Su tío la vendió por veinte monedas y la encadenó como carnada… pero sus gritos despertaron al Rey Alfa
Su tío la vendió por veinte monedas y la encadenó como carnada… pero sus gritos despertaron al Rey Alfa

PARTE 1
Los monstruos no siempre tienen pelaje y colmillos.
A veces comparten tu propia sangre.
Mi tío me vendió por veinte monedas de plata, y unos mercenarios me encadenaron en un bosque congelado para atraer a una manada de lobos salvajes.
Creí que aquella noche moriría.
Nunca imaginé que mis gritos serían escuchados por el verdadero rey del norte.
Me llamo Adelaide Wright. Tenía diecinueve años y había quedado huérfana bajo la tutela de mi tío Thomas, dueño de una taberna en Oak Haven.
El invierno de 1398 fue especialmente cruel. Varias criaturas sin manada rondaban los caminos, atacando rebaños y viajeros. Las autoridades ofrecían una recompensa por eliminarlas, pero nadie quería internarse en el bosque de Harrowgate.
Edward Cobb, capitán de una compañía de mercenarios, encontró una solución: utilizar una persona como carnada.
Thomas tenía una enorme deuda de juego con él.
Una noche los escuché negociar mi vida.
—La muchacha solo representa una boca más que alimentar —dijo mi tío—. Veinte monedas bastarán para cancelar lo que debo.
Intenté escapar por la puerta trasera, pero los hombres de Cobb me esperaban en el callejón. Me arrastraron hasta el corazón del bosque y colocaron una pesada argolla de hierro alrededor de mi muñeca. La cadena estaba sujeta al tronco de un roble muerto.
—Cuando veas a los lobos, grita —ordenó Cobb—. Nosotros nos encargaremos del resto.
Los mercenarios se ocultaron entre las ramas con sus ballestas. Yo permanecí sola sobre la nieve, vestida apenas con un delgado traje de lana.
Cada minuto disminuía la sensibilidad de mis dedos.
Saqué una horquilla de mi cabello y traté de abrir la cerradura. No quería concederle a mi tío la satisfacción de saber que había muerto sin luchar.
Entonces percibí un olor a carne descompuesta y pelaje mojado.
Seis criaturas gigantescas aparecieron entre los árboles. Habían perdido casi toda su humanidad. Tenían el cuerpo cubierto de cicatrices, los ojos amarillos y la saliva congelada sobre los colmillos.
Cobb disparó desde las ramas.
La flecha alcanzó a uno de los lobos, pero no lo derribó. Solo consiguió enfurecer a toda la manada.
Las criaturas treparon los árboles y atacaron a los mercenarios. Cobb abandonó a sus hombres y huyó hacia la oscuridad.
Cuando el bosque quedó en silencio, el lobo más grande se volvió hacia mí.
Todavía llevaba la flecha clavada en el hombro. Avanzó lentamente, saboreando mi miedo.
Levanté la horquilla como si fuera un arma.
—Ven —susurré—. No moriré arrodillada.
El animal saltó hacia mi garganta.
Un rugido estremeció la montaña.
Una sombra negra cayó desde el risco y golpeó a la criatura en el aire. Frente a mí apareció un lobo colosal, de pelaje oscuro y ojos rojos. Era más grande que cualquier bestia descrita en las leyendas.
Los demás lo atacaron, pero él los derrotó en cuestión de segundos.
Después se volvió hacia mí.
El animal comenzó a transformarse hasta convertirse en un hombre alto, de cabello negro y ojos azules. Rompió mi cadena con las manos y me envolvió en una pesada capa de piel.
Cuando percibió mi aroma, su expresión cambió.
—No deberías existir —murmuró.
Sus guerreros llegaron al claro y se arrodillaron.
Solo entonces comprendí quién me sostenía.
Era Alistair Warrick, el Rey Alfa de las montañas del norte.
Hundió el rostro junto a mi cuello y respiró profundamente, como si hubiera buscado aquel aroma durante siglos.
—Creyeron venderte como carnada —declaró ante sus soldados—. En realidad, me entregaron a mi reina.
Después, el frío venció mi cuerpo.
Y perdí el conocimiento en los brazos de la criatura más temida del mundo.
PARTE 2
Desperté tres días después en una habitación construida con enormes bloques de piedra negra. Estaba cubierta por pieles gruesas y mis heridas habían sido tratadas con ungüentos que no reconocía.
Alistair entró sin armas, aunque su presencia seguía siendo aterradora.
—Mis médicos pensaron que tu corazón no resistiría —dijo—. Has luchado con más fuerza que muchos guerreros.
Yo solo podía pensar en una cosa.
—¿Por qué me llamó su reina?
Alistair se sentó junto a la cama.
Había investigado mi pasado mientras permanecía inconsciente. Sabía que mi madre descendía de Genevieve de Montclair, una sacerdotisa que siglos atrás había negociado la primera paz entre humanos y licántropos.
La sangre de aquella familia poseía una bendición capaz de calmar y fortalecer a los lobos reales.
—Los descendientes de Genevieve fueron perseguidos y se ocultaron entre los humanos —explicó—. Tú eres la última heredera.
Recordé las historias que mi madre contaba antes de morir y un colgante con el nombre Montclair que mi tío había vendido.
—Pero soy una sirvienta. Thomas me cambió por veinte monedas.
Los ojos de Alistair se tornaron rojos.
—Un ignorante vendió un diamante porque desconocía su valor. Tu linaje no determina quién eres, Adelaide, pero explica por qué mi lobo te reconoció. Eres mi compañera destinada.
Antes de que pudiera responder, un guardia entró con noticias urgentes.
