Su sangre era la única cura para la maldición de 300 años del Rey Vampiro; ella la ofreció voluntariamente.
Su sangre era la única cura para la maldición de 300 años del Rey Vampiro; ella la ofreció voluntariamente.

PARTE 1
La sangre retumbó en los oídos de Brin Owens cuando el antiguo rey de los vampiros se desplomó ante ella. Su cabello blanco se extendió sobre el mármol como seda, mientras unas venas negras avanzaban bajo su piel.
Brin no comprendía por qué, pero una certeza imposible se apoderó de ella: era la única persona capaz de salvarlo.
Nunca había querido entrar en la corte subterránea oculta bajo Seattle. Huía de Marcus Vega y sus prestamistas, quienes pretendían cobrarle los diez mil dólares que su padre había dejado al morir. Al encontrar un túnel abandonado, Brin creyó que podría esconderse allí.
En cambio, terminó en un enorme salón iluminado por cientos de velas, rodeada de criaturas pálidas con ojos plateados y colmillos brillantes.
Los guardias la llevaron ante Constantino Draules, soberano de las cortes vampíricas de Occidente. Pero antes de que pudiera decidir qué hacer con la intrusa, el rey cayó de su trono.
—La maldición ha alcanzado su corazón —dijo Saraphene, una vampira de cabello blanco—. Después de trescientos años, finalmente va a matarlo.
Durante las antiguas guerras de sangre, Constantino había ejecutado a la hija de una poderosa bruja llamada Morgana. Como venganza, ella lo condenó a debilitarse lentamente hasta quedar atrapado para siempre dentro de un cuerpo destruido.
Brin se arrodilló junto al rey. Cuando acercó la mano a su pecho, las venas negras redujeron su avance.
Constantino abrió sus ojos carmesí.
—Tu sangre… —susurró mientras sujetaba su muñeca—. Huele diferente. Hay algo antiguo dentro de ti.
Brin recordó entonces las historias de su abuela. Según ella, las mujeres de su familia descendían de una bruja blanca capaz de sanar cualquier enfermedad con su sangre. Brin siempre había pensado que eran fantasías de una anciana solitaria.
El silencio que cayó en el salón confirmó que no lo eran.
—La sangre de una bruja blanca puede neutralizar la magia oscura —explicó Saraphene—. Pero el rey tendría que beber profundamente. Si el ritual falla, morirás. Y si funciona, pero él pierde el control… también morirás.
Brin miró al rey. Bajo su belleza aterradora vio tres siglos de dolor, soledad y cansancio.
—Lo haré —decidió—, pero, si sobrevivo, quiero protección contra Marcus Vega.
—Tendrás la protección de toda mi estirpe —prometió Constantino—. Nadie volverá a tocarte.
En la cámara ritual, Brin se tendió sobre un altar de piedra. Constantino se inclinó sobre ella, rodeándolos con su cabello blanco.
—Cuando empiece, quizá no pueda detenerme.
—Entonces confía en que alguien lo hará por ti.
Sus colmillos penetraron el cuello de Brin. El dolor fue breve, seguido por una calidez que recorrió todo su cuerpo. A través de una conexión invisible, sintió los trescientos años de sufrimiento de Constantino.
Y también sintió cómo la maldición comenzaba a romperse.
Pero el rey no se apartó.
La calidez se convirtió en frío. Brin intentó empujarlo, aunque sus brazos ya no respondían. Su corazón latía cada vez más despacio mientras Constantino la sujetaba con una desesperación incontrolable.
—Constantino… basta… —alcanzó a susurrar.
Él siguió bebiendo.
Y cuando el último latido de Brin comenzó a apagarse, Saraphene comprendió que el rey ya estaba curado… pero que ahora estaba matando a la única mujer que había logrado salvarlo.
PARTE 2
—¡Apártate de ella! —gritó Saraphene.
Varios vampiros sujetaron a Constantino, pero él respondió con un rugido que hizo temblar la cámara. Entonces, mediante el vínculo de sangre, sintió el terror de Brin y recuperó el control.
Se alejó de ella de inmediato.
—No… ¿Qué he hecho?
Brin apenas distinguió su rostro manchado de sangre. Su corazón se detuvo dos veces antes de que Marcelis, el médico de la corte, consiguiera estabilizarla utilizando la sangre del propio rey.
Despertó tres días después en una habitación cubierta de terciopelo azul. Constantino estaba sentado junto a la cama. Las venas negras habían desaparecido, pero sus ojos mostraban una culpa devastadora.
—Rompiste la maldición —dijo—. Me salvaste y yo casi te asesiné.
—Pero te detuviste.
—Demasiado tarde.
—No. Sigo viva.
