Todos se burlaron cuando eligió al hombre vestido de harapos — Hasta que él reveló quién era

Todos se burlaron cuando eligió al hombre vestido de harapos — Hasta que él reveló quién era

 

Elegí a un mendigo delante de toda mi manada para escapar de un hombre que quería convertirme en su propiedad.

El desconocido aceptó mi propuesta y me advirtió que no habría vuelta atrás.

Entonces se limpió la cara… y el círculo entero descubrió que yo acababa de elegir al Rey Alfa.

Me llamo Nova Salgado. Tenía diecinueve años y llevaba cinco con cadenas de plata en las muñecas. No eran grilletes, decían; solo recordatorios de que yo era una omega sin loba. Mi animal nunca había aparecido, y después de mi cumpleaños número catorce, mi padre dejó de mirarme como a una hija.

En la manada Luna Creciente, eso bastaba para que todos me trataran como si estuviera rota.

Esa mañana, mientras trapeaba el salón para la ceremonia de la Luna, Viviana Roldán derramó mi cubeta y se rio cuando tuve que empezar de nuevo. Después se inclinó hacia mí.

—El beta Rogelio te va a reclamar esta noche.

Rogelio tenía más de cincuenta años, tres hijos casi de mi edad y fama de volverse cruel cuando la luna lo alteraba. Yo había oído a mi padre aceptar el acuerdo. Para la manada, yo no era más que una omega sin loba que podía servirle de esposa, cuidadora y madre de sus hijos.

La ceremonia de la Luna tenía una excepción antigua: el derecho de primera elección. Una persona sin pareja podía elegir a alguien antes de que otro lobo la reclamara. Si el elegido aceptaba y ambos sellaban la decisión ante la luna llena, nadie podía disputar el vínculo.

Era una tradición que casi nadie usaba. Para mí, era la única puerta abierta.

Mi amiga Mara me encontró en mi cuartito y me llevó un vestido plateado que había remendado en secreto. Cuando le conté mi plan, se quedó pálida.

—¿De verdad vas a elegir a un desconocido?

—Voy a elegir mi libertad.

Salimos por la puerta de servicio rumbo al mercado neutral. Había comerciantes, viajeros y lobos de otras manadas. Junto a un muro vi a un hombre vestido con harapos, encorvado sobre un cuenco de madera.

Parecía hambriento. También era enorme, incluso sentado.

Le ofrecí comida y refugio a cambio de que me acompañara a la ceremonia y aceptara un beso frente a todos. Después podría marcharse. No quería engañarlo; necesitaba que entendiera lo que le estaba pidiendo.

—¿Me elegirías a mí aunque tu manada se burlara? —preguntó.

—Sí. Prefiero que se burlen a que me obliguen a vivir con Rogelio.

Me observó con unos ojos ámbar que no parecían los de un mendigo.

—Acepto.

Cuando llegamos al círculo de piedras, la luna aún no había alcanzado su punto más alto. Mi padre presidía la ceremonia. Rogelio esperaba entre los lobos de rango, con una sonrisa que me hizo apretar los dientes.

Entonces el alfa Donovan explicó las reglas y pidió a los lobos sin pareja que se acercaran.

Rogelio fue el primero en avanzar.

Sentí el miedo subir por mi garganta. Pero antes de que pudiera hablar, di un paso al centro.

—Invoco el derecho de primera elección.

El murmullo se extendió por el claro. Nadie lo esperaba. Mucho menos cuando señalé al hombre que había traído del mercado.

—Lo elijo a él.

Las risas no tardaron. Rogelio preguntó si de verdad pensaba vincularme con un mendigo. Mi padre me pidió que reconsiderara. No lo hice. El desconocido se acercó y me preguntó si estaba segura.

—Más que nunca.

Ante todos, aceptó mi elección. Nos besamos bajo la luz de la luna. En el instante en que nuestros labios se tocaron, sentí algo despertar dentro de mí: un calor profundo, parecido a una voz que hubiera esperado años para ser escuchada.

El desconocido se apartó.

Luego levantó una mano y se limpió la mugre del rostro. No era suciedad. Era una máscara.

Bajo ella apareció una mandíbula marcada, varias cicatrices y esos mismos ojos ámbar, ahora llenos de un poder imposible de confundir.

Mi padre palideció.

—Rey Teren Colmillo Negro —susurró.

El mendigo no era mendigo. Era el rey que gobernaba cinco territorios, y acababa de aceptar mi elección delante de toda la manada.

