Todos creían que ella le temía al Rey Licano — Hasta que salió a la luz el secreto que escondía

Todos creían que ella le temía al Rey Licano — Hasta que salió a la luz el secreto que escondía

—No te escondas de mí —me pidió el Rey Alfa mientras sus garras arañaban la piedra a unos pasos de mi cama.

Yo llevaba horas creyendo que esa noche iba a morir.

Me llamo Odette Montoya. Nací Omega en una familia que solo respetaba a los Alfas. Cuando mi padre murió en una escaramuza fronteriza, mi tío Reginaldo tomó la hacienda y decidió que yo servía más como moneda de cambio que como sobrina. El Rey Alfa Damián Valcárcel exigía una esposa para sellar la paz entre los dominios humanos y las manadas licanas. Mi tío aceptó entregarme.

Antes de partir, me apretó el brazo y me mostró la única razón por la que no podía escapar: mi hermano Leo seguía bajo su poder.

—Cumple con tu deber y vivirá —me dijo.

Atravesé la Sierra Madre en una carreta cerrada, rumbo a la Fortaleza de Obsidiana. Los guardias no me miraban con lástima. Me miraban como se mira a quien va directo a su ejecución. Se decía que Damián, el Rey Alfa, perdía la razón bajo la maldición de su sangre. Que cuando el lobo lo dominaba, ni sus aliados estaban a salvo.

La fortaleza apareció entre la nieve como una montaña de piedra oscura. Damián me esperaba en un salón enorme, sentado en un trono de hierro. Tenía tres cicatrices plateadas en el rostro y unos ojos ámbar que parecían capaces de ver a través de mí. No hubo ceremonia ni promesas. Me señaló las escaleras que llevaban a sus habitaciones.

Esa noche me encerré en la esquina más alejada, aferrada a un broche de plata que había escondido en el vestido. Cuando la puerta se abrió, Damián entró con el cuerpo tenso y la respiración entrecortada. Sus ojos brillaban de un dorado casi imposible. Las garras asomaban bajo sus uñas.

Me pegué a la pared y cerré los ojos.

Escuché pasos. Luego, nada.

Cuando me atreví a mirar, el rey estaba de rodillas frente a mí, temblando con las manos clavadas en el suelo. Luchaba contra su propia bestia.

—No te escondas de mí —dijo con la voz rota—. Por favor.

No intentó tocarme. Apoyó la frente en mis rodillas y respiró el aroma de lluvia y miel que, según su sanadora, calmaba la maldición de su linaje. Poco a poco, sus garras se retrajeron. El monstruo de las leyendas se quedó dormido a mis pies.

A la mañana siguiente encontré una manta sobre mis hombros. Damián ya se había ido.

Una anciana Omega llamada Matilde me explicó lo que la corte no se atrevía a decir en voz alta: los reyes Valcárcel heredaban una fuerza extraordinaria, pero también una locura que terminaba devorándolos. Solo una compañera destinada podía ayudarlos a resistirla. Para Damián, yo no era una prisionera. Era su último ancla.

Quise creerla, hasta que llegó mi equipaje desde la hacienda Montoya. En un baúl con doble fondo encontré un frasco de líquido morado y una carta de mi tío. El contenido era un veneno preparado para matar licanos. Reginaldo me ordenaba mezclarlo en el vino del rey. En un mes, él y el señor Ibarra invadirían el Paso del Águila. Si yo fallaba, Leo moriría.

Esa misma noche, Damián regresó cubierto de sangre después de enfrentar a unos licanos rebeldes. La maldición lo consumía. La habitación tembló cuando golpeó una mesa con las garras. Yo tenía el vino envenenado junto a la mano.

Pero Damián se detuvo al percibir mi miedo. La bestia retrocedió. Cayó junto a mis piernas y apoyó la cabeza en mi vestido.

—Los ruidos no se callan hoy —susurró—. Déjame quedarme aquí. Solo esta noche.

Miré el frasco escondido. Miré al rey, que temblaba como un hombre asustado, no como un monstruo.

