Un anciano le mostró el periódico del día siguiente… y minutos después la tragedia de la portada ocurrió frente a sus ojos.

Un anciano le mostró el periódico del día siguiente… y minutos después la tragedia de la portada ocurrió frente a sus ojos.

PARTE 1

Rubén había pasado casi toda su vida trabajando en un rancho cercano a Villahermosa. Había heredado aquellas tierras de sus padres y, junto con su esposa y sus hijos, había convertido el lugar en su hogar.

Era un hombre de campo, acostumbrado a levantarse antes del amanecer, trabajar bajo el sol y dormir con el sonido de los animales alrededor. También era profundamente creyente. Cada mañana agradecía a Dios por seguir teniendo salud, familia y trabajo.

Su casa quedaba muy cerca de una carretera.

A unos cuantos metros del asfalto también pasaban las vías del tren.

Por las noches, desde la ventana de su habitación, Rubén podía ver las luces de los vehículos cruzando la oscuridad. Nunca le había parecido un lugar extraño.

Hasta aquella madrugada.

Rubén despertó de repente con una sensación difícil de explicar. Sentía una presión en el pecho y le costaba respirar.

Pensando que tal vez era cansancio, se levantó y caminó hasta la cocina para beber agua.

Entonces miró por la ventana.

Debajo de una lámpara, cerca de las vías del tren, había un hombre sentado completamente solo.

Rubén frunció el ceño.

Era demasiado tarde para que alguien estuviera ahí.

Sin embargo, no sintió miedo. Había vivido toda su vida en el campo y estaba acostumbrado a encontrarse con viajeros, trabajadores y personas perdidas.

Salió de la casa.

Cuando se acercó, vio que se trataba de un anciano. Tenía barba entrecana, ropa sencilla y un viejo sombrero de paja.

Lo extraño era lo que estaba haciendo.

Leía un periódico.

Rubén se quedó detrás de él durante unos segundos.

El anciano sabía que lo observaban, pero no levantó la mirada.

—¿Ese periódico es de ayer? —preguntó finalmente Rubén.

El hombre dejó de leer.

Luego lo miró directamente a los ojos.

—No. Es de hoy.

Rubén soltó una pequeña risa.

—¿De hoy?

El anciano extendió el periódico hacia él.

Rubén lo tomó.

Lo primero que hizo fue revisar la fecha.

Sintió un escalofrío.

El periódico pertenecía al día que apenas estaba comenzando.

Aquello no tenía sentido.

Pensó que debía tratarse de un error de impresión, una broma o alguna edición preparada con anticipación.

Pero entonces algo llamó su atención.

En la primera plana aparecía la fotografía de un automóvil gris destrozado junto a la carretera.

El titular hablaba de dos jóvenes que habían sufrido un terrible accidente.

Rubén siguió leyendo.

La carretera mencionada era exactamente aquella donde se encontraba.

Levantó la mirada hacia el asfalto vacío.

Volvió al periódico.

También aparecía una hora.

Faltaban apenas unos minutos.

Rubén sintió que las manos comenzaban a temblarle.

—Esto no puede ser verdad.

El anciano tomó nuevamente el periódico, miró su reloj y sonrió.

—Ya casi es hora.

Rubén retrocedió un paso.

—¿Hora de qué?

—Del espectáculo.

Por primera vez desde que había salido de su casa, sintió verdadero miedo.

Había algo en la expresión de aquel anciano que no parecía humano.

Rubén comenzó a rezar en silencio.

—¿Quién eres? —preguntó.

El hombre sonrió todavía más.

—Sé todo lo que quieras saber. Pregúntame cualquier cosa.

En ese momento apareció una luz en la carretera.

Un vehículo se acercaba rápidamente.

El anciano lo observó y dijo:

—Son ellos.

Rubén miró el automóvil.

—¿Quiénes?

—Los del periódico.

El vehículo redujo la velocidad.

Antes de que llegara hasta ellos, el anciano se inclinó hacia Rubén y le susurró:

—Van a detenerse para preguntarte algo. Puedes responderles… pero no les adviertas lo que va a pasar.

Rubén lo miró horrorizado.

—¿Por qué?

La sonrisa desapareció del rostro del anciano.

—Porque algo tiene que ocurrir esta noche. Y si tú cambias su destino… la consecuencia dejará de ser para ellos.

Hizo una pausa.

—Será para ti.

El automóvil gris se detuvo justo frente a Rubén.

La ventana comenzó a bajar.

Y entonces vio a los mismos dos jóvenes cuya fotografía acababa de aparecer en aquel periódico.

PARTE 2

Rubén sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas escuchó la pregunta.

