Todos llamaban monstruo al heredero Alpha y me enviaron sola a alimentarlo… cuando cayó de rodillas frente a mí descubrí lo que realmente le estaban haciendo
Todos llamaban monstruo al heredero Alpha y me enviaron sola a alimentarlo… cuando cayó de rodillas frente a mí descubrí lo que realmente le estaban haciendo

PARTE 1
La primera vez que entré en la torre donde tenían encerrado al heredero Alpha, los guardias se despidieron de mí como si no esperaran verme salir.
Decían que Julián había perdido la razón.
Que había atacado incluso a su propia familia.
Pero cuando aquel hombre enorme corrió hacia mí y se detuvo a centímetros de mi rostro, descubrí algo que ninguno de ellos había notado.
No parecía furioso.
Parecía estar sufriendo.
Me llamo Fabiola.
Era una Omega de veinticuatro años y trabajaba en los rincones menos importantes de la Fortaleza del Cuervo, en las montañas del norte.
Limpiaba cocinas.
Lavaba ropa.
Cargaba leña.
Trabajos que nadie quería hacer.
A mí tampoco me molestaba ser invisible.
Cuando tenía diez años, un incendio destruyó la granja de mi familia y dejó una cicatriz desde mi mejilla izquierda hasta el cuello.
En nuestra manada, donde muchos asociaban a las Omegas con belleza y delicadeza, yo me convertí en alguien a quien la gente prefería no mirar demasiado.
Así aprendí a mantener la cabeza baja.
Hasta que llegó aquella mañana.
Julián Valderrama era hijo del Alpha Godofredo y futuro líder de la manada.
Al menos lo había sido antes de empezar a perder el control durante sus transformaciones.
En pocos meses se volvió impredecible.
Los médicos decían que su lobo estaba consumiendo su mente.
Su padre terminó encerrándolo en la torre oriental.
Nadie quería acercarse.
Cuando incluso los guardias comenzaron a negarse a llevarle comida, el encargado de cocina me señaló.
—Tú irás.
Subí con una bandeja entre las manos.
Al abrirse la puerta vi una habitación destruida.
Muebles volcados.
Cortinas arrancadas.
Y en el otro extremo, Julián.
Estaba encadenado por una pierna.
Cabello negro.
Hombros enormes.
Ojos ámbar.
En cuanto me vio, se lanzó hacia mí.
La cadena se tensó.
Los guardias cerraron la puerta detrás de mí.
Yo debería haber gritado.
En cambio, miré su tobillo.
Estaba irritado por el metal.
Luego vi sus manos temblando.
Su respiración era demasiado rápida.
—Traje comida.
Julián gruñó.
—Si quieres asustarme tendrás que esforzarte más. Trabajo con el cocinero principal.
Por primera vez cambió su expresión.
Casi parecía confundido.
Después ocurrió algo todavía más extraño.
Se acercó lentamente.
Olfateó el aire.
Sus ojos ámbar comenzaron a recuperar un tono azul profundo.
Luego acercó el rostro a mi mejilla marcada.
Pensé que reaccionaría como todos.
Con lástima.
O rechazo.
Julián cerró los ojos.
Y se arrodilló.
Apoyó la frente contra mi delantal y soltó una respiración larga, como si llevara meses intentando descansar y acabara de conseguirlo.
Los guardias que miraban desde afuera quedaron mudos.
Una hora después apareció su padre.
No podía creerlo.
Julián estaba comiendo tranquilamente mientras yo reparaba una camisa vieja.
A partir de aquel día me asignaron como su cuidadora.
Al principio pensé que solo era coincidencia.
Pero conmigo podía caminar por el jardín sin perder el control.
Dormía mejor si yo permanecía cerca.
Dejaba que limpiara sus heridas.
Cuando su mirada empezaba a cambiar, yo cantaba una canción que mi madre me había enseñado de niña.
Poco a poco volvía a ser él.
Incluso conseguí que reemplazaran las pesadas cadenas por una correa larga que le permitía caminar por un jardín cerrado.
La gente empezó a llamarme “la sombra del heredero”.
Yo no sabía si sentirme orgullosa o preocupada.
Julián todavía hablaba muy poco.
Pero siempre sabía dónde estaba yo.
Si salía al jardín, me seguía.
Si comía poco, empujaba parte de su comida hacia mí.
Si alguien se acercaba demasiado rápido, su cuerpo se colocaba automáticamente entre esa persona y yo.
Entonces apareció Marcos.
Era hermano menor de Godofredo.
Y si Julián quedaba definitivamente incapacitado, Marcos sería el siguiente candidato para dirigir la manada.
