Todos decían que el lobo negro del bosque era un monstruo… lo salvé y tres días después reveló el secreto que ocultaban sobre mi padre

Todos decían que el lobo negro del bosque era un monstruo… lo salvé y tres días después reveló el secreto que ocultaban sobre mi padre

PARTE 1

La primera vez que vi al Rey Alfa, no sabía que era un rey.

Ni siquiera sabía que era un hombre.

Lo encontré convertido en un enorme lobo negro, inmóvil contra un viejo encino, con una lanza de plata atravesada en el hombro.

Y si hubiera hecho lo que cualquier persona sensata habría hecho, mi vida habría sido completamente distinta.

Me llamo Elena Álvarez.

Vivía sola en una cabaña en las montañas del norte, lejos del pequeño pueblo de San Aurelio.

La gente evitaba mi casa.

No porque yo hubiera hecho algo malo.

Porque era hija de Tomás Álvarez.

Mi padre había sido el mejor curandero de la región hasta que el señor Gregorio Valcázar lo acusó de traición.

Tres años antes, se lo llevaron.

Nunca regresó.

Desde entonces sobrevivía vendiendo remedios, recolectando plantas y usando los cuadernos médicos que él me había dejado.

Aquel invierno fue especialmente duro.

Una mañana salí buscando corteza de sauce para preparar medicina contra la fiebre.

El bosque estaba demasiado silencioso.

Entonces vi marcas sobre la nieve.

Primero pensé que algún venado estaba herido.

Seguí el rastro.

Y encontré al lobo.

Nunca había visto un animal así.

Era casi tan grande como un caballo pequeño.

Pelaje completamente negro.

Ojos dorados.

Y en su hombro tenía clavada una pesada lanza con el símbolo de los hombres de Gregorio.

Cuando me acerqué, gruñó.

Me quedé quieta.

Podía haber regresado al pueblo.

Gregorio ofrecía una recompensa enorme por aquel animal.

El dinero habría solucionado todos mis problemas.

Pero recordé algo que mi padre repetía:

El dolor vuelve peligrosos incluso a los seres más nobles.

Así que levanté las manos.

—No voy a entregarte.

El animal me observó.

Después bajó lentamente la cabeza.

Me acerqué.

La plata estaba debilitándolo.

Preparé vendas, hierbas y todo lo que llevaba en mi bolsa.

Extraer la lanza fue difícil.

No quiero recordar demasiado aquella parte.

Solo recuerdo sus ojos.

El lobo tenía miedo.

Un miedo demasiado humano.

Después perdió el conocimiento.

Construí una especie de trineo con ramas y cuerda.

Tardé horas en arrastrarlo hasta mi cabaña.

Encendí el fuego.

Limpié su herida.

Preparé una mezcla de miel y plantas medicinales.

Luego me quedé dormida sentada junto a la cama.

Un golpe me despertó pasada la medianoche.

Tomé el atizador de la chimenea.

Miré hacia donde había dejado al animal.

El lobo había desaparecido.

En medio del piso había un hombre.

Alto.

Cabello oscuro.

Cubierto apenas con una manta que había caído de mi mesa.

Y en su hombro estaba exactamente la misma herida que yo había tratado horas antes.

Se me cayó el atizador.

Las historias que escuchaba de niña regresaron de golpe.

Lycans.

Hombres que podían convertirse en lobos.

Pensé que eran cuentos.

Hasta aquella noche.

El desconocido estaba enfermo.

Así que mi miedo tuvo que esperar.

Durante tres días lo cuidé.

Hablaba mientras dormía.

Mencionaba un paso de montaña.

Una traición.

Hombres con plata.

Y repetía una palabra:

manada.

La mañana del cuarto día golpearon mi puerta.

—¡Abra en nombre del señor Valcázar!

Miré por la ventana.

Era Ramiro, capitán de sus guardias.

Había perros rastreadores con ellos.

Mi paciente apenas podía caminar.

Levanté la alfombra.

Debajo había una pequeña bodega oculta que mi padre había construido para guardar libros que Gregorio había prohibido.

Ayudé al desconocido a bajar.

Cubrí la entrada.

Abrí la puerta.

Ramiro entró sin pedir permiso.

Buscaba un enorme lobo negro herido con plata.

Negué haberlo visto.

Los perros empezaron a olfatear el piso.

Uno se acercó peligrosamente a la bodega.

Pensé que todo había terminado.

Entonces tomé un pedazo de carne seca y expliqué que guardaba comida allí para el invierno.

Ramiro me creyó.

O decidió que yo no era suficientemente importante para perder más tiempo.

