«Todavía sin marido», se burló su ex; no sabía que ella se casaría con el rey vampiro más poderoso.
«Todavía sin marido», se burló su ex; no sabía que ella se casaría con el rey vampiro más poderoso.

PARTE 1
Saraphina Lauron supo que asistir a la boda de su ex prometido era una mala idea desde el momento en que recibió la invitación.
Gregory Thorne no solo la había abandonado seis meses antes. También había vaciado sus cuentas compartidas, la había dejado cargando deudas que apenas podía pagar y, como si aquello no bastara, ahora se casaba con Camila Halloway, la mujer con quien la había engañado. Aun así, había insistido en que Saraphina asistiera a la boda con la excusa de que necesitaban “cerrar el ciclo”.
La verdadera razón por la que Saraphina aceptó era mucho menos romántica: su jefe estaría allí y ella necesitaba conservar su empleo como restauradora de arte.
Entró al lujoso salón con la cabeza alta, intentando convencerse de que podía soportarlo.
Se equivocó.
Gregory se acercó acompañado de Camila y comenzó a humillarla frente a los invitados.
—¿Todavía sigues sola? —preguntó con una sonrisa cruel—. Ya tienes treinta años, Sarah. Deberías darte prisa antes de que llegue tu fecha de caducidad.
Algunos invitados rieron.
Saraphina sintió que le ardía el rostro.
Pero Gregory no había terminado.
Se burló de su trabajo, de su vestido, de su situación económica y finalmente levantó su copa.
—Brindemos por Saraphina. La mujer que casi lo tuvo todo, pero que ni siquiera pudo conservar a un hombre.
Las copas comenzaron a levantarse.
Entonces el salón se volvió inexplicablemente frío.
Las risas desaparecieron.
Las enormes puertas se abrieron y un hombre entró.
Alto. Pálido. Vestido completamente de negro.
Victor Sterling.
El misterioso multimillonario que había aparecido en Nueva York años atrás y había comprado una parte importante de la ciudad. Nadie conocía realmente su pasado.
Solo sabían que era poderoso.
Y peligroso.
Victor atravesó el salón directamente hacia Saraphina.
Gregory intentó saludarlo.
Victor ni siquiera lo miró.
Se detuvo frente a ella, tomó suavemente su barbilla y dijo:
—Perdona mi retraso, mon amour.
Saraphina quedó paralizada.
Nunca había visto a aquel hombre.
Pero cuando Gregory preguntó quién era, Victor rodeó la cintura de Saraphina con un brazo.
—Preguntaste si tenía esposo —dijo—. No lo tiene. Tiene un rey.
Después anunció delante de todos que Saraphina llevaría su apellido antes de terminar la semana.
Ella debería haberlo desmentido.
En cambio, miró la expresión destruida de Gregory y decidió seguirle el juego.
Victor remató la humillación revelando que acababa de adquirir el banco que financiaba el proyecto inmobiliario de Gregory y que exigiría el pago completo de su deuda.
Después sacó a Saraphina del hotel.
Ya en la calle, ella exigió explicaciones.
Victor le propuso algo absurdo.
Necesitaba una esposa durante un año.
A cambio, pagaría todas las deudas que Gregory le había dejado, cubriría de por vida el tratamiento médico de su madre y, cuando terminaran el matrimonio, Saraphina recibiría diez millones de dólares.
Victor tenía una condición adicional: necesitaba casarse antes de una extraña ceremonia familiar llamada la Luna de Sangre.
Saraphina aceptó.
No porque confiara en él.
Porque estaba desesperada.
Victor la llevó a su penthouse, una residencia que parecía más un castillo medieval suspendido sobre Manhattan que el hogar de un empresario.
Allí Saraphina vio algo imposible.
Un retrato del siglo XVIII.
El hombre pintado tenía exactamente el rostro de Victor.
Hasta la misma cicatriz.
Victor aseguró que se trataba de un antepasado.
Saraphina quiso creerle.
Firmó el contrato.
Entonces la punta de la pluma le cortó accidentalmente el dedo.
Una gota de sangre apareció.
Victor quedó inmóvil.
Sus ojos azules se volvieron lentamente rojos.
Miró aquella gota como un hombre muriéndose de hambre.
—Victor…
Él avanzó hacia ella.
Saraphina retrocedió aterrorizada.
—Cúbrela —gruñó.
—¿Qué?
—¡LA SANGRE! ¡CÚBRELA AHORA!
Saraphina envolvió inmediatamente su dedo.
Victor salió al balcón y apretó la barandilla metálica con tanta fuerza que el acero comenzó a doblarse entre sus dedos.
Ella miró el retrato antiguo.
Luego al hombre que acababa de convertirse en su esposo.
—¿Qué eres? —susurró.
Victor no se volvió.
Pero respondió con una voz que Saraphina jamás olvidaría:
—Soy tu marido, Saraphina… y que Dios te ayude.
PARTE 2
Durante los días siguientes, Victor la evitó.
Las deudas desaparecieron y las facturas médicas de su madre quedaron completamente pagadas. Victor había cumplido cada palabra del contrato.
Pero Saraphina necesitaba saber qué clase de criatura había aceptado como esposo.
La respuesta llegó durante una cena.
—La fiesta de mañana no es una celebración —explicó Victor—. Es mi coronación.
Le confesó que los invitados serían líderes de antiguas familias que gobernaban el mundo nocturno.
—¿Qué son ustedes?
Victor la miró fijamente.
—Vampiros.
Había sido convertido en 1721.
La cláusula matrimonial no pertenecía simplemente a un fideicomiso empresarial. Victor necesitaba una reina para conservar el control de su reino. Si el consejo consideraba débil a Saraphina, podrían desafiarlo.
