Temía casarse con un cruel rey vampiro; en la noche de bodas, él le hizo una pregunta que la transformó.
Temía casarse con un cruel rey vampiro; en la noche de bodas, él le hizo una pregunta que la transformó.

PARTE 1
Genevieve Sterling había escuchado durante años que el rey Alistair Valerius era un monstruo.
Decían que había enterrado a tres esposas. Decían que las había vaciado de sangre antes de que terminara la luna de miel. Decían que ninguna mujer que entraba a Blackwood Manor salía igual.
Por eso, cuando su padre la entregó como esposa para saldar una deuda de treinta millones, Genevieve entendió que no la estaban casando.
La estaban sacrificando.
Su padre, Arthur Sterling, había perdido casi todo apostando. Frente a él, Silas Valerius, tío y regente del rey, ofreció una solución.
—La Casa Valerius necesita una novia humana de un linaje apropiado.
Arthur ni siquiera pudo mirar a su hija.
Genevieve pensó en escapar. Tenía algo de dinero ahorrado y podía desaparecer.
Pero descubrió que, si huía, Silas tomaría a su hermana menor, Beatrice.
Así que aceptó.
Blackwood Manor se levantaba entre bosques oscuros como una tumba hecha de piedra. La boda fue pequeña, silenciosa y aterradora. Los bancos de la capilla estaban ocupados por seres hermosos y pálidos que miraban a Genevieve como si ya pudieran saborear su sangre.
En el altar esperaba Alistair.
Era alto y extraordinariamente atractivo, pero no parecía el depredador invencible que describían las historias.
Parecía enfermo.
Su piel era translúcida. Sus ojos violetas estaban rodeados de cansancio. Cuando tomó la mano de Genevieve para colocarle el anillo, sus dedos estaban helados, pero su contacto fue sorprendentemente delicado.
Entonces acercó la boca a su oído.
Genevieve se preparó para sentir sus colmillos.
En cambio, él susurró:
—No bebas el vino.
Después se apartó.
Durante el banquete, Genevieve obedeció.
Observó con atención.
Silas daba órdenes, aceptaba felicitaciones y actuaba prácticamente como dueño del castillo.
Alistair permanecía sentado, débil, casi incapaz de sostener su propia copa.
Cuando finalmente llegó el momento de llevar a la novia a la habitación matrimonial, Silas levantó su cáliz.
—Que el rey encuentre esta noche el alimento que necesita.
Las risas llenaron el salón.
Genevieve sintió náuseas.
Alistair la tomó del brazo y la llevó hacia la torre privada.
Entraron.
Cerró la puerta.
Un cerrojo.
Luego otro.
Luego un tercero.
Genevieve retrocedió hasta chocar con la chimenea.
Había llegado el momento.
—Por favor —dijo con lágrimas en los ojos—. Si vas a matarme, hazlo rápido.
Alistair se quedó inmóvil.
Escuchó atentamente los pasos detrás de la puerta hasta que desaparecieron.
Después ocurrió algo que Genevieve jamás habría imaginado.
El terrible rey vampiro cayó de rodillas.
No para atacarla.
Porque apenas podía mantenerse consciente.
—Genevieve…
Ella lo miró, confundida.
Alistair alzó el rostro.
La arrogancia del rey había desaparecido. Había desesperación en sus ojos.
—Si te entregara la llave de esta habitación ahora mismo, ¿huirías… o te quedarías para ayudarme a matar al hombre que nos vendió a los dos?
—¿Mi padre?
—No.
Alistair miró hacia la puerta.
—Silas.
Genevieve sintió un escalofrío.
—Es tu tío.
—Es mi carcelero.
Entonces Alistair le contó la verdad.
Silas llevaba años envenenándolo lentamente con sangre sintética mezclada con una sustancia que debilitaba a los vampiros. Las tres esposas anteriores no habían muerto a manos de Alistair.
Habían descubierto la conspiración.
Silas las había asesinado y después había culpado al rey.
—Me necesita vivo para legitimar su poder —explicó Alistair—. Pero demasiado débil para gobernar.
Genevieve comenzó a comprender.
El monstruo de Blackwood no era el verdugo.
