Su padre ordenó su propio “secuestro” para salvarla de un destino peor… y la entregó al Berserker que ella más temía

Su padre ordenó su propio “secuestro” para salvarla de un destino peor… y la entregó al Berserker que ella más temía

PARTE 1

La noche en que Ribe comenzó a arder, Sigrid creyó que había perdido todo.

Su hogar.

Su padre.

Su futuro.

Y, minutos después, también perdió su libertad.

El clan Stenson llevaba semanas amenazando al rey Harald. Su líder quería tierras, riquezas y algo mucho más personal:

a Sigrid.

No porque la amara.

La quería como esposa para demostrar que incluso el rey de Ribe podía ser obligado a entregar aquello que más valoraba.

Harald se negó.

Entonces llegaron las llamas.

Sigrid apenas había despertado cuando la puerta de su habitación se abrió violentamente.

Esperaba encontrar enemigos.

En cambio apareció Bjorn Ulfson.

El Berserker del rey.

Sigrid lo conocía de los banquetes.

Siempre permanecía apartado, silencioso, cubierto de cicatrices.

Los soldados contaban historias terribles sobre él. Decían que cuando entraba en combate dejaba de parecer humano.

—Vestíos —ordenó—. Nos marchamos.

—No voy contigo.

—No es una petición.

Sigrid exigió ver a su padre.

Bjorn se negó.

Cuando ella intentó resistirse, él simplemente la levantó y la sacó del castillo por corredores secretos.

—¡Suéltame!

—Vuestro padre sabía que lucharíais. Me ordenó no escucharos.

Aquellas palabras no consiguieron tranquilizarla.

Lo último que Sigrid vio de Ribe fueron las torres iluminadas por el fuego.

Después solo hubo bosque.

Frío.

Oscuridad.

Y aquel hombre al que empezó a odiar con todas sus fuerzas.

Bjorn no la trataba como princesa.

Si estaba cansada, debía continuar.

Si tenía hambre, comía lo que él conseguía.

Si se quejaba, él respondía con una verdad todavía más desagradable.

—Vuestra vida depende de que aprendáis a sobrevivir.

Finalmente llegaron a una pequeña cabaña escondida entre las montañas.

Sigrid quedó horrorizada.

Una habitación.

Una cama.

Una mesa.

Nada más.

—¿Aquí vamos a vivir?

—Aquí nadie os encontrará.

Aquella primera noche Sigrid lloró hasta quedarse sin fuerzas.

Bjorn no intentó consolarla.

Encendió el fuego.

Preparó una bebida caliente.

Y cuando sus lágrimas terminaron, simplemente se la entregó.

—Bebed.

—¿Por qué aceptaste esta misión?

—Porque vuestro padre me lo pidió.

—Hay hombres más amables.

—Y probablemente estarían muertos antes de llegar hasta aquí.

Bjorn la miró directamente.

—Yo no pienso morir. Por eso vos tampoco moriréis.

Los primeros días fueron insoportables.

Hasta que Bjorn decidió que Sigrid debía aprender.

Le enseñó a encender fuego.

A cocinar.

A reconocer plantas.

A preparar comida.

A sobrevivir sin sirvientes.

Sigrid protestó.

Falló.

Se quemó los dedos.

Arruinó varias comidas.

Pero poco a poco comenzó a cambiar.

Por primera vez hacía cosas sin que nadie las hiciera por ella.

Y cada pequeña victoria le producía una satisfacción que jamás había encontrado entre vestidos caros y banquetes.

También empezó a observar a Bjorn.

Siempre le dejaba la mejor parte de la comida.

Dormía en el suelo para que ella tuviera la cama.

Revisaba las paredes antes de dormir para asegurarse de que no entrara el frío.

Cuando Sigrid sufría pesadillas, él permanecía despierto junto al fuego.

Una tarde ella preguntó:

—¿Por qué todos te llaman monstruo?

Bjorn guardó silencio.

