¿Tienes pareja Le susurré que no al Rey Alfa y estalló en celos
¿Tienes pareja Le susurré que no al Rey Alfa y estalló en celos

PARTE 1
Nunca pensé que una respuesta de dos palabras pudiera cambiar toda mi vida.
Me llamo Celia Thorn, tenía veintitrés años y pertenecía a Pinewood, una manada tan pequeña que muchos líderes del norte apenas sabían que existíamos.
Mi padre me había enviado a la reunión anual con una esperanza que ninguno de los dos se atrevía a expresar directamente.
Pinewood necesitaba aliados.
Recursos.
Protección.
Y yo era su única hija.
El problema era que nunca había sido la clase de mujer que llamaba la atención.
Mientras otras lobas entraban al salón con vestidos elegantes, joyas y sonrisas perfectas, yo permanecía contra una pared deseando convertirme en parte de ella.
Entonces apareció Dominic Ashford.
El Rey Alfa.
Veintiocho años.
Sin pareja.
Alto, oscuro y con unos ojos ámbar capaces de hacer que incluso los alfas más orgullosos bajaran la cabeza.
Aquella noche estaba entrevistando posibles candidatas para convertirse en su reina.
Por algún motivo que todavía no comprendía, su consejero pronunció mi nombre.
—Celia Thorn. El rey solicita que te unas a la fila.
Quise decir que había un error.
No me dejaron.
Terminé junto a siete mujeres mucho más impresionantes que yo.
Dominic habló con cada una durante apenas unos minutos.
Cuando llegó hasta mí, sus ojos se clavaron en los míos.
—Celia Thorn.
—Su majestad.
—Pinewood. Tu padre es Gregory Thorn.
Me sorprendió que supiera quién era.
Entonces comentó que yo era joven.
—Tengo veintitrés —respondí—. La misma edad que tenía su madre cuando se convirtió en reina.
Todo el salón pareció dejar de respirar.
Acababa de desafiar al Rey Alfa.
Dominic entrecerró los ojos.
Pero en lugar de enfadarse…
casi sonrió.
—Has estudiado la historia real.
—Toda la que pude. Es difícil saber hacia dónde vamos si ignoramos de dónde venimos.
Algo cambió en su mirada.
Después hizo una pregunta completamente inesperada.
—Dime, señorita Thorn… ¿tienes novio?
Casi me reí.
—Aún no, su majestad.
Su cuerpo se puso rígido.
Los ojos ámbar se oscurecieron.
—¿Aún no?
Repitió mis palabras como si acabara de escuchar una amenaza.
—¿Significa eso que estás considerando a alguien?
—No. Solo quiero decir que no estoy con nadie.
—Pero esperas estarlo algún día.
—Supongo. ¿No es precisamente para eso esta reunión?
Fue la respuesta equivocada.
Dominic dio un paso más cerca.
—¿Quién es él?
—¡No hay nadie!
—Tu corazón está acelerado.
—Porque usted me está aterrorizando.
El Rey Alfa me observó durante unos segundos.
Entonces confesé la verdad.
No tenía pretendientes.
Nunca los había tenido.
Era simplemente la hija rara de Gregory Thorn, la muchacha que pasaba más tiempo entre archivos y libros que en fiestas.
La expresión de Dominic cambió.
—Cenarás a mi derecha esta noche.
Luego se marchó.
Mi amiga Sarah apareció inmediatamente.
—Celia… ese asiento está reservado para la mujer más importante después del rey.
Durante la cena, Dominic apenas apartó su atención de mí.
Finalmente le pregunté:
—¿Por qué le importa tanto si tengo novio?
Él tardó unos segundos.
—No lo sé.
Aquella respuesta me sorprendió.
—Pero me importa —continuó—. Y me está haciendo comportarme como un idiota territorial por una mujer que conocí hace unas horas.
Después me pidió que permaneciera en el palacio durante dos semanas.
No me obligaría.
Solo quería tiempo para entender qué estaba ocurriendo entre nosotros.
Contra toda lógica, acepté.
Los primeros días fueron insoportables.
Dominic empezó a evitarme.
Hasta que lo enfrenté.
Él me llevó a un jardín oculto detrás del palacio, el lugar donde iba de niño cuando el peso de ser rey resultaba demasiado.
Allí me confesó que yo estaba alterando todas sus prioridades.
—Eres exactamente lo contrario de lo que pensaba que necesitaba.
—¿Y qué creías necesitar?
—Algo seguro.
Sus ojos bajaron hacia mis labios.
—Tú no eres segura, Celia.
Mi corazón golpeó con tanta fuerza que pensé que podía oírlo.
