«¡Traédmela!», ordenó el Rey Alfa; entonces la vio magullada y perdió el control.

«¡Traédmela!», ordenó el Rey Alfa; entonces la vio magullada y perdió el control.

PARTE 1

La noche que me llevaron ante el Rey Alfa, yo estaba segura de que no saldría viva de aquella fortaleza.

No porque él hubiera hecho algo.

Sino porque el hombre que me crió había preparado todo para que el rey me rechazara.

Yo era una pieza dentro de una trampa.

Lo que nadie había calculado era que, al verme, el Alpha King dejó de respirar por unos segundos.

Me llamo Rosalía Cárdenas.

Durante casi toda mi vida viví en una hacienda antigua de la Sierra Madre Oriental, bajo el cuidado de don Esteban Valdés.

Él decía que mis padres habían fallecido cuando yo era pequeña y que me había recibido porque nadie más quería hacerse cargo de mí.

Yo crecí creyendo que le debía todo.

Comida.

Techo.

Incluso mi apellido.

Pero había cosas que nunca entendí.

No me permitían viajar sola.

No podía revisar los papeles antiguos de la casa.

Y cada vez que preguntaba por mi madre, don Esteban se molestaba.

Cuando cumplí 24 años, anunció que yo iba a casarme.

Mi futuro esposo sería Adrián Montenegro.

El llamado Rey Alfa de las montañas del norte.

En los pueblos se hablaba de su gente desde hacía generaciones.

Decían que podían adoptar forma de lobo.

Que Adrián era el más poderoso de todos.

Y que sus ojos cambiaban de color cuando la bestia dentro de él despertaba.

Yo pensaba que eran historias para asustar niños.

Hasta que llegaron sus hombres.

La noche anterior al viaje discutí con don Esteban.

Le dije que no podía entregar mi vida a un desconocido.

Su reacción fue mucho peor de lo que esperaba.

Me encerraron.

Cuando la escolta de Adrián llegó dos días después, yo estaba débil, con marcas visibles en los brazos y apenas podía caminar.

El capitán de la guardia se llamaba Fernando Cruz.

Al verme, preguntó inmediatamente qué había ocurrido.

Don Esteban respondió que yo era demasiado difícil de controlar.

Fernando no discutió.

Solo me cubrió con una capa y ordenó marcharnos.

Durante el trayecto nadie me trató mal.

Eso me confundió.

Yo esperaba monstruos.

Encontré hombres preocupados por si tenía frío.

Después de dos noches llegamos a una fortaleza enorme construida entre las montañas.

Las puertas del salón principal se abrieron.

Había decenas de personas esperando.

Y al fondo estaba Adrián.

Lo reconocí inmediatamente.

Alto.

Cabello negro.

Rostro serio.

Ojos ámbar.

Cuando me vio entrar, se puso de pie.

Fernando comenzó a explicar.

Adrián no lo escuchaba.

Me miraba a mí.

Yo estaba agotada y avergonzada.

Pensé que estaba evaluando si aquella mujer era suficientemente buena para convertirse en su esposa.

Entonces ocurrió algo extraño.

Sus ojos pasaron de ámbar a un dorado intenso.

Sentí calor en el pecho.

Como si una cuerda invisible se hubiera tensado entre nosotros.

Adrián bajó los escalones.

Algunas personas se apartaron.

Yo retrocedí.

Él se detuvo inmediatamente.

No volvió a acercarse.

Preguntó quién había permitido que yo llegara en aquellas condiciones.

Nadie respondió.

Su voz cambió.

Por un segundo sonó menos humana.

El miedo me hizo moverme hacia atrás otra vez.

Adrián lo notó.

Y toda su furia desapareció.

Ordenó vaciar el salón.

Después se arrodilló a varios pasos de mí.

No intentó tocarme.

Solo dijo que allí nadie iba a obligarme a nada.

Ni siquiera él.

