Todos los candidatos a Luna ignoraron al hijo discapacitado de Alpha, hasta que un Omega hizo algo que nadie esperaba.
Todos los candidatos a Luna ignoraron al hijo discapacitado de Alpha, hasta que un Omega hizo algo que nadie esperaba.

PARTE 1
Las lobas de sangre noble llegaron desde todos los rincones del reino buscando una corona.
Sin embargo, cuando vieron al heredero paralizado, lo observaron con desprecio y comenzaron a planear cómo apoderarse de su trono.
Solo una humilde omega se arrodilló frente a él.
Y cuando sus manos se tocaron, el príncipe que llevaba tres años derrotado abrió los ojos con el poder de un verdadero rey.
Corría el año 1247. La fortaleza de Highcliffe se levantaba entre las montañas del norte, rica, poderosa y gobernada por antiguas tradiciones licántropas.
Pero el alfa Roland Witmore estaba envejeciendo y su único hijo, Nathaniel, ya no podía caminar.
Tres inviernos antes, Nathaniel había dirigido a sus guerreros durante la batalla de los Pinos Rojos. Una torre se desplomó sobre él, destrozándole la columna y la pierna izquierda. Desde entonces permanecía atado a una pesada silla de madera con ruedas.
En un mundo donde la fuerza física determinaba el valor de un lobo, todos comenzaron a tratarlo como si ya estuviera muerto.
Para impedir que sus capitanes se disputaran el poder, Roland convocó a las jóvenes de mayor linaje. Una de ellas sería elegida compañera de Nathaniel, tendría descendencia con él y protegería la sucesión.
La favorita era lady Isabella Harrington, una hermosa loba de cabello dorado y ojos ámbar. Pero yo escuché lo que decía cuando creía estar sola.
Me llamo Genevieve Clark y era una omega criada en las cocinas de Highcliffe. Mi trabajo consistía en cargar agua, limpiar chimeneas y mantener la mirada pegada al suelo. Para los nobles era invisible, así que hablaban frente a mí sin medir sus palabras.
—¿Cómo esperan que me una a un hombre que ni siquiera puede levantarse? —se burló Isabella—. Cuando Roland muera, encerraré al inválido en sus habitaciones y gobernaré en su lugar.
Recordaba a Nathaniel antes de la batalla. Entraba en las cocinas para robar pastelillos, conocía los nombres de los sirvientes y jamás permitía que un guardia golpeara a un omega. Escuchar a aquellas mujeres tratarlo como un objeto inútil encendió una furia desconocida en mí.
Durante el banquete de presentación, Nathaniel fue obligado a sentarse junto a su padre mientras las candidatas fingían interesarse por él. Isabella ni siquiera lo miraba; coqueteaba abiertamente con Harrison, el poderoso capitán de la guardia.
Yo servía vino caliente en la mesa principal cuando Nathaniel intentó levantar una pesada jarra. Los nervios dañados de su mano no respondieron y el recipiente cayó.
El líquido hirviendo se derramó sobre sus piernas.
El salón quedó en silencio.
—¡Torpe! —gritó Isabella, alejando su vestido—. Ni siquiera puede sostener una jarra.
Nadie se acercó para ayudarlo.
Nathaniel permaneció inmóvil, con la mirada fija en el vino que goteaba hasta el suelo. No parecía sentir la quemadura, pero la humillación estaba destruyéndolo delante de toda la corte.
Entonces lancé mi bandeja y corrí hacia él.
Rompí mi delantal para secar el líquido y tomé sus manos temblorosas. Nathaniel abrió los ojos, esperando encontrar lástima, pero yo solo sentía indignación por la crueldad que lo rodeaba.
—Permítame ayudarlo, mi señor.
Cuando nuestras pieles se tocaron, una descarga atravesó mi cuerpo. El aroma de humo de leña y lavanda llenó el salón. Dentro de mí, mi tímida loba pronunció una palabra que cambió nuestro destino:
Compañero.
Isabella ordenó que me sacaran al patio y me azotaran. Dos guardias avanzaron para sujetarme.
Antes de que pudieran tocarme, un gruñido estremeció las paredes.
Los ojos de Nathaniel ardían con un brillo dorado y su aura alfa obligó a media sala a caer de rodillas.
—No la toquen —ordenó.
Los guardias quedaron paralizados.
Nathaniel mostró los colmillos y miró a toda la corte.
—Quien vuelva a faltarle el respeto a mi compañera perderá la garganta.
En aquel instante, el heredero inválido acababa de reclamar como futura luna a una sirvienta omega.
Y entre los nobles humillados, alguien decidió que antes del siguiente amanecer Nathaniel debía morir.
PARTE 2
El primero en protestar fue lord Benedict Harrington, padre de Isabella.
—¡Esto es una aberración! Mi hija posee la sangre más pura de los valles del sur. ¡No puede ser reemplazada por una criada cubierta de ceniza!
El alfa Roland se levantó lentamente.
—La diosa de la Luna elige a los compañeros. El vínculo ya se ha formado. Genevieve está bajo la protección de nuestra casa.
Benedict abandonó el salón amenazando con demostrar que un inválido y una omega nunca podrían conservar un trono. Sin embargo, no salió de la fortaleza. Se reunió en secreto con Isabella, el capitán Harrison y varios nobles descontentos.
Su plan era utilizar una ley ancestral conocida como el Derecho de Sangre y Hierro. Cualquier guerrero podía desafiar a un heredero incapaz de proteger físicamente a su manada. Si Nathaniel rechazaba el duelo, perdería la sucesión. Si lo aceptaba, Harrison lo mataría.
