogados comenzó a revisar los archivos.

Alistair intentó interrumpirlo.

Pero ya era tarde.

Los documentos también habían sido enviados a las autoridades competentes y a los asesores legales de las entidades involucradas.

Las operaciones que Kensington esperaba cerrar quedaron suspendidas mientras se investigaba el origen de los activos.

Su teléfono comenzó a sonar.

Después sonó el de uno de sus socios.

Y luego otro.

Durante varios minutos, nadie volvió a hablar.

Finalmente, Alistair se levantó.

Sus ojos adquirieron un tono amarillento.

Damián se colocó a mi lado.

Pero fui yo quien habló.

—No vine a quitarte algo que te pertenezca. Vine a recuperar lo que tu familia intentó borrar de la historia.

Alistair miró el cilindro.

Por primera vez, pareció comprender que no podía conseguir lo que buscaba simplemente arrebatándomelo.

Los símbolos solo respondían a mí.

Y los documentos ya estaban fuera de su alcance.

Abandonamos aquella oficina sin esperar a que terminara la reunión.

Durante los meses siguientes, comenzaron las investigaciones.

Varias empresas quedaron bajo revisión y aparecieron documentos que mi familia había considerado perdidos durante siglos.

No recuperé una fortuna de la noche a la mañana.

Fue un proceso largo, lleno de abogados, archivos y preguntas difíciles.

Pero conseguí algo que nunca había tenido.

La verdad sobre mi origen.

Volví a México y busqué la caja que había pertenecido a mi abuela.

En el fondo encontré una fotografía antigua.

Mostraba a una mujer frente a un edificio de piedra.

En sus manos sostenía el mismo cilindro negro.

Al reverso había una frase escrita con una letra que reconocí inmediatamente.

Era la de mi abuela.

Decía:

«La guardiana no pertenece a ningún rey. El tesoro existe para que nadie pueda convertirse en dueño de todos».

Me quedé mirando aquellas palabras.

Damián había hablado de linajes, destinos y vínculos que no podían romperse.

Yo todavía no sabía qué significaba exactamente nuestra conexión.

Pero tenía muy claro que nadie decidiría mi futuro por mí.

Guardé la fotografía y cerré la caja.

Aquella noche, mientras me preparaba para dormir, sentí nuevamente el calor de la marca en mi hombro.

Pensé que Damián estaba cerca.

Miré por la ventana.

No había nadie.

Entonces escuché un pequeño sonido sobre el escritorio.

El cilindro negro estaba girando por sí solo.

Una nueva inscripción apareció en su superficie.

Esta vez no mostraba números ni coordenadas.

Era una sola frase, escrita en español:

«Todavía falta encontrar a la segunda guardiana».

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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