Un enfermero vio a un paciente correr hacia él… pero el hombre atravesó su cuerpo y desapareció en una pared
Un enfermero vio a un paciente correr hacia él… pero el hombre atravesó su cuerpo y desapareció en una pared

PARTE 1
El hombre venía corriendo directamente hacia mí.
Llevaba una camisa de fuerza y algo oscuro cubriéndole la boca.
Me preparé para el golpe.
Pero cuando llegó hasta donde yo estaba, no chocó conmigo: sentí un frío insoportable atravesarme el pecho… y aquel hombre siguió corriendo como si mi cuerpo no existiera.
Me llamo Lázaro.
Tenía 25 años cuando conseguí trabajo como enfermero en La Castañeda, en Ciudad de México.
Esto ocurrió alrededor de 1936.
Para mí conseguir ese empleo había sido una oportunidad enorme.
El salario era bueno y necesitaba el dinero.
No tenía demasiada experiencia trabajando con pacientes psiquiátricos, pero pensé que aprendería con el tiempo.
Lo que nunca imaginé fue la clase de lugar al que estaba entrando.
No quiero decir que todo el personal fuera igual, pero durante mi estancia vi situaciones que me dejaron marcado.
Había pacientes olvidados por sus propias familias.
Personas que llevaban años encerradas.
Muchos eran tratados más como una molestia que como enfermos que necesitaban atención.
Los gritos durante la noche eran comunes.
Después de algunas semanas de trabajar ahí, dejé de preguntar por ellos.
No porque no me importaran.
Porque las respuestas siempre eran las mismas.
“Está alterado.”
“Ya se le pasará.”
“Sigue con tu trabajo.”
Había un pabellón que casi nadie quería cubrir durante la madrugada.
Los pacientes que requerían más vigilancia estaban ahí.
Los pasillos eran oscuros.
El lugar olía a humedad.
Y cuando todo quedaba en silencio, podías escuchar hasta el sonido de tus propios zapatos.
Una madrugada me tocó hacer la ronda solo.
Serían aproximadamente las dos.
Fui revisando las habitaciones una por una.
Miraba por las pequeñas ventanas de las puertas para comprobar que todos estuvieran bien.
Extrañamente, aquella noche estaba tranquilo.
Nadie gritaba.
Nadie golpeaba las puertas.
Pensé que tendría una guardia fácil.
Había una silla en el pasillo.
Me senté unos minutos.
Estaba tan cansado que comencé a cerrar los ojos.
Entonces sentí algo en el tobillo.
Fue un dolor rápido.
Como una mordida.
Me levanté de golpe.
Al apuntar con mi linterna vi a un hombre muy delgado corriendo por el pasillo.
Llevaba una camisa de fuerza.
Lo primero que pensé fue:
“¿Cómo salió?”
Todas las puertas estaban cerradas.
Corrí detrás de él.
Doblé en una esquina.
El hombre había desaparecido.
Me quedé escuchando.
Nada.
Después oí pasos acercándose.
Volteé.
Era él.
Ahora corría hacia mí.
La luz de mi linterna le dio directamente en el rostro.
Nunca olvidé lo que vi.
Tenía los ojos completamente abiertos y una especie de protector de cuero sobre la boca.
Lo extraño era que, si realmente me había mordido segundos antes, no entendía cómo podía haberlo hecho llevando aquello puesto.
No tuve tiempo para pensar.
El hombre estaba demasiado cerca.
Levanté los brazos esperando el impacto.
Entonces ocurrió.
Atravesó mi cuerpo.
No encuentro otra manera de describirlo.
No sentí un golpe.
Sentí frío.
Un frío repentino que me recorrió desde el pecho hasta la espalda, como si hubiera abierto la puerta de un congelador.
Me giré inmediatamente.
El hombre seguía corriendo.
Llegó hasta el final del pasillo.
Y frente a mis ojos atravesó la pared y desapareció.
Me quedé completamente inmóvil.
Después miré mi tobillo.
Todavía me ardía.
Esa fue la parte que más miedo me dio.
Si aquello había sido una alucinación causada por el cansancio…
¿por qué podía sentir todavía dónde me había mordido?
Decidí abandonar el pabellón y buscar a otro trabajador.
Durante el resto de aquella madrugada no volví a verlo.
Al día siguiente pregunté si algún paciente había escapado.
Me dijeron que no.
Todos estaban donde debían estar.
Intenté convencerme de que había dormido unos segundos y había tenido una pesadilla.
Necesitaba seguir trabajando.
Necesitaba el salario.
Así que regresé.
Y durante varias semanas no ocurrió nada parecido.
Hasta una noche en que me pidieron llevar a una paciente que había perdido la vida hasta el mortuorio.
