“Todavía sin marido”, se burló su ex, sin saber que ella se casaría con el rey vampiro más poderoso

Su Ex la Humilló Delante de Toda la Alta Sociedad Porque Seguía Soltera… Pero Cuando la Sujetó del Brazo, las Luces se Apagaron y el Rey Vampiro de Mil Años Llegó para Reclamar a la Mujer que Amaba

PARTE 1

Isabela Solís había prometido que aquella noche no volvería a romperse.

Dos años atrás, Daniel Fuentes Guerra había cancelado su compromiso frente a decenas de invitados, diciendo que ella nunca pertenecería realmente a su mundo porque solo había llegado allí gracias a una beca.

Isabela pasó meses reconstruyéndose.

Ahora regresaba al mismo círculo social con un vestido verde esmeralda, la espalda recta y una vida completamente distinta.

Había un detalle que nadie conocía.

Isabela estaba enamorada.

Y no de cualquier hombre.

Nicolás Mireles tenía más de mil años.

Era el primer vampiro de su linaje, una criatura tan antigua y poderosa que incluso otros seres sobrenaturales pronunciaban su nombre con cuidado.

Pero Isabela le había pedido algo antes de asistir a la fiesta:

—Déjame enfrentar esto sola.

Nicolás aceptó.

A regañadientes.

Por eso, cuando Daniel la vio al otro lado del salón y avanzó hacia ella con una copa de champaña y una sonrisa cruel, Isabela se obligó a permanecer firme.

—Vaya, Isabela. Sigues sola.

Las conversaciones cercanas comenzaron a apagarse.

—Dime, ¿cómo se siente ser la única mujer mayor de veinticinco años aquí sin un anillo?

Algunas personas rieron.

Isabela sostuvo su mirada.

—Algunas preferimos calidad antes que conveniencia.

Daniel se rio.

—Sigues siendo la misma becada intentando fingir que pertenece aquí.

La palabra golpeó exactamente donde él quería.

Daniel sabía cuáles eran sus heridas.

Recordó públicamente su origen humilde.

Insinuó que ningún hombre respetable querría casarse con ella.

Sus amigos se unieron.

Uno incluso bromeó:

—Quizá todavía espera a su príncipe azul… o a un vampiro.

Todos rieron.

Isabela casi sonrió ante la ironía.

Si supieran.

Su teléfono vibró.

Un mensaje desconocido apareció en la pantalla:

El rey siempre protege lo que ama.

El corazón le dio un vuelco.

Meses atrás había conocido a Nicolás después de que tres hombres intentaran atacarla en un callejón de Oaxaca.

Él había aparecido desde las sombras.

Los agresores cayeron antes de comprender qué los había golpeado.

Desde entonces Nicolás había sido paciente con ella.

Aprendió a cocinar comida humana para prepararle el desayuno.

Coleccionó primeras ediciones de sus libros favoritos.

Esperó meses antes de besarla porque quería asegurarse de que su naturaleza sobrenatural no influyera en sus decisiones.

Otro mensaje apareció:

No estás sola. Mira hacia el balcón.

Isabela levantó la vista.

Entre las columnas distinguió a Elías Mireles, hermano de Nicolás.

Él la había estado vigilando discretamente toda la noche.

Nicolás había respetado su petición de mantenerse lejos…

pero jamás la había dejado desprotegida.

La confianza regresó.

—Encontré a alguien —dijo Isabela mirando a Daniel—. Alguien que considera mi origen una fortaleza.

Daniel se burló.

—¿Y dónde está ese maravilloso hombre?

Isabela sonrió.

—¿Quién dijo que no está aquí?

El rostro de Daniel se endureció.

La agarró de la muñeca.

Fuerte.

—Deja de inventar fantasías.

—Suéltame.

Él apretó todavía más.

—Necesitas aprender cuál es tu lugar.

El dolor hizo que Isabela palideciera.

—Me estás lastimando.

—Tal vez así aprendas.

Entonces ocurrió.

Las luces del salón se apagaron.

No fue un corte eléctrico.

Fue oscuridad absoluta.

La temperatura descendió de golpe.

Los invitados comenzaron a gritar.

Daniel soltó lentamente la muñeca de Isabela.

