Te Protegeré — Susurró el Rey Lycan Gigante a la Esclava Embarazada Abandonada

PARTE 1

El hombre que me dejó en medio de la nieve estaba convencido de que nunca volvería a verme.

Yo también lo creí.

Estaba embarazada, apenas podía caminar y llevaba horas sin sentir los dedos de los pies.

Pero aquella noche apareció entre los pinos una criatura enorme de ojos dorados… y en vez de atacarme, se arrodilló frente a mí.

Me llamo Paloma del Río.

Tenía veintitrés años cuando escapé de la hacienda de Ramiro Vargas, en una zona aislada de la Sierra de Chihuahua.

Decir que “trabajaba” allí sería demasiado amable.

Mi familia había quedado endeudada años atrás y yo terminé ligada a la propiedad bajo una antigua regla de servidumbre que prácticamente me convertía en pertenencia de la hacienda.

Ramiro decidía dónde dormíamos, cuánto comíamos y cuándo podíamos salir.

Cuando descubrió mi embarazo, mi situación empeoró.

El padre de mi hija había sido un joven trabajador de otra propiedad con quien yo había mantenido una relación en secreto. Cuando Ramiro se enteró, lo expulsó de sus tierras y me acusó de haber creado un problema que no pensaba mantener.

Comenzó reduciendo mis alimentos.

Después me quitó mis tareas.

Finalmente, en una mañana de tormenta, me subieron a una carreta y me dejaron lejos de cualquier poblado.

Ramiro pensaba que el invierno resolvería el asunto por él.

Caminé hasta que las piernas dejaron de responderme.

Solo pensaba en mi bebé.

Cada vez que se movía dentro de mí repetía:

Un poco más.

Solo un poco más.

Cuando finalmente caí junto al camino, escuché algo pesado avanzar entre los árboles.

Pensé que era un oso.

Me equivoqué.

Era un lobo negro gigantesco.

Pero ningún lobo normal podía medir aquello.

Sus ojos brillaban con una inteligencia inquietantemente humana.

Quise alejarme.

No pude.

Me limité a cubrir mi vientre.

Entonces el animal se acercó, olfateó el aire y comenzó a cambiar.

Frente a mí apareció un hombre alto, de cabello oscuro y varias cicatrices antiguas sobre el pecho.

Se quitó la capa y me envolvió con ella.

No preguntó cuánto podía pagar.

Ni a quién pertenecía.

Simplemente me levantó.

—Tranquila. Primero vamos a sacarte del frío.

Perdí el conocimiento entre sus brazos.

Desperté tres días después.

Estaba en una habitación cálida dentro de una fortaleza escondida en las montañas.

Y el hombre sentado junto a la cama no era un cazador.

Era León Solís.

El alfa que gobernaba las manadas del norte.

Yo había escuchado historias sobre él desde niña.

Esperaba sentir miedo.

En cambio, lo primero que hizo fue preguntarme si tenía hambre.

El médico, Mateo Valdés, explicó que mi bebé estaba estable, pero que yo llevaba demasiado tiempo mal alimentada.

Durante semanas recuperé fuerzas.

Al principio escondía pan debajo de la almohada.

León lo descubrió.

Nunca me avergonzó.

Simplemente comenzó a dejar más comida.

Después empezó a desayunar conmigo.

Creo que entendió que necesitaba ver a alguien comer tranquilamente para convencerme de que nadie iba a quitarme el plato.

Poco a poco comenzamos a hablar.

Le conté que mi madre había sido maestra.

Ella me enseñó a leer antes de que nuestra familia perdiera todo.

Cuando León descubrió aquello, me mostró la biblioteca de la fortaleza.

Pensé que tendría prohibido tocar los libros.

Él casi se rió.

—Léelos todos si quieres.

Y eso hice.

Historia.

Medicina.

Administración.

Leyes antiguas.

Me obsesioné especialmente con esas últimas.

Porque sabía que Ramiro seguía vivo.

Y sabía que algún día podía encontrarme.

Pasaron cinco meses.

Mi cuerpo cambió.

Ya podía caminar por la fortaleza sin sentirme una intrusa.

Incluso ayudé a reorganizar las provisiones de invierno. Una pequeña idea que había aprendido trabajando en cocinas permitió que los alimentos rindieran mucho más.

