Todos Castigaban a los Cachorros Gemelos Ciegos… Hasta que una Omega Rechazada Se Puso en Su Lugar y Cambió Todo

Todos Castigaban a los Cachorros Gemelos Ciegos… Hasta que una Omega Rechazada Se Puso en Su Lugar y Cambió Todo

Los cachorros estaban de rodillas en la nieve cuando me puse frente a las espadas.

Yo acababa de ser acusada de robar medicinas del palacio.

Ellos no podían ver a los guardias que los rodeaban ni entender por qué los castigaban.

Pero, cuando uno encontró mi mano, supe que no iba a apartarme.

Me llamo Mara. En el Reino de la Niebla, al pie de la Sierra Madre, nací omega: el rango más bajo de una manada. No tenía familia ni una casa a la cual volver. Cuando mi antigua manada me rechazó, aprendí a dormir donde me dejaran y a no esperar que nadie preguntara si tenía frío.

Por eso me contrataron en el palacio como ayudante. No era un buen trabajo, pero al menos había techo y comida. Hasta que desapareció una caja de medicinas reales. El consejero Varek ordenó revisar los cuartos de los sirvientes y encontraron un frasco en mi bolsa.

Yo no lo había robado. Nadie quiso escucharme.

Me ataron las muñecas y me llevaron por el patio, frente a los guardias. Fue entonces cuando vi a los cachorros.

Humo y Lucero, los hijos gemelos del rey Alfa Aurelio, estaban en el centro del patio, temblando. Eran blancos como la nieve y habían nacido ciegos. Un guardia dijo que se habían metido otra vez en un corredor prohibido y tirado un cuenco de plata. Otro levantó la espada para obligarlos a levantarse.

Los pequeños no entendían de dónde venían las voces. Humo giró hacia un lado; Lucero, hacia el otro. Los guardias se rieron.

Yo conocía esa risa. La había escuchado cada vez que alguien decidía que mi vida valía menos por haber nacido omega.

—Aléjate —me ordenó uno.

Me arrodillé en la nieve.

Humo levantó las orejas. Su nariz empezó a buscar en el aire. Extendí una mano y esperé. El cachorro avanzó despacio hasta encontrar mis dedos con el hocico. Se quedó quieto, como si temiera que hasta el contacto fuera una trampa. Después se recargó contra mi mano.

Lucero llegó detrás de él y escondió la cara en mi manga.

Me quité la capa y cubrí a los dos. La nieve me empapó el vestido y el frío me entumió las rodillas, pero los cachorros dejaron de temblar.

—Apártate —repitió el guardia.

—No.

La punta de su espada bajó hacia nosotros. Yo sabía que podían golpearme, encerrarme o expulsarme del reino. Pero no iba a dejar que lastimaran a dos pequeños que ni siquiera podían ver por qué los odiaban.

—¿Qué está pasando aquí?

La voz del rey cruzó el patio y todos bajaron la cabeza.

Aurelio apareció bajo el arco de piedra, con el manto oscuro cubierto de nieve. Miró a sus hijos bajo mi capa y luego mis muñecas atadas.

—¿Quién eres?

—Mara, majestad.

—¿Por qué mis hijos se esconden contigo?

Miré a Humo, que se había acurrucado contra mí. Lucero tenía una pata sobre mi muñeca.

—No creo que se estén escondiendo —dije—. Creo que se están sujetando.

El rey no respondió. Observó a los guardias y les preguntó quién había ordenado el castigo. Nadie contestó. El silencio lo dijo todo.

Entonces los cachorros giraron el hocico hacia mi pecho, como si escucharan algo dentro de mí. Y, desde las montañas, llegó un aullido.

Después otro.

En cuestión de segundos, cientos de lobos respondieron. El sonido recorrió el valle y sacudió las ventanas del palacio. Hasta los guardias se miraron, inquietos. Nunca habían escuchado a los lobos aullar así.

Aurelio ordenó que me llevaran a las habitaciones del ala oriental. Los cachorros irían conmigo.

Esa noche, Humo y Lucero escaparon de la guardería y se metieron en mi cama. Por primera vez en meses dormí junto a un fuego encendido y sin esperar que alguien me despertara para castigarme.

