Su padre la entregó al Rey Vampiro para que engendrara un heredero; él no sabe que ella es estéril.
Su padre la entregó al Rey Vampiro para que engendrara un heredero; él no sabe que ella es estéril.

PARTE 1
Charlotte Miller llevaba toda su vida limpiando los desastres de su padre.
Limpiaba las habitaciones del motel que él dejaba caer en ruinas. Pagaba las cuentas que él olvidaba. Inventaba excusas cada vez que Arthur regresaba borracho y juraba que cambiaría.
Pero aquella noche, su padre creó un desastre que ni siquiera ella sabía cómo limpiar.
Había perdido ciento cincuenta mil dólares jugando póquer clandestino.
Y para salvarse, había vendido a su propia hija.
El hombre que fue a cobrar se llamaba Kalin. Vestía un abrigo caro, guantes negros y tenía unos ojos tan fríos que Charlotte sintió que la estaban evaluando como si fuera ganado.
—Mi empleador perdonará la deuda —explicó—. A cambio, Charlotte vivirá durante dos años en Blackwood Hall.
Charlotte miró a su padre.
—¿Para hacer qué?
Arthur bajó la mirada.
Kalin respondió:
—El señor Sebastian Thorne necesita una criada… y una mujer que le dé un heredero.
Charlotte sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
El contrato prometía dos millones de dólares cuando naciera el niño.
Pero había un problema.
Charlotte jamás podría tenerlo.
Años atrás, una cirugía mal realizada había dejado cicatrices tan graves que los médicos fueron contundentes: nunca podría llevar un embarazo a término.
Si decía la verdad, Kalin se marcharía y los acreedores regresarían por Arthur.
Así que firmó.
Blackwood Hall estaba escondido entre montañas y bosques, una mansión gótica donde las ventanas parecían ojos vigilándola.
La señora Gable, ama de llaves, le dio tres reglas.
Nunca abrir las cortinas.
Nunca entrar al ala oeste.
Y jamás sangrar dentro de la casa.
—Mantén tu sangre dentro de tus venas si quieres seguir viva.
Charlotte entendió por qué cuando conoció a Sebastian.
Parecía un hombre de treinta años, pero sus ojos violetas tenían la tristeza de alguien que había visto morir generaciones enteras.
También tenía colmillos.
—Tu padre no te vendió a un multimillonario —le dijo—. Te vendió a un depredador.
Sebastian era un vampiro.
Y necesitaba un heredero antes de que sus enemigos pudieran arrebatarle Blackwood.
Sin embargo, no la obligó a acostarse con él inmediatamente.
Primero debía crear un vínculo sanguíneo.
Sebastian bebió de su muñeca e introdujo parte de su propia esencia en el cuerpo de Charlotte.
—Mi sangre reparará cualquier imperfección —prometió—. Preparará tu cuerpo para mi hijo.
Charlotte sintió verdadero pánico.
Sebastian creía que podía sanar una herida.
No sabía que parte de su sistema reproductivo estaba destruido.
Durante las semanas siguientes, las alimentaciones continuaron.
Y algo cambió.
Charlotte se hizo más fuerte.
Dormía menos.
Podía mover muebles que antes requerían dos personas.
Y, peor todavía, comenzó a sentir las emociones de Sebastian.
Su soledad.
Su deseo de tener una familia.
Su miedo de perderlo todo.
Charlotte había llegado convencida de que él era un monstruo.
Pero cada noche descubría algo distinto.
Sebastian leía poesía.
Tocaba el violonchelo.
Nunca cruzaba los límites que ella no aceptaba.
Y lentamente Charlotte comenzó a temer no que él la destruyera…
sino enamorarse de él antes de que descubriera la mentira.
La verdad llegó demasiado pronto.
La señora Gable la llevó a la enfermería.
—El doctor Silas comprobará si estás preparada para concebir.
Charlotte sintió náuseas.
El médico realizó una ecografía.
Observó la pantalla.
Después su expresión cambió.
—Dios mío.
Charlotte cerró los ojos.
—Dígalo.
Silas giró el monitor.
—Tus ovarios apenas funcionan. Las trompas están completamente cicatrizadas.
La miró.
—Eres estéril. Totalmente.