Y desde algún punto imposible del salón surgió una voz profunda.

Antigua.

Terriblemente tranquila.

—Creo que alguien acaba de cometer un grave error.

Un único foco se encendió.

Bajo aquella luz apareció un hombre vestido completamente de negro.

Cabello oscuro.

Rostro perfecto.

Ojos dorados que no pertenecían a ningún ser humano.

Daniel retrocedió.

—¿Quién demonios eres?

El desconocido sonrió.

—Nicolás Mireles.

Después miró la marca roja que Daniel había dejado en la muñeca de Isabela.

Sus ojos ardieron.

—Y acabas de poner tus manos sobre la mujer que amo.

PARTE 2

Nadie se movió.

Daniel miró a Nicolás como si su mente rechazara lo que tenía delante.

—Esto es imposible. Tú no estabas aquí.

La sonrisa de Nicolás se volvió aterradora.

—Hay cosas en este mundo que hacen que tus pequeños juegos de poder parezcan juguetes.

Avanzó lentamente.

—Tengo más de mil años. Soy uno de los seres más antiguos que todavía caminan sobre esta tierra.

Miró a Isabela.

La furia desapareció un instante de su rostro.

—Y crucé medio continente porque alguien se atrevió a hacerle daño a la mujer que amo.

Isabela corrió hacia él.

Nicolás la recibió entre sus brazos.

—Lo siento —susurró ella—. Pensé que podría manejarlo sola.

—Podías.

Él acarició suavemente su cabello.

—Y lo hiciste magníficamente.

Después miró a Daniel.

—Pero ser fuerte no significa que tengas que enfrentar todo sola.

Daniel comenzó a retroceder.

Nicolás apareció frente a él antes de que pudiera dar dos pasos.

Le puso una mano sobre el hombro.

—Nunca volverás a hablarle.

Daniel asintió frenéticamente.

—Nunca volverás a tocarla.

—Sí.

—Y venderás la mitad de tus bienes.

Daniel abrió los ojos.

—¿Qué?

—El dinero será destinado anónimamente a becas para estudiantes de bajos recursos.

Nicolás sonrió.

—Considéralo el precio de que esta noche continúes teniendo garganta.

Daniel no discutió.

Huyó.

Sus amigos se dispersaron detrás de él.

Cuando las luces regresaron, Nicolás volvió junto a Isabela.

—Creo que dijiste que habías encontrado a alguien digno de tus estándares.

Ella rio.

—Quizá exageré un poco.

—Entonces tendré que mejorar.

Sin previo aviso, Nicolás se arrodilló.

Sacó un anillo que parecía contener pequeñas estrellas dentro de la piedra.

El salón volvió a quedar en silencio.

—Isabela Solís, he vivido suficiente tiempo para ver desaparecer ciudades enteras. Creí que ya nada podía sorprenderme.

Tomó su mano.

—Entonces apareciste tú.

Los ojos de Isabela se llenaron de lágrimas.

—¿Quieres casarte conmigo y permitirme pasar la eternidad recordándote que jamás tuviste que demostrar que eras digna de ser amada?

—Sí.

La palabra resonó entre aplausos.

Pero aquella respuesta no cerró la historia.

Solo abrió una puerta mucho más peligrosa.

Meses después, Isabela estaba vestida de novia en una antigua catedral de Oaxaca.

El vestido había pertenecido a la madre de Nicolás casi mil años atrás.

Rebeca Mireles ajustaba su velo cuando una vibración recorrió los vitrales.

Elías apareció en la puerta.

—Tenemos problemas.

Un grupo de vampiros y cazadores había rodeado la catedral.

Damián y Esteban Salazar afirmaban que Nicolás estaba violando un tratado antiguo al casarse con una humana que eventualmente podría ser convertida.

Exigían demostrar que Isabela actuaba completamente por voluntad propia.

Nicolás le habló mentalmente a través del vínculo que compartían.

Quédate ahí. Yo resolveré esto.

Isabela levantó la barbilla.

—No.

Si iba a convertirse en reina, no comenzaría escondiéndose detrás de su esposo.

Caminó directamente hacia los intrusos.

—Entiendo que tienen dudas sobre mi capacidad para tomar decisiones.

Damián Salazar la observó.