Cuando entré, estaba completamente solo.
Empujé la camilla hacia el interior.
Y justo cuando iba a acomodarla, todas las puertas metálicas frente a mí comenzaron a abrirse y cerrarse al mismo tiempo.
PARTE 2
Primero pensé que alguna corriente de aire las estaba moviendo.
Pero allí dentro no corría aire.
Una puerta se cerró.
Otra se abrió.
Después comenzaron a moverse varias.
El ruido metálico llenó toda la habitación.
La camilla empezó a vibrar ligeramente.
No voy a fingir valentía.
Salí corriendo.
En la entrada me encontré con el encargado del mortuorio, que apenas iba llegando.
Le expliqué lo que había visto.
Él me miró como si yo fuera un muchacho nervioso.
Entramos juntos.
Todo estaba en silencio.
Las puertas estaban cerradas.
Entonces miré la camilla.
La mujer ya no estaba sobre ella.
Estaba en el suelo.
El encargado dijo que seguramente se había deslizado.
Acepté aquella explicación porque necesitaba aceptarla.
Pero desde entonces ir al mortuorio se convirtió en algo que evitaba siempre que podía.
Pasaron meses.
Yo llegaba a mi casa cada vez más cansado.
Mi familia comenzó a notar que no quería hablar del trabajo.
Antes necesitaba el empleo.
Ahora cada tarde sentía un peso en el estómago al pensar que tendría que regresar.
También empecé a escuchar historias entre los trabajadores.
Una enfermera aseguraba escuchar pasos en salas vacías.
Otro empleado decía que algunas puertas se abrían después de haber sido cerradas con llave.
Yo no quería participar en esas conversaciones.
Después de lo que había visto, prefería no alimentar mi imaginación.
En 1937 ocurrió lo que finalmente me hizo marcharme.
Estaba buscando a un paciente.
Era un hombre que tenía la costumbre de esconderse cuando llegaba la hora de tomar sus medicamentos.
Revisé varias habitaciones.
Nada.
Pensé que podía haberse metido en la zona de las regaderas.
Entré.
El piso estaba seco.
No había nadie.
Caminé entre las duchas llamándolo.
De pronto sentí un golpe de agua helada sobre todo el cuerpo.
Fue tan fuerte que grité.
Sentí el frío bajar por mi cabeza, mi espalda y mi pecho.
Pensé que alguien me había arrojado una cubeta.
Me giré.
No había nadie.
Toqué mi camisa.
Estaba seca.
Pasé las manos por mi cabello.
Seco.
Miré el piso.
Ni una gota.
Pero mi cuerpo seguía sintiendo exactamente lo contrario.
Yo temblaba como si estuviera empapado.
Entonces recordé algo que había escuchado durante mis primeros meses de trabajo.
Años atrás, según varios empleados mayores, en esa zona se utilizaba agua extremadamente fría para controlar a algunos pacientes.
No sé qué tan cierto era.
Solo sé que en aquel momento sentí que estaba experimentando el recuerdo de otra persona.
Salí del lugar.
Esa noche tomé una decisión.
No regresaría.
Algunos compañeros intentaron convencerme.
Me recordaron el salario.
Me dijeron que conseguir otro empleo no sería fácil.
No importó.
Prefería empezar desde cero.
Con el paso de los años conté estas historias pocas veces.
Primero a mis hijos.
Después ellos las contaron a los suyos.
Sé perfectamente lo que muchas personas pensarían.
Que estaba agotado.
Que trabajaba en un ambiente difícil y mi mente comenzó a interpretar cualquier ruido de manera extraña.
Yo mismo intenté explicarlo así.
El cansancio puede hacerte ver cosas.
El miedo puede exagerar lo que escuchas.
Incluso un objeto mal colocado puede caer de una camilla.
Acepto todo eso.
Pero todavía existe una pregunta para la que nunca encontré respuesta.
¿Cómo podía sentir aquella mordida después de ver a un hombre atravesar mi cuerpo?
Y, sobre todo, ¿cómo podía sentir agua helada cayendo sobre mi piel mientras mi ropa permanecía completamente seca?
Nunca volví a La Castañeda como trabajador.
Muchos años después, cuando mi familia me preguntaba qué era lo que más miedo me había dado ahí dentro, esperaban que mencionara al hombre del pasillo.
No era él.
Tampoco el mortuorio.
Era el silencio.
Porque después de trabajar suficiente tiempo en aquel lugar comprendí algo.
Los gritos significaban que alguien estaba despierto.
Cuando todo quedaba completamente callado…
era cuando yo empezaba a preguntarme quién estaba caminando por los pasillos.