Si Victor perdía, moriría.
Y ella también.
Saraphina debería haber huido.
En cambio, respondió:
—Si necesitas una reina, entonces enséñame a serlo.
La noche de la coronación llegó vestida de rojo.
Allí conoció a Damon, líder de un clan de licántropos que despreciaba que Victor hubiera elegido una humana.
Pero el verdadero desastre apareció cuando Gregory irrumpió borracho.
Acusó a Saraphina de haberse casado por dinero.
Luego sacó una pistola.
Y disparó contra ella.
Victor apareció frente a Saraphina antes de que pudiera parpadear.
La bala golpeó su mano y cayó aplastada al suelo.
Entonces Saraphina vio al verdadero Victor.
Sus uñas se convirtieron en garras.
Sombras negras cubrieron su cuerpo.
Atrapó a Gregory por el cuello y estuvo a punto de matarlo.
—¡Victor, mírame!
Saraphina agarró su brazo.
—No vale la pena. Demuéstrales que eres un rey, no un carnicero.
Victor recuperó el control.
Perdonó la vida de Gregory.
Aquella decisión cambió algo entre ellos.
Su matrimonio había comenzado como un negocio, pero lentamente Saraphina comenzó a enamorarse del hombre detrás del monstruo.
Y Victor también cambió.
Le confesó que imaginarla muerta le había hecho sentir miedo por primera vez en siglos.
Sin embargo, Damon había descubierto algo peligroso.
Saraphina era la única persona capaz de controlar al rey.
Así que decidió convertirla en su debilidad.
Tiempo después, Saraphina recibió un mensaje urgente del centro donde vivía su madre.
Corrió hasta allí.
La habitación estaba vacía.
La puerta se cerró detrás de ella.
Camila estaba esperando.
Y junto a ella estaba Damon.
Habían usado a su madre como señuelo.
Damon secuestró a Saraphina y la llevó hasta un almacén abandonado en Brooklyn.
Quería obligar a Victor a acudir solo.
—Quizá no venga —dijo Camila nerviosamente—. Quizá ella solo sea parte del contrato.
Damon sonrió.
—Viene.
Las luces comenzaron a apagarse.
Algo cayó sobre el techo.
Camila palideció.
—Trajo un ejército.
Damon olfateó el aire.
—Eso no es un ejército.
La enorme puerta metálica salió arrancada de sus bisagras.
Victor estaba detrás.
Solo.
Su cuerpo estaba cubierto de antiguas runas rojas.
Había usado magia prohibida.
La batalla fue brutal.
Victor destruyó a la manada y finalmente derrotó a Damon. Después corrió hasta Saraphina y rompió sus ataduras.
—Viniste —susurró ella.
Victor cayó de rodillas frente a ella.
—Quemaría el mundo entero para encontrarte.
Pero cuando salieron del almacén, cuatro figuras vestidas de blanco los esperaban.
El Consejo.
Victor había matado a un líder de clan y utilizado magia prohibida.
La sentencia fue inmediata.
Sería ejecutado.
Saraphina también moriría porque sabía demasiado.
Entonces ella recordó algo que Victor le había enseñado.
—¡Invoco la Lex Eterna!
Los ancianos quedaron inmóviles.
Una antigua ley permitía que la reina defendiera la legitimidad de su rey mediante el “juicio del corazón”.
El Consejo aceptó.
Pero la prueba era aterradora.
Victor debía beber un veneno ancestral.
Si el vínculo entre ambos era verdadero, sobreviviría.
Si su matrimonio seguía siendo una mentira, moriría en agonía.
Saraphina suplicó que no lo hiciera.
Victor tomó la copa.
—Empezó como una mentira —le dijo—. Pero cuando te vi atada esta noche comprendí que hace mucho tiempo dejé de actuar.
Bebió.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después Victor cayó de rodillas.
Venas negras comenzaron a extenderse por su cuello.
El Consejo sonrió.
—El matrimonio era falso. Está muriendo.
Saraphina cayó junto a él.
Lo abrazó.
Y comprendió que no podía permitir que Victor muriera creyendo que había sido solamente un contrato.
Lo besó.
No como una esposa falsa.
No como una mujer pagando una deuda.
Lo besó porque lo amaba.
Entonces las venas negras comenzaron a desaparecer.
Los ojos de Victor se abrieron.
Ya no eran rojos.
Ni azules.
Eran dorados.
El veneno se había transformado dentro de él porque el vínculo era auténtico.
Saraphina se levantó a su lado y miró al Consejo.
—El contrato ya no importa. Él es mío y yo soy suya.
Los ancianos no tuvieron otra opción.
Uno tras otro, se arrodillaron ante Victor y Saraphina.
Meses después, Saraphina continuaba trabajando como restauradora.
Su madre recibía los mejores cuidados.
Y Victor seguía gobernando la noche.
Pero ya no vivía solo.
Una noche, Saraphina encontró sobre su escritorio el viejo contrato matrimonial.
Victor había tachado la cláusula que establecía que se divorciarían después de un año.
—Eso parece una violación contractual —bromeó ella.
Victor la abrazó por detrás.
—Puedes demandarme.
—¿Y qué podría pedir como compensación?
Victor besó lentamente su cuello.
—La eternidad.
Saraphina sonrió.
Había asistido a una boda creyendo que era la mujer que nadie quería.
Salió de ella tomada de la mano de un monstruo.
Y terminó descubriendo algo que Gregory jamás habría podido entender:
a veces el hombre que parece un monstruo frente al mundo puede tratarte como una reina… mientras que el hombre que parecía perfecto puede ser el verdadero monstruo.