«¡Traédmela!», ordenó el Rey Vampiro; entonces la vio magullada y perdió el control.

«¡Traédmela!», ordenó el Rey Vampiro; entonces la vio magullada y perdió el control.

PARTE 1

Entré al Reino de las Sombras con una sola intención: cambiar mi vida por la de mi hermana.

Nunca llegué al lugar donde pensaba hacer el trato.

Unos vampiros me encontraron primero.

Y cuando finalmente me arrastraron frente al rey que debía castigarme por cruzar su frontera, ocurrió algo que ninguno de los dos sabía que era posible.

Me llamo Ara Winters.

Mi hermana Lilia llevaba meses enferma.

Al principio pensamos que era una fiebre difícil.

Después empezó a perder peso.

Ya no podía caminar hasta el mercado.

Los médicos de nuestro pueblo dejaron de hablar de tratamientos y comenzaron a hablar de semanas.

Yo no podía aceptarlo.

Lilia era lo único que me quedaba.

Nuestros padres se habían ido cuando éramos niñas y prácticamente nos habíamos criado juntas.

Entonces escuché rumores sobre el Mercado Nocturno.

Decían que una vez al año aparecía dentro del territorio de los vampiros.

Oro.

Recuerdos.

Años de vida.

Cualquier cosa podía intercambiarse si alguien estaba dispuesto a pagar el precio.

Yo no tenía dinero.

Pero tenía mi vida.

Pasé seis meses buscando la ruta.

Soborné a un comerciante.

Seguí a contrabandistas.

Y una noche crucé sola la frontera de las Shadowlands.

Mi plan era sencillo.

Encontrar a alguien capaz de curar a Lilia.

Ofrecerme a cambio.

No esperaba regresar.

Pero el mercado nunca apareció.

En cambio, varios vampiros errantes me encontraron en el bosque.

Estuve con ellos varios días.

No quiero recordar demasiado aquella parte.

Solo diré que cuando los soldados reales me encontraron, casi no podía mantenerme de pie.

Ellos tampoco sabían quién era.

Solo sabían que una humana había entrado ilegalmente en territorio vampiro.

Me llevaron al Castillo Nightfall.

Ahí conocí a Alaric Thorne.

El Rey Vampiro.

Tenía más de trescientos años.

Ojos plateados.

Una voz capaz de dejar en silencio un salón entero.

Cuando me llevaron frente a él, yo esperaba una sentencia.

Alaric estaba furioso porque una humana había conseguido atravesar sus fronteras.

Entonces levanté la cabeza.

Y su expresión cambió.

Primero miró mi cara.

Después mis brazos.

Luego a los soldados.

—¿Quién la encontró así?

Nadie respondió inmediatamente.

Yo no entendía por qué parecía tan molesto.

Hasta ese momento, él ni siquiera sabía mi nombre.

Cuando intenté ponerme de pie, las piernas dejaron de responderme.

Alaric me sujetó antes de que cayera.

En cuanto sus manos tocaron mis brazos, sentí algo atravesarme.

No dolor.

Algo más extraño.

Como si un hilo invisible se hubiera tensado desde mi pecho hasta el suyo.

Alaric también lo sintió.

Lo vi en sus ojos.

Después todo se volvió negro.

Desperté en una cama enorme cubierta de seda oscura.

Lo primero que noté fue que ya no me dolía nada.

Las heridas habían desaparecido.

Incluso una vieja cicatriz de mi muñeca había desaparecido.

Alaric estaba sentado junto a la cama.

—¿Qué hiciste?

Me explicó que me había dado parte de su sangre porque mi estado era demasiado grave.

Yo conocía las historias.

La sangre vampírica podía curar humanos.

Pero nunca era algo sencillo.

—¿Qué me hiciste realmente?

Alaric permaneció callado unos segundos.

Después me pidió que le explicara por qué había entrado en su territorio.

Ya no tenía sentido mentir.

Le conté sobre Lilia.

Sobre su enfermedad.

Sobre el Mercado Nocturno.

Sobre mi intención de cambiar mi vida por la suya.

Alaric me observó como si acabara de decir algo absurdo.

Entonces reveló otra verdad.

El Mercado Nocturno había existido.

Pero él mismo lo había cerrado cincuenta años antes porque demasiados humanos terminaban siendo engañados.

Sentí que se me vaciaba el pecho.

Todo lo que había hecho había sido inútil.

—Entonces Lilia se va a ir.

—No necesariamente.

Levanté la vista.

Alaric señaló mi piel completamente curada.

Su sangre había hecho eso.

Y también podía ayudar a mi hermana.

Por primera vez en meses sentí esperanza.

—¿Qué quieres a cambio?