—Disculpe, señor —dijo el conductor—. ¿Por aquí se llega al siguiente poblado?

Los dos jóvenes parecían haber estado celebrando. Hablaban demasiado fuerte y el conductor tenía una actitud demasiado despreocupada para la velocidad a la que había llegado.

Rubén abrió la boca.

Por un instante estuvo a punto de decirles todo.

Quiso gritarles que apagaran el vehículo.

Que se quedaran allí.

Que no avanzaran ni un kilómetro más.

Pero recordó las palabras del anciano.

“Si cambias su destino, la consecuencia será para ti.”

Rubén miró al hombre del sombrero.

El anciano permanecía sentado tranquilamente.

—Diles por dónde —ordenó.

Rubén señaló la carretera con una mano temblorosa.

—Sigan derecho. Más adelante encontrarán la desviación.

—Gracias.

La ventana volvió a subir.

El automóvil aceleró y desapareció en la oscuridad.

Rubén se giró inmediatamente.

—¿Qué les va a pasar?

El anciano miró su reloj.

—Falta poco.

Aquella tranquilidad resultaba más aterradora que cualquier amenaza.

Rubén decidió marcharse.

Regresó rápidamente a su casa mientras repetía oraciones en voz baja.

Sin embargo, apenas entró, una idea comenzó a atormentarlo.

El anciano le había dicho que no podía advertirles.

Pero nunca había dicho que Rubén no pudiera seguirlos.

Tomó las llaves de su vehículo.

Salió nuevamente.

El hombre del sombrero continuaba sentado junto a las vías.

Rubén bajó la ventana.

—Tú dijiste que no podía contarles lo que iba a pasar. Nunca dijiste que no podía intentar ayudarlos después.

El anciano levantó lentamente la cabeza.

No respondió.

Rubén arrancó.

Condujo varios kilómetros por aquella carretera oscura.

Al principio no vio nada.

Entonces aparecieron unas luces intermitentes a lo lejos.

Sintió que se le helaba el cuerpo.

Detuvo su vehículo y corrió.

El automóvil gris se había salido de la carretera y había terminado contra un árbol.

Rubén reconoció inmediatamente el vehículo de la fotografía.

Era exactamente el mismo.

Los dos jóvenes ya no respondían.

Rubén llamó a emergencias.

Cuando llegaron las autoridades, se limitó a decir que había visto las luces desde la carretera y se había detenido para ayudar.

No mencionó al anciano.

No mencionó el periódico.

Nadie le habría creído.

Cuando finalmente pudo regresar al rancho, lo primero que hizo fue mirar hacia las vías.

El hombre había desaparecido.

Pero algo permanecía bajo la lámpara.

Rubén se acercó lentamente.

Era el periódico.

Lo recogió del suelo.

La fotografía seguía allí.

El automóvil.

Los dos jóvenes.

La carretera.

La hora.

Todo exactamente como había ocurrido.

Rubén llevó aquel periódico hasta su casa y lo guardó.

Durante el resto de la noche no pudo dormir.

Cada ruido proveniente de las vías lo hacía levantarse y mirar por la ventana.

Al amanecer esperaba que todo hubiese sido producto del cansancio.

Pero unas horas después ocurrió algo que terminó con cualquier explicación racional.

Llegó el periódico del día.

Rubén lo abrió.

En la primera plana estaba la misma noticia.

La misma fotografía.

El mismo titular.

El mismo accidente que él había leído horas antes de que sucediera.

Rubén comparó ambos ejemplares.

Eran prácticamente idénticos.

Uno había sido impreso y distribuido normalmente aquella mañana.

El otro había estado en sus manos antes de que los hechos ocurrieran.

Rubén decidió conservarlo.

No como recuerdo.

Sino como prueba de que aquella madrugada realmente había sucedido.

Durante muchos años continuó viviendo en el rancho.

Pero algo cambió para siempre.

Cada vez que despertaba durante la madrugada, antes incluso de levantarse de la cama, miraba hacia la carretera.

Buscaba aquella lámpara.

Las vías.

Y especialmente aquel viejo sombrero de paja.

Nunca volvió a verlo.

Sin embargo, Rubén siempre estuvo convencido de una cosa.

El anciano no estaba allí para provocar el accidente.

Tampoco estaba allí para impedirlo.

Estaba esperando.

Como alguien que conoce el final de una historia antes de que comience.

Y eso fue precisamente lo que más miedo le causó durante el resto de su vida.

Porque desde aquella noche comprendió que quizá existen caminos donde el futuro ya está escrito…

y seres que simplemente se sientan junto a la carretera a esperar que ocurra.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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