Tres lobos llevaban a la omega al mismo lugar, lo que encontró allí cambió todo

PARTE 1

La mañana en que mi propia manada me expulsó, entendí que algunas heridas no sangran, pero pueden destruirte por dentro.

Me llamo Josie y nací como una omega en el Valle de Hierro. Durante toda mi vida aprendí lo que significaba esa palabra: ser aceptada solo mientras fuera útil, permanecer en silencio para no molestar y agradecer cualquier pequeña muestra de respeto como si fuera un regalo.

Yo había dedicado mis días a cuidar a los demás. Trabajaba junto a Marin, la antigua curandera de la manada. Conocía las plantas medicinales, sabía preparar remedios y había pasado años atendiendo heridas, enfermedades y dolores que otros no querían ver.

Pero para ellos yo nunca fui suficiente.

Especialmente para Kilum.

Durante tres inviernos él había sido mi compañero vinculado. Al principio pensé que con el tiempo aprendería a verme, a valorarme, a entender que yo también tenía algo que ofrecer.

Me equivoqué.

Cada estación encontraba una nueva forma de recordarme que yo no era la mujer que esperaba tener a su lado.

El día que me llevó ante el consejo de ancianos, ya sabía que algo estaba roto. Pero jamás imaginé que sería tan fácil para ellos borrar tres años de mi vida.

Kilum se presentó frente a todos y declaró que nuestro vínculo debía terminar.

Su razón fue sencilla: yo no había podido darle un hijo.

Nadie preguntó por mis sentimientos. Nadie cuestionó sus palabras. Nadie recordó todas las veces que había cuidado de la manada mientras ellos dormían tranquilos.

La ceremonia terminó rápido.

Una vela apagada.

Una cuerda cortada.

Una vida descartada.

Ni siquiera me miró cuando crucé las puertas del Valle de Hierro.

Caminé hacia el bosque de ceniza sin un destino. No llevaba provisiones, ni protección, ni un plan. Solo tenía una vieja capa sobre mis hombros y la certeza de que volver atrás significaba regresar a un lugar donde ya no tenía nada.

El bosque era conocido por sus peligros. Historias antiguas hablaban de criaturas salvajes, territorios prohibidos y personas que nunca habían regresado.

Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo.

Porque no podía perder algo que ya me habían quitado.

Caminé durante horas hasta que el frío empezó a entumecer mis manos. Fue entonces cuando escuché un sonido entre los árboles.

Un movimiento lento.

Unas patas sobre la tierra congelada.

Me detuve.

El bosque quedó completamente en silencio, como si incluso la naturaleza estuviera esperando.

Entonces apareció.

Era un lobo enorme de pelaje gris. Sus ojos eran dorados, brillantes bajo la luz pálida del invierno. No parecía hambriento. No parecía agresivo.

Simplemente me observaba.

Había algo extraño en esa mirada.

Como si no acabara de encontrarme.

Como si me hubiera estado esperando.

—No soy una amenaza para ti —dije, aunque no sabía por qué hablaba con un animal salvaje.

El lobo inclinó la cabeza.

Después caminó unos pasos hacia el interior del bosque y se detuvo.

Me miró.

Avanzó otra vez.

Se detuvo.

Era una invitación.

Sabía que seguir a un lobo desconocido era una locura. Mi mente me gritaba que debía alejarme.

Pero mis pies comenzaron a moverse.

Lo seguí.

El lobo me condujo por caminos ocultos hasta que otros dos aparecieron entre los árboles. Uno era oscuro como la noche. El otro tenía el color de la corteza de un árbol antiguo.

Los tres avanzaban a mi alrededor como guardianes.

No como depredadores.

Después de un largo recorrido, llegamos a un claro donde una antigua estructura de piedra apareció frente a mí.

No era una ruina abandonada.

Era algo mucho más antiguo.

Sobre la entrada había grabados tres lobos unidos en un símbolo que parecía no tener principio ni final.

Sentí un extraño vacío en el pecho.

Como si aquel lugar me reconociera.

Entré lentamente y encontré una inscripción tallada en la piedra.

Conocía esas letras gracias a Marin.

La leí en voz baja.

“Donde los tres se reúnen, la olvidada será encontrada”.

Entonces escuché un sonido detrás de mí.

Me giré.

Los tres lobos estaban allí.

Pero ya no estaban solos.

Un hombre alto apareció entre la luz del invierno. Vestía una armadura oscura y llevaba una presencia que hizo que incluso el aire pareciera detenerse.

