Un lote de muñecas llegó sin aparecer en ningún inventario… después comenzaron a moverse durante la madrugada
Un lote de muñecas llegó sin aparecer en ningún inventario… después comenzaron a moverse durante la madrugada

PARTE 1
La primera vez que vi a una de aquellas muñecas correr frente a una cámara de seguridad pensé que estaba quedándome dormido.
Revisé la grabación tres veces.
Después fui hasta el estante donde estaban guardadas.
Había una menos.
Esto me ocurrió en Sonora, alrededor de 2011.
En ese tiempo necesitaba un empleo mejor y conseguí trabajo cuidando por las noches una bodega donde almacenaban mercancía para varias tiendas.
Nunca había trabajado completamente solo de madrugada.
Pero pensé que sería sencillo.
La bodega era enorme.
Había pasillos formados por cajas, estantes metálicos, productos importados y una pequeña oficina con monitores conectados a las cámaras.
Mi trabajo consistía básicamente en revisar que nadie entrara, hacer rondines y reportar cualquier movimiento.
La primera semana fue aburridísima.
Y créanme, en un empleo así eso es bueno.
Podía pasar horas sin escuchar nada más que el zumbido de las lámparas.
Después llegó un cargamento nuevo.
Había cajas de adornos, juguetes y objetos para distintas sucursales.
Entre todo eso apareció una caja grande con varias muñecas.
Eran diferentes a las que normalmente vendían.
Medían alrededor de medio metro.
Tenían rostros muy pálidos, cabello oscuro y ojos de vidrio.
No eran feas.
De hecho, estaban muy bien hechas.
Pero había algo incómodo en su mirada.
Cuando caminabas frente a ellas parecía que seguían tu movimiento.
Yo sabía que era un efecto de los ojos.
O eso me decía.
Al día siguiente surgió otro detalle.
El supervisor revisó la mercancía y descubrió que las muñecas no aparecían en ningún inventario.
No sabían cuánto costaban.
Tampoco qué sucursal debía recibirlas.
Pensaron que se trataba de un error del proveedor.
Hasta aclararlo, las dejaron en un estante dentro de la bodega.
Y ahí comenzó todo.
Las primeras noches no pasó nada.
Después empecé a sentirme observado.
Hacía mi recorrido y, cuando llegaba al pasillo de las muñecas, siempre terminaba mirando hacia ellas.
Todas parecían estar viendo exactamente hacia donde yo estaba.
Me daba risa mi propio miedo.
“Son juguetes”, pensaba.
Una madrugada estaba frente a las cámaras cuando algo pasó rápidamente por uno de los monitores.
Fue apenas una sombra.
Me levanté con la linterna y recorrí el pasillo.
No encontré nada.
Regresé.
Minutos después volvió a ocurrir en otra cámara.
Esta vez decidí revisar la grabación.
La puse varias veces.
Hice acercamiento.
La imagen era borrosa, pero distinguí algo pequeño moviéndose entre los estantes.
Pensé en un gato.
Después pensé en algún animal que hubiera entrado desde el área de carga.
Pero la figura parecía tener brazos y piernas.
Y llevaba algo parecido a un vestido.
Sentí frío en la espalda.
Fui inmediatamente al lugar donde estaban las muñecas.
Las conté.
Faltaba una.
Ahí dejé de pensar en fantasmas y comencé a preocuparme por mi trabajo.
Si alguien había entrado a robar mercancía, el responsable era yo.
Busqué detrás de cajas.
Debajo de estantes.
Revisé puertas.
Nada.
Cuando terminó mi turno volví a pasar frente al estante.
La muñeca estaba ahí.
No tenía sentido.
Conté otra vez.
Estaban todas.
Le comenté al supervisor que necesitábamos revisar bien las cámaras.
Él pensó que posiblemente yo había contado mal.
Yo también quería creerlo.
Pero la noche siguiente ocurrió algo peor.
Cerca de la una de la mañana, uno de los sensores de movimiento encendió la luz junto a los baños.
Miré el monitor.
La puerta del baño de mujeres comenzó a abrirse muy lentamente.
Me quedé quieto.
Después vi dos piernas pequeñas debajo de una de las divisiones.
Parecían las piernas de una niña.
Pensé que alguien se había quedado escondido desde antes de cerrar la bodega.
Tomé la linterna y fui corriendo.
La luz estaba encendida.
La puerta estaba abierta.
Entré.
No había nadie.
Revisé cada espacio.
Vacío.
Regresé al pasillo sintiendo que ya no quería pasar otra noche allí.
Cuando caminé nuevamente frente al estante, las caras de las muñecas me parecieron distintas.
Sé cómo suena.
Pero juraría que algunas ya no tenían la misma expresión.
Y entonces volví a contarlas.
Una.
Dos.
Tres.
Seguí hasta el final.
Me quedé mirando el espacio vacío entre ellas.
Otra vez faltaba una.
PARTE 2
Esta vez no fui a buscarla inmediatamente.
Me quedé frente al estante tratando de convencerme de que había cometido otro error.