PARTE 2 

El aire se me quedó atorado en el pecho.

Yo había ido al mercado buscando a alguien a quien los poderosos despreciaran tanto como a mí. No había imaginado que el hombre del cuenco de madera sería el lobo más poderoso del norte.

Teren no soltó mi mano. Su pulgar rozó mis cadenas, sin tirar de ellas ni intentar quitármelas. Aun así, sentí que todos esperaban que él diera una orden.

—Rey Teren —dijo mi padre con una reverencia apresurada—. No sabíamos que estaba en nuestras tierras.

—Eso ya lo sé —respondió el rey—. También he escuchado cómo tratan a sus omegas.

Viviana dejó de sonreír. Rogelio se adelantó, furioso.

—Esa muchacha hizo trampa. Quería escapar de mi reclamo.

—Usó una ley que ustedes mismos conservan —contestó Teren—. El derecho de primera elección existe. Ella lo invocó. Yo acepté.

Rogelio miró a mi padre, esperando que lo respaldara. Mi padre no dijo nada.

Esa fue la primera vez en años que lo vi callado por algo que no fuera vergüenza de mí.

Teren se volvió hacia mí.

—Podrías haber elegido a cualquiera.

—No tenía por qué hacerlo. Elegí a quien podía ayudarme a salir de aquí.

Por un instante, algo cruzó su rostro. No supe si era sorpresa o molestia.

—Entonces no te pediré que finjas que esto fue amor.

La ceremonia había sellado un vínculo, pero yo no confiaba en las historias de destino que otros usaban para decidir mi vida. Acepté marcharme con él porque había puesto mi propia decisión en marcha. No significaba que le debiera obediencia.

Antes de salir del claro, abracé a Mara. Ella fue la única persona que se despidió de mí como si yo importara.

—No sé qué va a pasar —le dije.

—Yo tampoco —respondió—. Pero ahora tú decidiste qué puerta abrir.

En el camino al castillo, Teren no intentó tocarme. Me ofreció un lugar junto a la ventana y se sentó del otro lado del carruaje. La distancia no borraba el vínculo: lo sentía como un hilo tibio en el pecho. Pero por primera vez nadie me estaba diciendo qué debía sentir.

—¿Por qué estabas en el mercado? —pregunté.

—Quería observar la ceremonia sin que la corte me reconociera.

—¿Y por qué aceptaste mi propuesta?

Miró hacia las montañas.

—Porque necesitaba un vínculo legítimo y la ley de primera elección lo protegería de las disputas políticas.

—¿Me elegiste por lo que yo podía darte?

No respondió rápido. Eso me inquietó más que una mentira.

—Al principio, sí —dijo al fin—. Creí que el vínculo resolvería un problema para mi reino. No debí esconderte esa parte.

El hilo entre nosotros se tensó. La verdad dolía, pero al menos no venía disfrazada de promesa romántica.

—No soy una solución política.

—Lo sé.

—No soy una herramienta para estabilizar tu poder.

—Lo sé.

—Y si voy a quedarme, quiero saber lo que está pasando. Aunque la respuesta no te convenga.

Teren inclinó la cabeza.

—Tienes derecho a eso.

El palacio era más grande de lo que había imaginado. También estaba más silencioso. Nadie me llamó “omega” como insulto, aunque muchos se quedaron mirando las cadenas. Teren ordenó que me prepararan una habitación y que un sanador revisara mis muñecas. Cuando pregunté si podía quitarme la plata, me explicaron que las cadenas no se soltaban con una llave: la manada las había sellado sobre mi piel para marcar mi estatus.

No lloré hasta que cerraron la puerta.

Al día siguiente, el consejo me explicó lo que Teren no había querido decir en el carruaje. El poder del rey se estaba debilitando. Una antigua profecía hablaba de una compañera verdadera cuya presencia podría ayudar a sostener la magia que protegía los territorios. Teren llevaba tiempo buscando una conexión así.

Comprendí que no había sido una casualidad que apareciera en el mercado. Él buscaba una respuesta. Yo era la respuesta que necesitaba.

Pero eso no significaba que me conociera.

—¿Y si no quiero ser su pareja? —pregunté.

—Entonces decidirás tú —me respondió la consejera Lisa—. El vínculo no convierte una orden en amor.

Le pedí a Teren que me explicara todo. Esta vez, lo hizo. Me habló de sus responsabilidades, de la profecía y del riesgo que corrían las manadas si su poder fallaba. No trató de usar el peligro como amenaza. Cuando terminé de escucharlo, seguía sintiéndome asustada.

