Un Cachorro de Lobo Le Suplicó Ayuda a una Mujer Lo Que Ella Hizo Después Conmovió Hasta al Rey Alfa

Un Cachorro de Lobo Le Suplicó Ayuda a una Mujer Lo Que Ella Hizo Después Conmovió Hasta al Rey Alfa

PARTE 1

¿Qué haces cuando salvar una vida te convierte en enemiga del rey más poderoso del reino?

Yo era Casia, una omega sin manada. Vivía sola en una cabaña perdida entre montañas y bosques, lejos de cualquier territorio importante. Había aprendido a sobrevivir sin pedir ayuda, sin esperar compasión y, sobre todo, sin llamar la atención.

Hasta que encontré al cachorro.

La nieve caía tan espesa que apenas podía ver el sendero frente a mí. Había salido a revisar mis trampas cuando escuché un gemido débil entre los abetos.

Seguí el sonido.

Y allí estaba.

Un pequeño lobo blanco yacía entre las raíces de un árbol, cubierto de sangre. Tenía una pata rota, cortes profundos en las costillas y marcas de hierro quemado en el lomo.

Cuando abrió los ojos, comprendí inmediatamente que no era un animal común.

Eran dorados.

Demasiado inteligentes.

Era un cambiaformas atrapado en forma de lobo. Un niño.

Mi instinto me ordenó huir.

Un cachorro de alguna manada poderosa herido en territorio neutral significaba problemas. Pero cuando intentó levantar la cabeza y volvió a caer sobre la nieve, ya no pude marcharme.

Lo llevé a mi cabaña.

Durante horas limpié sus heridas, acomodé su pata y utilicé las pocas hierbas medicinales que conservaba. El pequeño apenas se quejó. Al terminar, lamió mi mano.

Hacía años que nadie me tocaba con tanta confianza.

—Puedes quedarte —le susurré—. Nadie volverá a lastimarte mientras estés conmigo.

Lo llamé Nieve.

Solo después descubrí que su verdadero nombre era Lyrian.

Se recuperaba rápido, pero no podía volver a su forma humana.

Entonces llegaron los soldados.

Cinco guerreros alfa aparecieron frente a mi cabaña.

El hombre que los dirigía derribó mi puerta de una patada.

Era enorme, de cabello oscuro y ojos grises.

Cuando vio al cachorro, toda la dureza desapareció de su rostro.

—Lyrian.

El pequeño lobo gimió.

—Hijo.

Sentí que el mundo se detenía.

Ese hombre era Kyan Badrick, Rey Alfa de la Corona de Hierro.

Y el cachorro que yo había salvado era el heredero del reino.

Pero la emoción de Kyan duró apenas unos segundos.

Después me miró.

—¿Quién eres?

—Lo encontré herido.

—Mi hijo desapareció y casualmente termina en la cabaña de una omega sin manada.

—Lo estaba salvando.

Kyan no me creyó.

Ordenó encadenarme.

Lyrian se colocó inmediatamente frente a mí, mostrando los dientes a su propio padre. Su cuerpo herido temblaba, pero no se apartó.

Aquello desconcertó a todos.

Kyan confesó entonces algo extraño.

Lyrian no confiaba en nadie.

Había sido secuestrado anteriormente, torturado y mantenido prisionero durante meses. Desde que lo rescataron, jamás volvió a su forma humana.

Aun así me llevaron al Palacio de Hierro.

Pasé mis primeras horas allí en una celda.

Kyan me interrogó personalmente.

—Nadie hace algo sin querer algo a cambio.

—Eso dice más de ti que de mí.

Sus ojos se endurecieron.

Pero entonces admitió el verdadero problema.

Desde que separaron a Lyrian de mí, el niño no comía.

No permitía que nadie lo tocara.

Solo se sentaba junto a una ventana y aullaba hacia las mazmorras.

Hacia mí.

—Déjame verlo —le pedí.

Kyan aceptó con una condición.

Yo debía conseguir que Lyrian volviera a confiar, comiera y, si era posible, recuperara su forma humana.

