Todos Abandonaron al Rey Alfa en Coma… Excepto una Sirvienta Omega

Todos Abandonaron al Rey Alfa en Coma… Excepto una Sirvienta Omega

PARTE 1

Fauna había aprendido desde niña que, en el palacio, una sirvienta sobrevivía mejor cuando nadie reparaba en ella. Caminaba sin hacer ruido, bajaba la mirada y hablaba tan poco que muchos creían que era muda.

Pero había una persona a la que nunca había podido ignorar.

El rey Riden.

Lo amaba desde los trece años, desde el día en que tres hombres la acusaron injustamente de robar un anillo. Fauna se había quedado paralizada, incapaz de defenderse, mientras todos daban por cierta su culpa. Riden, que entonces era un rey muy joven, se detuvo frente a ella, se agachó en el polvo y dijo con una calma que jamás olvidaría:

—Cuéntame lo que pasó. Nadie te interrumpirá.

Él le creyó.

Para Riden quizá había sido un gesto pequeño. Para Fauna había sido la primera vez que alguien le hacía sentir que su voz importaba.

Años después, cuando el rey cayó enfermo de manera misteriosa, aquella deuda se convirtió en algo insoportable.

Riden llevaba días sin despertar. Los médicos no entendían qué le ocurría. Los nobles acudían durante el día, preguntaban por su salud, murmuraban preocupados y luego regresaban a sus banquetes. Por la noche, en cambio, el rey quedaba solo.

Eso era lo que Fauna no podía soportar.

Una noche descubrió que los guardias de sus aposentos se habían quedado dormidos. Sabía que debía marcharse. Era una sirvienta; él era el rey. Entrar sin permiso podía costarle el trabajo o algo peor.

Aun así abrió la puerta.

Riden estaba pálido, inmóvil, tan distinto al hombre que llenaba cualquier salón con su presencia que a Fauna se le rompió algo por dentro.

—Lo siento, majestad —susurró—. No debería estar aquí.

Se sentó a su lado.

Y volvió la noche siguiente.

Después, otra vez.

Encontró un pasadizo oculto detrás de un panel de piedra y comenzó a utilizarlo para visitarlo sin ser vista. Algunas noches le leía. Otras le contaba los chismes de las cocinas, las discusiones de los ministros o cualquier tontería que pudiera llenar el silencio.

Como él nunca respondía, Fauna empezó a decir cosas que jamás habría confesado si hubiera sabido que podía oírla.

Hasta que una tarde escuchó al sanador hablar con el consejero más cercano del rey.

Riden no mejoraba.

Tal vez no sobreviviría muchos días más.

Aquella noche, Fauna corrió por el pasadizo secreto y llegó a su cama con lágrimas en los ojos. Le tomó la mano fría entre las suyas.

—Por favor, no te vayas.

Su voz tembló.

—Sé que no soy nadie para pedirte esto, pero… te amo.

El silencio de la habitación pareció hacerse más profundo.

Fauna cerró los ojos.

—Te he amado desde que era una niña. Te amo porque recuerdas los nombres de personas que los demás ni siquiera ven. Porque eliges ser amable incluso cuando nadie está mirando. Porque hiciste que una niña asustada creyera que merecía ser escuchada.

Apoyó la frente contra la mano del rey.

—El reino te necesita. Yo te necesito.

Entonces escuchó un ruido.

Venía del interior de la pared.

Fauna apenas tuvo tiempo de esconderse detrás de una cortina antes de que el panel secreto se abriera.

Un hombre vestido completamente de negro entró en la habitación.

Llevaba el rostro cubierto.

Caminó directamente hacia la cama del rey, sacó un pequeño frasco de su abrigo y levantó la barbilla de Riden con una mano enguantada.

Fauna dejó de respirar.

El desconocido inclinó el frasco sobre los labios entreabiertos del rey.

—Adiós, majestad —murmuró.

Y en ese instante Fauna comprendió algo aterrador:

Riden nunca había estado enfermo.

Lo habían estado envenenando.

PARTE 2

Fauna no pensó.

Agarró el pesado candelabro de una mesa y lo lanzó con todas sus fuerzas.

El golpe alcanzó al hombre en el hombro. El frasco salió despedido y el líquido cayó sobre las sábanas.

—¡Ayuda! —gritó Fauna—. ¡Alguien está atacando al rey!

El hombre se volvió hacia ella. Bajo la capucha, sus ojos brillaron con un destello dorado.

Luego huyó por el pasadizo.

Fauna corrió tras él, pero cuando llegó al patio secreto ya había desaparecido. Al oír acercarse a los guardias, se escondió. Si la encontraban allí, en plena noche, junto al camino por donde había escapado el atacante, nadie creería su historia.

