Un jefe de la mafia la sentó en su regazo en la fiesta; todos se quedaron paralizados.

PARTE 1

La noche en que Lorenzo Costa sentó a Penélope Ellis sobre sus piernas delante de toda la élite de Nueva York, nadie se atrevió a reír. No porque el temido jefe de la familia Costa hubiese perdido la razón, sino porque acababa de convertir a la mujer más despreciada del salón en la persona más protegida del edificio.

El gran salón del Waldorf Astoria brillaba bajo las lámparas de cristal. Empresarios, políticos y figuras del mundo clandestino conversaban entre champaña y secretos. Junto a una columna de mármol, Penélope intentaba pasar inadvertida.

Penny, como la llamaban sus amigos, era auditora forense de Kroll. Llevaba seis meses investigando la desaparición de cincuenta millones de dólares pertenecientes al conglomerado de Lorenzo. Dentro de su bolso guardaba una memoria USB con números de cuentas, transferencias cifradas y el nombre del traidor.

Solo necesitaba entregársela.

Pero Bianca Montgomery se interpuso en su camino. La hija de un senador, vestida de plata y convencida de que algún día sería la esposa de Lorenzo, observó el vestido verde esmeralda de Penny con una sonrisa cruel.

—Creo que te equivocaste de puerta. La cocina está al fondo.

Sus amigas rieron. Varias personas se volvieron para contemplar el espectáculo.

Penny llevaba toda la vida soportando comentarios sobre su cuerpo. Sabía lo que era entrar en un lugar y sentir que los demás consideraban ofensivo que una mujer de talla grande caminara con la cabeza en alto. Aun así, enderezó los hombros.

—Estoy aquí por negocios.

Intentó avanzar, pero Bianca volvió a bloquearla y dejó caer unas gotas de vino sobre su vestido.

—Un hombre como Lorenzo ni siquiera ve a mujeres como tú. Eres invisible.

Las risas se extendieron por el salón. Penny apretó el bolso hasta sentir la memoria USB contra su palma. Podía marcharse y conservar su dignidad, pero entonces el traidor escaparía con el dinero.

—Hazte a un lado, Bianca.

—¿O qué? —replicó ella—. Este salón es para gente de clase, no para mujeres como tú.

La música se detuvo.

Unos pasos firmes resonaron sobre el mármol. La multitud se abrió y Lorenzo Costa avanzó hacia ellas con un esmoquin azul oscuro y una expresión imposible de descifrar. No miró a Bianca. Sus ojos permanecieron fijos en Penny.

Bianca cambió inmediatamente su burla por una sonrisa seductora.

—Lorenzo, cariño, solo estaba expulsando a una intrusa.

Él pasó a su lado sin responder. Se sentó en una silla de terciopelo, extendió la mano hacia Penny y la acercó. Ella perdió el equilibrio y terminó sentada sobre sus piernas.

Un silencio absoluto cubrió el salón.

—Señor Costa… —balbuceó Penny, con el rostro ardiendo.

—Tranquila —murmuró él.

Después alzó la vista hacia Bianca.

—Penélope es mi invitada. Ocupa exactamente el espacio que ella decida ocupar. Si alguien vuelve a humillarla, tendrá que responder ante mí.

Bianca palideció y se alejó entre los murmullos de los invitados.

Penny intentó levantarse, pero Lorenzo se inclinó hacia su oído.

—Quédate un momento. Aquí nadie podrá escuchar nuestra conversación. ¿Trajiste los datos?

Entonces comprendió que el gesto había sido también una maniobra para hacerla intocable mientras intercambiaban información.

Penny deslizó la memoria USB en el bolsillo interior del esmoquin.

—Todo está ahí. Las cuentas de las Islas Caimán, las empresas fantasma y las autorizaciones.

—¿Descubriste quién robó el dinero?

Penny acercó los labios a su oído.

—Fue Matteo. Tu subjefe.

El cuerpo de Lorenzo se volvió rígido. Lentamente, ambos miraron hacia el otro extremo del salón.