Si fallaba, mi destino estaría en sus manos.

Cuando finalmente volví a ver al pequeño, Lyrian se lanzó contra mí.

Se aferró a mi cuello.

Temblaba.

Yo lo abracé.

Kyan nos observó como si no pudiera comprender lo que estaba viendo.

Pero mientras examinaba las cicatrices de Lyrian descubrí algo.

Las quemaduras formaban un símbolo.

Una serpiente mordiéndose la cola.

Tres estrellas en el centro.

Sentí que la sangre desaparecía de mi rostro.

Conocía ese emblema.

Era el mismo que llevaban los hombres que habían destruido mi aldea años atrás.

Los mismos que asesinaron a mi familia.

Y cuando uno de los consejeros reales entró poco después en la sala, reconocí también su voz.

Su aroma.

Su sonrisa.

El hombre se llamaba Draven.

Era el tío del Rey Alfa.

Uno de sus consejeros más cercanos.

Y mientras lo observaba acercarse, mis recuerdos regresaron de golpe.

Draven no solo conocía a los hombres que habían torturado a Lyrian.

Él había dirigido personalmente la masacre que destruyó mi vida.

PARTE 2

No dije nada delante de Draven.

Todavía no.

Si descubría que lo había reconocido, yo moriría antes de poder demostrar nada.

Cuando salió de la habitación, busqué a Maelis, la guerrera de cabello plateado que empezaba a confiar en mí.

Le conté lo que recordaba.

Después se lo dijimos a Kyan.

Por primera vez, el Rey Alfa no me miró como sospechosa.

Me miró como aliada.

Comenzamos a investigar en secreto.

Draven se reunía con personas fuera del palacio.

Movía oro sin autorización.

Enviaba mensajes codificados.

Pero todavía necesitábamos una prueba definitiva.

Mientras tanto, Kyan comenzó a acercarse a Lyrian.

No sabía cómo tratar con un niño traumatizado.

Estaba acostumbrado a dar órdenes, no a pedir permiso.

Una noche me dijo algo que jamás habría esperado escuchar del Rey Alfa.

—Enséñame.

Le mostré cómo acercarse lentamente.

Cómo no tocar a Lyrian cuando estaba asustado.

Cómo dejarlo decidir.

Poco a poco, el cachorro comenzó a tolerar la presencia de su padre.

Y también algo empezó a cambiar entre Kyan y yo.

Ya no discutíamos como rey y prisionera.

Pensábamos juntos.

Nos protegíamos.

Confiábamos.

Entonces llegó la luna sangrienta.

Mi cuerpo comenzó a arder.

Los sanadores descubrieron que yo pertenecía a un antiguo linaje que todos creían extinto.

Sanadores de sangre pura.

Mi madre también había poseído aquel don.

La luna roja había despertado mi poder.

Pero aquella revelación hizo que toda la conspiración tuviera sentido.

Draven había secuestrado a Lyrian para atraerme.

Había dejado al príncipe herido en un lugar donde yo pudiera encontrarlo.

Todo formaba parte de un ritual antiguo que necesitaba la sangre de una sanadora pura para transferir poder a otro cuerpo.

Entonces el palacio fue atacado.

Explosiones.

Fuego.

Guerreros infiltrados.

Cuando llegamos a la habitación de Lyrian, había desaparecido.

Sobre su cama encontraron un mensaje:

Kyan debía presentarse en el gran salón.

Solo.

Y debía llevarme con él.

Fuimos.

Draven nos esperaba.

Lyrian estaba en medio de un enorme círculo de runas.

Había mercenarios alrededor y varios inocentes tomados como rehenes.

Draven quería mi sangre.

Si me negaba, comenzaría a matar niños.

Acepté.

Kyan intentó detenerme.

—Confía en mí —susurré.

Me arrodillé junto al círculo.

Draven levantó un cuchillo ceremonial.

Creía que utilizaría mi poder.

No comprendía que yo también acababa de descubrir cómo usarlo.

Cuando la hoja descendió, liberé todo.