Era la víctima perfecta.
—¿Y yo?
Alistair la miró fijamente.
—Él espera que mueras también.
Luego pronunció algo que cambió todo.
Genevieve poseía un tipo sanguíneo extraordinariamente raro: sangre dorada.
Para Alistair no era simplemente alimento.
Era el antídoto capaz de limpiar el veneno de su cuerpo.
—Si me das suficiente sangre —dijo—, recuperaré mi fuerza.
Genevieve miró la puerta.
Si huía, Beatrice moriría.
Si confiaba en Alistair, quizá ambas sobrevivirían.
—¿Qué necesitas?
Él colocó una daga esterilizada y una copa de cristal frente a ella.
—Solo tu sangre. No te morderé. No confío todavía en mi hambre.
Genevieve se cortó la palma.
La sangre cayó dentro de la copa.
Alistair bebió.
Y frente a sus ojos, el hombre moribundo comenzó a transformarse.
Su espalda se enderezó.
El color regresó a su rostro.
Sus ojos violetas empezaron a arder como electricidad.
Cuando volvió a mirar a Genevieve, ya no parecía un prisionero.
Parecía un rey.
Y sonrió.
—Ahora, mi esposa… vamos a hacer que Silas crea que su plan está funcionando.
Justo entonces alguien golpeó violentamente la puerta.
—Majestad —dijo la voz de Silas desde el pasillo—. Abra. Quiero ver si la novia sigue viva.
Alistair miró a Genevieve.
Se llevó un dedo a los labios.
Y susurró una sola palabra:
—Grita.
PARTE 2
Genevieve gritó con todas sus fuerzas.
Alistair destrozó una almohada, volcó un jarrón y revolvió las sábanas. Después encorvó el cuerpo y volvió a interpretar al rey enfermo.
Cuando abrió ligeramente la puerta, Silas encontró exactamente lo que esperaba.
Genevieve estaba arrodillada junto a la cama, llorando, con la mano vendada.
Alistair parecía exhausto.
Silas sonrió.
—Veo que la luna de miel ha comenzado.
Incluso se permitió tocar el rostro de su sobrino con desprecio.
Alistair no reaccionó.
Pero cuando Silas se marchó y cerraron nuevamente la puerta, el rey recuperó su postura.
El fuego regresó a sus ojos.
—Esa fue la última vez que me toca con esa mano.
Genevieve se secó las lágrimas falsas.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Cinco días.
Durante esas noches nació algo extraño entre ellos.
Alistair le mostró documentos secretos que demostraban que Silas estaba vaciando las cuentas del reino y vendiendo territorio a otras criaturas.
Genevieve continuó dándole pequeñas cantidades de sangre.
Con cada alimentación, el rey recuperaba más fuerza.
También cambió la forma en que Genevieve lo veía.
No era un monstruo salvaje.
Era un hombre disciplinado, culto y sorprendentemente cuidadoso con ella.
Pero Silas comenzó a sospechar.
Una noche entró acompañado por un médico.
Quería examinar el corazón del rey.
Genevieve sintió verdadero terror.
El latido de Alistair ya no correspondía al de un vampiro moribundo.
Los guardias lo sujetaron.
El médico colocó el estetoscopio sobre su pecho.
Después frunció el ceño.
—Su corazón está extremadamente débil.
Silas quedó satisfecho y ordenó aumentar la medicación.
Cuando finalmente se fueron, Genevieve corrió hacia Alistair.
—¿Cómo lo hiciste?
—Detuve mi corazón.
Genevieve abrió los ojos.
Alistair la miró.
—Pero gasté demasiada energía. Antes del baile necesitaré más sangre.
Ella no dudó.
Descubrió su cuello.
—Toma lo que necesites.
Llegó finalmente el gran baile del solsticio.
Las familias más antiguas del mundo vampírico llenaron Blackwood Manor.
Silas esperaba aquella noche obligar públicamente a Alistair a abdicar.
El rey bajó las escaleras apoyado en un bastón, fingiendo estar al borde de la muerte.
Genevieve caminó a su lado.
Nadie sospechó nada.
Cuando llegó el momento, Silas presentó el documento de abdicación.