Su expresión se volvió incómoda.

Entonces habló de una antigua leyenda vampírica.

Una conexión extremadamente rara entre dos personas.

Un vínculo que los vampiros llamaban mate bond.

Durante tres siglos Alaric había pensado que era poco más que un mito.

Hasta que me tocó.

Yo era esa persona para él.

Me reí.

No porque fuera gracioso.

Porque todo era demasiado absurdo.

Yo había venido preparada para desaparecer por mi hermana.

Ahora un rey inmortal aseguraba que nuestras almas estaban conectadas.

Le dije que quería regresar a casa.

Alaric no me detuvo.

Pero me explicó que, después de despertar el vínculo y recibir su sangre, separarnos inmediatamente podía enfermarnos a ambos.

Luego hizo una propuesta.

Tres meses.

Yo permanecería en Nightfall durante tres meses mientras el vínculo se estabilizaba.

Su médico iría esa misma noche a curar a Lilia.

Al terminar el plazo, si yo todavía quería marcharme, él mismo buscaría la manera de romper nuestra conexión.

—¿Y simplemente confiaré en tu palabra?

Alaric tomó un pequeño cuchillo ceremonial.

—No. Haremos un juramento de sangre.

Acepté.

Nuestras palmas se tocaron.

Una corriente cálida recorrió mi brazo y se cerró alrededor de mi corazón como un segundo latido.

Su promesa quedó sellada.

La mía también.

Y en ese instante comprendí que acababa de entregar tres meses de mi vida al Rey Vampiro que podía convertirse en mi salvación… o en una prisión de la que quizá nunca quisiera escapar.

PARTE 2

Y en ese instante comprendí que acababa de entregar tres meses de mi vida al Rey Vampiro que podía convertirse en mi salvación… o en una prisión de la que quizá nunca quisiera escapar.

Esa misma noche, el médico personal de Alaric partió hacia mi pueblo.

Yo no dormí.

Tres días después llegó un mensaje.

Lilia había mejorado.

Su fiebre había desaparecido.

Había vuelto a comer.

Una semana más tarde ya podía caminar por sí misma.

Alaric había cumplido su parte.

Ahora me tocaba cumplir la mía.

Al principio traté Nightfall como una cárcel elegante.

Tenía una habitación propia.

Podía moverme por casi todo el castillo.

Biblioteca.

Jardines nocturnos.

Patios interiores.

Alaric solo me pidió que no saliera sola de las murallas.

Nuestro vínculo podía ser percibido por otros vampiros, y no todos aceptarían que una humana estuviera conectada con su rey.

Yo esperaba que Alaric utilizara esa excusa para vigilarme constantemente.

No lo hizo.

Pasaba casi todo el día atendiendo asuntos de gobierno.

Pero todas las noches aparecía.

A veces cenábamos.

Bueno, yo cenaba.

Él bebía de una copa cuyo contenido prefería no preguntar.

Otras noches caminábamos por los jardines.

Hablábamos.

Eso fue lo que empezó a complicarlo todo.

Yo esperaba encontrar un monstruo.

Encontré a alguien mucho más difícil de clasificar.

Alaric podía ser frío.

Orgulloso.

Incluso aterrador cuando perdía la paciencia.

Pero escuchaba.

Conocía historia, idiomas, medicina y culturas que habían desaparecido siglos antes de que yo naciera.

También tenía un sentido del humor terrible.

Y conseguía hacerme reír.

A las seis semanas me di cuenta de que esperaba sus visitas.

Aquello me asustó más que cualquier vampiro.

Una noche estábamos en la biblioteca cuando decidí preguntarle algo.

—Si este vínculo significa tanto para ti, ¿por qué no me has convertido?

Alaric cerró el libro que tenía delante.

No fingió no entender.

Admitió que el impulso existía.

Convertirme significaría hacerme inmortal.

También haría nuestro vínculo mucho más profundo.

—Entonces, ¿por qué esperas?

Su respuesta me sorprendió.

Porque yo no había elegido nada de aquello.

No había elegido ser capturada.

No había elegido necesitar su sangre.

Ni siquiera había elegido encontrarme con él.

Convertirme sin mi consentimiento sería quitarme otra decisión.

Y se negaba a hacerlo.

—¿Aunque decida irme después de los tres meses?

Su cara cambió durante un instante.

—Aunque decidas irte.

Aquello fue el momento en que empecé a verlo diferente.

No porque el vínculo me obligara.

Precisamente porque él estaba intentando no utilizarlo para obligarme.

Esa noche le dije algo que llevaba semanas evitando.

No quería que le ocurriera nada.

Alaric me miró en silencio.

Luego levantó una mano hacia mi rostro, pero se detuvo antes de tocarme.