No pude matarlo. Vacié el vino en el fuego y vi cómo el veneno crepitaba antes de desaparecer.

Al día siguiente busqué una forma de salvar a Leo y advertirle a Damián. Pero Lord Gael Ríos, el encargado de los secretos de la fortaleza, me encontró en la biblioteca. Sabía lo del frasco y también lo de la invasión.

—Tú vas a matar al rey o te entregaré a tu tío —me dijo.

Me arrastró hasta las mazmorras y me encadenó a una pared. Horas después, la puerta de hierro cayó de sus bisagras.

Damián apareció convertido en un lobo enorme, con los ojos encendidos y un guardia inconsciente a sus pies. Al verme encadenada, lanzó un gemido que hizo temblar la piedra.

Entonces Gael salió de las sombras con una ballesta cargada con plata y el mismo veneno que yo había arrojado al fuego.

—Mátalos a los dos —ordenó.

PARTE 2 

El virote salió disparado.

Damián se lanzó frente a mí. La punta le rozó el hombro y la plata siseó contra su piel, quemándolo. El dolor lo hizo rugir, pero no cayó. Antes de que Gael pudiera recargar, un grupo de guardias irrumpió en las mazmorras.

Al frente venía el capitán Garrick, el mismo veterano que me había escoltado desde la hacienda. Matilde estaba detrás de él, junto a los soldados que seguían leales al rey.

—¡Suéltala! —gritó Garrick.

Gael intentó escapar por el pasillo. Damián lo alcanzó y lo derribó contra una columna de piedra. El amo de los secretos dejó caer la ballesta. Sus hombres soltaron las armas al ver al rey de pie, sangrando, pero todavía dueño de sí mismo.

Damián se volvió hacia mí. La transformación empezó a ceder. Cayó de rodillas, sujetándose el hombro herido.

Yo corrí hacia él y usé una tira de mi vestido para cubrir la quemadura.

—Viniste por mí —le dije, con la voz quebrada.

—Siempre voy a ir por ti.

Cuando le conté que Reginaldo amenazaba con matar a Leo, Damián me sostuvo el rostro entre sus manos.

—¿De verdad pensaste que dejaría a tu hermano en sus manos?

Me explicó que había olido el veneno en mi baúl desde el día de mi llegada. También había descubierto que mi tío y el señor Ibarra reunían un ejército para atacar el Paso del Águila. Tres noches antes, bajo una tormenta, envió a sus guardias más leales a la hacienda Montoya. Leo ya estaba a salvo y venía rumbo a la fortaleza.

No intentó usar lo que había hecho para exigirme confianza. Solo esperó mientras yo lloraba, abrazada a él, con el alivio de saber que mi hermano vivía y la vergüenza de haber creído que estaba sola.

—¿Por qué no me quitaste el frasco? —le pregunté cuando pude hablar.

—Porque quería saber qué harías cuando nadie te obligara a elegir con una espada en la garganta. Y porque, aunque el veneno estaba en tu equipaje, tus ojos nunca dejaron de pedir ayuda.

No me pidió que olvidara la amenaza de Reginaldo ni que confiara en él de inmediato. Me dijo que Leo llegaría pronto y que yo podía marcharme con él si era lo que quería. Por primera vez desde que salí de casa, una puerta se abría sin que alguien me empujara a cruzarla. Decidí quedarme, al menos hasta que la batalla terminara y mi hermano estuviera seguro.

Dos días después, Damián y yo cabalgamos hacia el Paso del Águila. El ejército de Reginaldo e Ibarra llegó creyendo que encontraría a un rey debilitado y una manada dividida. En lugar de eso, encontró a miles de licanos formando una sola línea en la nieve.

Reginaldo cabalgaba al frente, convencido de que el rey no podría sostenerse mucho tiempo sin el veneno y sin mí. Damián salió a su encuentro en forma de lobo, oscuro como la noche, pero su mirada permanecía clara. La maldición seguía dentro de él; esa vez, no gobernaba sus decisiones.