Nunca me gustó la manera en que observaba a su sobrino.
Una noche bajé a buscar agua.
Al pasar frente al cuarto de los medicamentos escuché voces.
Una era de Marcos.
La otra pertenecía a Matilde, la curandera que preparaba la bebida diaria de Julián.
Me quedé inmóvil detrás de la puerta.
Marcos estaba furioso.
Godofredo pensaba devolver oficialmente a Julián a la línea de sucesión porque su comportamiento estaba mejorando.
Marcos quería impedirlo.
Entonces escuché algo que hizo que todo encajara.
La medicina que Julián bebía cada día contenía pequeñas cantidades de raíz de acónito y polvo de plata.
No lo estaba curando.
Lo estaba enfermando.
Matilde dijo que aumentar la cantidad podía poner su vida en peligro.
Marcos respondió que eso era precisamente lo que necesitaba.
O, mejor todavía, quería que Julián perdiera el control delante de todos.
Y había pensado exactamente cómo conseguirlo.
Utilizarme a mí.
Su plan era aumentar la dosis hasta que Julián me atacara.
Entonces Godofredo tendría que declararlo incapaz de gobernar para siempre.
Me alejé de aquella puerta con las piernas temblando.
Durante meses todos habían llamado monstruo a Julián.
Pero Julián no estaba loco.
Lo estaban envenenando.
Y yo acababa de descubrir que también formaba parte del plan.
PARTE 2
Retrocedí por el corredor sin hacer ruido y regresé a la torre antes de que Marcos pudiera verme.
Julián dormía junto al fuego.
Cuando cerré la puerta, abrió los ojos inmediatamente.
Se incorporó.
Debió notar mi miedo porque vino hacia mí lentamente.
Me tomó la muñeca con enorme cuidado.
Entonces lloré.
No había llorado por mis cicatrices.
Ni por las burlas.
Ni cuando perdí mi hogar.
Pero lloré por aquel hombre a quien todos habían castigado por algo que nunca había elegido.
—Te están dando veneno.
Julián me miró sin comprender completamente.
Me arrodillé frente a él.
—No eres un monstruo.
Su expresión cambió.
Aquella noche tomé una decisión.
A la mañana siguiente Matilde llevó la medicina.
La recibí como siempre.
Esperé hasta quedarme sola.
Después la vertí en el fuego.
Las llamas cambiaron durante unos segundos a un tono verdoso.
Era la prueba que necesitaba.
Suspendí todas las dosis.
Los días siguientes fueron difíciles.
Julián tuvo fiebre.
Temblaba.
Dormía por horas y luego despertaba desorientado.
Pero nunca me atacó.
Ni una sola vez.
Permanecí con él.
Le daba agua.
Compresas frías.
Comida sencilla.
Y esperaba.
Cinco noches después desperté con una mano rozando mi mejilla.
Abrí los ojos.
Julián estaba sentado frente a mí.
Sus ojos eran completamente azules.
Claros.
Conscientes.
—Fabiola.
Fue la primera vez que escuché mi nombre en su voz.
Me incorporé.
—¿Me recuerdas?
Él soltó una pequeña sonrisa.
—Recuerdo más de lo que quisiera.
Me contó que durante meses había sentido todo como si estuviera atrapado detrás de una pared.
Escuchaba a la gente.
Veía rostros.
Pero el dolor provocado por el veneno hacía imposible separar miedo, rabia y realidad.
Recordaba a Marcos visitándolo.
Recordaba las medicinas.
Y me recordaba a mí entrando con aquella bandeja.
—Mi lobo dejó de luchar cuando te olió.
No entendí.
Julián bajó la mirada.
Después dijo algo que me dejó sin palabras.
Su lobo me había reconocido desde el primer momento.
Como su compañera.
Negué inmediatamente.
Yo era una Omega.
Además, una Omega marcada por cicatrices.
Julián se acercó.
Esperó a que yo no retrocediera.
Después tocó suavemente la parte más irregular de mi mejilla.
—Nunca vi algo que necesitara esconderse.
Eso fue todo.
No habló de reclamarme.
No dijo que el destino me obligaba a nada.
Y quizá por eso empecé a creerle.
Teníamos otro problema.
Faltaban pocos días para que Godofredo nombrara oficialmente a Marcos como heredero.
Marcos debía seguir creyendo que Julián continuaba enfermo.
Así que hicimos exactamente eso.
Cuando visitó la torre, Julián permaneció encorvado en una esquina.
Mirada perdida.
Movimientos lentos.