Volví a contar.
Faltaba una.
Saqué el teléfono y llamé a mi hermano.
Era pasada la medianoche.
Contestó medio dormido y me preguntó qué había ocurrido.
Le dije que nada.
Solo quería escuchar una voz conocida.
No me atreví a decirle que estaba escondiéndome prácticamente de unas muñecas.
Mientras hablábamos regresé a la oficina.
Miré la cámara del baño.
Las piernas ya no estaban.
Miré el pasillo.
Vacío.
Después apareció movimiento en una cámara cercana a los estantes.
Una pequeña sombra cruzó la pantalla.
Mi hermano escuchó que dejé de hablar.
Me preguntó qué pasaba.
Le conté.
Se rió al principio.
Después me escuchó tan serio que dejó de hacerlo.
Me dijo que terminara mi turno y que, si realmente sentía peligro, no fuera a investigar solo.
Esa madrugada no volví a recorrer la bodega.
Al amanecer llegaron los empleados.
Cuando fui por mis cosas pasé junto a las muñecas.
Estaban completas otra vez.
No dije nada.
Tenía miedo de que pensaran que me estaba quedando dormido durante el turno.
Al día siguiente el supervisor recibió información sobre los juguetes.
Aunque todavía había problemas con el registro, decidió llevar varias muñecas a una tienda cercana para exhibirlas.
Me sentí aliviado.
Pensé que, mientras menos hubiera en la bodega, mejor.
Por la tarde pasé frente a esa sucursal.
Vi a una señora acompañada de una niña.
La pequeña tenía una de las muñecas entre los brazos.
Su mamá pagó y salieron del local.
Recuerdo perfectamente que la niña estaba feliz.
Yo solo pensé:
“Qué bueno. Una menos.”
Esa noche la bodega se sintió mucho más tranquila.
No vi sombras.
No se encendieron los sensores.
Nada se movió.
Empecé a pensar que todo había sido cansancio.
Incluso sentí un poco de vergüenza.
Pero a la mañana siguiente encontré al supervisor alterado.
Había recibido una orden.
Todas las muñecas debían retirarse inmediatamente.
No algunas.
Todas.
Las que seguían almacenadas y las que habían sido enviadas a las tiendas.
Había que empaquetarlas nuevamente, sellarlas y devolverlas.
Pregunté por qué.
No quiso explicarme.
Dijo que la orden había llegado directamente de arriba.
Comenzamos a reunirlas.
Ahí surgió el problema.
Una ya había sido vendida.
La de la niña.
Pregunté si tenían datos de la compradora.
Me dijeron que no podían hacer nada.
Había sido una venta normal.
Yo insistí:
—¿Qué pasó con ese lote?
El supervisor me miró.
Se veía más nervioso que yo.
Me confesó que seguían sin encontrar documentación clara sobre cómo habían llegado esas cajas.
Eso fue lo que realmente me inquietó.
Durante días habíamos tenido mercancía dentro de una bodega.
La habíamos recibido.
La habíamos acomodado.
Incluso habíamos comenzado a venderla.
Pero oficialmente nadie parecía saber de dónde había salido.
Las muñecas restantes fueron retiradas.
Nunca volví a verlas.
Después de eso las noches regresaron a la normalidad.
No apareció ninguna figura en las cámaras.
Los sensores dejaron de activarse solos.
Nunca volví a encontrar una puerta abierta.
Continué trabajando allí algún tiempo.
Con los años intenté convencerme de que todo tenía una explicación.
Las cámaras de aquella época tenían mala calidad.
Una sombra podía parecer una persona.
El cansancio provoca errores.
Tal vez alguien movió las muñecas durante el día y yo no lo sabía.
Incluso el problema del inventario pudo ser simplemente una equivocación administrativa.
Todo eso es posible.
Hay una sola cosa que todavía me incomoda.
La última madrugada antes de que retiraran el cargamento revisé una grabación que había guardado.
Era aquella donde vi la figura cruzando el pasillo.
La pausé justo cuando pasaba frente a la cámara.
No se distinguía un rostro.
Pero sí el cuerpo pequeño.
El vestido.
Y el cabello largo.
Era demasiado parecido a aquellas muñecas.
No conservé el video.
En ese entonces nunca imaginé que años después querría tenerlo como prueba.
Lo único que me quedó fue el recuerdo.
Y una pregunta.
¿Qué pasó con la muñeca que no pudieron recuperar?
La niña que la compró tendría quizá siete u ocho años.
Hoy ya debe ser adulta.
Tal vez el juguete terminó olvidado en algún clóset.
Tal vez lo tiraron después de unos meses.
Tal vez jamás ocurrió nada.
Eso es lo que espero.
Porque todavía recuerdo cómo aquellas cosas desaparecían de su estante durante la madrugada y regresaban antes de que terminara mi turno.
Y cada vez que veo una muñeca antigua detrás del vidrio de una tienda, inevitablemente miro sus ojos.
No para comprobar si me sigue con la mirada.
Sino para asegurarme de que no la he visto antes.