—Pienso en ti constantemente —admití—. Y me siento culpable porque debería estar pensando en Pinewood y en mi padre… no en enamorarme de un rey.
Dominic se quedó completamente inmóvil.
—¿Enamorarte?
Su voz se volvió áspera.
Se acercó hasta que ya no hubo espacio entre nosotros.
Su mano subió lentamente hacia mi rostro.
—Celia… acabas de decir que te estás enamorando de mí.
Y entonces sus ojos descendieron hasta mi boca.
—No retires esas palabras. Por favor.
PARTE 2
—No podría retirarlas aunque quisiera —susurré.
La verdad estaba en cada latido de mi corazón.
—Estoy aterrorizada.
—Yo también.
Dominic apoyó la frente contra la mía.
El hombre que gobernaba miles de lobos parecía perdido.
—Llevo años tomando decisiones por todo un reino —confesó—. Pero contigo no sé qué hacer.
Puse las manos sobre su pecho.
—Entonces no lo hagas solo.
Y lo besé.
No fue un beso de un rey reclamando a alguien.
Fue inseguro.
Cuidadoso.
Una pregunta.
Cuando nos separamos, Dominic respiraba con dificultad.
—Dos semanas no serán suficientes.
—No —admití—. Ni siquiera cerca.
Después de aquello dejó de evitarme.
Me invitó a reuniones del consejo.
Fue allí donde comprendí que enamorarme de Dominic sería la parte fácil.
Sobrevivir a su mundo sería mucho más difícil.
El consejero Brennon me despreciaba.
Cuando propuso negar recursos a Pinewood por ser una manada “irrelevante”, algo dentro de mí explotó.
—Pinewood protege la frontera oriental. Si la debilitamos, debilitamos todo el territorio.
Brennon sonrió con desprecio.
—No eres objetiva.
—Tampoco usted.
El silencio cayó sobre la mesa.
Expuse mapas, rutas y posiciones defensivas.
Cuando terminé, Dominic me miraba con orgullo.
—Aprueben los recursos para Pinewood.
Brennon perdió aquella batalla.
Pero yo sabía que acababa de ganarme un enemigo.
Después de la reunión, Dominic me encontró sola.
—Estuviste magnífica.
—Estaba aterrorizada.
—Eso es precisamente lo que lo hizo magnífico. Tuviste miedo y aun así no retrocediste.
Me besó.
Luego dijo aquello que llevaba días temiendo y deseando escuchar.
—No quiero que te vayas cuando terminen las dos semanas.
Mi respiración se detuvo.
—Quiero que te quedes conmigo. No como invitada.
Su voz perdió toda autoridad real.
—Como mía… si tú decides aceptarme.
Pensé en mi padre.
En Pinewood.
En toda la vida que conocía.
—Primero necesito hablar con él.
Dominic aceptó, aunque cada instinto posesivo en él quería mantenerme cerca.
—Ve sola si lo necesitas.
Después me hizo prometer algo.
—Vuelve a mí.
—Volveré.
Mi padre estaba cuidando su pequeño jardín cuando llegué a Pinewood.
Al verme me abrazó con tanta fuerza que durante un momento volví a sentirme una niña.
Esa noche le conté todo.
Dominic.
Los celos.
Los besos.
El consejo.
La posibilidad de convertirme en reina.
Mi padre permaneció en silencio.
Finalmente preguntó:
—¿Lo amas?
—Creo que sí.
—Entonces esa no es la pregunta importante.
Lo miré.
—¿Cuál es?
—¿Estás preparada para el precio de amarlo?
Me explicó que mi madre también había abandonado una unión políticamente perfecta para escogerlo a él.
Su familia la rechazó.
Su antigua manada la desheredó.
Pero nunca se arrepintió.
—Celia, si escoges a Dominic, serás juzgada cada día. Habrá lobos diciendo que no eres digna, que Pinewood es demasiado pequeña, que tú eres demasiado inexperta.
Tomó mi mano.
—Pero si ese hombre te ve exactamente como eres y aun así quiere caminar contigo… no permitas que el miedo decida por ti.
A la mañana siguiente regresé.
Dominic estaba esperando cuando se abrió la puerta del carruaje.
Me abrazó antes de que pudiera bajar completamente.
—Volviste.
—Te lo prometí.
Me sostuvo el rostro.
—Entonces quédate. No dos semanas. No dos meses.
Sus ojos ámbar ardían.
—Quédate para siempre. Sé mi reina.
Pensé en la chica que había intentado desaparecer contra aquella pared durante la reunión.
Y comprendí que ya no existía.
—Sí.
Dominic cerró los ojos.
—¿Sí?