Después le explicó que ser Berserker no era un don que hubiera pedido.

En combate, algo despertaba dentro de él.

Una furia difícil de controlar.

—Eso me convierte en un buen arma.

—Pero no en un monstruo.

Bjorn la miró sorprendido.

—Hace poco me llamabais bestia.

—Hace poco no te conocía.

A partir de aquel momento algo cambió.

Las conversaciones se hicieron más largas.

Las miradas duraban demasiado.

Durante los entrenamientos, Bjorn comenzó a enseñarle a defenderse.

Un día Sigrid falló una y otra vez.

—No puedo.

Bjorn se arrodilló frente a ella.

—Sois mucho más fuerte de lo que creéis.

Sus rostros quedaron demasiado cerca.

Sigrid dejó de respirar.

Bjorn se apartó inmediatamente.

Durante los días siguientes comenzó a evitarla.

Hasta que ella ya no pudo soportarlo.

—¿Hice algo mal?

—No.

—Entonces mírame.

Bjorn levantó lentamente los ojos.

Había una batalla en ellos.

—No puedo permitir que esto continúe.

—¿Qué cosa?

Él señaló el espacio entre ambos.

—Esto.

—¿Por qué?

—Porque sois la hija de mi rey.

—Eso no es toda la verdad.

Bjorn apretó la mandíbula.

—No.

—Entonces dímela.

El Berserker que había enfrentado ejércitos sin retroceder parecía incapaz de sostener su mirada.

Finalmente habló.

—Porque mi deber es protegeros… no desearos.

Sigrid quedó inmóvil.

Bjorn cerró los ojos.

—Y hace semanas que no puedo pensar en otra cosa.

PARTE 2

Sigrid sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.

—Mírame.

Bjorn abrió los ojos.

Por primera vez no vio al guerrero frío.

Vio a un hombre asustado.

—No podemos hacer esto —susurró él.

—¿Por qué?

—Porque vuestro padre confió en mí.

Sigrid avanzó.

—Mi padre no está aquí.

—Eso no cambia mi juramento.

—No. Pero cambia algo más.

Bjorn frunció el ceño.

Sigrid respiró profundamente.

—Yo también pienso en ti.

Él quedó completamente inmóvil.

—No sabéis lo que decís.

—Sé que debería odiarte por haberme sacado de Ribe.

Dio otro paso.

—Sé que cuando llegamos aquí creía que eras mi carcelero.

Otro.

—Y sé que ahora eres la persona con quien me siento más segura.

Bjorn intentó responder.

No pudo.

Sigrid levantó la mano y tocó una de las cicatrices de su rostro.

—Todos me miraban como princesa. Como heredera. Como una alianza que podían negociar.

Su voz se suavizó.

—Tú eres el primero que me ha obligado a descubrir quién soy cuando todo eso desaparece.

Bjorn cerró los ojos.

—No sé amar.

—Entonces aprenderemos.

Él la besó.

Y aquella noche desapareció finalmente la distancia que ambos habían intentado mantener.

No hicieron promesas a un rey.

No hubo nobles.

Ni sacerdotes.

Solo dos personas junto al fuego confesando aquello que ya no podían negar.

Poco después, Bjorn le preguntó:

—Si pudierais elegir cualquier vida, ¿cuál sería?

Sigrid pensó en Ribe.

En las sedas.

En las habitaciones enormes.

En todos los hombres que habían decidido su futuro.

—Una donde pueda elegir.

Miró a Bjorn.

—Y creo que te elegiría a ti.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Cuando todo termine regresaréis a Ribe.

—¿Y si no quiero?

Bjorn la miró como si aquella posibilidad nunca hubiera existido.

—Podríamos desaparecer —continuó ella—. Ir a algún lugar donde nadie nos conozca.

—Sigrid…

—Te elijo.

Entonces Bjorn pronunció las palabras que nunca había dicho a nadie.

—Te amo.