Charlotte comenzó a llorar.
—Ya lo sabía.
Silas palideció.
—¿Sebastian lo sabe?
—No.
El médico soltó una risa nerviosa.
—Entonces estás muerta.
Charlotte le suplicó que guardara silencio.
Silas encontró una oportunidad.
Había un libro negro dentro de la caja fuerte privada de Sebastian con nombres de políticos, policías y humanos bajo su influencia. Los cazadores pagarían una fortuna por él.
—Róbalo para mí —dijo— y falsificaré tus estudios médicos. Te compraré unos meses.
Charlotte sabía que aquello era traición.
Pero aceptó.
En ese mismo instante, la puerta de la enfermería se abrió.
Sebastian entró.
Miró a Silas.
Después a Charlotte.
Sus fosas nasales se dilataron.
—Huelo miedo.
Se acercó lentamente.
Apoyó una mano sobre la mejilla de Charlotte.
Y preguntó:
—Entonces, doctor… ¿está lista para llevar a mi heredero?
Charlotte miró a Silas.
El médico abrió la boca.
Y en ese segundo comprendió que su vida dependía de la próxima palabra que pronunciara.
PARTE 2
—Casi —respondió Silas.
Charlotte volvió a respirar.
El médico explicó que sus niveles hormonales necesitaban estabilizarse y recomendó esperar unas semanas.
Sebastian aceptó, aunque claramente no le gustó.
Aquella mentira compró tiempo.
Y convirtió a Charlotte en espía.
Durante los días siguientes siguió acercándose a Sebastian.
La parte terrible era que ya no fingía.
Cuando él tocaba música para ella, Charlotte olvidaba el contrato.
Cuando hablaba de su esposa y su hijo muertos siglos atrás, entendía por qué deseaba desesperadamente una familia.
Y cuanto más lo conocía, más odiaba lo que debía hacer.
Pero Silas la tenía atrapada.
Cuando Sebastian abandonó la mansión para investigar una invasión en sus tierras, Charlotte entró al ala oeste.
Encontró su despacho.
Detrás de una antigua biblioteca descubrió una caja fuerte.
La combinación era el año de un retrato familiar.
Dentro estaba el libro negro.
Charlotte lo tomó.
Entonces oyó una voz.
—Ladrona.
Era la señora Gable.
Charlotte confesó todo.
La infertilidad.
El chantaje.
El miedo.
Gable la sorprendió.
—Sebastian no te matará porque no puedas tener hijos.
Miró el libro.
—Pero puede que jamás te perdone por traicionarlo.
Aun así permitió que se marchara.
Charlotte llevó el libro hasta un puente donde Silas esperaba.
Cuando se lo entregó, él sonrió.
—Gracias.
—Ahora destruye mis informes.
Silas comenzó a reír.
Nunca había pensado hacerlo.
Ya había llamado a los cazadores.
Atacarían Blackwood Hall mientras Sebastian estaba fuera.
Y Charlotte cargaría con toda la culpa.
Ella trató de recuperar el libro.
Silas le disparó.
La bala atravesó su hombro.
Charlotte cayó sobre el asfalto mojado.
Silas subió al automóvil.
Pero el vehículo no avanzó.
Sebastian estaba detrás, sujetando el parachoques con una sola mano.
Sus ojos ardían de color violeta.
Levantó el coche y lo lanzó contra la barrera.
Después caminó hacia Charlotte.
Vio la herida.
Vio el libro.
Y entendió.
Silas intentó culparla.
Pero Sebastian arrancó de él la verdad.
El médico sabía que Charlotte era estéril y había utilizado aquel secreto para obligarla a robar.
Sebastian mató a Silas.
Después miró a Charlotte.
Ella esperaba comprensión.
No la recibió.
—El contrato terminó.
—Sebastian…
—No puedes darme el heredero y me robaste.
Su voz era fría.
Pero Charlotte podía sentir el dolor a través del vínculo.
Eso era peor.
—Vete antes de que recuerde cuánto te quería.
La abandonó allí.
Charlotte pasó días recuperándose en un motel.
Podría haber desaparecido.
Entonces recordó algo.
Los cazadores.
Silas ya los había enviado.
Volvió a Blackwood.
