Trabajaba solo en un gimnasio de Monterrey hasta que alguien golpeó una puerta cerrada por fuera
Trabajaba solo en un gimnasio de Monterrey hasta que alguien golpeó una puerta cerrada por fuera

PARTE 1
La noche que renuncié, alguien golpeó durante casi cuatro minutos una puerta que estaba cerrada con candado por fuera.
Yo era la única persona dentro del gimnasio.
O al menos eso decía el registro de entrada.
Lo peor es que, para entonces, ya llevaba meses escuchando cosas que no podía explicar.
Me llamo Ricardo y en 2019 tenía 23 años. Estudiaba administración por las tardes en Monterrey y necesitaba un trabajo nocturno que no chocara con mis clases.
Un amigo me recomendó como velador en un gimnasio de 24 horas cerca de la colonia Country.
Para no meter en problemas a nadie, voy a llamarlo Iron Force.
El turno era de diez de la noche a seis de la mañana. Mi trabajo parecía sencillo: revisar las máquinas, hacer una ronda cada hora, vigilar las cámaras y asegurarme de que nadie entrara sin autorización.
El gerente, don Aldo, me explicó todo en menos de veinte minutos.
Antes de despedirme agregó algo extraño.
Me advirtió que, entre las tres y las cuatro de la mañana, podía escuchar ruidos provocados por las tuberías o por la estructura antigua del edificio. Me recomendó no asustarme y, sobre todo, no abandonar mi puesto durante ese horario.
Pensé que estaba tratando de evitar que un empleado nervioso dejara abierta la entrada.
No pregunté más.
El edificio tenía dos plantas y, según me contaron después, décadas atrás había funcionado como una pequeña fábrica textil.
Abajo estaban las caminadoras, las bicicletas, el área de pesas y los vestidores.
Arriba había una zona para entrenamiento funcional, un salón vacío y una bodega al fondo.
La bodega fue lo primero que me llamó la atención.
Tenía una puerta industrial pesada y un candado grande colocado por fuera.
Bromeé una vez diciendo que parecía más diseñado para impedir que algo saliera que para evitar que alguien entrara.
Nadie se rió.
Durante la primera semana no pasó absolutamente nada.
La segunda empecé a escuchar crujidos.
Luego tuberías.
Después golpes aislados.
Siempre encontraba alguna explicación.
Hasta una madrugada, alrededor de las tres, cuando miré las cámaras y vi una de las cuerdas gruesas del segundo piso moviéndose lentamente.
No había nadie arriba.
Parecía que alguien invisible la estaba jalando desde uno de los extremos.
Duró casi un minuto.
Subí con mi linterna tratando de convencerme de que encontraría una ventana abierta o alguna corriente de aire.
Nada.
La cuerda estaba enrollada perfectamente en su lugar.
A partir de ahí comencé a poner más atención.
También descubrí algo que nadie me había mencionado durante la entrevista: los trabajadores nocturnos no solían durar.
Un instructor me dijo que el velador anterior había aguantado pocas semanas.
Otro había dejado las llaves en recepción y simplemente no regresó.
Cuando preguntaba por qué, todos cambiaban de tema.
Dos meses después escuché por primera vez las pesas.
Eran cerca de las dos y media.
Estaba estudiando detrás del mostrador cuando sonó un golpe seco, como una barra pesada cayendo contra el piso.
Fui al área de pesas.
Todo estaba ordenado.
Entonces escuché el mismo golpe detrás de mí, ahora cerca de las caminadoras.
No había absolutamente nadie.
Aquella mañana le conté a don Aldo.
Su expresión cambió.
Fue entonces cuando me habló de un trabajador llamado Efraín.
Según la historia que conocía, décadas atrás, cuando el edificio todavía era una fábrica, Efraín trabajaba en el turno nocturno. Una madrugada ocurrió un accidente con una de las máquinas y nadie se enteró hasta que llegaron los trabajadores de la mañana.
Don Aldo no dijo que hubiera un fantasma.
Solo me explicó que desde entonces la gente que permanecía sola de madrugada reportaba pasos, golpes y la sensación de que alguien caminaba detrás de ellos.
A pesar de eso, seguí trabajando.
Necesitaba el dinero.
Y, para ser sincero, también quería saber hasta dónde llegaba todo aquello.
Empecé a llevar una libreta.
Pronto apareció un patrón.
Casi todo sucedía entre las tres y las cuatro.
Escuchaba botas recorriendo el segundo piso.
A veces parecían avanzar hasta la escalera y detenerse justo antes de comenzar a bajar.
Una madrugada, el sistema de sonido apagado comenzó a reproducir una melodía antigua tan débil que parecía venir desde dentro de las paredes.
Otra noche entré al salón de spinning y vi, reflejada detrás de mí, la silueta de un hombre alto.
Llevaba algo parecido a un uniforme de trabajo viejo.
Me giré.
No había nadie.
Volví al espejo.
La figura había desaparecido.
Para febrero ya dormía mal incluso en mis días libres.
Entonces llegó mi última noche.
Desde el inicio del turno sentí que alguien me observaba.
A las 2:45 subí a revisar el segundo piso.
Las luces todavía no se habían encendido cuando mi linterna iluminó algo agachado junto a las pesas.
Parecía un hombre con un overol azul oscuro.
Las luces automáticas se prendieron.
Desapareció.
Pero quedó un olor intenso a aceite de maquinaria.
Bajé casi corriendo.
