Tres mil mujeres llegaron para conquistar al rey licano… pero él eligió a la sirvienta muda que todos despreciaban

Tres mil mujeres llegaron para conquistar al rey licano… pero él eligió a la sirvienta muda que todos despreciaban

El rey Cedric llevaba años buscando a una mujer capaz de frenar a la bestia que vivía dentro de él.

En el palacio había más de tres mil candidatas, pero ninguna logró siquiera acercarse a su corazón.

La única que pudo calmarlo llevaba diez años sin pronunciar una palabra.

Y la noche en que por fin la encontró, estaba herida y arrodillada en la nieve.

En el reino de Ethgard, los licántropos obedecían leyes antiguas y una jerarquía que nadie se atrevía a cuestionar. Cedric, rey de la Casa Hallowell, era un lobo blanco: una rareza temida por su fuerza y por la furia que amenazaba con apoderarse de él.

Los consejeros insistieron en que necesitaba una compañera para mantener bajo control a su bestia. Así convocaron a las mujeres nobles de todo el reino. Entre las favoritas estaba Saraphina Croft, una alfa admirada por su belleza y su habilidad en combate.

Con ella viajaba Genevieve, una omega de ropa gastada que dormía junto al equipaje y cargaba una cajita de costura. No era una invitada. Desde niña servía a la familia Croft.

Diez años atrás, Lord Reginald Croft había acusado falsamente de traición a los padres de Genevieve. Ella presenció cómo se los llevaban y, desde aquella noche, perdió la voz. La familia Croft se quedó con sus tierras y la convirtió en una sirvienta sin derechos.

En el palacio, Genevieve se movía sin llamar la atención. Lavaba, remendaba y evitaba mirar a los nobles a los ojos. Cedric, por su parte, se sentía cada vez peor. El salón estaba lleno de perfumes y de mujeres que querían la corona. Su lobo se agitaba bajo la piel.

—No quieren al hombre —le dijo a su consejero—. Quieren el trono. Si elijo mal, puedo lastimarla antes de darme cuenta.

Durante la celebración de la luna roja, Genevieve quedó afuera, vigilando las capas de Saraphina mientras la nobleza bailaba dentro. Nevaba y el frío se le metía por la ropa. Entonces oyó un ruido entre los arbustos.

Un niño, Leo, sobrino del duque Penson, se había alejado de la cocina con un juguete de madera. Una criatura solitaria salió de la oscuridad y se lanzó hacia él.

Genevieve no tenía armas ni fuerza para enfrentarla. Se arrojó sobre el niño y lo cubrió con su cuerpo. La criatura la alcanzó en la espalda antes de que Cedric irrumpiera en el jardín con los guardias. El rey detuvo el ataque y, cuando vio a la muchacha herida, algo cambió en su expresión.

Entre la nieve y el olor a sangre, reconoció un aroma que nunca había sentido: pino mojado y una tristeza profunda. Su bestia, que llevaba años rugiendo dentro de él, se quedó en silencio.

Saraphina se acercó primero y se atribuyó el mérito de haber intentado salvar al niño. La gente le creyó. Genevieve, temblando, trató de esconderse bajo un árbol, como siempre hacía.

Pero Cedric pasó de largo junto a Saraphina. Se arrodilló frente a la sirvienta y la levantó con cuidado, sin importarle que la sangre manchara su túnica. Ordenó que llamaran al sanador real.

Cuando Genevieve despertó días después, intentó explicar con gestos que debía volver con su ama. El rey le dijo que ya no tendría que obedecer a los Croft. Luego le reveló que la consideraba su compañera, la futura Luna de Ethgard.

Ella escribió en un papel: «No tengo voz, familia ni poder. No puedo ser lo que necesitas».

Cedric le contestó que su presencia era lo único que lograba calmar a su bestia. Pero mientras él cuidaba de ella, Lord Croft convencía al consejo de que Genevieve era indigna. Invocó una ley antigua: si una aspirante a Luna era cuestionada, debía superar una prueba de dominio. Saraphina sería su contrincante.

Cedric quiso impedirlo. Genevieve, todavía débil, le sujetó la muñeca y escribió una sola palabra: «Acepto».

El día de la prueba, Saraphina esperaba en el patio con armadura roja. Genevieve entró con un vestido sencillo y los pies descalzos sobre la nieve. Cedric forcejeaba contra las cadenas ceremoniales que le impedían intervenir.

Sonó la señal. Saraphina se lanzó sobre ella con las garras listas. Genevieve cerró los ojos y, por primera vez, dejó de contener todo lo que llevaba diez años callando…

PARTE 2

…Una oleada de calma y dolor llenó el patio. No fue un golpe ni un ataque físico. Fue algo que llegó directo a los instintos de quienes estaban allí.

Saraphina cayó de bruces en la nieve, a unos pasos de Genevieve. Se llevó las manos a la cabeza, incapaz de avanzar. Su cuerpo se resistía a seguir atacando a la omega que tenía enfrente.

El público guardó silencio. Nadie había visto a una omega detener a una alfa sin tocarla.

Genevieve abrió los ojos. Miró a Saraphina sin odio. Después apoyó con suavidad un pie en su nuca, el gesto que en la tradición licana significaba que la otra se rendía.

Saraphina bajó la cabeza.

Antes de que el consejero pudiera anunciar el resultado, las puertas del patio se abrieron. El duque Penson entró con guardias y Lord Reginald Croft, atado y sin posibilidad de escapar.

El duque llevaba documentos y cartas que sus hombres habían encontrado en manos de un mensajero que intentaba huir. Una de esas cartas probaba que Reginald había pagado al atacante para asesinar a Leo y debilitar a Penson dentro del consejo.

Pero había algo más: los documentos originales de hacía diez años. La acusación contra los padres de Genevieve había sido fabricada. Reginald había falsificado pruebas para quedarse con las tierras de los Ashdown y controlar la producción de grano del reino.

El murmullo de la gente se convirtió en indignación. Cedric se acercó a Reginald con los ojos encendidos por la furia. Su bestia quería resolverlo de la manera más rápida.

Genevieve le puso una mano en la espalda.

Cedric se detuvo.

Ella señaló a Reginald y luego hacia las tierras heladas del norte. No quería que lo mataran. Quería que perdiera su título, su posición y todo lo que había usado para someter a los demás.

El rey entendió. Disolvió la Casa Croft, devolvió las tierras a los Ashdown y desterró a Reginald y Saraphina al norte, sin rango ni protección del reino.

Después, frente a miles de personas, Cedric se arrodilló ante Genevieve. El duque Penson hizo lo mismo. Poco a poco, los consejeros, los guerreros y las nobles siguieron su ejemplo.

Durante años, Genevieve había vivido como si nadie pudiera verla. Ahora, todo el reino inclinaba la cabeza ante ella. No necesitó recuperar la voz para demostrar quién era.

Se acercó a Cedric y le tocó el rostro. Él apoyó la frente contra la suya, y el vínculo entre ambos quedó sellado en silencio.

Ethgard ya no sería gobernado por el miedo a la bestia del rey. Pero desde aquel día, nadie volvió a confundir el silencio de una omega con debilidad.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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