Al amanecer, el rey abrió mi puerta. Sus hijos dormían a mi lado. Humo tenía la cabeza sobre mi brazo; Lucero descansaba contra mi pecho.

—¿Qué hiciste para que confiaran así en ti? —me preguntó.

—Nada. Solo dejé que se acercaran.

Uno de los pequeños despertó. Se sentó en la cama y puso una pata sobre las losas. Una luz plateada apareció bajo su almohadilla, formando una media luna.

Aurelio se quedó inmóvil.

Detrás de él, el consejero Varek dio un paso atrás. Su rostro perdió todo el color.

Y, al verlo, comprendí que esa marca significaba algo que él llevaba años intentando ocultar.

PARTE 2 

Varek fue el primero en recuperar la voz.

—Es una superstición antigua, majestad. No tiene importancia.

Pero el rey no apartó la mirada de la marca. La media luna brilló unos segundos y luego se apagó. Humo no pareció notar nada; volvió a buscar mi mano. Lucero inclinó la cabeza hacia la pared, como si escuchara algo detrás de la piedra.

—¿Por qué tienes miedo, Varek? —preguntó Aurelio.

—Me sorprendió, nada más.

El rey mandó revisar los archivos más antiguos del palacio. Yo seguí con los gemelos. Para guiarlos, tocaba la pared tres veces antes de entrar, dejaba sus platos siempre en el mismo lugar y caminaba con pasos lentos para que pudieran reconocerme.

No intenté enseñarles a ver. Les enseñé que podían moverse sin lastimarse y que el mundo no tenía que ser una amenaza. Humo empezó a seguir el sonido de mi respiración. Lucero reconocía mis pasos. En unos días, los dos perseguían una pelota de madera por el cuarto.

Aurelio los observó desde la puerta. Parecía no saber qué hacer al verlos jugar.

—Nunca los había visto así —dijo.

—Tal vez nunca les habían dado oportunidad.

El rey bajó la mirada. Esa tarde, revisó las patas de sus hijos y encontró pequeñas heridas. Los guardias habían dicho que eran accidentes, pero cada uno daba una explicación distinta. Aurelio ordenó interrogarlos y los retiró de sus puestos. Por primera vez entendió que sus hijos no eran violentos ni desobedientes: estaban aterrados.

Esa noche escuché un rasguño bajo el piso.

Humo y Lucero estaban despiertos, atentos a un sonido que yo no percibía. Los seguí por un pasillo de servicio hasta una vieja tapicería. Detrás había una escalera angosta que descendía bajo el palacio.

Los cachorros bajaron primero.

Al final encontramos una cámara cubierta de tallas. En una pared aparecían dos lobeznos ciegos y, junto a ellos, una mujer con una luna grabada en el pecho. Humo tocó la piedra. Su marca plateada se encendió de nuevo.

Aurelio nos encontró allí, acompañado por varios guardias. Leyó una inscripción casi borrada:

“Los gemelos sin visión caminarán bajo el trono junto a la rechazada. Juntos descubrirán la traición escondida tras la corona”.

Varek apareció en la entrada.

—Cuentos para asustar niños —dijo.

El rey se volvió hacia él.

—¿Cómo sabes lo que dice si no has bajado antes?

Varek no contestó.

En ese momento, un mensajero llegó a toda prisa: una aldea del norte estaba bajo ataque. Aurelio montó de inmediato y se marchó con parte de la guardia. Antes de salir, ordenó que protegieran el palacio y a sus hijos.

Las puertas se cerraron detrás de él.

Poco después, cuatro guardias entraron en mi cuarto. Dijeron que el consejero había ordenado trasladar a los gemelos a la torre de castigo por desobedecer. Yo intenté detenerlos, pero me sujetaron los brazos.

Humo lanzó un gemido. Lucero se plantó frente a mí.

Las medias lunas bajo sus patas comenzaron a brillar.

Desde el valle, los lobos volvieron a aullar. Los guardias retrocedieron, confundidos. Aproveché ese instante para soltarme y corrí detrás de los cachorros cuando encontraron un pasadizo que conducía a la cámara subterránea.

Varek ya los esperaba allí.

A su alrededor había hombres del caudillo Malrec, el gobernante del norte. Frente a ellos, una fuente de piedra empezaba a emitir luz.