Una explosión de luz dorada atravesó el salón.

Draven salió despedido.

Las runas cambiaron.

La magia oscura comenzó a quebrarse.

Kyan se transformó en un enorme lobo gris y atacó a los mercenarios mientras Maelis entraba con la guardia real.

Yo corrí hacia Lyrian.

Coloqué las manos sobre su pequeño cuerpo.

Y dejé que la luz entrara en él.

El pelaje blanco comenzó a desaparecer.

Las patas se transformaron.

Por primera vez en un año, Lyrian recuperó su forma humana.

Era un niño de cabello blanco y ojos dorados.

Me miró.

—Mamá.

Sentí que el corazón se me rompía.

—Estoy aquí, pequeño.

Después vio a Kyan.

Extendió una mano.

—Papá.

Kyan cayó de rodillas.

Lloró.

Y tomó aquella pequeña mano como si fuera el objeto más valioso del mundo.

Draven fue derrotado, aunque nunca encontramos su cuerpo con certeza.

Existía además alguien más poderoso detrás de él, una figura desconocida que había financiado parte de la conspiración.

La amenaza no había desaparecido completamente.

Pero Lyrian comenzó a sanar.

Aprendió nuevamente a hablar.

A jugar.

A reír.

Un día dibujó tres figuras tomadas de la mano.

Kyan.

Él.

Y yo.

—Familia —susurró.

Kyan tuvo que apartar la mirada para ocultar las lágrimas.

Entonces apareció otro problema.

El Consejo quería decidir qué hacer conmigo.

Una sanadora de sangre pura era demasiado valiosa.

Algunos querían mantenerme protegida.

Otros prácticamente encerrada.

Kyan los detuvo.

—Ella tiene un nombre. Y nadie decidirá por ella.

Después me pidió que me quedara.

No como prisionera.

No como herramienta.

Todavía ni siquiera sabía exactamente qué éramos el uno para el otro.

Solo sabía que quería que estuviera allí.

Meses después tomé mi propia decisión.

Acepté convertirme oficialmente en su compañera.

No porque el Consejo lo quisiera.

No porque necesitara protección.

Porque yo lo elegía.

Durante la ceremonia, Kyan tomó mis manos.

—No te acepto para poseerte. Quiero caminar a tu lado. No dominarte.

Yo respondí:

—Te elijo porque confío en el hombre que hay detrás de la corona.

Nos unieron las manos con una cinta plateada.

Lyrian corrió hacia nosotros y abrazó nuestras piernas.

—Ahora somos familia de verdad.

Y aquella fue la primera vez en años que sentí que aquellas palabras también podían pertenecerme.

Aquella noche Kyan me preguntó si estaba arrepentida.

—Pregúntame dentro de cincuenta años.

Sonrió.

No nos prometimos amor eterno.

No habría tenido sentido.

Lo nuestro había comenzado con sospechas, cadenas y miedo.

Lo que sí prometimos fue algo más difícil.

Honestidad.

Tiempo.

Elección.

Yo había comenzado aquella historia como una omega sin manada, convencida de que ser invisible era la única forma de sobrevivir.

Todo cambió porque decidí detenerme en medio de una tormenta y salvar a un cachorro herido.

Kyan también cambió.

Él pudo condenarme.

Eligió escuchar.

Pudo tratarme como propiedad.

Eligió darme libertad.

Y mientras observábamos juntos la nieve caer sobre el Palacio de Hierro, comprendí que ninguno de los dos había sido salvado por el destino.

Habíamos llegado hasta allí por cada decisión tomada cuando habría sido más fácil huir.

Draven quizá seguía vivo.

El enemigo oculto continuaba en algún lugar.

La guerra podía regresar.

Pero ya no estaba sola.

Tenía una manada.

Un niño que me llamaba familia.

Y un Rey Alfa que había aprendido que la fuerza no consistía en conseguir obediencia.

Consistía en dejar que alguien pudiera elegir quedarse.

Yo había salvado a Lyrian del hielo.

Pero él fue quien me encontró cuando yo llevaba años perdida.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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