Constantino le explicó que la sangre que había utilizado para salvarla había creado un vínculo entre ambos. Podrían percibir sus emociones, su ubicación y cualquier peligro que amenazara al otro.
También cumplió su promesa. Ordenó capturar a Marcus Vega y borró de su memoria todo recuerdo de Brin y de la deuda de su padre.
Por primera vez en años, ella dejó de vivir con miedo.
Durante las semanas siguientes recuperó sus fuerzas en el palacio. Constantino permanecía siempre cerca, aunque se esforzaba por mantener cierta distancia. Brin podía sentir a través del vínculo que no era indiferencia. El rey deseaba estar con ella, pero temía perder el control otra vez.
La distancia terminó cuando Brin lo enfrentó.
—No necesito que me trates como si fuera de cristal.
Constantino apareció frente a ella con velocidad sobrenatural.
—Me importas porque entraste en mi mundo, viste al monstruo que soy y decidiste que merecía ser salvado. En setecientos años, nadie había hecho algo semejante por mí.
Brin tomó su rostro entre las manos.
—Entonces deja de existir solamente para tu reino. Atrévete a vivir para ti.
Constantino la besó. Primero con cautela y luego con toda la emoción que había ocultado durante siglos.
Su felicidad, sin embargo, no duró mucho tiempo sin ser desafiada.
Los descendientes de Morgana descubrieron que la maldición había sido destruida y atacaron el palacio. Una bruja atravesó las defensas y encontró a Brin sola en los aposentos reales.
—Tu sangre arruinó la obra más poderosa de mi familia —dijo mientras formaba una daga de sombras—. Ahora la derramaré para restaurarla.
La magia golpeó el pecho de Brin y la arrojó al suelo. Antes de que la bruja pudiera terminar el hechizo, Constantino irrumpió en la habitación cubierto de sangre.
Aquella vez Brin vio al guerrero que había dirigido ejércitos.
Constantino acabó con la bruja y llevó a Brin hasta Marcelis. La magia oscura casi la mató, pero la sangre de bruja blanca volvió a protegerla.
—Primero te salvé yo y ahora me has salvado tú —le dijo Brin durante su recuperación—. Estamos a mano.
—Nunca estaremos a mano —respondió él—. Porque ya no puedo imaginar mi existencia sin ti.
Un año después, Constantino le propuso matrimonio. Brin lo amaba, pero le devolvió el anillo.
—Pregúntame otra vez dentro de cinco años. Necesito terminar mis estudios y descubrir quién soy sin miedo, deudas ni perseguidores. Quiero elegirte porque realmente lo deseo, no porque me hayas rescatado.
Constantino sonrió.
—He esperado siglos por algo como tú. Puedo esperar cinco años más.
Brin estudió medicina y combinó los conocimientos humanos con las técnicas curativas de los vampiros. Se convirtió en consejera de la corte y se ganó el respeto de quienes inicialmente solo la consideraban la frágil compañera humana del rey.
Cinco años después, Constantino volvió a mostrarle el mismo anillo.
—Brin Owens, fuiste mi salvación y te convertiste en mi igual. ¿Quieres ser mi esposa, mi reina y mi compañera?
Esta vez ella no dudó.
—Sí.
Después de la boda, Brin tomó una segunda decisión. Quería convertirse en vampira para compartir la eternidad con él. Constantino le pidió que esperara tres días y considerara todo lo que perdería: el sol, la comida, su humanidad y la vida que conocía.
Al tercer día, Brin seguía segura.
La transformación fue dolorosa. Bebió la sangre de Constantino y después dejó que él drenara la suya hasta que su corazón se detuvo. Durante unos instantes no hubo luz, sonido ni vida.
Entonces el poder despertó dentro de ella.
Brin abrió los ojos y vio un mundo completamente nuevo. Podía escuchar cada corazón del palacio y distinguir cada partícula de polvo flotando entre las velas. Cuando se miró en el espejo, su piel era pálida y sus ojos, antes marrones, brillaban en color carmesí.
—Ahora soy como tú —susurró.
Constantino tomó su mano.
—No. Ahora eres mi igual.
Un año después, ambos contemplaron el amanecer desde detrás de los cristales protectores de su residencia. Brin había renunciado a caminar bajo el sol, pero no lamentaba su decisión. Había encontrado amor, propósito y un hogar en el lugar más oscuro e inesperado.
—Bienvenida a la eternidad, mi valiente sanadora —murmuró Constantino.
Brin lo besó mientras el cielo se cubría de oro.
Había entrado en aquel túnel huyendo de una deuda que no le pertenecía. Allí entregó su sangre para salvar a un monstruo y descubrió que, bajo toda aquella oscuridad, se escondía un hombre que también terminaría salvándola a ella.