Acababa de llegar a recepción cuando toda la escalera metálica vibró.
Después vino el primer golpe.
Venía de la bodega cerrada.
Otro golpe.
Y otro.
Miré la cámara del segundo piso.
La puerta seguía cerrada con el candado puesto.
Entonces alguien, desde el otro lado, comenzó a golpearla desesperadamente.
Y entre un golpe y el siguiente escuché algo que nunca había escuchado ahí antes:
una voz tratando de pedir ayuda.
PARTE 2
No entendí las palabras completas.
Solo una voz ronca mezclada con el eco del metal.
Después volvieron los golpes.
No subí.
Sé que algunos dirán que debí revisar por si una persona había quedado encerrada. Yo mismo me lo repetía mientras miraba las cámaras.
Pero había un problema.
Yo había revisado esa bodega al comenzar el turno.
El candado estaba colocado.
Además, durante toda la noche nadie había subido por la escalera.
Las cámaras lo habrían registrado.
Me quedé mirando la pantalla, esperando ver la puerta abrirse.
Nunca ocurrió.
Los golpes duraron varios minutos y después terminaron de repente.
El silencio que quedó fue peor.
A las cinco y media llegaron los primeros clientes.
Cuando vi entrar al primero, sentí un alivio absurdo, como si de repente volviera a formar parte del mundo normal.
A las seis llegó don Aldo.
Le entregué mi renuncia.
No discutió conmigo.
Ni siquiera pareció sorprendido.
Eso me molestó más de lo que esperaba.
Le pregunté por qué la bodega permanecía siempre cerrada.
Tardó unos segundos en contestar.
Me explicó que había sido decisión de los dueños anteriores del inmueble. Al parecer, esa parte del segundo piso coincidía con una zona donde antiguamente se guardaban herramientas y piezas de las máquinas textiles.
No quiso hablar mucho más.
Yo terminé la carrera y seguí con mi vida.
Pero guardé la libreta.
Durante años pensé que el cansancio podía explicar muchas cosas.
Una cuerda moviéndose podía ser una ilusión en la cámara.
Los sonidos podían viajar por las tuberías.
Un reflejo podía engañar a alguien que llevaba cinco horas solo de madrugada.
Incluso la figura del overol podía haber sido producto del miedo después de escuchar tantas historias.
La voz detrás de la puerta era diferente.
Por eso, años después, decidí investigar.
Busqué información sobre la antigua fábrica.
Encontré referencias a un negocio textil que había funcionado en esa zona durante décadas y que desapareció antes de que el edificio fuera remodelado.
También encontré una breve nota de periódico sobre un accidente laboral ocurrido en los años setenta.
La información era escasa.
No mencionaba claramente todas las circunstancias.
Pero las iniciales del trabajador coincidían con el nombre que don Aldo me había dado.
Después localicé a antiguos trabajadores del gimnasio.
Hablé con cuatro.
No les expliqué primero lo que yo había vivido.
Quería escuchar sus historias sin influirlos.
Tres habían escuchado pesas caer cuando estaban solos.
Dos recordaban pasos en el segundo piso.
Uno había visto una figura con ropa de trabajo reflejada en el salón de spinning.
Y dos habían escuchado golpes cerca de la bodega.
Eso fue suficiente para que siguiera buscando.
Finalmente pude hablar con una sobrina de aquel trabajador.
Ella confirmó que en su familia había existido un tío llamado Efraín que había sufrido un accidente durante un turno nocturno en una fábrica de Monterrey.
Pero me contó un detalle que yo desconocía.
Efraín no había sido encontrado inmediatamente.
Había permanecido solo durante horas.
Según lo que los mayores de la familia contaban, hubo mucha molestia porque nadie había escuchado o atendido lo que estaba ocurriendo hasta que fue demasiado tarde.
Cuando escuché eso, recordé los golpes.
No sonaban como alguien intentando asustarme.
Sonaban como alguien intentando que lo escucharan.
También entendí algo sobre el supuesto “fantasma”.
Durante meses yo había asumido que aquella presencia quería acercarse a mí.
Tal vez estaba equivocado.
Quizá repetía lo mismo una y otra vez.
Los pasos.
El ruido metálico.
El olor a aceite.
La figura vestida para trabajar.
Los golpes.
Todo parecía pertenecer a una misma madrugada que el edificio se negaba a olvidar.
Nunca pude confirmar la hora exacta del accidente.
Pero varios empleados coincidíamos en algo:
la actividad casi siempre aumentaba entre las tres y las cuatro de la mañana.
El gimnasio siguió funcionando después de mi renuncia.
Con el tiempo cambió de nombre y yo dejé de tener contacto con quienes trabajaban ahí.
Nunca regresé de madrugada.
Una vez pasé frente al edificio durante el día.
Había música, gente entrando y saliendo, coches estacionados y muchachos entrenando detrás de los cristales.
Parecía imposible que alguna vez me hubiera dado miedo aquel lugar.
Hasta que miré hacia el segundo piso.
Durante un segundo creí ver una silueta inmóvil detrás de uno de los vidrios.
Seguí caminando.
No quise comprobarlo.
Todavía tengo la libreta donde anotaba cada incidente.
La última página contiene solamente una fecha, la hora aproximada y una frase que escribí minutos después de escuchar aquellos golpes.
Con los años ya no recuerdo haberla escrito.
Dice:
“Tal vez no está tratando de entrar.
Tal vez todavía está intentando salir”.