¡Tráiganla aquí! —ordenó el Rey Alfa, y luego retrocedió conmocionado al verla cubierta de moretones y fuera de control.

¡Tráiganla aquí! —ordenó el Rey Alfa, y luego retrocedió conmocionado al verla cubierta de moretones y fuera de control.

PARTE 1

La frágil paz entre los señores humanos de Wessex y los clanes salvajes de Mercia dependía de un matrimonio. Para conservar sus fronteras, lord Godfrey había prometido entregar a su protegida, lady Rosalind, como esposa de Athlan, el temido rey alfa del linaje Colmillo de Hierro.

Pero Godfrey no buscaba la paz.

Años atrás había destruido a la familia de Rosalind y la mantenía prisionera en su hacienda. Su plan era enviarla a Mercia golpeada, hambrienta y cubierta de heridas. Conocía la reputación brutal de Athlan y esperaba que el rey, ofendido por aquella “ofrenda”, matara a la joven. Así podría acusar a los lobos de romper el tratado y pedir ayuda al rey de Francia para exterminarlos.

Sin conocer la trampa, Athlan esperaba en la fortaleza de Alderwick. Durante semanas, su lobo había caminado inquieto dentro de él, empujándolo hacia el sur con una urgencia que no comprendía. Incapaz de esperar hasta la primavera, envió a su capitán más leal.

—Tráiganla —ordenó—. No se detengan por la nieve ni por la sangre.

Catorce días después, las puertas del gran salón se abrieron en mitad de la noche. Fenwick entró acompañado por seis guerreros. Todos mantenían la cabeza inclinada y los hombros tensos.

—Majestad, hemos traído a la mujer de Wessex, pero hay algo que debe saber.

Athlan se levantó del trono. Su enorme figura y sus ojos color ámbar hicieron que el salón pareciera más pequeño.

—¿Por qué huelo sangre?

Dos soldados avanzaron y depositaron cuidadosamente una figura envuelta en una capa sobre el suelo de piedra. Cuando retiraron la tela, el salón quedó en absoluto silencio.

Rosalind no vestía las sedas de una novia noble. Llevaba un vestido desgarrado y manchado. Tenía el rostro hinchado, las muñecas heridas por pesadas cadenas y las manos marcadas por haber intentado defenderse. Temblaba de frío y mantenía los brazos frente a la cara, esperando otro golpe.

Entonces Athlan percibió su aroma.

Bajo el miedo, el polvo y la sangre había miel silvestre, lluvia fresca y pino quemado. La revelación lo golpeó como un rayo.

Aquella mujer era su compañera destinada.

Un rugido estremeció el castillo y quebró los vitrales superiores. Las manos de Athlan se transformaron en garras y sus ojos ardieron con una furia inhumana.

—¿Quién le hizo esto?

Fenwick se arrodilló.

—Lord Godfrey. La encontramos encadenada en sus calabozos. Dijo que necesitaba ser domesticada.

Athlan estuvo a punto de transformarse por completo y correr hacia el sur. Sin embargo, Rosalind lo miró aterrorizada y trató de arrastrarse lejos de él. Esa mirada consiguió lo que ningún ejército había logrado: detener al rey alfa.

Athlan obligó a sus garras a desaparecer y se arrodilló para no parecer amenazante.

—Déjennos solos.

Cuando el salón quedó vacío, avanzó lentamente.

—No voy a hacerte daño.

—Por favor… no más —suplicó ella sin abrir los ojos.

Esas palabras le destrozaron el corazón. Athlan rompió las cadenas con las manos y cubrió los hombros de Rosalind con su capa.

—Godfrey dijo que me encontrarías repugnante —murmuró ella—. Que terminarías rápidamente con mi vida. Lamento no ser lo que querías.

—Eres exactamente a quien he esperado toda mi vida.

Athlan la levantó con infinita delicadeza y la llevó a sus aposentos. Allí llamó al hermano Thomas, médico y guardián de las antiguas crónicas.

Mientras limpiaba la sangre seca cerca de la clavícula de Rosalind, Thomas se quedó inmóvil. Bajo la suciedad apareció una marca plateada: un dragón rodeando una corona.

El médico retrocedió, pálido.

—Es el sello de los Pendragon, la verdadera casa real de Britania. Godfrey no mantuvo cautiva a una noble cualquiera… Majestad, su compañera es la legítima reina de los humanos.

PARTE 2

Athlan contempló la marca luminosa y sintió que su furia se volvía fría, precisa y mucho más peligrosa. Godfrey no solo había torturado a su compañera. Había asesinado a su familia, usurpado su herencia y tratado de utilizar a los lobos para eliminar a la única persona capaz de disputarle el poder.

El rey se volvió hacia Thomas.

—Convoca al consejo de guerra y despierta todos los estandartes.

Durante tres días, la fortaleza permaneció cerrada. Afuera rugía el invierno; dentro, Athlan no se separó de Rosalind. Mediante el vínculo entre compañeros compartió con ella parte de su fuerza. Poco a poco, sus heridas comenzaron a sanar.

Al cuarto día, Rosalind despertó junto al fuego. Cuando intentó incorporarse, Athlan apoyó una mano sobre su hombro. Ella se estremeció, y él la retiró inmediatamente.

—Estás a salvo. Juro por mi vida que nadie volverá a golpearte.

Rosalind estudió su rostro. Por primera vez no vio al monstruo descrito por Godfrey, sino a un hombre agotado que había permanecido vigilándola.

—¿Por qué te importa alguien tan destruido como yo?

Thomas le entregó un pequeño espejo y señaló la marca de su clavícula.

—No estás destruida, mi señora. Eres la última heredera de los Pendragon.