—No voy a aceptar solo porque mi cuerpo reconozca el vínculo —le dije—. Si quieres que me quede, tendrás que ganarte mi confianza.

—De acuerdo.

—Y mis cadenas se van.

Teren miró mis muñecas.

—No puedo deshacer el sello sin la autorización de la manada que lo puso.

—Entonces la conseguiremos.

Por primera vez, vi algo parecido a una sonrisa en su rostro.

En los días siguientes, aprendí a escuchar a mi loba. No apareció con una transformación espectacular ni borró de golpe los años de hambre. Primero fue una presencia pequeña, tímida, que se asomaba cuando me sentía segura. Teren me enseñó a reconocerla, pero nunca me obligó a cambiar de forma.

No todos en la corte estaban contentos con que una omega sin loba estuviera vinculada al rey. El consejo discutía mi futuro como si yo no estuviera en la sala. Una mañana, Viviana llegó al palacio acompañando a su padre, Aldrich, un consejero que había promovido un matrimonio entre Teren y una alfa de otro territorio. Cuando me vio, su expresión se endureció.

—No puedes esperar que el reino acepte a una muchacha que ni siquiera tiene loba.

—No espero que me acepten —respondí—. Espero que dejen de decidir por mí.

Teren no habló por mí. Se quedó a mi lado y dejó que contestara.

Esa misma noche, la guardia encontró pruebas de que Aldrich había financiado el ataque contra los escoltas del rey y planeaba deshacerse de mí antes de que el vínculo se consolidara. No era una disputa sobre mi rango. Él quería impedir que Teren quedara unido a alguien fuera de sus acuerdos políticos.

El juicio se realizó ante las manadas. Aldrich intentó llamarme una impostora, pero los guardias presentaron cartas y testimonios. Viviana, temblando, reconoció que su padre había usado su nombre para acercarse a los conspiradores. No salió libre de culpa, pero aceptó declarar contra él.

Cuando el consejo me preguntó si quería hablar, miré las cadenas que aún rodeaban mis muñecas.

—Sí.

Conté cómo me habían tratado desde que mi loba no apareció. No pedí una corona ni un castigo para todos los que se habían reído. Exigí que ninguna omega volviera a ser obligada a aceptar un reclamo por miedo. Si la tradición de primera elección era sagrada, también debía serlo el derecho a decir que no.

Mi padre estaba entre los presentes. Al terminar, se acercó a mí. Por primera vez en cinco años, me miró a los ojos.

—Debí protegerte —dijo.

—Sí.

No lo abracé. No estaba lista para perdonarlo. Pero tampoco bajé la mirada.

Aldrich fue condenado por conspiración. Las cadenas se retiraron por orden de la manada, y el metal cayó al suelo con un sonido pequeño. Aun así, para mí sonó como una puerta abriéndose.

Teren me encontró esa noche en el balcón del castillo.

—No tienes que quedarte —dijo—. Puedo pedir que rompan el vínculo si eso es lo que quieres. Será doloroso, pero no te retendré.

Lo miré. Me había ofrecido la salida sin convertirla en una prueba de amor.

—No quiero irme —respondí—. Pero no quiero ser tu Luna solo porque una profecía lo diga.

—Entonces no lo serás por eso.

—Quiero que me cortejes. Que me conozcas. Que me preguntes antes de decidir algo que afecte mi vida.

—Lo haré.

—Y si algún día te digo que no, tendrás que escucharme.

—Siempre.

Le tendí la mano. Teren la tomó, sin apretar demasiado.

No nos enamoramos en una noche. Aprendimos a estar juntos. Él compartió conmigo las decisiones del reino; yo le dije cuándo sus planes olvidaban a la gente que vivía detrás de los muros. Yo aprendí que podía tener una loba sin dejar de ser yo. Y él aprendió que protegerme no significaba decidir por mí.

Meses después, volví al claro de la ceremonia. Esta vez no llevaba cadenas ni un nombre prestado por el miedo. Teren estaba a mi lado, pero no delante de mí. La manada observaba mientras mi loba plateada se alzaba bajo la luna llena.

No me convertí en alguien valiosa esa noche. Ya lo era cuando sobreviví a la primera humillación, cuando busqué una salida y cuando me atreví a elegir.

La diferencia fue que, por fin, los demás tuvieron que verlo.

Y cuando Teren me ofreció su mano, no la tomé porque el destino me obligara.

La tomé porque, después de escuchar toda la verdad, yo también quería elegirlo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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