Todos la trataron como una simple Omega — Hasta que el Alfa vio la marca en su piel
Todos la trataron como una simple Omega — Hasta que el Alfa vio la marca en su piel

Desperté encadenada en una carreta, bajo la lluvia, sin recordar mi nombre.
Unos ojos dorados me observaron desde las murallas de una fortaleza en la Sierra Madre.
La anciana que iba a mi lado me apretó el brazo y susurró: «No son hombres, muchacha. Son lobos».
Y el más peligroso de todos era el señor de aquel lugar.
Años después supe que era 1348. La peste recorría los caminos del reino, pero dentro de la fortaleza de la Niebla imperaba otra ley: la de la manada del Alfa Gael de la Cruz.
Yo no sabía cómo había llegado ahí. Mi primer recuerdo era el agua helada en la cara, el traqueteo de la carreta y la cuerda cortándome las muñecas. Llevaba un vestido roto y la cabeza llena de un dolor tan intenso que pensar en mi pasado me hacía ver destellos blancos.
—Agacha la cabeza —me advirtió la anciana a mi lado.
Se llamaba Brígida. Tenía el rostro surcado de arrugas y miraba las puertas de hierro como si temiera que fueran a tragarnos.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
—La manada de la Niebla. Y desde hoy, tú y yo somos omegas.
No entendí la palabra, pero sí el desprecio con que la pronunció.
En la fortaleza, los omegas ocupábamos el escalón más bajo. Éramos sirvientes, recibíamos las sobras y limpiábamos los patios después de las noches de luna llena. Aprendí a caminar con los ojos bajos. Mirar de frente a un lobo de rango alto bastaba para que te rompiera la boca.
Me pusieron a lavar ollas hasta que me sangraron los dedos. Brígida compartía conmigo una manta húmeda y un poco de pan cuando podía guardarlo. Yo no tenía recuerdos que me dijeran quién era; sólo una cicatriz extraña en el hombro izquierdo: una luna creciente atravesada por una rosa de espinas.
El nombre que me dieron fue Inés.
El Alfa Gael aparecía pocas veces, pero cuando cruzaba el patio todos se quedaban quietos. Era un hombre alto, de cabello negro y ojos color ámbar. Los demás lo temían incluso cuando no hablaba. Decían que cinco años antes habían asesinado a su compañera durante una emboscada. Nunca encontraron su cuerpo, sólo una capa empapada de sangre.
—Desde entonces vive como un hombre al que le arrancaron el corazón —me contó Brígida una noche—. Y los lobos que se acercan demasiado a su dolor terminan pagando.
El invierno llegó temprano a la sierra. Durante el banquete del solsticio, los señores de las manadas vecinas llenaron el gran salón con sus guardias y sus pleitos. Yo servía la cena con una bandeja de carne asada que apenas podía sostener.
A la cabecera estaba Gael. A su lado, la señora Isadora, una mujer rubia de mirada fría, sonreía como si ya gobernara la fortaleza. Llevaba años esperando que el Alfa aceptara que su compañera había muerto y tomara a otra.
Yo intenté rodear una mesa. Un pie se atravesó en mi camino.
Caí de rodillas. La bandeja golpeó el suelo y la comida se desparramó entre las hierbas secas. El salón quedó en silencio.
—Qué inútil —dijo Isadora, levantándose—. Tal vez la nieve le enseñe a cargar una bandeja.
Me agaché para recoger los restos. Entonces oí que la silla del Alfa raspaba la piedra. Gael se acercó, y el aire pareció volverse más pesado. Cerré los ojos, esperando un golpe.
Pero no llegó.
—Levántate —ordenó.
Al alzar la cara, noté que me miraba con desconcierto. Inspiró, como si intentara reconocer algo en mi olor. Por un instante, sus ojos dejaron de parecer vacíos.
—Limpien esto. Y que ella se vaya.
Isadora también había visto aquel cambio. No dijo nada, pero siguió mi salida con una mirada que me heló la sangre.
Esa noche me mandaron a lavar los platos al cobertizo junto al río. El agua congelaba las manos. De pronto, la puerta se cerró de golpe. Isadora entró con dos guardias y un cuchillo de caza.