Yo fingí seguir administrándole la medicina.
Marcos salió convencido de haber ganado.
El día del equinoccio, todo el territorio se reunió en el gran salón.
Godofredo se levantó para anunciar al nuevo heredero.
Entonces se abrieron las puertas.
Julián entró caminando a mi lado.
Sin cadenas.
Sin mirada salvaje.
Vestido como el hombre que siempre debió haber sido.
Yo llevaba un vestido verde sencillo.
Por primera vez desde niña había recogido mi cabello dejando mi cicatriz completamente visible.
La sala quedó en silencio.
Marcos palideció.
Intentó asegurar que Julián seguía siendo peligroso.
Julián no levantó la voz.
—Nunca estuve loco.
Después entró un joven guardia llamado Mateo acompañado por Matilde.
La curandera confesó.
Marcos había usado información sobre antiguas irregularidades suyas para obligarla a preparar el veneno.
Ella entregó los registros.
Fechas.
Ingredientes.
Cantidades.
Godofredo parecía incapaz de hablar.
Miró a su hijo.
Después a su hermano.
Marcos intentó marcharse.
Los guardias bloquearon las puertas.
No hubo una pelea espectacular.
No hizo falta.
Las pruebas eran suficientes.
El consejo ordenó detenerlo y abrir una investigación formal.
Matilde también perdió su posición, aunque su cooperación fue tomada en cuenta.
Cuando todo terminó, Godofredo caminó hacia Julián.
—Te fallé.
Julián permaneció en silencio.
Su padre continuó:
—Creí lo que otros decían de ti porque era más fácil que preguntarme qué te estaba pasando.
Luego me miró.
Yo bajé la cabeza por costumbre.
—No —dijo Godofredo—. Ya no hagas eso.
Levanté lentamente la mirada.
Entonces ocurrió algo todavía más inesperado.
Julián se volvió hacia mí.
Frente a nobles, guerreros y sirvientes, se arrodilló.
Otra vez.
Pero ahora estaba completamente consciente.
Tomó mis manos.
—Esta mujer entró cuando todos los demás salieron.
Podía escuchar murmullos.
Julián continuó.
—Ella descubrió la verdad. Me devolvió mi mente. Y nunca me pidió nada a cambio.
Alguien dijo la palabra “Omega”.
Julián levantó la mirada hacia toda la sala.
—Se llama Fabiola.
Solo eso bastó para silenciarlos.
Después anunció que yo era su compañera.
No su propiedad.
No su recompensa.
Su compañera.
Y agregó algo que me importó todavía más.
—Si algún día acepta ser mi Luna, será porque ella lo decidió.
No acepté aquel día.
Necesitaba tiempo.
Durante años había vivido convencida de que debía agradecer cualquier pequeño gesto de respeto.
Julián nunca me apuró.
Cuando asumió finalmente como Alpha, lo primero que hizo fue cambiar el sistema de atención médica de la manada.
Ningún heredero.
Ningún Omega.
Ningún sirviente podía recibir tratamientos secretos sin revisión de más de un curandero.
También abolió la práctica de tratar a los Omegas como personal prescindible.
Yo regresé durante un tiempo a las cocinas.
No porque tuviera que hacerlo.
Porque quería despedirme de la vida que había tenido.
Meses después Julián me encontró allí limpiando una mesa.
—¿Todavía piensas esconderte aquí?
—Es tranquilo.
—También mi despacho. Nadie quiere entrar cuando estoy de mal humor.
Me reí.
Fue en ese momento cuando comprendí que ya no le tenía miedo.
Y tampoco tenía miedo de que me mirara.
Acepté nuestro vínculo semanas después.
Un año más tarde el consejo me reconoció oficialmente como Luna.
La ceremonia fue sencilla.
Sin coronas enormes.
Sin vestidos imposibles.
Llevé el cabello recogido.
Mi cicatriz quedó completamente visible.
Nadie apartó la mirada.
Muchos inclinaron la cabeza.
A veces todavía escucho cómo cuentan nuestra historia.
Dicen que una Omega llena de cicatrices domesticó al monstruo de la torre.
Siempre corrijo esa parte.
Yo nunca domesticé a Julián.
No había ningún monstruo que domesticar.
Solo había un hombre sufriendo mientras quienes debían protegerlo confundían su dolor con maldad.
Y quizá por eso él me comprendió también a mí.
Porque durante años la gente miró mi rostro y decidió quién era antes de conocerme.
A él le hicieron exactamente lo mismo.
Yo fui la primera persona que miró detrás de su furia.
Y él fue el primero que miró detrás de mis cicatrices.