Matteo los observaba junto a la escultura de hielo. Ya no sonreía. Una mano permanecía oculta dentro de su chaqueta y sus hombres comenzaban a cerrar las salidas.

Penny sintió que Lorenzo la sujetaba con más fuerza.

El traidor sabía que había sido descubierto.

Y acababa de dar la orden para que ninguno de los dos saliera vivo del salón.

PARTE 2

—Cuando me levante, quédate detrás de mí —susurró Lorenzo—. No te detengas y no mires a Matteo.

Penny asintió.

Lorenzo se puso de pie y la protegió con su cuerpo. Dominic, jefe de seguridad de la familia, entendió la señal. Cuatro guardias abandonaron discretamente sus posiciones y formaron un círculo alrededor de ellos.

Para los invitados parecía que Lorenzo estaba acompañando a su nueva invitada hacia un lugar privado. Sin embargo, los hombres armados del salón comprendieron la verdad: aquella formación significaba que el jefe esperaba un ataque.

Avanzaron hacia las puertas principales.

Penny intentó caminar al mismo ritmo que los demás, pero sus tacones resbalaban sobre el mármol. Lorenzo redujo la velocidad sin apartar la mirada de Matteo.

Estaban a pocos pasos de la salida cuando el subjefe se interpuso en su camino.

—¿Te marchas tan pronto? —preguntó Matteo.

Dos hombres se colocaron a su lado.

—Mi invitada está cansada —respondió Lorenzo—. Apártate.

Matteo dirigió una mirada despectiva hacia Penny.

—Jamás pensé que una simple contadora sería capaz de causarnos tantos problemas. Revisaste cuentas en las que no debiste meter la nariz.

Penny sintió un escalofrío. Matteo sabía exactamente cómo había descubierto las transferencias.

—No fue ella quien causó este problema —dijo Lorenzo—. Fuiste tú cuando decidiste robarme.

La sonrisa de Matteo desapareció.

—Cincuenta millones no son nada para ti. Las familias están cansadas de tus límites. Quieren crecer y tú te has vuelto demasiado prudente.

—Traicionaste a todos los que confiaron en ti.

—No fue una traición. Fue una transición.

La mano de Matteo comenzó a salir de su chaqueta.

Lorenzo se movió antes que él.

Sujetó su muñeca y desvió el arma hacia el suelo. Dominic y sus guardias reaccionaron de inmediato. Los invitados gritaron y buscaron refugio debajo de las mesas mientras las copas caían y se rompían.

Uno de los hombres de Matteo disparó.

Lorenzo rodeó la cintura de Penny y la llevó al suelo. El proyectil golpeó la puerta detrás de ellos. Penny quedó acurrucada contra su pecho, escuchando los gritos y el estruendo de los muebles.

—No puedo correr tan rápido con estos zapatos —dijo ella, respirando con dificultad—. Vete sin mí. Ya tienes la memoria.

Lorenzo le sostuvo el rostro.

—No vuelvas a pedirme que te abandone.

Le quitó los zapatos y los lanzó a un lado. Después la ayudó a levantarse.

Dominic y sus hombres habían reducido a Matteo, pero todavía quedaban guardias rebeldes cerca de la cocina. Aprovechando la confusión, Lorenzo y Penny atravesaron las puertas laterales y llegaron al estacionamiento subterráneo.

Un automóvil blindado los esperaba con el motor encendido.

Apenas entraron, Dominic ordenó al conductor que avanzara. El vehículo salió del hotel y se internó en las calles lluviosas de Manhattan.

Penny miró su vestido manchado y sus manos temblorosas. Todo aquello parecía pertenecer a la vida de otra persona. Hasta esa noche, su mayor peligro había sido presentar un informe frente a ejecutivos que la miraban con condescendencia.

Ahora acababa de sobrevivir a una traición dentro de una organización criminal.

Lorenzo sirvió agua en un vaso y se lo entregó.

—Bebe despacio.

Penny obedeció. Cuando recuperó el aliento, lo miró directamente.

—¿Por qué me defendiste en el salón?

—Porque Bianca estaba humillándote.

—Podías detenerla sin sentarme sobre tus piernas frente a todos.