El choque fue brutal, pero duró menos de lo que los invasores esperaban. Los licanos defendieron el paso mientras las tropas de Reginaldo perdían terreno en la nieve. Yo me quedé con Matilde y los sanadores, ayudando a los heridos de ambos bandos. Un joven soldado humano me reconoció como la sobrina del duque y aun así me ofreció su capa cuando vio que temblaba. En medio de la guerra, entendí que no todos los que llegaron con Reginaldo habían elegido estar allí.

Cuando sus filas se quebraron, muchos huyeron. Otros bajaron las armas. Reginaldo fue capturado y llevado ante Damián.

El rey no decidió por mí. Me permitió elegir el castigo de mi tío.

Yo pensé en Leo, escondido durante semanas como rehén. Pensé en la carreta cerrada, en la carta y en el veneno. También pensé en que no quería convertirme en otra persona que gobernara por venganza.

—Quítale sus títulos y sus tierras. Que pase el resto de su vida lejos de Leo y de cualquier persona a la que pueda volver a usar —dije.

Reginaldo fue desterrado a las tierras heladas del norte. La hacienda Montoya quedó en manos de Leo cuando tuvo edad suficiente para gobernarla. El señor Ibarra perdió sus dominios y fue juzgado por ayudar a iniciar la guerra.

Antes de que se llevaran a mi tío, Leo pudo verlo desde el patio. No le gritó ni le pidió que se arrepintiera. Solo se acercó a mí y tomó mi mano. Ese gesto me dijo que, por fin, ninguno de los dos tendría que vivir pendiente de la próxima amenaza de Reginaldo.

La paz no borró todo lo que había pasado. La maldición de Damián no desapareció de un día para otro. A veces, el lobo todavía rugía dentro de él, sobre todo cuando llegaba herido o agotado. Pero ya no tenía que enfrentarlo solo.

Aprendí a conocer sus señales: la respiración que se le volvía áspera, las manos tensas, el modo en que buscaba una esquina oscura para no asustar a nadie. Él aprendió a preguntarme antes de acercarse cuando yo estaba asustada. Nunca volvió a tratarme como parte de un pacto político.

Con el tiempo, la fortaleza dejó de parecerme una prisión. Leo se instaló allí para aprender a gobernar su propia casa. Matilde me enseñó los viejos cantos de las Omegas, y yo ayudé a abrir un refugio para quienes llegaban huyendo de las mismas manadas que antes las despreciaban.

Durante los meses siguientes, la corte aprendió que yo no iba a ser un adorno junto al trono. Damián me consultaba antes de firmar acuerdos con las manadas y yo ayudaba a reconstruir los poblados fronterizos dañados por la guerra. No todos estaban de acuerdo con una Omega al lado del rey, pero ninguno volvió a llamarme moneda de cambio en mi presencia.

La noche en que Damián me pidió que fuera su reina, no había consejeros ni guardias presentes. Solo el fuego encendido y la nieve golpeando las ventanas.

—No quiero que me digas que sí por el pacto —dijo—. Ni porque te salvé. Quiero que elijas.

Le tomé la mano.

—Me quedo porque ya no me escondo de ti.

El Rey Alfa apoyó la frente en la mía. Su respiración era tranquila. Por primera vez, no vi a la bestia que describían las historias ni a un hombre obligado a cargar con una maldición. Vi a alguien que había aprendido a pedir ayuda y a respetar mi respuesta.

Años después, los cronistas llamaron a aquel invierno “la paz del Paso del Águila”. Escribieron sobre ejércitos, tratados y el fin de la rebelión. Pero yo recuerdo otra cosa: el rey temblando a mis pies, el momento en que vacié el veneno en el fuego y la certeza de que mi vida no tenía que pertenecerle a mi tío ni a una profecía.

El primer vínculo entre humanos y licanos nació como una amenaza. Nosotros lo convertimos en una elección.

Y cada noche, cuando Damián despertaba sobresaltado, ya no me pedía que no me escondiera. Me buscaba la mano y esperaba a que yo decidiera acercarme.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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