—Sí. Seré tu reina.
El anuncio público llegó poco después.
Cientos de lobos se reunieron frente al palacio.
Dominic habló desde el balcón.
—Esperé años porque no quería una alianza política. Quería una compañera que estuviera a mi lado porque ella también me había elegido.
Entonces tomó mi mano.
—Celia Thorn, de Pinewood, será mi reina.
Algunos permanecieron en silencio.
Brennon entre ellos.
Pero entonces un lobo aulló.
Otro respondió.
Después otro.
En segundos el patio entero temblaba con cientos de voces.
Mi loba despertó orgullosa dentro de mí.
Por primera vez no quise hacerme pequeña.
Me convertí en reina.
Y descubrí rápidamente que una corona no hacía que las personas dejaran de subestimarte.
Brennon cuestionaba casi todas mis propuestas.
Otros alfas dudaban de mi experiencia.
Una loba llamada Leana Frost, antigua favorita para convertirse en reina, intentó humillarme públicamente por venir de una manada pequeña.
Pero cada desafío me obligaba a crecer.
Empecé a estudiar mapas.
Recursos.
Disputas territoriales.
No repetía las opiniones de Dominic.
Construía las mías.
Incluso resolví una disputa entre dos manadas que llevaba años empeorando al descubrir que no luchaban realmente por territorio.
Luchaban por agua.
El río había cambiado su curso.
Reparar la erosión resolvió aquello que años de amenazas no habían podido arreglar.
Poco a poco dejaron de verme como la mujer que el rey había elegido.
Empezaron a verme como una líder.
Entonces llegó el invierno.
Y empezaron las desapariciones.
Lobos de pequeñas manadas fronterizas desaparecían sin dejar cadáveres ni rastros.
Brennon propuso retirar recursos de aquellas zonas.
Me negué.
—Son nuestra gente.
Estudié cada desaparición.
Descubrí un patrón.
Algo avanzaba desde las montañas hacia asentamientos cada vez mayores.
—No son ataques aleatorios —dije frente al consejo—. Algo nos está cazando.
Dominic me miró.
—¿Qué propones?
—Dejemos de perseguirlo.
Señalé el siguiente punto probable.
—Hagamos que venga a nosotros.
Preparamos una trampa.
Dominic quería que yo permaneciera en el palacio.
Me negué.
—Si quiero ser reina, no puedo pedir a mi gente que se enfrente a algo que yo tengo demasiado miedo de mirar.
Él odiaba mi respuesta.
Pero la respetó.
Aquella noche esperamos entre la nieve.
Entonces aparecieron.
Criaturas oscuras que se movían como sombras vivas, con ojos verdes enfermizos.
Después las llamamos espectros.
La batalla fue rápida y feroz.
Pero nuestra preparación funcionó.
Capturamos algunos.
Expulsamos al resto.
Cuando terminó, Dominic corrió hacia mí y me encerró entre sus brazos.
—No vuelvas a hacerme pasar por esto.
Me reí contra su pecho.
—No prometo nada.
La información obtenida de los prisioneros reveló una conspiración destinada a debilitar el reino empezando por las manadas más pequeñas.
Habíamos detenido el plan antes de que alcanzara el corazón de nuestros territorios.
Después de aquello, incluso Brennon dejó de cuestionar cada palabra que decía.
No porque finalmente me considerara de noble linaje.
Sino porque había demostrado mi capacidad.
Un año después de aquella reunión donde todo había comenzado, Dominic y yo volvimos al mismo balcón.
Abajo había lobos de manadas que antes apenas se hablaban.
Pinewood prosperaba gracias a nuevos recursos y mejores rutas.
Dominic rodeó mi cintura.
—¿Alguna vez te arrepientes?
—¿De qué?
—De dejar tu vida tranquila por todo esto.
Miré a la multitud.
Recordé a la joven escondida contra una pared.
La que creía no ser suficientemente importante para que nadie reparara en ella.
Sonreí.
—Ni un solo segundo.
Dominic me besó.
Abajo comenzaron los aullidos.
Y comprendí algo.
Yo no había llegado al palacio para encontrar un rey.
Mucho menos para convertirme en reina.
Solo había asistido a una reunión porque mi padre me había pedido que intentara ayudar a nuestra pequeña manada.
Todo había comenzado con una pregunta absurdamente sencilla.
—¿Tienes novio?
Y con dos palabras que hicieron perder el control al lobo más poderoso del norte.
—Aún no.
Dominic pensó aquella noche que estaba preguntando por otro hombre.
Pero ninguno de los dos comprendió la verdad.
No había otro hombre esperando.
El hombre que estaba esperando era él.