Pero además tenía una última amenaza.
—Firma —susurró— o mis hombres matarán a Beatrice.
Genevieve sintió que el mundo desaparecía.
Alistair tomó la pluma.
Silas sonrió.
Entonces el temblor de la mano del rey desapareció.
En lugar de firmar, clavó violentamente la pluma contra la mesa.
El golpe atravesó el pergamino y se hundió en la madera.
Después Alistair se levantó.
Sin bastón.
Sin debilidad.
A su altura completa.
Los ojos violetas ardían con un poder que hizo retroceder a los vampiros más cercanos.
—Hablas demasiado de mis deseos, tío —dijo con una voz que hizo vibrar las lámparas—. Pero nunca me preguntaste qué quería realmente.
Silas palideció.
—¡Guardias!
Los soldados atacaron.
Genevieve se arrojó bajo la mesa.
Lo que siguió no fue una batalla equilibrada.
Alistair había recuperado décadas de poder reprimido.
Rompió una lanza con las manos, lanzó a un guardia contra las mesas y enfrentó al resto con una velocidad que nadie esperaba.
Silas intentó escapar.
Genevieve lo vio dirigirse hacia una puerta lateral mientras sacaba el teléfono.
Beatrice.
Iba a ordenar su muerte.
La ira venció al miedo.
Genevieve tomó un enorme candelabro de plata y corrió detrás de él.
—¡Silas!
Él se volvió.
Genevieve lo golpeó en la cabeza con toda su fuerza.
Silas cayó.
Pero seguía siendo un vampiro.
Se levantó, la atrapó del cuello y la estrelló contra la pared.
—Primero tú —gruñó—. Después tu hermana.
Sus colmillos descendieron.
Genevieve comenzó a quedarse sin aire.
Entonces una mano atrapó a Silas por detrás.
Alistair.
Lo arrancó de ella y lo lanzó contra la enorme chimenea.
El cuerpo de Silas impactó contra la piedra.
Los guardias restantes dejaron caer sus armas.
La conspiración había terminado.
Pero Silas comenzó a reír.
—Beatrice morirá de todas formas. Si no envío una señal, mis mercenarios entrarán en su habitación.
Genevieve volvió a sentir miedo.
Alistair, sin embargo, sacó un teléfono.
Era el de Silas.
Mostró una fotografía.
Beatrice aparecía completamente ilesa junto a un enorme hombre vestido de negro.
—Mi guardia personal llegó a Boston hace días —explicó Alistair—. Tus mercenarios ya no existen.
Silas comprendió que había perdido absolutamente todo.
Pidió exilio.
Alistair se negó.
Pero tampoco ordenó matarlo.
Lo condenó a una celda subterránea sin luz y sin sangre, donde permanecería vivo, hambriento y aislado.
Cuando se llevaron a Silas, uno por uno los miembros del consejo se inclinaron.
—Larga vida al rey.
Alistair apenas los escuchó.
Solo miraba a Genevieve.
Después de la batalla la llevó hasta la habitación matrimonial.
Allí, por primera vez, le ofreció una salida real.
—Beatrice está segura. Tu deuda terminó. Puedo llevarte a casa.
Genevieve lo observó.
Podía marcharse.
Recuperar una vida normal.
Pero la mujer que había llegado temblando a Blackwood Manor ya no existía.
Se acercó a Alistair.
—La primera noche me preguntaste si huiría o si me quedaría a luchar.
—Lo recuerdo.
Genevieve tomó sus manos.
—Ya no quiero huir. Y tampoco quiero luchar solamente para sobrevivir. Quiero luchar por nosotros.
Alistair permaneció inmóvil.
—Este mundo es oscuro.
—Entonces lo iluminaremos juntos.
Él la besó.
Genevieve había entrado en aquella mansión convencida de que se casaba con un monstruo.
En realidad encontró a un rey prisionero.
Y al decidir salvarlo, terminó liberándose también a sí misma.
La mujer que su padre había vendido como sacrificio se convirtió en reina.
No porque alguien la rescatara.
Sino porque, cuando finalmente tuvo una puerta abierta frente a ella, eligió quedarse y conquistar el reino que había intentado devorarla.