Lorenzo guardó silencio por un momento.

—Necesitaba que cualquiera que quisiera hacerte daño comprendiera que estabas bajo mi protección. También necesitábamos hablar sin que nos escucharan.

—No soy una pertenencia tuya.

—Lo sé.

La respuesta la sorprendió.

Lorenzo se inclinó hacia ella, pero mantuvo la distancia.

—He seguido tu investigación desde que mi empresa contrató a Kroll. Vi cómo encontrabas irregularidades que mis abogados y especialistas no habían detectado. No te elegí por tu aspecto ni te protegí por lástima. Lo hice porque eres la persona más inteligente que ha entrado en mi organización.

Penny bajó la mirada para ocultar el efecto de sus palabras.

—Matteo fue capturado, pero el dinero ya no está en sus cuentas —continuó Lorenzo—. Lo transfirió antes de la gala. Recuperarlo podría llevarnos semanas.

Los temblores de Penny desaparecieron.

Sacó su teléfono cifrado del bolso y comenzó a escribir.

—No tardaremos semanas.

Lorenzo observó sus movimientos.

—¿Qué hiciste?

—Matteo era arrogante. Supuse que intentaría trasladar el dinero en cuanto descubriera la auditoría, así que instalé un programa de rastreo en la empresa fantasma.

—¿Puedes bloquear la transferencia?

—Hice algo mejor.

Penny le mostró la pantalla. El sistema de Matteo había intentado enviar el dinero a una organización rival, pero el programa lo había interceptado. Una barra de progreso avanzaba lentamente.

—El dinero está regresando a las cuentas legales de tu conglomerado —explicó—. También envié los registros de las empresas fantasma y la información de los participantes a las autoridades financieras.

La barra llegó al cien por ciento.

Cincuenta millones de dólares acababan de ser recuperados.

Lorenzo contempló la pantalla, incrédulo.

—Mis mejores especialistas no pudieron hacer eso.

—Tus mejores especialistas no soy yo.

Una sonrisa apareció en el rostro de Lorenzo.

—No. Definitivamente no lo son.

Penny guardó el teléfono.

—Antes de que celebres, tengo condiciones. Ese dinero deberá ser declarado. Las empresas ilegales desaparecerán y todas las operaciones pasarán por una auditoría independiente. Si quieres que siga trabajando contigo, no volverás a ocultarme nada.

Lorenzo la observó como si nadie se hubiera atrevido jamás a hablarle de esa manera.

—¿Me estás dando órdenes?

—Te estoy ofreciendo la oportunidad de no terminar como Matteo.

Él soltó una carcajada profunda.

—Acepto.

—Quiero el acuerdo por escrito.

—Naturalmente.

El silencio que siguió fue diferente. Ya no estaba cargado de miedo, sino de una atracción que ambos habían intentado ignorar desde que se encontraron en el salón.

Lorenzo se acercó un poco más.

—¿Puedo besarte?

Penny alzó una ceja.

—¿El gran Lorenzo Costa está pidiendo permiso?

—Contigo tendré que acostumbrarme.

Ella lo dejó esperar unos segundos.

—Sí, puedes.

El beso fue intenso, pero no fue una reclamación. Fue el encuentro de dos personas que acababan de descubrir a alguien capaz de mirar detrás de sus respectivas armaduras.

Cuando se separaron, Lorenzo apoyó la frente contra la de ella.

—Mañana todo el mundo sabrá quién recuperó el dinero.

—Mañana todo el mundo sabrá que no soy invisible.

—Nunca lo fuiste, Penélope. Ellos simplemente no eran capaces de verte.

El automóvil continuó avanzando entre las luces de Nueva York. Horas antes, Penny se había escondido junto a una columna, intentando ocupar el menor espacio posible. Ahora llevaba en su bolso las pruebas que habían derribado a un traidor y salvado un imperio.

Sin embargo, no pensaba convertirse en una pieza decorativa del trono de Lorenzo.

Ocuparía un lugar en la mesa, con su propio nombre, sus propias reglas y todo el espacio que decidiera reclamar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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