Sus ojos azules se clavaron en mí.

Y cuando habló, su voz fue tranquila, pero imposible de ignorar.

—Te encontraron.

En ese instante comprendí que aquellos lobos no me habían llevado hasta allí por casualidad.

Me habían llevado hasta el hombre más poderoso de aquellas tierras.

El rey Alfa Draven de Valdemore.

Y lo que él estaba a punto de decirme cambiaría para siempre la vida que creía perdida.

PARTE 2

Durante años había creído que ser olvidada era mi destino.

Pero frente al rey Draven descubrí que quizá solo había estado esperando el lugar correcto para ser encontrada.

Había escuchado historias sobre él. Decían que era frío, que gobernaba con una voluntad de hierro y que nadie podía desafiar su autoridad.

Pero cuando me miró, no vi desprecio.

No vi la misma mirada que había recibido en Valle de Hierro.

Solo vi curiosidad.

—No estás reclamada —dijo.

En mi antigua manada esas palabras habrían sido una condena.

Una forma elegante de decir que no valía nada.

Pero en su voz no había burla. Solo una observación.

Le expliqué que había sido expulsada esa misma mañana.

Draven guardó silencio.

Entonces el lobo gris se acercó y apoyó su enorme cabeza contra mi mano.

Me quedé inmóvil.

El rey observó la escena con sorpresa.

—Nunca han hecho eso con nadie —murmuró.

No entendía qué significaba aquello.

Yo solo sabía que por primera vez en años una criatura me había elegido sin pedirme nada a cambio.

Draven me llevó con él hacia Valdemore.

Dijo que no podía dejarme sola en el bosque de ceniza. No era seguro.

Durante el camino descubrí algo extraño: aunque era un rey, no necesitaba demostrarlo constantemente. Sus hombres lo respetaban, pero no por miedo.

Lo respetaban porque confiaban en él.

Al llegar al castillo me dieron una habitación cálida, comida y un lugar donde descansar.

Parecía algo sencillo.

Pero para mí era algo que casi había olvidado que existía.

Un espacio donde nadie esperaba que desapareciera.

Un lugar donde podía respirar.

Al día siguiente descubrí que el castillo necesitaba una nueva curandera.

La anterior había fallecido meses atrás.

Cuando Draven me escuchó hablar de mis conocimientos sobre hierbas y medicina, no me ofreció una obligación.

Me ofreció una oportunidad.

Acepté.

Por primera vez mi habilidad no era algo que otros aprovechaban.

Era algo que otros valoraban.

Comencé a reconstruir las salas de curación. Organicé plantas, preparé remedios y enseñé a los jóvenes del castillo lo que Marin me había enseñado a mí.

Pero sabía que la paz no duraría para siempre.

Una omega sin manada apareciendo junto al rey Alfa era algo que muchos no aceptarían.

Y no tardé en descubrirlo.

El consejo de Valdemore comenzó a cuestionar mi presencia.

Algunos pensaban que una omega como yo no debía ocupar un lugar dentro del castillo.

Que alguien como yo no podía estar al lado de un rey.

Esperaba sentir el mismo miedo que sentía en Valle de Hierro.

Pero algo había cambiado.

Ya no era la mujer que bajaba la mirada esperando ser aceptada.

Había sobrevivido al momento más doloroso de mi vida.

Ya no tenía nada que perder.

Cuando Draven habló ante el consejo, defendió mi posición.

No porque yo fuera especial.

No porque le debiera algo.

Sino porque había visto mi valor.

Después de la reunión, me confesó algo que nunca había contado.

Su madre también había sido una omega.

También había sido rechazada por quienes creían que el poder y el valor tenían una sola forma.

Ella había luchado toda su vida contra esos prejuicios.

Y Draven había buscado durante años el Santuario de las Tres Piedras porque creía que allí encontraría una respuesta para el futuro de su reino.

Nunca imaginó que la respuesta sería yo.

La mujer que su propia manada había abandonado.

La mujer que caminó hacia el bosque creyendo que todo había terminado.

La mujer que los tres lobos eligieron.

Entonces entendí algo.

El Valle de Hierro me había quitado mi hogar.

Pero también me había obligado a encontrar un lugar donde finalmente podía ser yo misma.

Porque a veces perderlo todo no significa quedarse sin nada.

A veces significa que por fin tienes espacio para descubrir quién eres realmente.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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