Aquella fue la primera vez en años que alguien me dijo algo así.

Me llevaron a sus habitaciones privadas porque eran las más cálidas.

El médico de la fortaleza, Tomás Rivas, comenzó a atenderme.

Adrián permaneció cerca de la puerta.

Durante tres días casi no durmió.

Nunca habló de la boda.

Nunca preguntó cuándo aceptaría convertirme en su esposa.

Solo preguntaba si necesitaba algo.

Eso me parecía más extraño que cualquier historia sobre lobos.

La tercera noche, Tomás estaba limpiando la piel cerca de mi clavícula cuando dejó caer el paño.

—¿Qué pasa?

No respondió.

Volvió a limpiar el mismo punto.

Debajo apareció una pequeña marca plateada.

Parecía un dragón rodeando una corona.

Adrián se acercó.

Su rostro cambió.

Tomás pidió que trajeran un viejo libro de registros.

Comparó el símbolo.

Una vez.

Dos veces.

Después me miró como si acabara de ver a alguien regresar de otro mundo.

—Rosalía… don Esteban nunca fue realmente tu protector.

Sentí frío a pesar del fuego.

—¿Entonces qué era?

Tomás cerró lentamente el libro.

—El hombre que llevaba años escondiendo a la verdadera heredera de estas tierras.

PARTE 2

Durante varios segundos nadie dijo nada.

Yo miré la marca.

Después el libro.

Finalmente a Adrián.

Pensé que todos estaban equivocados.

Tomás me explicó que el símbolo había pertenecido a la antigua familia Cárdenas, una casa que durante generaciones había controlado varias rutas, tierras y pueblos entre las montañas.

Veinte años atrás, la residencia principal había sufrido un incendio.

Mis padres desaparecieron.

También varios familiares.

La única persona cuyo destino nunca pudo confirmarse fue una niña de cuatro años.

Yo.

Don Esteban había trabajado para mi familia.

Después del incendio comenzó a administrar las propiedades.

Meses después pasó a presentarse como dueño.

Y a mí me crió bajo otro relato.

Adrián ordenó revisar archivos.

Encontraron contratos.

Testamentos.

Cartas.

Una de ellas reveló la verdadera razón por la que me había enviado a las montañas.

Don Esteban esperaba que Adrián se sintiera insultado al recibir una novia maltratada y se negara al acuerdo.

Si me ocurría algo dentro del territorio Alfa, él podía acusar a las manadas de romper el pacto con las comunidades humanas.

Después utilizaría el conflicto para quedarse definitivamente con mis tierras.

Todo estaba preparado.

Excepto una cosa.

Adrián no me rechazó.

Tomás también explicó qué había ocurrido cuando nuestros ojos se encontraron.

Entre las manadas existía una conexión antigua llamada vínculo de compañero.

Adrián había sentido el mío desde antes de conocerme.

Durante semanas había estado inquieto sin entender por qué.

Al verme, su lobo interior me reconoció.

Me quedé mirándolo.

—¿Eso significa que tengo que casarme contigo?

Adrián negó inmediatamente.

—Significa que existe un vínculo. No que hayas perdido tu derecho a decidir.

Aquella respuesta cambió algo dentro de mí.

Durante toda mi vida alguien había tomado decisiones en mi nombre.

Don Esteban decidía dónde vivía.

Qué podía saber.

Con quién debía casarme.

Y ahora el hombre que supuestamente era una bestia me estaba dando una elección.

Le pedí tiempo.

Me lo dio.

Durante las siguientes semanas recuperé fuerzas mientras investigábamos mi pasado.

Encontramos a una mujer llamada Mercedes, antigua empleada de mi madre.

Cuando me vio, comenzó a llorar.

Reconoció mis ojos antes de que yo pudiera mostrarle la marca.

Ella confirmó que alguien me había sacado de la casa la noche del incendio.

Don Esteban me encontró después.

En lugar de devolverme a mis familiares, me ocultó.