Edward Cobb había sobrevivido. Para ocultar su crimen, aseguró que los lobos del norte me habían secuestrado. También sobornó al obispo Reginald y lo convenció de marchar contra la fortaleza con trescientos soldados.
Mi tío iba con ellos.
Exigían que Alistair me entregara o atacarían la montaña con proyectiles de plata.
El rey ordenó reunir a sus guerreros.
—Ninguno saldrá vivo del valle.
Me levanté de la cama.
—No puede matar a trescientas personas por mí.
—Pretenden arrebatártame.
—Si masacra a los guardias del obispo, confirmará todo lo que Cobb les ha contado. Los humanos creerán que somos prisioneros de monstruos y comenzarán una guerra que costará miles de vidas.
Alistair sostuvo mis hombros.
—Soy el soberano del norte. No me inclino ante las amenazas humanas.
Algo dentro de mí despertó.
—¡Y yo soy su reina! —respondí—. No permitiré que nuestro reinado comience con una matanza.
Incluso yo me sorprendí al escuchar mis palabras. Alistair me observó durante varios segundos y la furia de sus ojos fue sustituida por respeto.
Le propuse demostrar la verdad delante de los propios soldados de Cobb.
Una hora después salimos de la fortaleza. Yo montaba un enorme caballo negro y Alistair caminaba a mi lado, desarmado. Cincuenta guerreros licántropos nos seguían sin ocultar su naturaleza.
Al pie de la montaña esperaba el ejército humano. Cobb estaba al frente, junto al carruaje del obispo. Thomas se escondía detrás de varios soldados.
—¡Ahí está! —gritó mi tío—. ¡La han embrujado!
El obispo ordenó que nadie disparara. Podía ver que yo no estaba encadenada ni parecía una prisionera.
—Soy Adelaide Wright —declaré—. El rey del norte no me secuestró. Me salvó.
Después expliqué cómo Thomas me había vendido y cómo Cobb me encadenó en el bosque para utilizarme como carnada. Algunos de los mercenarios sobrevivientes comenzaron a murmurar. Varios conocían la verdad.
El obispo miró al capitán con horror.
—Usar a una persona como cebo es un crimen condenado por la Iglesia. ¿Es cierta la acusación?
Cobb comprendió que estaba perdiendo el control. Tomó una ballesta cargada y apuntó hacia mí.
—¡Muere de una vez!
Disparó.
Alistair se interpuso y recibió el proyectil de plata en el brazo. Lo arrancó sin mostrar dolor, aunque su sangre oscura cayó sobre la nieve.
Sus ojos se volvieron rojos.
Los cincuenta guerreros adoptaron sus formas licántropas y el valle se llenó de rugidos. Los caballos humanos se encabritaron y los soldados rompieron filas.
Alistair esperaba una sola palabra mía para ordenar el ataque.
Contemplé a Cobb en el suelo y a mi tío intentando escapar. Podía condenarlos a morir allí mismo, pero no quería convertirme en aquello que ellos aseguraban que éramos.
—Arresten a Edward Cobb y a Thomas Wright —ordené—. Serán llevados a York y juzgados por tribunales humanos.
Miré directamente al obispo.
—Si permite que estos hombres compren nuevamente su libertad, las fuerzas del norte irán a buscarlos. Entonces no habrá una segunda advertencia.
Reginald inclinó la cabeza.
Los propios soldados de Cobb encadenaron a su capitán. Thomas comenzó a suplicar, diciendo que yo era su única familia.
—Una familia no vende a una muchacha para pagar una deuda —respondí.
Ambos fueron conducidos a York. Durante el juicio, varios mercenarios confesaron lo sucedido. Cobb fue condenado por secuestro, intento de asesinato y uso ilegal de personas como carnada. Thomas perdió la taberna y todas las propiedades adquiridas con mi herencia.
El ejército se retiró sin que comenzara una guerra.
Cuando el valle volvió a quedar en silencio, Alistair tomó mi mano y la besó.
—Les perdonaste la vida —dijo—. Eres mucho más peligrosa que yo.
—No fue misericordia. Vivirán para escuchar cómo todos conocen la verdad sobre ellos.
Alistair sonrió y me acercó hacia su pecho.
Sin embargo, no acepté la corona inmediatamente. Le expliqué que no quería convertirme en reina únicamente por mi sangre o por un vínculo que no comprendía.
—He pasado toda mi vida perteneciendo a otros —dije—. Primero quiero aprender a pertenecerme a mí misma.
Alistair respetó mi decisión.
Permanecí en la fortaleza como representante de los pueblos humanos del norte. Aprendí sus leyes, estudié la historia de mi familia y ayudé a crear nuevos acuerdos para impedir que humanos y licántropos volvieran a cazarse mutuamente.
Con el tiempo conocí al hombre detrás de la bestia: un rey solitario que cargaba tres siglos de guerras y que, pese a su poder, siempre preguntaba antes de tocarme.
Meses después elegí aceptar el vínculo.
La ceremonia no se celebró en un salón lleno de oro, sino bajo el mismo cielo invernal donde él me había encontrado. Humanos y licántropos estuvieron presentes.
Cuando Alistair colocó la corona sobre mi cabeza, no me arrodillé.
Permanecimos frente a frente, como dos gobernantes iguales.
Mi tío creyó que mi vida valía veinte monedas de plata.
Los mercenarios pensaron que mis gritos solo servirían para atraer monstruos.
Se equivocaron en ambas cosas.
Porque el verdadero monstruo era el hombre que me había vendido.
Y la bestia que todos temían fue la primera criatura que me ofreció un hogar sin exigirme que pagara por él.