—¿Qué vio en ti? —me preguntó.
—No sé de qué habla.
Me sujetó del cuello y me desgarró la túnica. La tela cayó de mi hombro. Cuando vio la marca de luna y espinas, perdió el color.
—No. Tú estabas muerta. Yo me aseguré.
Sentí que algo despertaba dentro de mí, un calor feroz bajo las costillas.
—¿Qué me hiciste?
—¡Mátenla! —gritó Isadora—. Como la primera vez. ¡Al río, y que no quede rastro!
Uno de los guardias me tomó del cuello. Alcancé a golpearlo con el cepillo de hierro; el otro me derribó. Encontré el cuchillo de Isadora junto al suelo y lo hundí en el muslo de mi atacante. Luego corrí, descalza, hacia el patio nevado.
Escuché a los hombres detrás de mí. Al doblar una esquina choqué con alguien y unas manos fuertes me sujetaron antes de que cayera. Era Gael. Sus ojos ámbar bajaron hasta mi hombro desnudo. Al reconocer la marca, su rostro se quebró.
—¿Qué te hicieron, Rosalinda? —murmuró el Alfa, como si acabara de ver regresar a alguien de entre los muertos.
PARTE 2
No supe qué responder. El nombre me golpeó por dentro, pero no despertó un recuerdo completo.
Los guardias de Isadora aparecieron al otro lado del patio. Uno tenía una mano apretada contra el muslo herido. Se detuvieron al ver al Alfa.
—Mi señor… —balbuceó el hombre—. Fue una orden de la señora Isadora.
Gael me cubrió con su capa. Su rostro cambió: la pena desapareció detrás de una furia que hizo retroceder a los dos hombres. No necesitó transformarse. En un movimiento veloz tomó al guardia ileso por la garganta y lo lanzó contra el muro. El otro cayó de rodillas, temblando.
—Vas a vivir lo suficiente para declarar —dijo Gael—. Da gracias por eso.
Luego me levantó con cuidado, como si temiera que hasta el aire pudiera lastimarme.
—No entiendo —susurré, aferrada a su capa—. Ella dijo que yo estaba muerta.
—Te llamas Rosalinda de Montemayor. Eres la Luna de esta manada. Y fuiste mi esposa.
La palabra «esposa» me pareció imposible. Mi mente se llenó de imágenes sueltas: una boda bajo un techo de cristal, una mano entrelazada con la mía, una voz riendo. Después, oscuridad.
Gael me llevó a sus habitaciones y me sentó junto al fuego. Mientras curaba mis pies, me explicó lo que recordaba. Cinco años atrás, cerca de los pasos de la Sierra, nos tendieron una emboscada. A él le hicieron creer que yo había muerto. Sólo encontraron mi capa manchada de sangre.
—Te busqué en barrancas, pueblos y cuevas —dijo—. No hallé tu cuerpo. Los ancianos afirmaron que el vínculo se había apagado. Yo no quise creerles, pero… dejé de saber qué creer.
Me señaló la marca del hombro.
—No es una cicatriz común. Es el sello de nuestro vínculo. Alguien borró tus recuerdos y ocultó tu naturaleza con veneno y un hechizo. Isadora quería que siguieras viva, pero sin poder regresar a tu lugar.
Entonces entendí por qué la había aterrorizado mi marca. Si yo estaba viva, nunca podría ocupar mi puesto junto a Gael.
La cabeza me dolió con tanta fuerza que me encogí. Gael quiso apartarse para llamar a un sanador, pero lo sujeté de la muñeca. Al tocarlo, el calor de su piel atravesó algo que llevaba años cerrado.
Vi un salón iluminado por velas. A mi padre, enseñándome a sujetar una espada. Mis botas corriendo sobre la tierra húmeda, mi propio cuerpo transformándose bajo la luna. Y a Gael, joven, sonriendo mientras me ofrecía la mano.
Después regresaron los recuerdos del encierro: una mazmorra, Isadora, y un hombre de barba gris que dejó un frasco sobre la mesa.
—El veneno lo trajo el señor de la cañada oriental —dije, respirando con dificultad—. Don Baltasar.
Gael se puso de pie.