Sigrid lloró mientras sonreía.

—Yo también te amo.

Aquella misma noche hicieron sus propios votos.

Él prometió protegerla no por deber, sino porque era su elección.

Ella prometió permanecer a su lado mientras ambos continuaran eligiéndose.

Pero al amanecer llegaron noticias de Ribe.

El ataque había sido rechazado.

El rey Harald seguía vivo.

Sigrid sintió un alivio enorme.

Hasta que escuchó el precio de la paz.

—La princesa debe casarse con Knut, hijo del líder Stenson —explicó el mensajero—. El rey ha aceptado.

El mundo volvió a cerrarse alrededor de Sigrid.

—No.

—Mi señora…

—No voy a casarme con un hombre que no he elegido.

El mensajero fue directo.

Si ella se negaba, podía comenzar otra guerra.

Ribe estaba debilitado.

Miles de personas podían pagar las consecuencias.

Sigrid quedó atrapada entre su libertad y su pueblo.

Entonces Bjorn habló.

—Dile al rey que la princesa llegará antes de la ceremonia.

Sigrid lo miró horrorizada.

Esperó hasta que el mensajero desapareció.

—¿Cómo pudiste aceptar?

—No acepté nada.

—Dijiste que volvería.

—Dije que llegarías.

Bjorn se acercó.

—Nunca dije que te casarías.

Sigrid vio entonces aquella expresión que conocía tan bien.

Él tenía un plan.

—¿Qué estás pensando?

Bjorn sonrió.

—El clan Stenson exige una princesa.

—Sí.

—Pero no pueden casarse con una princesa que todos crean que ya no existe.

Sigrid entendió lentamente.

—Quieres fingir que desaparecí.

—Definitivamente.

Prepararon una escena en un paso montañoso donde los deslizamientos de nieve eran frecuentes.

Dejaron la antigua capa de Sigrid.

Bjorn dejó su espada.

Todo indicaría que ambos habían sido alcanzados por un accidente en las montañas.

Después desaparecieron por un sendero oculto.

Para el resto del mundo, la princesa Sigrid y el Berserker del rey habían dejado de existir.

Para ellos, la vida apenas comenzaba.

Llegaron a una aldea pesquera junto a un fiordo.

Nadie preguntó demasiado.

Bjorn dijo que era un guerrero retirado.

Sigrid se presentó simplemente como su esposa.

Les dieron una pequeña cabaña.

Aquella noche Sigrid lloró.

Bjorn se incorporó preocupado.

—¿Te arrepientes?

Ella negó sonriendo.

—Nunca pensé que podría ser tan feliz.

—¿Y cómo se siente?

Sigrid apoyó la cabeza contra su pecho.

—Como llegar a casa.

La antigua princesa aprendió a pescar.

A reparar redes.

A conservar alimentos.

Bjorn protegía a los habitantes y enseñaba a los jóvenes a defenderse.

Y finalmente llegó algo que ninguno había imaginado cuando se escondieron juntos en aquellas montañas.

Una hija.

La llamaron Astrid.

Ver al enorme Berserker sosteniendo a la pequeña con una delicadeza casi absurda hizo que Sigrid comprendiera cuánto habían cambiado ambos.

Pero el pasado no podía permanecer enterrado para siempre.

Un día Sigrid reconoció a un hombre en el mercado.

Gunnar.

El capitán de la guardia de su padre.

Corrió hacia casa.

—Bjorn, tenemos que marcharnos.

—¿Qué ocurre?

—Me ha visto.

Comenzaron a preparar sus cosas.

Pero antes de que pudieran escapar, la puerta se abrió.

Gunnar apareció acompañado por soldados de Ribe.

Y detrás de ellos…

estaba el rey Harald.

El padre de Sigrid.

Había envejecido.

Su rostro parecía cansado.

Cuando vio a su hija, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sigrid…

Bjorn se colocó inmediatamente frente a ella con la espada levantada.