Durante años se aseguró de que yo creyera que no tenía derecho a nada.

Mientras tanto, él construía su fortuna con propiedades que legalmente eran mías.

Adrián quería detenerlo de inmediato.

Yo dije que no.

No quería una venganza.

Quería que todos supieran la verdad.

Reunimos registros notariales, testigos y antiguos contratos.

Pero don Esteban también se estaba moviendo.

Había contratado hombres y convencido a varios pueblos de que los lobos me habían secuestrado.

Marchó hacia las montañas esperando provocar un enfrentamiento.

Adrián preparó a su guardia.

Yo insistí en ir con él.

Al principio se negó.

—Pasé veinte años escondida por culpa de ese hombre —le dije—. No pienso esconderme ahora detrás de otra muralla.

Esta vez Adrián no discutió.

Nos encontramos con el grupo de don Esteban en un valle abierto antes de que nadie iniciara una pelea.

Yo avancé sola.

Llevaba el símbolo de los Cárdenas visible.

Mercedes estaba conmigo.

También Tomás y dos escribanos.

Don Esteban palideció al verme.

Dijo que Adrián me había llenado la cabeza de mentiras.

Entonces comenzaron las pruebas.

Primero mi registro de nacimiento.

Después el testimonio de Mercedes.

Luego los contratos falsificados.

Finalmente apareció la carta donde don Esteban describía su plan.

Sus propios hombres comenzaron a mirarlo de otra manera.

Uno tras otro bajaron las armas.

Don Esteban intentó marcharse.

Fue detenido por personas que, minutos antes, habían venido a defenderlo.

No hubo la guerra que esperaba.

Ese fue probablemente el castigo que más le dolió.

Su gran plan terminó sin que nadie quisiera luchar por él.

El juicio duró meses.

Las propiedades obtenidas mediante engaños regresaron legalmente a mi nombre.

Don Esteban perdió sus títulos y cualquier autoridad sobre las comunidades que había controlado.

Yo regresé a la antigua hacienda por primera vez.

Pensé que sentiría que estaba llegando a casa.

No fue así.

Una casa no se convierte en hogar solo porque lleve tu apellido.

Regresé a la fortaleza de Adrián.

Por decisión propia.

Nuestra relación fue lenta.

Nada de bodas inmediatas.

Nada de ceremonias obligatorias.

Aprendimos a conocernos.

Yo descubrí que el famoso Rey Alfa odiaba los banquetes demasiado largos y tenía la costumbre de caminar mientras pensaba.

Él descubrió que yo no soportaba que alguien ordenara mis documentos sin permiso.

Discutíamos.

Nos reconciliábamos.

Y poco a poco el vínculo dejó de darme miedo.

Un año después acepté convertirme oficialmente en su compañera.

Pero no renuncié a mi apellido.

Tampoco entregué mis tierras a su corona.

En lugar de unir dos poderes bajo una sola persona, creamos un consejo compartido entre las aldeas humanas y las manadas.

Adrián estuvo de acuerdo.

Durante años se había gobernado mediante miedo.

Nosotros intentamos hacerlo mediante acuerdos.

A veces todavía me preguntan qué fue lo primero que sentí cuando vi al Rey Alfa.

La respuesta es sencilla.

Miedo.

Él era enorme.

Sus ojos brillaban.

Todo lo que había oído sobre su especie me decía que debía alejarme.

Pero con el tiempo entendí algo que jamás habría imaginado aquella primera noche.

Don Esteban era completamente humano y pasó años enseñándome que mi vida le pertenecía.

Adrián podía convertirse en una bestia capaz de hacer temblar una habitación.

Y, sin embargo, desde el primer día me recordó que podía decir que no.

Por eso, cuando finalmente me quedé a su lado, no fue porque una antigua magia hubiera decidido nuestro destino.

Fue porque, por primera vez en mi vida, la elección realmente era mía.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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