Baltasar estaba en la fortaleza como invitado, acompañado por decenas de guardias. El banquete había sido la ocasión perfecta para reunir a sus hombres dentro de las murallas. Antes de que pudiéramos hacer nada, sonó un estruendo en la planta baja. Llegaron gritos y el choque del acero.
—Están tomando el salón —dijo Gael, desenvainando su espada—. Quédate aquí. Cierra la puerta.
Me puse de pie. Las piernas todavía me temblaban, pero el miedo ya no mandaba.
—No voy a esconderme mientras atacan a mi manada.
Por primera vez, Gael sonrió. Fue una sonrisa pequeña, incrédula, como la de alguien que encuentra una luz encendida en una casa que creía vacía.
—Entonces quédate cerca de mí.
Bajamos juntos. El gran salón ardía. Habían volcado las mesas y varios guardias defendían a los heridos detrás de ellas. Don Baltasar esperaba en el centro, con la espada manchada. Isadora estaba a su lado, pálida de rabia.
—¡Acaben con el Alfa! —gritó Baltasar—. ¡La manada necesita un gobernante fuerte!
Gael bajó los escalones de un salto y se abrió paso entre los atacantes. Yo no tenía espada, pero tomé un cuchillo de una mesa caída. Un hombre intentó sujetarme; esquivé su brazo y le golpeé la muñeca con el mango. No quería matar. Quería llegar hasta Isadora.
Ella me vio acercarme y sacó dos hojas curvas.
—Debiste morir aquella noche —escupió.
—Me robaste cinco años —le contesté—. No vas a robarme también la verdad.
Isadora se lanzó hacia mí. Recordé las lecciones de mi padre. Esquivé el primer corte, sujeté su muñeca y la torcí hasta que soltó el arma. Cuando quiso golpearme con la otra mano, le di un rodillazo y la derribé de espaldas.
—¡Mentirosa! —gritó, intentando levantarse.
La inmovilicé con la bota. El cuchillo que sostenía apuntaba al suelo.
—Vas a vivir y vas a contar lo que hiciste.
Al otro lado del salón, Baltasar hirió a Gael en el hombro. El Alfa cayó sobre una rodilla. El señor enemigo levantó la espada para rematarlo, pero Gael cambió. Un enorme lobo negro ocupó su lugar, y el rugido hizo temblar las vigas. Baltasar apenas alcanzó a retroceder antes de quedar derribado. Sus hombres bajaron las armas.
El silencio que siguió fue más aterrador que la batalla.
Gael volvió a su forma humana, herido y cubierto de polvo. Yo corrí hasta él. Cuando llegué, vaciló, como si todavía temiera que al tocarme yo fuera a desaparecer.
Le sostuve el rostro entre las manos.
—Estoy aquí —le dije—. No sé si podré recordar cada día que me quitaron, pero sé que elegí volver a ti.
—No tienes que recordar para que yo te crea.
Apoyé la frente contra la suya. Detrás de nosotros, Brígida lloraba en silencio. La gente que había pasado meses viéndome como una sirvienta comenzó a arrodillarse, uno por uno.
Gael alzó la voz:
—Ante ustedes está Rosalinda de Montemayor, mi compañera y su Luna. Nadie volverá a tocarla ni a decidir por ella.
Miré a los presentes. Algunos bajaron la cabeza por respeto; otros, por vergüenza. No les pedí que olvidaran lo que habían hecho. La lealtad no se recupera con una orden.
—Pónganse de pie —dije—. Si esta manada va a sobrevivir, no habrá más personas obligadas a vivir de rodillas.
Con el tiempo, Baltasar y sus cómplices fueron juzgados ante los señores de la sierra. Isadora perdió su rango y quedó bajo custodia hasta que confesó quién había preparado el veneno. Algunos recuerdos regresaron; otros permanecieron detrás de una puerta cerrada.
No recuperé los cinco años que me robaron. Pero dejé de vivir como si el pasado tuviera derecho a decidir mi nombre.
A veces, cuando la lluvia golpea las piedras de la fortaleza, todavía recuerdo la carreta y el frío. Entonces Gael me toma la mano y Brígida pone más leña en el fuego. Y yo me digo que sobrevivir no fue el final de mi historia.
Fue el primer paso para volver a casa.