—¿Realmente sabes con qué clase de criatura estás a punto de casarte?

—Perfectamente.

Isabela tomó la mano de Nicolás.

—Sé que ha derramado sangre. Sé que ha vivido más vidas de las que yo puedo imaginar.

Después sonrió.

—También sé que aprendió a pintar acuarelas porque una vez mencioné que amaba el arte. Y esperó meses antes de besarme porque tenía miedo de influir en mí.

Esteban explicó que la ley exigía una prueba de libertad.

Entonces apareció un antiguo pergamino.

Existía una excepción:

La Prueba de Elección.

Tres pruebas.

Mente.

Corazón.

Alma.

Si Isabela las superaba, nadie podría cuestionar nuevamente su derecho a permanecer junto a Nicolás.

—Acepto.

La primera prueba llenó su mente con todas las palabras que Daniel le había dicho.

Becada.

Inferior.

Mercancía defectuosa.

No perteneces aquí.

Durante años aquellas palabras habían controlado su vida.

Ahora no.

—Sé quién soy.

Las voces desaparecieron.

Prueba de mente superada.

La segunda mostró una visión de Nicolás encadenado.

Una voz le ofreció una elección:

Abandonarlo y él viviría.

Quedarse y él moriría.

Isabela caminó directamente hacia Nicolás.

—Elijo quedarme y luchar a su lado.

La ilusión explotó.

Prueba de corazón superada.

La última fue peor.

Isabela sintió todas las vidas que Nicolás había quitado durante mil años.

Guerras.

Venganza.

Hambre.

Oscuridad.

Sintió el peso de convertirse en esposa de alguien capaz de cosas terribles.

Cayó de rodillas.

Nicolás no podía ayudarla.

Aquella elección tenía que ser únicamente suya.

Entonces recordó al hombre que la había sostenido durante sus pesadillas.

Al ser antiguo que preparaba torpemente café porque quería verla sonreír.

Al monstruo que tenía poder suficiente para controlar su vida…

y que nunca había intentado hacerlo.

Isabela levantó la cabeza.

—Su pasado no lo define.

Las lágrimas corrían por su rostro.

—Igual que mi pasado tampoco me define a mí.

Una luz dorada llenó la catedral.

Las tres pruebas habían sido superadas.

Los Salazar inclinaron la cabeza.

La boda podía continuar.

Nicolás tomó el rostro de Isabela entre sus manos.

—Mi increíble reina.

—¿No me habías prometido una boda?

La ceremonia comenzó.

Pronunciaron votos en lenguas modernas y antiguas.

Un ritual sobrenatural unió sus almas.

Cuando Nicolás la besó, los vitrales brillaron como si el amanecer hubiera quedado atrapado dentro de ellos.

Mientras caminaban de regreso por el pasillo ya como marido y mujer, Isabela vio una figura sentada en el último banco.

Daniel.

Había venido.

Más delgado.

Más pequeño.

Derrotado.

Nicolás también lo vio.

—¿Quieres que lo saque, señora Mireles?

Isabela pensó durante un instante.

Después negó.

—No.

Miró a Daniel.

—Que vea.

—¿Qué cosa?

Isabela apretó la mano de Nicolás.

—Cómo se ve una mujer cuando deja de permitir que otros decidan cuánto vale.

Salieron juntos de la catedral.

Daniel quedó atrás.

Por primera vez, verlo no despertó dolor.

Ni rabia.

Ni necesidad de demostrar nada.

Aquella muchacha becada a la que una vez hicieron sentir indigna ahora estaba junto a un hombre que la había elegido sin pedirle que cambiara su origen, su personalidad ni sus cicatrices.

Nicolás la miró mientras caminaban hacia el automóvil.

—¿Lista para la eternidad?

Isabela sonrió.

—Contigo, sí.

Y entonces comprendió algo.

Nicolás había aparecido aquella noche para defenderla de Daniel.

Pero esa no había sido su verdadera victoria.

Su verdadera victoria llegó cuando Isabela dejó de necesitar que alguien destruyera a su ex para demostrar que ella tenía valor.

El rey vampiro podía proteger su cuerpo.

Pero Isabela finalmente había aprendido a proteger por sí misma aquello que Daniel había intentado destruir durante años: su propia dignidad.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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