Al amanecer llegó una noticia inesperada.

Riden había despertado.

Todo el servicio fue reunido para ser interrogado. Fue entonces cuando Fauna descubrió la verdad más humillante de todas: durante su enfermedad, Riden no había podido moverse ni abrir los ojos, pero había escuchado.

Todo.

Sus lecturas.

Sus conversaciones.

Y su confesión.

Cuando le tocó entrar al despacho, el rey estaba débil, pero despierto. Sus ojos se detuvieron en ella con una intensidad que casi la hizo retroceder.

—Anoche una mujer gritó y me salvó —dijo—. Llevo horas intentando encontrarla.

Fauna abrió la boca, pero su viejo miedo regresó. No salió ningún sonido.

Otra sirvienta explicó:

—Majestad, ella casi nunca habla.

Riden pareció decepcionado, pero Fauna pidió papel y escribió lo que había visto: un hombre encapuchado, vestido de negro, escapando por el pasadizo.

Riden leyó la nota.

A su lado estaba Alistister, su consejero, amigo de infancia y hombre de mayor confianza.

—Quizá solo vio una sombra —comentó Alistister con suavidad—. Después de tantos días enfermo, vuestra mente podría estar mezclando sueños con recuerdos.

Para sorpresa de Fauna, Riden acabó asintiendo.

Parecía rendirse.

Pero aquella misma noche apareció en secreto junto a su cama en los dormitorios de servicio y la llevó a una habitación vacía.

—Nunca dudé de ti —le confesó—. Fingí delante de los demás. Si el culpable cree que considero todo un sueño, quizá se confíe.

Fauna lo miró sorprendida.

—Necesito tu ayuda —continuó él—. No puedo confiar en nadie del palacio. En ti sí.

Así comenzó una investigación que nadie conocía.

Fauna escuchaba conversaciones mientras limpiaba despachos y servía comidas. Nadie bajaba la voz delante de ella. Para los nobles, una sirvienta silenciosa era prácticamente parte del mobiliario.

Cada pocos días se reunía con Riden en una taberna alejada del palacio. Ella escribía sus observaciones; él las leía y después quemaban los papeles.

Al principio solo hablaban del asesino.

Después empezaron a hablar de todo.

Riden resultó ser menos perfecto de lo que Fauna había imaginado durante años. Era vanidoso con su ropa, demasiado hablador después de dos copas de vino y terriblemente malo ocultando cuándo estaba preocupado.

También era divertido.

Y solitario.

Una noche, frente a un tablero de ajedrez, Riden bajó la mirada y dijo:

—Hay una mujer de la que me enamoré mientras estaba enfermo.

El corazón de Fauna se hundió.

No entendió que hablaba de ella.

Riden explicó que aquella voz en la oscuridad lo había mantenido cuerdo cuando no podía moverse. Quería encontrar a esa mujer, pero temía ponerla en peligro.

Fauna sonrió como pudo y guardó su secreto.

Poco después, el cocinero la envió al mercado.

Allí vio a Alistister conversando con un hombre alto cubierto por una capa oscura.

—Fauna —la llamó el consejero—. Justo quería hablar contigo.

Le explicó que había contratado al mejor guardaespaldas del reino para proteger a Riden y quería que ella convenciera al rey de aceptarlo.

El desconocido inclinó la cabeza.

—Mi señora.

Dos palabras.

Eso bastó.

Fauna reconoció inmediatamente aquella voz.

“Adiós, majestad.”

Era el hombre de la habitación.

El asesino.

Fauna miró a Alistister.

Y comprendió por su expresión que él estaba esperando exactamente esa reacción.

El consejero sabía quién era aquel hombre.

Peor aún: lo había enviado.

Fauna fingió no haber descubierto nada y se alejó con calma, pero apenas se perdió entre la multitud aceleró el paso.

Tenía que avisar a Riden.

Una mano la agarró del brazo.

Sintió una hoja contra el costado.

—Sigue caminando —susurró el asesino.

La sacó del mercado y le cubrió la boca con un paño impregnado en una sustancia amarga.

Cuando Fauna despertó, estaba paralizada en el fondo de una pequeña barca.

El asesino remaba río abajo.

—Alistister sospechaba que me reconociste —dijo con tranquilidad—. Por eso te mandaron al mercado.

Fauna sintió cómo el terror le helaba el cuerpo.

El hombre perforó lentamente el casco y saltó a la orilla. El agua comenzó a entrar.

La muerte de una sirvienta parecería un accidente.

Nadie investigaría.

Pero justo cuando la barca empezaba a hundirse, una enorme figura salió de la oscuridad y derribó al asesino.

Era Riden.

Había seguido su rastro hasta el río.