León comenzó a pedirme opinión sobre otros asuntos.

Por primera vez alguien no veía una sirvienta.

Veía mi cabeza.

Y algo más estaba ocurriendo entre nosotros.

No era una historia de amor rápida.

Yo todavía me sobresaltaba cuando alguien se acercaba demasiado.

León nunca presionó.

Una noche me preguntó si podía tocar mi vientre.

Esperó hasta que asentí.

Apenas apoyó la palma, la niña dio una patada tan fuerte que ambos nos reímos.

Fue probablemente el momento más tranquilo que había vivido en años.

Duró poco.

Una tarde el doctor Mateo entró casi corriendo.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Paloma, tenemos que llevarte a otra habitación.

Supe que algo estaba mal.

—¿Qué pasó?

Miró hacia el pasillo.

—Ramiro Vargas acaba de llegar a la fortaleza.

Sentí que volvía a tener veintitrés años, descalza sobre la nieve.

Mateo intentó llevarme por una salida lateral.

No alcanzamos.

Escuché aquella voz.

La misma que aparecía en mis pesadillas.

Ramiro estaba hablando con León justo afuera.

Entonces mi hija se movió con fuerza y se me escapó un gemido.

El pasillo quedó en silencio.

Unos segundos después Ramiro apareció en la puerta.

Primero miró mi ropa.

Después la habitación.

Finalmente mi vientre.

Sonrió.

—Así que aquí estabas.

León se colocó inmediatamente entre los dos.

Ramiro sacó varios documentos.

Antiguos contratos.

Sellos.

Una copia de la ley de servidumbre.

Y entonces pronunció las palabras que llevaba meses temiendo escuchar:

—He venido a llevarme a Paloma… y a la niña que todavía lleva dentro.

PARTE 2

—He venido a llevarme a Paloma… y a la niña que todavía lleva dentro.

León no se movió.

Pero vi cómo apretaba las manos.

Ramiro sabía perfectamente lo que hacía.

La antigua ley estaba de su lado.

Yo seguía registrada como sirvienta ligada por deuda a su hacienda.

Si León simplemente ignoraba los documentos, otras familias podrían acusarlo de romper las mismas leyes que debía hacer cumplir.

Ramiro avanzó un paso.

Yo retrocedí.

Y entonces recordé un libro.

Un volumen viejo que había encontrado escondido en la parte más alta de la biblioteca.

Derecho Antiguo de las Casas del Norte.

Había leído un párrafo tantas veces que podía repetirlo de memoria.

—Existe otra ley.

Ramiro me miró sorprendido.

Creo que era la primera vez que me escuchaba hablarle sin bajar la cabeza.

Expliqué que una norma mucho más antigua protegía a cualquier mujer embarazada que hubiera recibido refugio permanente en territorio de la corona.

La protección no terminaba con el nacimiento.

Se extendía hasta que el bebé pudiera vivir sin depender físicamente de la madre.

Ramiro se burló.

Dijo que esa norma tenía siglos.

León llamó al encargado de los archivos.

Trajeron el texto original.

La ley seguía vigente.

Nadie la había eliminado.

Por primera vez vi desaparecer la sonrisa de Ramiro.

Aquello no me daba libertad definitiva.

Pero nos daba tiempo.

Y tiempo era precisamente lo que necesitábamos.

Ramiro se marchó prometiendo regresar cuando terminara la protección.

Yo comencé a temblar apenas salió de la habitación.

León se arrodilló frente a mí.

—¿Cómo supiste eso?

—Lo leí.

Durante años me habían dicho que los libros llenaban la cabeza de ideas peligrosas.

Quizá tenían razón.

Dos semanas después comenzó el parto.

La tormenta afuera era tan fuerte que nadie podía salir de la fortaleza.

El nacimiento se complicó.

No entraré en detalles.

Solo diré que Mateo dejó de hablarme como médico y comenzó a hablarme como alguien realmente preocupado.

Yo estaba agotada.

Mi hija también.

León permaneció a mi lado.

En cierto momento puso las manos sobre mi vientre.

Los cambiaformas más antiguos hablaban de algo llamado transferencia de esencia.

Una especie de vínculo mediante el cual un alfa podía entregar parte de su propia energía para ayudar a otra persona.

La mayoría consideraba aquello una leyenda.

León lo intentó de todos modos.