Athlan le explicó que Godfrey había exterminado a su familia cuando ella era niña. No la mató por temor a una antigua maldición, pero la mantuvo oculta y sometida para quedarse con el trono. Cuando necesitó provocar una guerra, la envió a Mercia convencido de que los lobos terminarían su trabajo.

Los ojos de Rosalind se llenaron de lágrimas. Durante años había creído que la castigaban porque carecía de valor. Ahora comprendía que la habían maltratado precisamente porque su existencia amenazaba a un usurpador.

Dentro de ella nació algo nuevo: ira.

—Quiero recuperar mi reino —dijo.

Athlan tomó su mano.

—Entonces le llevaremos el fin del mundo a Godfrey, mi reina.

El ejército de Mercia comenzó a movilizarse, pero antes de partir llegó un explorador con noticias alarmantes. Godfrey se había aliado con el rey de Francia. Diez mil hombres, incluidos mercenarios equipados con flechas de plata, avanzaban hacia el río Trent.

Los comandantes humanos de Athlan mostraron preocupación. La plata podía atravesar las defensas y detener la curación de los licántropos.

—Dejen que lleguen al río —ordenó Athlan—. Allí terminaremos con ellos.

Las puertas de la sala se abrieron. Rosalind entró con una túnica carmesí y una capa de piel negra. Aún conservaba cicatrices, pero caminaba con la cabeza erguida.

—No tendremos que matar a diez mil hombres —declaró—. Muchos son campesinos de Wessex obligados a luchar. No aman a Godfrey; le temen. Si ven la marca de mi linaje, abandonarán sus armas.

—No te acercarás a ese ejército —respondió Athlan.

—Godfrey me ocultó durante veinte años. No permitiré que tú también me encierres para protegerme. Mi pueblo necesita verme, y no me quedaré detrás de un muro mientras otros mueren por mi corona.

A través del vínculo, Athlan sintió su decisión. También comprendió que protegerla no significaba quitarle la libertad.

—Cabalgarás a mi lado —aceptó finalmente—, pero si una sola flecha apunta hacia ti, no habrá fuerza capaz de contenerme.

La mañana de la batalla, una espesa niebla cubría el río Trent. En la orilla sur se extendía el ejército de Godfrey. Miles de lanzas y puntas de plata brillaban bajo la luz gris.

En la orilla opuesta apareció el ejército de Mercia. Athlan cabalgaba al frente sobre un enorme caballo negro. A su lado avanzaba Rosalind, protegida por una cota de malla y un escudo marcado con el dragón rojo.

Cuando Godfrey la reconoció, su sonrisa desapareció.

—¡Ella debería estar muerta! —gritó.

Rosalind condujo su caballo hasta el centro del río congelado.

—¡Hombres de Wessex! —proclamó—. Marchan bajo el estandarte de un asesino y un usurpador.

Abrió el cuello de su capa y mostró la marca plateada, que resplandeció en medio de la niebla.

—Soy Rosalind, última hija de los Pendragon. Godfrey asesinó a mi familia, robó mis tierras y me entregó a los lobos para silenciarme. No les pido que mueran por mí. Les pido que dejen de morir por él.

Un murmullo recorrió las filas de Wessex. Los soldados mayores reconocieron el símbolo de las historias antiguas. Algunos bajaron sus lanzas. Otros arrojaron sus escudos.

Godfrey, enloquecido, señaló a Rosalind.

—¡Arqueros! ¡Mátenla!

Los mercenarios franceses levantaron sus flechas de plata.

El rugido de Athlan atravesó el valle.

Su cuerpo se convirtió en el de un lobo negro gigantesco y cruzó el hielo antes de que los arqueros pudieran disparar. Fenwick y quinientos licántropos lo siguieron, mientras la infantería de Mercia avanzaba detrás.

La estrategia de Rosalind funcionó. Casi la mitad de los hombres de Wessex abandonaron las armas, y muchos se volvieron contra los mercenarios para proteger a su verdadera reina. La superioridad numérica de Godfrey se desmoronó en pocos minutos.

Athlan abrió paso entre sus enemigos buscando únicamente al usurpador. Las flechas de plata le causaron heridas, pero no consiguieron detenerlo.

Godfrey trató de huir. Su caballo resbaló en el lodo helado y lo arrojó al suelo. El señor de Wessex sacó una daga de plata cuando Athlan volvió a su forma humana y avanzó hacia él.

—Soy el gobernante de Wessex —balbuceó Godfrey—. No puedes matarme.

—Nunca fuiste su gobernante. Solo fuiste el hombre que robó una corona y torturó a su verdadera dueña.

Godfrey intentó atacar, pero Athlan lo desarmó y puso fin a su reinado. Al ver caer al usurpador, los mercenarios franceses se rindieron.

La batalla terminó antes del mediodía.

Athlan buscó desesperadamente a Rosalind entre la niebla hasta encontrarla ilesa, rodeada por soldados de Wessex arrodillados ante ella. Caminó hacia la mujer que había evitado una matanza y se arrodilló también.

—Mi reina.

Rosalind desmontó y lo abrazó sin importarle el barro ni la sangre que cubrían su armadura.

—Mi rey —respondió antes de besarlo.

La unión de Rosalind y Athlan puso fin a décadas de guerra entre humanos y licántropos. Los lobos protegieron las fronteras, mientras el pueblo de Wessex reconstruyó las ciudades que Godfrey había empobrecido.

La mujer enviada a Mercia como una víctima destinada a morir se convirtió en la soberana más querida de Britania. Y a su lado gobernó el temible rey alfa que había hecho arrodillarse a ejércitos enteros, pero que solo inclinaba la cabeza ante ella.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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