El combate fue breve y brutal. El asesino hirió al rey en una pierna, pero Riden consiguió vencerlo y arrojarlo al agua.

Después tomó a Fauna entre sus brazos.

—Te tengo —repitió, temblando—. Estás a salvo.

Ella quería decirle que no.

Que todavía no estaban a salvo.

Quería pronunciar un solo nombre.

Alistister.

Pero la droga aún mantenía su cuerpo inmóvil.

De regreso en el palacio, Riden se negó a apartarse de ella.

Entonces se abrió la puerta.

Alistister entró sonriendo con aparente alivio.

—Gracias a los dioses —dijo—. Pensé que la habíamos perdido.

Fauna vio cómo se acercaba a Riden.

Vio una mano apoyarse amistosamente sobre su hombro.

Y vio la otra deslizarse bajo el abrigo.

Había un cuchillo.

Fauna reunió toda la fuerza que le quedaba.

Durante años el miedo había cerrado su garganta. Durante años había permitido que otros creyeran que no tenía voz.

Pero ahora el hombre al que amaba iba a morir delante de ella.

—¡Riden!

El grito salió roto, pero salió.

Riden se giró.

La hoja destinada a su espalda solo le rozó el costado.

En segundos, la habitación se llenó de guardias. Algunos pertenecían a Alistister; otros seguían siendo leales al rey. Hubo gritos, acero y caos, hasta que los hombres de Riden consiguieron reducir a los traidores.

Alistister terminó de rodillas.

—¿Por qué? —preguntó Riden, mirándolo como si aún no pudiera creerlo—. Eras mi hermano. Te habría dado cualquier cosa.

Alistister sonrió con amargura.

—Cualquier cosa menos la corona.

Había gobernado durante las semanas en que Riden permaneció inmóvil. Había probado el poder y decidido que no quería devolverlo.

El veneno, el asesino, los intentos posteriores… todo había sido suyo.

Cuando se llevaron al traidor, Riden ordenó que Fauna descansara.

Pero ahora existía un problema que a ella le parecía casi peor que el peligro.

Él había oído su voz.

La reconoció en el instante en que gritó su nombre.

Sabía que ella era la mujer que se había sentado junto a su cama.

Sabía que ella había dicho que lo amaba.

Durante varios días Fauna evitó al rey.

Hasta que Riden la encontró sola en los jardines.

—Sé que puedes hablar —dijo.

Fauna dejó la cesta que llevaba y trató de marcharse.

—No estoy enfadado —añadió él, siguiéndola—. Solo quiero darte las gracias.

Ella se detuvo.

Riden se colocó frente a ella.

—Cuando estaba atrapado dentro de mi propio cuerpo, tu voz era lo único que me hacía sentir que todavía formaba parte del mundo. Y después desperté y conocí a otra persona: una sirvienta que escribía notas terriblemente sinceras, que me hacía reír y que era la única persona del palacio en quien confiaba.

Fauna bajó la mirada.

—Durante semanas pensé que estaba enamorado de dos mujeres —continuó Riden—. La mujer de la oscuridad y tú.

Le tomó suavemente los dedos.

—Y resultó que eras tú las dos veces.

Fauna levantó la cabeza.

Riden sonrió, nervioso por primera vez desde que ella lo conocía.

—Me enamoré de ti dos veces, Fauna.

Ella quiso responder.

No pudo.

El miedo volvió a cerrarle la garganta.

La esperanza desapareció lentamente del rostro del rey.

—Entiendo —murmuró—. Quizá me amabas cuando solo me conocías de lejos. Ahora sabes cómo soy realmente.

La soltó y comenzó a alejarse.

Fauna lo miró.

Durante toda su vida había elegido el silencio porque el silencio parecía seguro.

Pero el silencio casi había permitido que Riden muriera.

Y ahora estaba a punto de hacerle perder algo distinto.

—Espera.

La palabra salió débil.

Riden se detuvo.

Fauna caminó hacia él con las manos temblando.

—Te amo.

Esta vez su voz apenas fue un susurro, pero no importó.

Riden cruzó la distancia entre ellos y la miró como si acabara de escuchar la cosa más hermosa del mundo.

—Yo también te amo.

Fauna no consiguió decir nada más.

Así que tomó su mano y la apoyó sobre su corazón.

Riden sonrió.

—Voy a besarte —murmuró—. Si no quieres, tendrás que decírmelo.

Fauna sintió que por fin podía reírse del miedo que había gobernado toda su vida.

Lo agarró del cuello de la camisa y lo besó primero.

Y mientras los brazos de Riden la rodeaban, comprendió que algo había cambiado para siempre.

Por primera vez desde que era una niña, Fauna ya no estaba escondida en las sombras.

Y por primera vez, tampoco quería estarlo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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