Sentí un calor recorrerme.

Mi hija dejó de agitarse.

Mi respiración se tranquilizó.

Poco después escuchamos su primer llanto.

Era una niña.

Perfectamente sana.

La llamé Xóchitl, como mi madre.

Entonces Mateo vio sus ojos.

Dorados.

Exactamente como los de León cuando adoptaba su forma de lobo.

Nadie entendía cómo era posible.

Hasta que revisaron los textos más antiguos.

Existía otro fenómeno casi olvidado.

La adopción de sangre.

Cuando un alfa entregaba voluntariamente una parte profunda de su esencia para proteger a una criatura antes de nacer, el vínculo podía reconocerlo como padre de esa vida.

No cambiaba el pasado.

Cambiaba la pertenencia mágica.

Xóchitl había sido aceptada por el linaje de León.

Eso significaba algo enorme.

Ya no era una niña que Ramiro pudiera reclamar mediante mi antiguo contrato.

Era heredera protegida de la casa Solís.

Pero León pagó un precio.

Permaneció inconsciente varios días.

Y durante ese tiempo descubrí que mi transformación todavía no había terminado.

Algunos hombres dentro de la fortaleza no aceptaban que una antigua sirvienta pudiera convertirse en madre de una heredera.

Escuché rumores.

Después descubrí cambios extraños en los turnos de vigilancia.

Antes habría intentado esconderme.

Esta vez hice exactamente lo contrario.

Organicé a las personas que confiaban en nosotros.

Cocineras.

Médicos.

Guardias.

Lavanderas.

Gente que casi nunca aparecía en las decisiones importantes, pero que veía y escuchaba todo.

Cuando León despertó una semana después, encontró la fortaleza funcionando con normalidad.

Y me encontró a mí sentada junto a su cama con Xóchitl en brazos.

Me miró durante varios segundos.

—¿Qué pasó mientras dormía?

—Muchas cosas.

—¿Estamos bien?

Miré a nuestra hija.

—Ahora sí.

Durante los meses siguientes León llevó el caso ante el consejo.

Pero hubo algo que cambió completamente el debate.

Yo pedí hablar.

No como víctima.

No como propiedad de nadie.

Como alguien que había vivido bajo esas leyes.

Expliqué que ninguna deuda debía convertir a una persona en pertenencia permanente de otra.

Que un contrato podía obligar a devolver dinero o trabajo acordado.

Pero no podía convertir un ser humano en objeto.

La discusión duró meses.

Finalmente aprobaron una reforma.

Todas las personas atrapadas en antiguos contratos de servidumbre recibieron un proceso para recuperar legalmente su libertad.

Las deudas todavía podían reclamarse.

Las personas, no.

El contrato de Ramiro quedó anulado.

Nunca regresó por mí.

Tiempo después descubrimos además que muchos de sus registros financieros estaban manipulados y que varias familias habían pagado deudas que él seguía fingiendo que existían.

Perdió gran parte de su influencia cuando esas cuentas salieron a la luz.

Yo recibí algo mucho más importante.

Mi nombre.

Paloma del Río.

Sin dueño.

Sin contrato.

Sin permiso de nadie.

León y yo nos casamos mucho después.

No el día en que me rescató.

Ni después del nacimiento de Xóchitl.

Esperó hasta que yo pudiera decir sí sabiendo que también tenía derecho a decir no.

Años después regresé una vez al camino donde me había encontrado.

Era invierno.

La nieve cubría los mismos pinos.

León llevaba a Xóchitl sobre los hombros.

Ella tenía los mismos ojos dorados de su padre y hacía preguntas sobre absolutamente todo.

Me quedé mirando el sendero.

León pensó que estaba triste.

—¿Quieres regresar?

Negué con la cabeza.

La nieve ya no me daba miedo.

Era solamente nieve.

Aquella noche yo había creído que mi vida terminaba allí.

En realidad, fue el primer lugar donde alguien me encontró y no preguntó cuánto valía.

Preguntó qué necesitaba.

Xóchitl corrió hacia mí y tomó mi mano.

Entonces recordé algo que mi madre decía cuando me enseñaba a leer:

El conocimiento puede ser lo último que te quede.

Pero a veces eso basta para recuperar todo lo demás.

Y por primera vez entendí exactamente lo que había querido decir.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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