Cuando finalmente se marcharon, cerré la puerta y corrí hacia la bodega.

El hombre ya estaba despierto.

Sus ojos eran dorados.

Los mismos del lobo.

Subió lentamente.

—Me escondiste.

—También te salvé.

Me observó durante varios segundos.

Después preguntó por qué había mentido a los hombres de Gregorio.

No tenía razón para ocultarle la verdad.

—Porque Gregorio destruyó a mi familia. Mi padre perdió la vida acusado de traición.

El hombre dejó de respirar por un segundo.

—¿Cómo se llamaba?

—Tomás Álvarez.

Su expresión cambió completamente.

Miró los cuadernos médicos sobre mi mesa.

Luego volvió a mirarme.

—Elena… tu padre nunca fue un traidor.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Cómo puedes saberlo?

El desconocido dio un paso hacia mí.

Y entonces pronunció las palabras que cambiaron todo lo que yo creía saber sobre mi padre.

—Porque Tomás Álvarez perdió la vida después de negarse a envenenarme a mí.

PARTE 2

Por unos segundos pensé que había entendido mal.

—¿A ti?

El hombre asintió.

Luego se sentó porque todavía estaba débil.

Finalmente me dijo su nombre.

Damián Montenegro.

Sentí que el mundo se detenía.

Hasta una mujer aislada como yo había escuchado aquel nombre.

Damián era el Rey Alfa de las manadas del norte.

El supuesto monstruo que Gregorio describía en sus discursos.

El lobo por cuya captura ofrecía una fortuna.

Estaba sentado frente a mí usando una camisa vieja de mi padre.

Damián explicó que años atrás existía un acuerdo de paz entre los pueblos de los valles y las manadas de las montañas.

Gregorio quería romperlo.

Invitó a representantes Lykan a una reunión y pidió a mi padre preparar una sustancia capaz de debilitarlos.

Tomás se negó.

Peor aún para Gregorio, consiguió enviar una advertencia secreta a Damián.

Gracias a eso, varios miembros de la delegación nunca asistieron.

Gregorio perdió su oportunidad.

Mi padre perdió su libertad.

Sentí que me ardían los ojos.

Durante tres años había escuchado a los vecinos llamarlo traidor.

Yo misma había llegado a preguntarme si ocultaba algo.

Ahora sabía la verdad.

Había arriesgado todo para proteger personas a las que ni siquiera conocía.

—Debí buscarte —dijo Damián.

Lo miré.

—No eras responsable de mí.

—Pero sí tenía una deuda con tu padre.

Negué lentamente.

—Entonces no la pagues conmigo.

Pareció sorprendido.

—No necesito que me cuides porque le debas algo a un hombre que ya no está.

Damián sonrió por primera vez.

Fue apenas un gesto.

Pero cambió completamente su rostro.

No tuvimos mucho tiempo para hablar.

La herida volvió a calentarse.

La punta de plata había sido impregnada con una planta tóxica.

Mi padre tenía notas sobre aquel veneno.

Encontré el tratamiento.

Aplicamos calor controlado, limpié nuevamente la lesión y preparé una infusión que ayudó a su cuerpo a eliminar lo que quedaba.

Horas después su respiración comenzó a normalizarse.

Damián permaneció sentado junto al fuego.

—Tu padre te enseñó bien.

—Mi padre me enseñó a no dejar que alguien se vaya solo porque me da miedo.

Sus ojos dorados se clavaron en mí.

La forma en que me miró me incomodó.

No porque fuera desagradable.

Todo lo contrario.

Había algo extraño entre nosotros.

Yo lo había sentido como lobo.

Lo sentía todavía más ahora.

Una especie de calma inexplicable cuando estaba cerca.

Antes de que pudiera preguntarle, escuchamos perros.

Damián se levantó inmediatamente.

Yo fui hasta la ventana.

Decenas de luces avanzaban entre los árboles.

Ramiro había regresado.

Esta vez no venía a investigar.

Venía acompañado de muchos hombres.

Habían descubierto que yo había mentido.

Damián miró la puerta trasera.

—Toma los cuadernos de tu padre.

—¿Por qué?

—Porque nos vamos.

—Apenas puedes caminar.

—Entonces caminaremos despacio.

Casi me reí.

No hubo tiempo.

Una antorcha cayó junto al techo exterior.

El fuego comenzó a extenderse por la madera seca.

Damián me llevó hacia la salida trasera.

Pero varios hombres ya bloqueaban el camino.

Durante unos segundos pensé que no había escapatoria.

Entonces Damián cambió.

No fue como en las historias.