Esperó.

Yo fui quien acortó la distancia.

Nuestro primer beso no resolvió nada.

Yo seguía siendo humana.

Él seguía siendo un vampiro de trescientos años con un pasado que no podía borrar.

Pero por primera vez dejé de fingir que no sentía nada.

Las seis semanas siguientes fueron distintas.

Seguimos discutiendo.

Seguimos imponiendo límites.

Pero también empecé a conocer la parte de Nightfall que nadie contaba en las historias humanas.

Refugios.

Bibliotecas.

Familias.

Niños vampiros jugando bajo un cielo sin amanecer.

Alaric también me habló de su pasado.

Había sido humano.

Había perdido a su familia durante una epidemia.

Su transformación no había sido una elección.

Durante años convirtió ese dolor en crueldad.

No intentó justificarse.

—He hecho cosas de las que no estoy orgulloso.

—Entonces cambia lo que hagas mañana.

Creo que aquella frase se quedó con él.

Cuando se cumplieron los tres meses, Alaric me llevó a la misma habitación donde habíamos hecho nuestro juramento.

No intentó convencerme.

—El plazo terminó.

Había preparado todo para romper el vínculo si yo lo pedía.

Eso terminó de aclararme la decisión.

—Me quedo.

Alaric casi sonrió.

—Pero tengo condiciones.

Ahora sí sonrió.

Primero, quería ver a Lilia.

Segundo, no iba a pasar mi vida sentada junto a un trono como decoración.

Quería trabajar.

Conocía a los humanos.

Sabía cómo el miedo hacia los vampiros estaba destruyendo cualquier posibilidad de paz.

Alaric me ofreció un puesto oficial como asesora entre ambos pueblos.

Mi tercera condición fue la más importante.

No quería convertirme todavía.

Tal vez algún día.

Pero sería decisión mía.

Aceptó las tres.

Lilia llegó a Nightfall semanas después.

La primera vez que vio a Alaric se escondió detrás de mí.

Seis meses después discutía con él sobre medicina como si llevaran toda la vida conociéndose.

Yo empecé a trabajar en acuerdos comerciales entre territorios humanos y vampiros.

Alaric también modificó las leyes de sus fronteras.

Los vampiros errantes dejaron de poder actuar sin consecuencias.

Los viajeros perdidos eran llevados a puestos de vigilancia en lugar de convertirse automáticamente en enemigos.

No cambió de la noche a la mañana.

Ninguno de nosotros lo hizo.

Pasaron dos años.

Lilia terminó trabajando como aprendiz del médico real.

Yo ya participaba en reuniones del consejo.

Había vampiros que todavía no aceptaban recibir órdenes de una humana.

Aprendieron a acostumbrarse.

Entonces una noche encontré a Alaric leyendo informes en nuestras habitaciones.

Sí.

Nuestras.

En algún momento habíamos dejado de fingir que necesitábamos dos habitaciones.

Me senté frente a él.

—Estoy lista.

Alaric dejó el papel.

No tuve que explicarle.

—¿Estás segura?

—He tenido dos años para pensarlo.

No quería convertirme para conservarlo.

No quería hacerlo porque un vínculo mágico lo exigiera.

Lo quería porque había conocido aquel mundo con sus partes hermosas y también con las difíciles.

Había construido una vida ahí.

Y quería seguir construyéndola.

Alaric me preguntó una última vez.

Yo respondí que sí.

El proceso no fue como las historias que me habían contado.

Hubo fiebre.

Sueños extraños.

Un largo periodo de oscuridad.

Pero cuando volví a abrir los ojos, Alaric estaba sentado exactamente donde había estado la primera vez que desperté en Nightfall.

Solo que esta vez yo no sentí miedo.

Podía escuchar sonidos que antes no existían para mí.

El viento sobre las torres.

Los pasos de Lilia en el corredor.

Incluso el movimiento de las hojas en el jardín varios pisos abajo.

Alaric extendió la mano.

No la tomó por mí.

Nunca había dejado de hacer eso.

Esperaba.

Yo coloqué mi mano sobre la suya.

Todo había comenzado porque crucé las Shadowlands pensando que mi vida era el único objeto que todavía podía ofrecer.

Creía que salvar a Lilia significaba renunciar a mi propio futuro.

Me equivoqué.

Mi hermana vivió.

Yo encontré un propósito.

Y el hombre que al principio parecía representar el final de mi historia terminó aprendiendo que amarme significaba dejarme decidir cómo escribirla.

Entré al reino de los vampiros preparada para entregar mi vida; años después entendí que lo verdaderamente inesperado fue encontrar allí una vida que elegí conservar para siempre.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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