Encontró la mansión destruida.
En el sótano, varios cazadores rodeaban a Sebastian, encadenado con plata.
Uno levantó una ballesta.
Charlotte atacó.
El disparo iba directo a su corazón.
Instintivamente levantó una mano.
Una explosión de energía destruyó la flecha en el aire.
Todos quedaron inmóviles.
Los ojos de Charlotte brillaron dorados.
Sebastian comprendió antes que nadie.
—No eres una bruja.
Sonrió a pesar de sus heridas.
—Eres un catalizador.
Su sangre, mezclada con la esencia vampírica de Sebastian, había despertado un poder que ninguno de los dos esperaba.
Charlotte destruyó las cadenas.
Después confesó finalmente:
—Nunca podré darte un hijo.
Sebastian tocó su rostro.
—No necesito uno.
La antigua profecía de su familia había sido malinterpretada.
No necesitaba una mujer capaz de parir su legado.
Necesitaba una compañera capaz de soportar el poder de la línea Thorne sin morir.
Charlotte no estaba vacía.
Ella misma era el legado.
Pero todavía faltaba una guerra.
Victor Vain llegó con decenas de vampiros para reclamar Blackwood, convencido de que Sebastian había fracasado al no producir un heredero.
—Entrega tus tierras —ordenó— o morirás con ellas.
Charlotte apareció junto a Sebastian.
Ya no llevaba uniforme de criada.
Vestía un antiguo vestido rojo de las reinas Thorne.
Victor rio.
—¿Esta es tu gran defensa? ¿La mujer estéril?
Charlotte sonrió.
—Sí.
El ejército atacó.
Sebastian luchó con su espada mientras Charlotte canalizaba el poder compartido entre ambos.
Ondas de energía dorada lanzaban vampiros por los aires.
Desde el bosque surgieron los lobos aliados de Blackwood.
La batalla convirtió los jardines en un campo de guerra.
Victor consiguió atravesar el costado de Sebastian con una lanza y clavarlo contra la puerta.
Charlotte sintió el dolor como si fuera suyo.
Y entonces dejó de contenerse.
Liberó toda la energía del vínculo.
Victor comprendió demasiado tarde que aquella mujer que llamaba “recipiente roto” era precisamente la fuente del nuevo poder de Blackwood.
La derrota del clan Vain fue total.
Cuando terminó, Sebastian apenas podía mantenerse consciente.
Charlotte colocó las manos sobre su herida.
—No te atrevas a dejarme.
Transmitió su energía.
La carne comenzó a cerrarse.
Sebastian se levantó.
Después, frente a enemigos derrotados y aliados supervivientes, hizo algo que nadie esperaba del rey vampiro.
Se arrodilló ante ella.
—Mi reina.
Charlotte sonrió.
—Levántate. Tenemos una casa que limpiar.
Tiempo después, Charlotte pagó anónimamente las deudas de su padre y cortó definitivamente todo vínculo con él.
Nunca volvió a rescatarlo de sus propios errores.
Blackwood Hall cambió.
Las cortinas se abrieron.
El miedo desapareció de sus pasillos.
Una nueva doctora confirmó algo que Charlotte ya sabía.
Seguía siendo biológicamente estéril.
Pero su sangre estaba completamente transformada por la magia de los Thorne.
Envejecería junto a Sebastian.
Tendrían siglos.
Quizá una eternidad.
Una tarde, Charlotte observó el anillo de rubí en su mano.
—El contrato decía que debía darte un legado.
Sebastian, recostado junto a ella, sonrió.
—Lo recuerdo.
Charlotte contempló la mansión reconstruida, los lobos protegiendo las tierras y la paz que finalmente había llegado.
—Creo que cumplí de sobra.
Sebastian levantó la mirada.
Ya no había hambre en sus ojos.
Solo amor.
—Mucho más de lo que imaginé.
Charlotte había llegado a Blackwood Hall creyéndose defectuosa.
Una mujer vendida por su padre para realizar una tarea que su cuerpo jamás podría cumplir.
Pero precisamente aquello que todos consideraban su mayor imperfección terminó revelando la verdad.
Nunca había nacido para producir un heredero.
Había nacido para convertirse en uno.