No fue una criatura aterradora.

Fue el mismo ser que yo había encontrado en el bosque.

Enorme.

Negro.

Ojos dorados.

Pero ahora comprendía lo que estaba viendo.

No era un monstruo.

Era un rey.

Ramiro ordenó a sus hombres rodearnos.

Damián apenas podía mantenerse en pie.

Y aun así se colocó delante de mí.

Entonces escuché algo.

Un aullido.

Muy lejos.

Después otro.

Y otro.

Los hombres de Ramiro también los escucharon.

El bosque entero pareció despertar.

Entre los árboles comenzaron a aparecer ojos.

Primero dos.

Luego seis.

Después demasiados para contarlos.

Lobos grises.

Blancos.

Marrones.

Negros.

La manada había seguido el rastro de su Alpha.

En cuestión de minutos, los hombres de Gregorio comprendieron que estaban rodeados.

Muchos bajaron sus armas.

Ramiro intentó ordenarles continuar.

Nadie quiso obedecer.

Damián volvió a su forma humana cuando todo terminó.

Uno de sus hombres le entregó una capa.

Yo estaba frente a los restos humeantes de mi cabaña.

Había perdido mi casa.

Pero tenía conmigo los cuadernos de mi padre.

Eso era suficiente.

Damián se acercó.

Extendió la mano.

—Ven conmigo.

La miré.

—¿A dónde?

—A las montañas.

—Soy humana.

—Eres Elena.

La respuesta me dejó sin palabras.

Después miró hacia Ramiro.

No amenazó a nadie.

Solo ordenó que llevaran ante un consejo todos los documentos y testimonios relacionados con Gregorio.

Quería demostrar públicamente lo que realmente había ocurrido con mi padre.

Semanas después lo consiguió.

Los registros fueron encontrados.

Otros testigos hablaron.

El nombre de Tomás Álvarez fue limpiado.

San Aurelio dejó de llamarlo traidor.

Nunca olvidé el día en que regresé al pueblo.

Las mismas personas que antes evitaban mirarme ahora bajaban la cabeza cuando pasaba.

No disfruté aquello tanto como había imaginado.

Solo fui hasta la tumba de mi padre.

Dejé uno de sus viejos frascos medicinales junto a la piedra.

—Tenías razón —susurré—. Ayudar a alguien siempre importa, incluso cuando nadie lo sabe.

Damián esperaba a cierta distancia.

Nunca intentó ocupar ese momento.

Aquella fue probablemente la razón por la que empecé a confiar realmente en él.

Pasé los meses siguientes ayudando a los sanadores de su manada.

Descubrí que los Lycans no eran las criaturas que me habían enseñado a temer.

Tenían familias.

Niños.

Ancianos.

Problemas ridículamente normales.

Y un Rey Alfa que odiaba beber mis infusiones medicinales.

—Saben horrible.

—Te salvé con ellas.

—Eso no mejora el sabor.

Era extraño verlo así.

El hombre que podía silenciar una habitación completa con una mirada discutía conmigo por una cucharada de medicina.

Una noche finalmente hablamos de aquello que ambos habíamos sentido desde la cabaña.

Su loba me reconocía.

No de la misma manera que reconocería a una Lykan.

Era algo más raro.

Un lazo que los ancianos llamaban vínculo elegido.

No obligaba.

No reclamaba.

Solo aparecía cuando dos personas salvaban mutuamente algo más profundo que la vida.

Damián no me pidió respuesta.

—Después de todo lo que has perdido, lo último que necesitas es otro hombre decidiendo tu futuro.

Le pregunté qué ocurriría si decía que no.

—Seguirías siendo la hija del hombre que salvó a mi gente y la mujer que me salvó a mí.

—¿Y si digo que sí?

Su sonrisa apareció lentamente.

—Entonces tendrás que seguir preparando esas horribles infusiones durante muchos años.

Me reí.

Y esa fue mi respuesta.

A veces la gente cuenta nuestra historia diciendo que una pobre curandera encontró un monstruo en el bosque y terminó al lado de un rey.

Yo nunca la cuento así.

Porque aquella mañana en la nieve no encontré un monstruo.

Encontré a alguien herido mientras todos los demás solo veían algo que debía ser temido.

Y Damián hizo exactamente lo mismo conmigo.

El pueblo veía a la hija de un traidor.

Él vio a Elena.

Al final, ninguno de los dos salvó al otro por completo.

Solo nos dimos algo que ambos necesitábamos para hacerlo nosotros mismos:

una razón para dejar de creer las historias que otros habían escrito sobre nosotros.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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