—¿Qué quieren de los niños? —pregunté.

—Su sangre —respondió Varek—. Y la tuya.

Confesó que los había castigado para que todos creyeran que eran incontrolables. También había colocado la medicina en mi bolsa para tener una culpable fácil. Los gemelos podían despertar la fuente lunar, pero necesitaban a alguien de la antigua estirpe guardiana.

Yo no sabía quién era mi madre. Varek sí.

Mi madre había sido una guardiana de la luna. Huyó del palacio cuando descubrió que la familia de Varek quería controlar el vínculo entre los lobos y sus alfas. Me escondió entre los omegas y murió sin revelarme la verdad sobre mi sangre.

Varek creía que, con la fuente y la sangre de los gemelos, podría dominar a todos los lobos del reino. No entendía que la fuente no otorgaba poder: revelaba miedo, dolor y los vínculos que cada lobo elegía por sí mismo.

Humo escuchaba los latidos detrás de la pared. Lucero sentía las vibraciones de las piedras. Al tocar el muro, los dos encontraron una grieta que nadie más habría percibido.

La cámara se sacudió. La piedra cedió bajo nuestros pies. Alcancé a empujar a los cachorros hacia un lado antes de caer con ellos a la oscuridad.

Desperté en una caverna iluminada por agua plateada. Humo y Lucero estaban junto a mí, vivos. Los abracé mientras ellos me guiaban por un puente de piedra hacia una laguna subterránea.

Cuando miré el agua, vi a mi madre. No era un fantasma: era un recuerdo que la fuente guardaba. La escuché decir que yo debía confiar en lo que sentía, no en lo que otros afirmaban que valía.

La luz de la laguna se extendió por el reino. Los lobos dejaron de obedecer las órdenes de Varek. No atacaron a nadie; simplemente recuperaron la capacidad de elegir.

Aurelio llegó a la montaña siguiendo ese resplandor. Cuando me vio, corrió hacia mí y se arrodilló junto a sus hijos.

—Pensé que los había perdido —dijo.

Humo tocó su mano. Lucero hizo lo mismo. El rey cerró los ojos.

—Perdónenme —susurró—. Debí haberlos escuchado.

Varek huyó hacia el norte con una reliquia que podía romper los vínculos naturales entre los lobos y sus alfas. Malrec reunió a su ejército y marchó sobre el reino. El arma golpeó los muros del palacio: cada impacto debilitaba a los lobos que protegían la ciudad.

Bajo el trono, encontramos una última inscripción. Para detener el arma, el rey debía renunciar al derecho de mandar sobre todos los lobos.

Aurelio se quitó la corona y la dejó sobre la piedra.

—No son míos —dijo—. Soy su guardián, no su dueño.

La fuente se iluminó. Los lobos del valle eligieron defender sus hogares. El arma se quebró y el ejército de Malrec se dispersó. Varek fue capturado y llevado ante el consejo para responder por sus actos.

Aurelio cambió las leyes del reino. Ningún omega podría ser expulsado sin protección. Ningún cachorro sería castigado por una discapacidad. La torre de castigo se derribó y, en su lugar, construyeron un refugio para lobos y personas sin hogar.

Yo acepté cuidarlo. No me convertí en reina ni quise una corona. Quería que nadie volviera a pasar una noche en la nieve porque los demás lo consideraban una carga.

Con el tiempo, la vista de Humo y Lucero mejoró. Primero distinguieron sombras; después, la luz y los rostros. Pero nunca dejaron de guiarse por los sonidos. Años más tarde, caminaban fuertes junto a mí por el patio donde una vez se habían arrodillado, temblando.

Aurelio ya no vestía la corona todos los días. Aprendió a caminar entre su gente sin una fila de guardias y a escuchar antes de dar órdenes.

Una tarde de primavera, Humo y Lucero apoyaron sus patas sobre mis manos. Recordaban aquella mañana, el frío y la capa que compartimos.

Entonces un lobo aulló desde las montañas. Otro respondió. Pronto, todo el valle se llenó de voces.

Cerré los ojos y escuché. Por primera vez, el aullido de una manada no me hizo sentir como una extraña.

Sonaba a hogar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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