Harald endureció la expresión.

—Bjorn Ulfson. El hombre en quien más confiaba.

—No la tocaréis.

—Te ordené protegerla, no hacerme creer que había desaparecido para siempre.

—¡Fue mi elección! —intervino Sigrid.

Salió detrás de Bjorn llevando a Astrid en brazos.

—Él hizo lo que yo le pedí.

Harald la miró como si apenas la reconociera.

—Eres una princesa.

—Ese era exactamente el problema.

Sigrid apretó a su hija contra el pecho.

—Toda mi vida mi deber significó permitir que otros decidieran quién sería, dónde viviría y con quién me casaría.

Miró a Bjorn.

—Por primera vez elegí algo para mí.

—¿A él?

—Sí.

—¿A un Berserker?

—Al hombre que me enseñó a sobrevivir. Al hombre que me ama por quién soy y no por el título que llevo.

Entonces Astrid comenzó a llorar.

Harald miró a la niña.

Sus rasgos se transformaron.

—¿Ella es…?

—Tu nieta.

El rey dio un paso.

Después otro.

—Durante años creí que te había perdido.

Su voz se quebró.

—No hubo una sola noche en que no me culpara.

Sigrid también comenzó a llorar.

—Lo siento.

Harald cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía un rey.

Parecía simplemente un padre.

Y entonces hizo algo que nadie esperaba.

Se arrodilló frente a su hija.

—Si este hombre te hace feliz… aceptaré la vida que has elegido.

Sigrid apenas podía creerlo.

Harald miró a Bjorn.

—Baja la espada.

—Cuando sepa que mi familia está segura.

El rey observó al Berserker durante unos segundos.

Después sonrió.

—Quizá elegí mejor protector del que imaginaba.

Regresaron juntos a Ribe.

Cuando nobles y cortesanos comenzaron a murmurar por la aparición de una princesa que todos creían perdida, Harald puso fin al escándalo con una sola declaración:

—Mi hija está casada con Bjorn Ulfson. Su matrimonio es reconocido por la corona.

Los Stenson protestaron.

Harald no retrocedió.

—El acuerdo exigía una princesa soltera. Mi hija ya tiene esposo.

Sin Sigrid como moneda de negociación, ambas partes terminaron alcanzando un acuerdo comercial.

No hubo boda forzada.

Sigrid fue libre.

Bjorn dejó de ser tratado únicamente como un arma de guerra y se convirtió en consejero del rey.

Sigrid tampoco regresó a ser la joven decorativa que había abandonado Ribe.

Ahora participaba en decisiones, mediaba disputas y ayudaba a quienes no tenían voz dentro de la corte.

Con el tiempo, su familia creció.

Pero muchos años después, mientras ambos estaban sentados junto al fuego, Sigrid todavía recordaba aquella miserable cabaña en las montañas.

—¿Alguna vez te arrepientes? —preguntó—. Dejaste tu vida como guerrero por mí.

Bjorn tomó su mano.

—Mi vida de guerrero terminó cuando te conocí.

—¿Y lo que vino después?

Él entrelazó sus dedos con los de ella.

—Lo que vino después fue la primera vez que realmente viví.

Sigrid sonrió.

Había comenzado aquella historia odiando al hombre que la había arrancado de su castillo.

Creía que Bjorn era su prisión.

Pero las montañas le habían enseñado algo que ningún palacio pudo enseñarle:

una jaula podía estar hecha de oro.

Y la libertad podía encontrarse en una pequeña cabaña, junto a un hombre lleno de cicatrices que nunca intentó decidir quién debía ser.

Su padre había ordenado aquel extraño secuestro para salvarle la vida.

Pero Bjorn había terminado salvando algo todavía más importante.

Le había enseñado que amar a alguien no significaba poseer su futuro.

Significaba darle la libertad de elegirlo… y esperar que, aun siendo completamente libre, siguiera eligiéndote.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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