Mientras ellos conspiraban, fui conducida a las habitaciones de Nathaniel.
Lo encontré frente al fuego. El poder que había mostrado en el salón había desaparecido, dejando nuevamente al hombre agotado que creía no merecerme.
—Deberías marcharte —me dijo—. Soy un hombre roto. No puedo ofrecerte la vida que merece una compañera.
Me arrodillé junto a su silla y apoyé las manos sobre sus rodillas.
—No estás roto, Nathaniel. Solo llevas demasiado tiempo dormido.
El vínculo comenzó a arder entre nosotros. Bajo mis manos sentí una débil vibración, como si algo intentara abrirse camino por sus nervios destruidos.
Nathaniel jadeó.
Por primera vez en tres años, podía sentir mis dedos sobre sus piernas.
Durante las noches siguientes trabajamos en secreto. El vínculo aceleraba su curación, pero cada nuevo movimiento le producía dolores insoportables. Primero consiguió mover los dedos de un pie. Después apoyó las plantas sobre el suelo. Finalmente, aferrado a mi cintura, logró mantenerse de pie durante unos segundos.
Nadie debía descubrirlo todavía.
La conspiración estalló durante el Festival de la Luna de Sangre. Cientos de lobos se reunieron en el patio bajo la luz rojiza del eclipse.
Harrison apareció vestido con una armadura de combate y clavó su espada en los adoquines.
—¡Invoco el Derecho de Sangre y Hierro! —gritó—. Un alfa debe defender a su manada. Desafío al heredero inválido por la sucesión. Si no puede levantarse y luchar, entregará el trono y su omega regresará a la suciedad de donde salió.
Roland avanzó furioso, pero Nathaniel levantó una mano para detenerlo.
Isabella soltó una carcajada.
—Ríndete, Nathaniel. Todos sabemos que ni siquiera puedes sostener una espada.
Él tomó mi mano.
—¿Crees en mí? —preguntó.
—Siempre.
Nathaniel se desprendió de la capa que cubría sus piernas. Sujetó los brazos de su silla y se inclinó hacia delante.
—¿Intentará arrastrarse? —se burló Isabella.
Los pies de Nathaniel se afirmaron sobre las piedras.
El patio entero contuvo la respiración.
Sus brazos temblaron mientras levantaba el cuerpo. Sus piernas estuvieron a punto de doblarse, pero logró enderezarse hasta alcanzar toda su imponente altura.
Harrison retrocedió horrorizado.
Nathaniel dio un paso. Después otro.
Caminaba con una fuerte cojera y cada movimiento le causaba dolor, pero su rostro mostraba la determinación de un hombre que había regresado de la muerte.
—Tú querías un combate —dijo—. Aquí estoy.
Harrison atacó con la espada. Nathaniel esquivó el primer golpe, atrapó al capitán por el cuello y lo levantó del suelo con una sola mano.
Su aura explotó sobre el patio, obligando a decenas de lobos a arrodillarse.
—Soy Nathaniel de la Casa Witmore —rugió—. Y protejo lo que me pertenece.
Arrojó a Harrison contra el muro y el capitán quedó inconsciente.
Benedict sacó una daga y ordenó atacar a sus hombres ocultos, pero los guerreros leales a Roland los desarmaron. Isabella intentó huir y fue detenida antes de alcanzar las puertas.
La manada había visto suficiente.
El heredero al que todos consideraban débil acababa de derrotar al guerrero más fuerte de Highcliffe.
Nathaniel regresó hacia mí con las piernas temblorosas. Cuando llegó a la plataforma, cayó sobre una rodilla.
No lo hizo porque hubiera perdido las fuerzas.
Se arrodilló ante mí por decisión propia.
Tomó mi mano áspera, marcada por años de trabajo, y la besó delante de toda la manada.
—Mi vida —declaró—. Mi compañera. Mi luna.
Roland ordenó que Benedict e Isabella fueran juzgados por traición. Perdieron sus títulos y fueron expulsados de los territorios de Highcliffe. Harrison quedó despojado de su rango y encerrado en las mazmorras.
Esa misma noche, bajo la Luna de Sangre, Nathaniel fue reconocido oficialmente como heredero y yo recibí el manto de la futura luna.
Algunos pensaban que mi ascenso era fruto de la suerte. No comprendían que yo no había elegido a Nathaniel porque su cuerpo comenzara a sanar. Lo elegí cuando permanecía sentado en aquella silla, rodeado de personas que solo veían lo que había perdido.
Yo recordaba su bondad.
Veía su valentía.
Veía al líder que aún vivía debajo del dolor.
Con el tiempo, Nathaniel volvió a caminar sin ayuda, aunque conservó una ligera cojera. Nunca intentó ocultarla. Decía que aquellas cicatrices le recordaban la diferencia entre los lobos que buscaban un trono y quienes estaban dispuestos a permanecer a su lado cuando parecía no tener nada.
Cuando Roland finalmente cedió la Corona, Nathaniel subió los escalones del trono caminando por sí mismo.
Después extendió una mano hacia mí.
Las mismas nobles que alguna vez lo despreciaron tuvieron que inclinarse cuando la antigua sirvienta de las cocinas ocupó el lugar a su lado.
Aquel día comprendí que el poder verdadero no siempre ruge ni lleva una espada.
A veces aparece como una mano callosa que se extiende cuando todos los demás retroceden.
Porque las lobas nobles habían llegado a Highcliffe buscando un rey perfecto.
Yo fui la única que supo reconocerlo cuando todavía estaba roto.